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ojos carmesí - Capítulo 1

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1: La misión después de la muerte 1: La misión después de la muerte La muerte de Itachi Uchiha no llegó como una sorpresa.

No lo alcanzó de forma indigna.

No lo tomó huyendo.

No lo encontró suplicando.

La muerte llegó exactamente donde una vida como la suya siempre había debido terminar: en silencio, de pie hasta donde el cuerpo lo permitiera, con el deber cumplido y el alma tan cargada de secretos que cualquier otro hombre habría colapsado mucho antes.

Pero Itachi no era cualquier hombre.

Nunca lo había sido.

Había nacido dentro de una era de guerra.

Había sido moldeado por la sangre, por la disciplina, por la obediencia, por el cálculo.

Desde niño, mientras otros aprendían a correr, a reír, a pelear por nimiedades, él había aprendido a observar un campo de batalla y a comprender, con aterradora claridad, cuánto valía una vida en comparación con una aldea, un clan, una paz frágil, un futuro posible.

Había entendido demasiado pronto que la bondad, por sí sola, no sostenía el mundo.

Que la justicia rara vez era limpia.

Que el amor, muchas veces, exigía convertirse en monstruo para proteger a quien no debía ensuciarse las manos.

Y él lo había aceptado.

No porque fuera insensible.

No porque no sintiera.

Sino precisamente porque sentía demasiado.

Por eso eligió cargarlo todo solo.

Por eso aceptó la condena antes de que nadie se la impusiera.

Por eso caminó, durante años, con la espalda recta, el rostro imperturbable y el corazón enterrado bajo capas y capas de deber, hasta convertirse en el nombre que todos odiarían para que una sola persona —su hermano— pudiera vivir sin ese odio devorándolo desde dentro.

En sus últimos instantes, el cuerpo ya no era más que un recipiente agotado.

Sus pulmones llevaban demasiado tiempo traicionándolo.

Su visión había sido consumida lentamente por el precio de sus ojos.

Su sangre estaba cansada.

Sus nervios, desgastados.

Sus huesos, vacíos de todo lo que no fuera voluntad.

Y aun así, avanzó.

Un paso.

Otro.

Hasta llegar frente a Sasuke.

Su hermano.

Su última misión.

Itachi lo observó con esa serenidad que había desconcertado al mundo entero.

La escena, para cualquier otro, habría sido amarga.

Podría haber sido un instante de arrepentimiento, de tristeza visible, de derrumbe final.

Pero en él no había nada de eso.

Había cansancio, sí.

Había dolor físico en cada fibra del cuerpo.

Había una ternura antigua enterrada bajo años de distancia y engaño.

Pero arrepentimiento… no.

No.

Arrepentirse implicaba desear haber actuado de otro modo.

Y él no podía desearlo.

Había elegido.

Había tomado una decisión imposible y la había sostenido hasta el final.

Ese era su camino.

Ese era su deber.

Ese era su pecado.

Ese era también su amor.

Cuando extendió los dedos hacia la frente de Sasuke, como tantas veces en la infancia, el gesto fue casi fantasmal.

Un roce leve.

Un eco de tiempos más simples.

Una promesa silenciosa.

Un perdóname.

Un vive.

Un ya no cargaré yo solo con esto.

Un ahora es tu turno de ser libre, aunque me odies hasta el último aliento.

Después, el cuerpo cedió.

La pesadez acumulada de una vida entera, de años de enfermedad, de batallas, de mentiras sostenidas con precisión quirúrgica, finalmente reclamó lo que le correspondía.

Itachi cayó.

Y mientras la oscuridad lo envolvía, no sintió pánico.

No sintió terror.

No sintió rencor.

Sintió algo mucho más parecido al vacío ordenado de una misión concluida.

Había entregado sus ojos.

Había guiado a Sasuke hasta el poder necesario.

Había protegido Konoha hasta donde su existencia podía permitírselo.

Había llevado solo el odio de un mundo que jamás conocería la verdad completa.

Era suficiente.

Para un soldado, la suficiencia era una forma de paz.

Así, cuando cerró los ojos por última vez, esperaba el mundo puro.

Lo esperaba con la misma calma con la que había esperado emboscadas, traiciones, diagnósticos, ejecuciones y amaneceres cubiertos de niebla sobre campos de batalla.

