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Obsesión y pecado - Capítulo 7

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7: El precio del olvido 7: El precio del olvido Val no fue al velorio.

No podía.

El peso de las llamadas perdidas era una losa que le aplastaba el pecho.

En lugar de eso, condujo hacia el hotel de lujo que Soraya le había indicado.

Necesitaba que alguien la destrozara físicamente para no sentir el desgarro del alma.

Necesitaba el sexo más crudo, más despojado de humanidad, para anestesiar el eco de la voz de su tía.

​La cita fue un borrón de violencia consentida y desprecio.

Val se entregó con una desesperación que asustó incluso al cliente.

Buscó el dolor, buscó perderse en la humillación, intentando que cada golpe de placer borrara la imagen de su abuela sosteniendo un teléfono que nunca obtuvo respuesta.

Cuando salió de aquella habitación, con el cuerpo dolorido y el alma muerta, se vistió mecánicamente y condujo hacia el velatorio.

​Llegó de madrugada.

El edificio estaba sumido en un silencio sepulcral.

Las luces de los pasillos eran frías.

Cuando encontró la sala, la puerta estaba abierta, pero el túmulo estaba vacío.

Solo quedaba el olor a flores marchitas y cera quemada.

​Val se dejó caer en uno de los bancos de madera, encogida, y empezó a llorar.

No fue un llanto elegante; fue un aullido sordo, un temblor descontrolado que le sacudía los hombros.

​—Se han ido hace dos horas, hija.

​Val levantó la vista, con los ojos inyectados en sangre.

Un sacerdote anciano la observaba desde la penumbra con una mezcla de lástima y reproche suave.

​—La ceremonia ha terminado.

Se la han llevado ya al cementerio de la zona este para el entierro al amanecer —el hombre se acercó y le puso una mano en el hombro, pero Val se encogió, rehuyendo el contacto—.

Ve allí.

Todavía puedes despedirte.

​Val salió de la iglesia como una autómata.

Paró en una gasolinera abierta 24 horas y compró un ramo de flores blancas, las favoritas de la abuela.

Cuando llegó al cementerio, la primera luz del alba empezaba a teñir el cielo de un gris ceniza.

Encontró la tumba recién sellada, la tierra todavía húmeda.

​Se desplomó de rodillas frente a la lápida fría.

​—Perdóname —susurró, con la voz rota—.

Perdóname, abuela.

No pude…

no pude contestar.

​Apretó las flores contra su pecho y luego las dejó sobre la tierra.

En ese momento, frente a la única persona que la había amado de verdad, la verdad salió a borbotones.

​—Fuiste la única que me escuchó —sollozó Val, hablando con el mármol como si pudiera ver los ojos cansados de la anciana—.

La única que sabía por qué busco esas manos desconocidas, por qué necesito que me rompan cada noche.

​Val cerró los ojos y, por primera vez, dejó que el recuerdo prohibido aflorara.

Recordó las manos de su padre, aquellas que debían protegerla y que, en cambio, le habían enseñado desde niña que su cuerpo era una moneda de cambio, un objeto para el placer ajeno.

Recordó el miedo convertido en una pulsión oscura, la necesidad de repetir ese trauma una y otra vez para intentar, de alguna forma retorcida, tener el control sobre el dolor que él le había causado.

​—Él me vació, abuela —gemía, abrazada a la base de la lápida—.

Y ahora solo sé llenarme con extraños.

Intentaste salvarme y yo…

yo te dejé morir sola por un puñado de billetes y un rato de olvido.

​Se quedó allí, arrodillada en la tierra fría, mientras el sol terminaba de salir.

Val estaba rota, pero por primera vez, no estaba huyendo.

Estaba mirando de frente al monstruo de su pasado, mientras el fantasma de la única mujer que la entendió la observaba desde el silencio eterno.

El dolor de Val se transformó en una combustión fría.

Ya no buscaba placer, ni siquiera alivio; buscaba la aniquilación.

Con la ropa sucia de la tierra del cementerio y el rastro de las lágrimas seco en las mejillas, condujo de vuelta al ático de Soraya.

No llamó.

Entró como una ráfaga de aire helado.

​Soraya la miró por encima de sus gafas de lectura, impasible ante el estado deplorable de Val.

​—Necesito a alguien.

Ahora —dijo Val, con una voz que no parecía humana—.

Alguien que no tenga límites.

Alguien que quiera usarme hasta que no quede nada.

​Soraya exhaló un largo hilo de humo de su cigarrillo electrónico.

Una sonrisa lenta y cruel se dibujó en sus labios operados.

—Tengo a alguien.

Un cliente de “urgencia”.

Es un hombre que no conoce la palabra “despacio”.

Pero te advierto, Val: si entras en esa habitación con esa desesperación, saldrás con marcas que no se borran con maquillaje.

​—Dame la llave —sentenció Val.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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