Obsesión y pecado - Capítulo 6
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6: El Eco del Silencio 6: El Eco del Silencio Val salió del edificio de la oficina con el corazón acelerado, todavía saboreando la victoria sobre Marcos.
Se sentía invencible.
Estaba a punto de cruzar la calle para buscar su coche cuando el móvil vibró en su bolso.
Era su abuela.
Otra vez.
Val se detuvo un segundo.
Miró la pantalla y sintió un pinchazo de culpa que intentó enterrar de inmediato.
“Ahora no”, pensó.
Si contestaba, la voz débil de la anciana la sacaría de ese estado de euforia y poder en el que necesitaba estar para la agencia.
Necesitaba ser fría, no una nieta cariñosa.
Deslizó el dedo hacia el botón rojo, cortó la llamada y guardó el móvil.
Ya la llamaría al salir.
O mañana.
Total, la abuela siempre estaba ahí.
Condujo hasta la zona alta de la ciudad, un barrio de edificios blindados y calles excesivamente limpias.
La agencia estaba en un ático que olía a incienso caro y dinero viejo.
Allí conoció a Madame Soraya, la mujer que llevaba las riendas.
Soraya era una visión de lo artificial llevado al extremo.
Tenía un pecho operado de forma tan exagerada que parecía desafiar las leyes de la física bajo su blusa de seda, unos labios hinchados por el relleno y una piel tan tensa que sus ojos apenas parpadeaban.
Era como mirar un maniquí de lujo.
—Eres la adecuada —dijo Soraya, evaluándola mientras fumaba un cigarrillo electrónico—.
Una mezcla de “me importa todo una mierda” y hambre de algo más.
Aquí no vendemos solo sexo, Val.
Vendemos la ilusión de que estos hombres tienen el control, cuando en realidad, son mis chicas las que sostienen la correa.
Val asintió, intentando no distraerse con la fijeza de los rasgos de la mujer.
Firmó un par de documentos, recibió un fajo de billetes como adelanto y una tarjeta con un nombre y una habitación de hotel para esa misma noche.
Salió de allí sintiendo que el mundo estaba a sus pies.
El dinero pesaba en su bolso y el poder de su cuerpo era su nueva moneda.
Pero en cuanto pisó la calle, el frío de la tarde la golpeó.
Sacó el móvil para, ahora sí, llamar a su abuela.
Tenía doce llamadas perdidas.
Todas de su tía.
El estómago se le encogió antes siquiera de marcar.
Cuando su tía respondió, el llanto al otro lado del hilo fue como una puñalada.
—¿Val?
¿Dónde estabas?
Tu abuela…
ha muerto hace media hora.
Val se quedó paralizada en medio de la acera.
La gente pasaba a su alrededor, pero el tiempo se detuvo.
—No dejaba de preguntar por ti —continuó su tía entre sollozos—.
Decía que tenía algo importante que decirte, que necesitaba verte una última vez antes de irse.
Me hizo marcar tu número tres veces en sus últimos diez minutos…
pero no lo cogiste, Val.
Murió esperando oír tu voz.
El móvil se le resbaló de las manos y cayó sobre el cemento, agrietando la pantalla.
El fajo de billetes de la agencia, el traje caro, el triunfo sobre Marcos…
todo se volvió ceniza en un segundo.
Val se apoyó contra una pared, sintiendo que el aire no llegaba a sus pulmones.
El vacío que siempre había intentado llenar con sexo y adrenalina se abrió de repente bajo sus pies, negro y absoluto.
Ya no había ruido blanco que pudiera tapar el silencio de la última llamada que decidió ignorar.
Estaba sola.
Realmente sola.
Y el precio de su nueva libertad acababa de volverse impagable.
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