Sin esperanza infantil.

Sin idealismo.

Sin necesidad.

Solo como una consecuencia natural del final.

Morir, después de todo, también era parte del deber.

Pero la muerte no terminó donde él creía.

Cuando volvió a abrir los ojos, no encontró la quietud impersonal del descanso eterno.

No encontró la disolución del alma en algo mayor, ni la distancia limpia entre el dolor y el olvido.

Lo primero que percibió fue una vastedad silenciosa, una claridad casi imposible, como si el espacio mismo estuviera hecho de una luz antigua, más vieja que la memoria humana.

No era cegadora.

No hería.

Era una luz que observaba.

Itachi permaneció inmóvil.

Su mente, incluso muerta, siguió haciendo lo que había hecho siempre: analizar.

¿Una ilusión?

No.

¿Un genjutsu post mortem?

Absurdo.

¿Algún estado intermedio del alma?

Probable.

No cambió su postura.

No preguntó de inmediato.

No mostró desconcierto, aunque lo registró.

Simplemente dejó que la información se ordenara con la frialdad exacta que había definido cada segundo de su vida.

Fue entonces cuando vio la figura esperándolo.

Hagoromo Ōtsutsuki.

El Sabio de los Seis Caminos.

Una presencia que no necesitaba imponerse para llenar el vacío.

Era como mirar un principio del mundo encarnado en forma humana.

No una figura divina en el sentido vulgar del término, sino algo más extraño, más profundo: un testigo de eras, alguien que había visto la repetición de la ambición, del amor, de la guerra y del sacrificio tantas veces que ya no necesitaba juzgar de inmediato para comprender.

Y, sin embargo, mientras contemplaba a Itachi Uchiha, Hagoromo sí juzgaba.

No con crueldad.

No con ligereza.

Con la gravedad de quien conocía el peso exacto de un alma.

Había observado su vida.

Toda.

Cada misión.

Cada decisión.

Cada noche sin descanso.

Cada vez que aquel niño prodigio apartó su propia humanidad para actuar como escudo.

Cada vez que el muchacho silencioso aceptó ser visto como monstruo para preservar una paz que otros jamás habrían sido capaces de sostener.

Cada tos de sangre contenida en la manga.

Cada mentira dicha con voz serena mientras por dentro seguía siendo un hermano.

Cada vez que eligió soportar en lugar de compartir el peso.

Cada vez que confundió la autosacrificio con la única forma posible de amar.

Hagoromo lo observó con la paciencia de las montañas y una tristeza tenue, casi imperceptible.

Había visto guerreros.

Había visto héroes.

Había visto necios, tiranos, idealistas, mártires.

Pero Itachi Uchiha era una combinación rara y terrible: un ser nacido para la gentileza que había sido convertido, demasiado pronto, en instrumento de necesidad.

Eso siempre dejaba cicatrices que ni la muerte borraba por completo.

Dentro del silencio, Hagoromo meditó.

No se lamenta.

No porque no haya sufrido, sino porque integró el sufrimiento como función.

No se concedió el derecho de considerarlo injusto.

No se permitió a sí mismo ser víctima, ni siquiera cuando lo fue.

Eso, para el Sabio, era precisamente lo que volvía a Itachi tan digno de compasión.

No la compasión débil.

No la que reduce.

La compasión que reconoce el cansancio de un alma demasiado noble para pedir alivio.

Hagoromo sabía que si le ofrecía una recompensa, Itachi la rechazaría.

Sabía que si le hablaba de descanso, Itachi respondería con deber.

Sabía que si le decía te mereces paz, Itachi quizá inclinaría la cabeza, pero no porque lo creyera, sino porque aceptaría la frase como una formalidad ajena.

Itachi no entendía el lenguaje del premio.

Entendía el lenguaje de la misión.

Por eso, si iba a darle algo, tendría que vestirlo con verdad… y con propósito.

—Has sufrido tanto —dijo finalmente Hagoromo.

La voz no rompió el silencio; pareció nacer de él.

Itachi alzó la mirada.

No había hostilidad en sus ojos.

Tampoco devoción.

Solo atención exacta.

—No veo el sufrimiento —respondió con tranquilidad—.

Era necesario.

La respuesta no sorprendió al Sabio.

Pero sí confirmó, una vez más, la profundidad del molde que el mundo había vertido sobre aquella alma.

Hagoromo guardó silencio un momento más.

Incluso ahora, pensó, sigue hablándose a sí mismo como una herramienta.

Incluso muerto.

Incluso aquí.

Sintió en ello una punzada de melancolía antigua.

Porque el universo estaba lleno de personas que pedían demasiado, tomaban demasiado, justificaban su codicia como destino.

Y frente a él estaba alguien que había dado demasiado y aun así seguía sin considerar que se le debiera nada.

—No vas a morir todavía —dijo Hagoromo al fin—.

Aún no es tu tiempo.

Esa frase, por primera vez, alteró apenas la quietud de Itachi.

No fue un sobresalto visible.

No abrió mucho los ojos, no dio un paso atrás, no frunció el ceño.

Pero dentro de sí, la información generó una leve desviación en su curso mental.

Una interrupción mínima y precisa.

No morir todavía.

Eso implicaba continuidad.

Deber adicional.

Un nuevo contexto.

No preguntó por qué yo.

No preguntó con qué derecho.

No preguntó cuánto más.

Solo esperó.

Hagoromo lo observó y continuó.

—Voy a enviarte a otro mundo.

Un mundo de muerte.

Un mundo de supervivencia.

Un mundo donde el colapso de la civilización no acabó con la violencia humana, sino que la desnudó.

Un mundo llamado The Walking Dead.

Itachi escuchó sin pestañear.

Otro mundo.

Otra realidad.

No era una imposibilidad, no viniendo de quien tenía delante.

Para alguien como él, entrenado para adaptarse a escenarios cambiantes, lo importante no era la incredulidad.

Era la estructura de la misión.

¿Terreno?

¿Recursos?

¿Objetivo?

¿Tiempo?

Su mente reorganizó la situación con precisión instantánea.

Hagoromo casi pudo ver el mecanismo detrás de sus ojos.

—No irás indefenso —prosiguió el Sabio—.

Conservarás tus habilidades.

Todas las que has adquirido.

Bukijutsu.

Kenjutsu.

Taijutsu.

Genjutsu.

Ninjutsu.

Fūinjutsu.

Tu experiencia.

Tu disciplina.

Tu capacidad estratégica.

Además… Hagoromo hizo una pausa.

No porque dudara.

Sino porque sabía que lo siguiente no era una simple bendición.

Era una intervención total.

—Tus capacidades físicas se verán aumentadas.

Voy a reforzar tu cuerpo.

Tus pulmones sanarán.

Tu resistencia será elevada.

Tus ojos evolucionarán.

El precio de tu Mangekyō dejará de consumir tu visión: poseerás el Mangekyō Sharingan eterno.

Itachi permaneció en silencio.

Información aceptada.

Aún insuficiente.

Entonces Hagoromo dijo la parte que alteraría no solo su cuerpo, sino su percepción misma del yo.

—También te concederé el sello Yin de Tsunade, junto con sus conocimientos médicos y su fuerza.

Una nueva pausa.

Los ojos de Itachi no cambiaron, pero su atención se afiló.

Hagoromo lo sabía.

No por el poder.

No por la mejora física.

Sino por la frase que aún no había pronunciado.

—Sin embargo —dijo al fin—, el costo de todo eso será tu género.

Silencio.

Hagoromo vio con claridad ese instante diminuto en el que la mente de Itachi recalculó todo.

No incomodidad superficial.

No vergüenza.

No rechazo inmediato.

Reestructuración.

Un cambio corporal absoluto implicaba adaptación en combate, en centro de gravedad, masa muscular, distribución del peso, voz, percepción externa, vulnerabilidades sociales, modos de infiltración, lectura del entorno.

Para cualquier otro, quizás la primera reacción habría sido identitaria o emocional.

En Itachi, lo primero fue funcional.

Eso también era revelador.

—Ya no serás Itachi Uchiha hombre —dijo Hagoromo con verdad directa—.

Serás mujer.

La transformación dolerá.

Tu cuerpo se reorganizará desde la raíz.

Los huesos, los músculos, los órganos, la voz, el equilibrio, el flujo del chakra.

Así será implantado el sello.

Todo el chakra que generes será almacenado automáticamente.

Tu enfermedad desaparecerá.

Tus ojos serán restaurados.

Tu cuerpo mejorará.

Itachi lo escuchó todo.

Cada palabra.

Cada implicación.

Dentro de sí, una parte antigua —la más humana, la más enterrada, la más rara vez consultada— registró la magnitud de lo que se le estaba imponiendo.

No era un mero cambio externo.

Era una fractura total entre quien había sido y quien sería al despertar.

El cuerpo, ese instrumento que había conocido con exactitud absoluta durante toda su vida, dejaría de responder a los mapas internos construidos durante años.

Habría incertidumbre.

Habría dolor.

Habría ajuste.

Pero la emoción no llegó en forma de protesta.

Itachi levantó la vista con serenidad intacta y formuló la única pregunta que, en su lógica, importaba.

—¿Y cuál es mi misión?

Hagoromo sintió una mezcla de inevitabilidad y tristeza serena.

Por supuesto.

No ¿por qué cambiarme?

No ¿por qué darme otra vida?

No ¿qué ocurrirá conmigo?

Solo: ¿cuál es la misión?

Porque Itachi Uchiha seguía siendo, hasta en el umbral entre mundos, un soldado.

El Sabio alzó una mano.

Entonces el vacío se llenó de imágenes.

No eran simples visiones.

Eran pasado, presente y posibilidad desplegados con una nitidez insoportable.

Itachi vio un mundo que no tenía chakra y, sin embargo, estaba saturado de muerte.

Vio ciudades colapsadas, carreteras vacías, hospitales convertidos en sepulcros, hogares abandonados, cuerpos caminando sin alma, bocas abiertas en hambre interminable.

Vio a los vivos hacerse pedazos no solo contra los muertos, sino entre ellos.

Vio hambre.

Vio miedo.

Vio gobiernos desintegrados.

Vio granjas, campamentos, autopistas, cárceles, bosques, ruinas.

Vio que la civilización no había desaparecido del todo: se había reducido a grupos pequeños, decisiones brutales, lealtades precarias.

Y luego vio al grupo.

Rick Grimes.

Lori.

Carl.

Daryl Dixon.

Carol.

Andrea.

Dale.

T-Dog.

Maggie.

Hershel.

Y él.

Glenn Rhee.

Itachi observó en silencio.

Glenn no era el más fuerte del grupo.

No era el más temido.

No era el más ruidoso.

No era el que ocupaba el centro visible del poder.

Y, sin embargo, conforme las imágenes avanzaban, Itachi comenzó a percibir algo que quizá otros habrían pasado por alto: Glenn era una pieza de cohesión.

Un corazón en movimiento.

Alguien que, en un mundo diseñado para endurecerlo todo, seguía sosteniendo una parte de humanidad sin convertirla en debilidad.

Era rápido, sí.

Inteligente.

Adaptable.

Valiente de una forma muy distinta a la violencia ciega.

Pero había algo más.

Glenn conectaba.

Glenn tendía puentes.

Glenn elegía ayudar incluso cuando hacerlo era peligroso.

Glenn seguía siendo capaz de preocuparse por otros sin que eso lo paralizara.

Luego las visiones siguieron.

El sufrimiento.

Las pérdidas.

Los caminos.

Y finalmente, la escena se detuvo.

Glenn Rhee muriendo.

No fue el dolor físico de la visión lo que capturó primero la atención de Itachi.

Fue la falla.

La interrupción de una posibilidad.

La extinción violenta de alguien que aún debía vivir.

El Sabio dejó que ese instante permaneciera suspendido entre ambos.

Luego habló.

—Tu misión es salvar, proteger, hacer prosperar y hacer feliz a Glenn Rhee.

Itachi sostuvo la mirada.

No preguntó qué tenía Glenn de especial.

No cuestionó la elección.

No pidió una justificación moral, estratégica ni cósmica.

Si el Sabio de los Seis Caminos había definido ese objetivo, entonces el valor existía, fuera visible o no.

Eso bastaba.

Asintió una sola vez.

Era la aceptación de un contrato.

La calma simple de alguien para quien una misión no debía discutirse, solo cumplirse.

Porque Itachi Uchiha jamás había fallado.

Hagoromo lo observó con una quietud profunda.

Salvar.

Eso Itachi podía hacerlo.

Proteger.

También.

Hacer prosperar.

Más complejo, pero dentro de su capacidad.

Hacer feliz.

Ahí residía la verdadera naturaleza de la recompensa y de la prueba.

Porque Hagoromo conocía a Itachi mejor de lo que Itachi se conocía a sí mismo.

Sabía que aquel hombre —aquella alma, pronto aquella mujer— era extraordinario para garantizar supervivencia, estabilidad, victoria.

Pero la felicidad era otro lenguaje.

No se imponía con disciplina.

No se aseguraba solo con fuerza.

Exigía presencia.

Vínculo.

Aprendizaje emocional.

La capacidad de permanecer no solo como sombra protectora, sino como persona.

Y eso era precisamente lo que Itachi nunca había tenido permiso de ser.

—También es tu recompensa —dijo Hagoromo.

Por primera vez en toda la conversación, Itachi mostró una incomprensión real, aunque tenue.

—No necesito una recompensa —murmuró.

La frase estaba desprovista de falsa modestia.

Era una verdad literal.

No la concebía.

Hagoromo sintió que, en cierto modo, aquello resumía la tragedia entera de su existencia.

—No lo entiendes ahora —respondió el Sabio—, pero lo entenderás después.

Itachi guardó silencio.

Aceptó la información sin abrazarla.

Hagoromo lo vio y decidió no explicar más.

Algunas verdades no podían ser enseñadas con palabras, del mismo modo en que el dolor no podía explicarse a quien nunca había sangrado.

Itachi había entendido la obediencia, la pérdida, la renuncia, la táctica, el sacrificio.

Pero no comprendía que ser elegido para hacer feliz a alguien podía convertirse, al mismo tiempo, en la oportunidad de aprender cómo ser feliz uno mismo.

Eso vendría después.

Si sobrevivía.

Si se permitía cambiar algo más profundo que el cuerpo.

—Comenzará ahora —dijo Hagoromo.

La transformación no se anunció con luz ni con gentileza.

Llegó como una violencia absoluta.

Itachi sintió primero el chakra.

No el suyo, no exactamente.

Una corriente inmensa, antigua, capaz de atravesar cada canal, cada tenketsu, cada fibra microscópica, reescribiéndolo todo desde dentro.

El cuerpo del alma —o aquello que en ese estado reemplazaba a la carne— se tensó como si lo estuvieran desarmando pieza por pieza para volver a ensamblarlo con un diseño distinto.

Hagoromo observó.

Y observó también con una severidad silenciosa, porque sabía que incluso como regalo, aquello seguía siendo una forma de dolor impuesto.

Los huesos cambiaron de proporción.

La caja torácica se ajustó, expandiéndose y cerrándose en nuevas relaciones internas.

La pelvis alteró su estructura.

El centro de gravedad descendió y se desplazó.

La musculatura se redistribuyó.

Las articulaciones adaptaron sus ángulos.

La voz, aún no emitida, fue reconfigurada.

Los órganos enfermos fueron tocados por una fuerza reparadora despiadada en su eficacia; los pulmones que durante tanto tiempo habían sido nido de debilidad fueron limpiados, restaurados, fortalecidos.

El tejido ocular vibró con un ardor insoportable cuando la oscuridad progresiva del Mangekyō fue reemplazada por una estabilidad distinta, más vasta, más profunda, más eterna.

Y, en el centro de todo, en la frente, en el eje preciso entre control y reserva, el sello Yin fue implantado.

No como una marca decorativa.

Como una reserva, una promesa, una disciplina añadida al cuerpo nuevo.

Dolor.

Dolor como quizá ni siquiera la guerra le había dado.

Pero Itachi no gritó.

No pidió que se detuviera.

No se arqueó buscando escapar.

No hizo muecas.

Simplemente soportó.

Hagoromo lo contempló con una mezcla de admiración y pesar tan antiguos como el mundo mismo.

Ni siquiera ahora.

Ni siquiera mientras su forma entera es reescrita.

Soporta como si la resistencia fuera más natural para él que el derecho a expresar dolor.

Y aquello conmovió al Sabio más de lo que habría admitido.

Porque la verdadera fortaleza no estaba solo en resistir.

Estaba también, a veces, en permitirse decir esto duele.

Itachi aún no sabía hacerlo.

Dentro del torrente insoportable de cambio, la conciencia de Itachi permanecía lúcida.

Eso fue quizá lo más terrible y lo más propio de él.

Sintió todo.

La precisión del cambio no le permitió refugiarse en la inconsciencia.

Registró la modificación de su esqueleto, el reajuste de tendones, el cambio sutil y profundo del peso corporal, la nueva forma de respirar cuando los pulmones ya no rasparon por dentro, la renovación brutal de una vitalidad que jamás había conocido.

Incluso en medio del dolor, una parte analítica de su mente observó: el cuerpo será más eficiente; la reserva de chakra, superior; la visión, restaurada; el equilibrio, distinto; el alcance, ajustable; la nueva forma requerirá recalibración inmediata.

Seguía pensando como shinobi.

Seguía organizando el sufrimiento como dato útil.

Y, sin embargo, hubo un instante —apenas uno— en que el cambio tocó algo más profundo que la función.

Un instante en que la certeza silenciosa de ya no volveré a ser quien fui físicamente atravesó el centro de su ser.

No fue una crisis.

No fue un rechazo.

Fue un reconocimiento.

Sobrio.

Helado.

Irrevocable.

Hombre ya no.

Mujer ahora.

El nombre permanece.

La misión permanece.

Yo… permanezco.

Esa fue la conclusión a la que llegó.

No necesitaba más.

La identidad, para él, nunca había descansado en comodidad sino en continuidad de voluntad.

Y su voluntad seguía intacta.

Cuando el proceso terminó, el dolor se retiró de golpe, dejando detrás una claridad extraña.

Ligereza.

Eso fue lo primero.

Ligereza y fuerza.

El cuerpo —nuevo, femenino, restaurado, reforzado— se sentía a la vez ajeno y extraordinariamente vivo.

Respirar ya no era una lucha.

Ver ya no era una negociación con la penumbra.

El chakra circulaba con una plenitud casi vasta.

La marca del sello aguardaba, paciente, sobre la frente aún invisible bajo el cabello.

Itachi permaneció inmóvil.

Luego abrió los ojos del todo.

Hagoromo lo contempló.

Los ojos carmesí, ahora eternos, devolvieron la mirada.

En ellos seguía estando el mismo núcleo implacable.

La misma inteligencia afilada.

La misma serenidad peligrosa.

Pero había otra cosa: un potencial diferente.

Una nueva forma desde la cual el mundo lo percibiría.

Desde la cual Glenn Rhee lo percibiría.

—Tendrás 7 días antes del apocalipsis —dijo Hagoromo—.

Eso es todo lo que tienes.

7días.

Un plazo corto.

Itachi lo aceptó de inmediato y comenzó a organizarlo.

Reconocimiento del terreno.

Obtención de recursos.

Análisis del objetivo.

Plan de inserción.

Aseguramiento de refugio, armas, movilidad y ruta de intervención.

Todo en 7 días.

Suficiente.

Hagoromo supo, al verlo, que ya estaba trabajando.

—Recuerda —añadió el Sabio—: no se trata solo de mantenerlo con vida.

Debes salvarlo, protegerlo, hacerlo prosperar… y hacerlo feliz.

La mirada de Itachi no cambió.

Pero una mínima pausa interior señaló que aquella última parte seguía siendo la más abstracta.

Aun así, inclinó apenas la cabeza.

Aceptación.

Compromiso.

Promesa.

Hagoromo, entonces, permitió que una última reflexión cruzara su mente antes de enviarlo.

Ve, Itachi Uchiha.

Ve, hija de una vida que nunca te dejó ser solo persona.

Ve a un mundo roto, no para romperte más, sino para descubrir si aún queda en ti un lugar donde la ternura pueda existir sin deber morir por ello.

Ve a Glenn Rhee.

Y aprende, tal vez, que algunas misiones no terminan cuando se gana una guerra, sino cuando un corazón deja de vivir únicamente para sacrificarse.

El espacio se quebró.

La luz se plegó.

El mundo puro desapareció.

Cuando Itachi abrió los ojos nuevamente, el aire era distinto.

Pesado.

Terrestre.

Impuro de una manera concreta, cotidiana.

Había ruido lejano.

Motores.

Sirenas.

Fragmentos de ciudad viva.

El olor de asfalto calentado, metal, humo tenue, basura urbana, electricidad, humanidad inconsciente del borde del abismo.

Estaba de pie en medio de una calle.

No en batalla.

No en un campo de ruinas.

Todavía no.

La ciudad seguía respirando.

Edificios enteros.

Ventanas iluminadas.

Personas caminando sin saber que estaban a setenta y dos horas del infierno.

Algún claxon a la distancia.

Una discusión trivial en una esquina.

Una ambulancia que pasó sin que nadie comprendiera que pronto esos sonidos cambiarían para siempre de significado.

Itachi permaneció inmóvil durante un segundo.

Solo uno.

Después examinó su entorno con rapidez impecable.

La ropa había sido adaptada.

El cuerpo respondía.

Diferente, sí.

El balance había cambiado justo como previó.

El peso en la cadera.

La longitud de la zancada.

La distribución de fuerza.

La caja torácica.

La voz, cuando respiró hondo, todavía no la había probado, pero reconocía la nueva colocación del aire.

El rostro… no necesitó espejo para saber que había cambiado.

El cabello, la estructura ósea, la silueta.

Todo.

Pero debajo de todo eso, la presencia seguía siendo la misma.

Su chakra estaba ahí.

Sus ojos estaban ahí.

Su control estaba ahí.

Su entrenamiento estaba ahí.

Su voluntad estaba ahí.

El sello Yin reposaba en su frente como una promesa latente.

Respiró.

El aire no lastimó.

Ese simple hecho, tan pequeño y tan inmenso, quedó registrado en alguna parte silenciosa de su ser.

Por primera vez en mucho tiempo, respirar no era un recordatorio de deterioro.

No se detuvo a contemplarlo.

Lo guardó.

Luego, sin mover aún los pies, dejó que la misión se asentara por completo en su mente.

The Walking Dead.

Tres días.

Glenn Rhee.

La imagen del joven reapareció ante sus ojos internos: rápido, leal, vivo de una manera que el mundo aún no había conseguido aplastar.

Un objetivo singular.

Un individuo cuya existencia debía ser preservada, fortalecida y conducida hacia algo más que la simple supervivencia.

Itachi observó el mundo moderno a su alrededor.

Tecnología distinta.

Ausencia de chakra en el ambiente.

Civilización funcional, por ahora.

Población ajena al colapso inminente.

Necesitaba información.

Ubicación exacta.

Recursos.

Transporte.

Vigilancia.

Identificación visual del objetivo.

Cronograma de contacto.

Rutas de extracción.

Posibles refugios antes del brote y después.

Adaptación social a su nuevo cuerpo y a las normas de este mundo.

Nada de eso la abrumó.

Era solo trabajo.

Solo que, por debajo de esa capa fría y perfecta, había algo que no nombró.

Algo que no sabía identificar todavía.

No era miedo.

No era rechazo.

No era siquiera curiosidad abierta.

Era una tensión nueva, un eco de las palabras del Sabio: también es tu recompensa.

Itachi no comprendía.

No todavía.

No entendía por qué el destino de un desconocido había sido puesto en sus manos con tanto peso.

No entendía por qué el Sabio había hablado de felicidad con esa gravedad particular.

No entendía qué podía haber en Glenn Rhee que trascendiera la utilidad estratégica o la necesidad moral.

Pero comprender no era requisito para cumplir.

Nunca lo había sido.

Alzó la vista hacia el cielo de aquel nuevo mundo.

El cielo, ajeno a los shinobi, era el mismo en lo esencial: vasto, indiferente, testigo.

Tres días.

Para cualquiera, era un plazo ridículo.

Para Itachi Uchiha, era suficiente para empezar a cambiar el destino.

Un destino ajeno, primero.

El suyo… tal vez después.

Dio un paso adelante.

La ciudad siguió su ritmo, inconsciente de que entre sus calles acababa de descender una mujer de ojos carmesí, nacida de la muerte y enviada por un sabio antiguo para cumplir una misión imposible.

Salvar.

Proteger.

Hacer prosperar.

Hacer feliz.

Itachi Uchiha —ahora mujer, ahora más fuerte, ahora libre de la enfermedad, ahora armada con una vida adicional que no había pedido— caminó hacia el inicio del fin con la misma serenidad con la que había caminado siempre hacia el deber.

Y dentro de su mente, nítida como un sello grabado sobre piedra, solo quedó una frase: Sin fallar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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