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ojos carmesí - Capítulo 2

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  3. Capítulo 2 - 2 Siete días antes del fin
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2: Siete días antes del fin.

2: Siete días antes del fin.

Itachi se detuvo frente a la vitrina oscura de una tienda cerrada y, por primera vez desde que había llegado a ese nuevo mundo, se observó por completo.

Hasta ese momento había analizado su cuerpo en fragmentos.

El peso distinto de sus pasos.

La redistribución del centro de gravedad.

La nueva proporción de la musculatura.

El modo en que el aire entraba y salía de sus pulmones sin rasgarle el pecho por dentro.

La forma en que el chakra circulaba con más amplitud, con más obediencia, con una reserva tan vasta que resultaba casi insultante comparada con la fatiga metódica con la que había convivido durante años.

Pero una cosa era registrar datos funcionales.

Otra, muy distinta, era enfrentarse a la imagen completa, al reflejo entero de lo que ahora era.

La vitrina le devolvió la figura de una mujer que no parecía pertenecer a las calles comunes de una ciudad corriente.

Permaneció inmóvil.

No por impresión vacía.

Por análisis.

Su nuevo rostro era hermoso de una manera casi excesiva, casi peligrosa.

No era una belleza suave ni dócil.

Era una belleza precisa, afilada, silenciosa.

El óvalo del rostro era fino y perfecto, los pómulos limpios, la nariz recta, los labios delineados en un tono rojo oscuro que no parecía puesto por vanidad, sino como si formara parte del lenguaje visual de un arma ceremonial.

Sus ojos, incluso sin el Sharingan activo, retenían una intensidad que hacía difícil mirarla demasiado tiempo sin sentirse observado a cambio.

Había en ellos una profundidad poco natural, una quietud demasiado lúcida.

Si activaba el dōjutsu, esos ojos se volverían carmesí, absolutos, ineludibles.

Pero incluso dormidos, incluso humanos en apariencia, seguían siendo ojos de depredador.

Su cabello era negro, largo, espeso, brillante como tinta derramada bajo luna roja.

Lo llevaba recogido en un peinado alto y elaborado, sujeto con precisión por un tocado delicado y letal a la vez, atravesado por agujas ornamentales y piezas finas que, en otro contexto, habrían parecido joyería.

En ella, sin embargo, todo parecía cumplir una doble función: belleza y utilidad, apariencia y arma, ornamento y amenaza.

Una flor roja descansaba entre el cabello oscuro como una herida abierta.

Varios mechones quedaban sueltos a propósito alrededor del rostro, suavizando apenas una severidad que, de otro modo, habría resultado demasiado intimidante para una sociedad civil que aún no sabía que iba a morir en una semana.

Su cuerpo era distinto al que había conocido toda su vida, pero no menos eficiente.

Lo observó sin pudor, sin vergüenza, sin indulgencia.

Más esbelto en ciertas líneas, más flexible en su estructura, con una elegancia nueva que no nacía de fragilidad sino de control.

Sus hombros eran finos, sí, pero no débiles.

Sus brazos conservaban fuerza, una fuerza refinada, comprimida, silenciosa.

La cintura era más estrecha; las caderas, ahora presentes de forma más marcada, alteraban el equilibrio del movimiento y exigían una adaptación constante, aunque no le resultaba difícil.

Sus piernas eran largas, firmes, veloces.

Todo en ese cuerpo estaba diseñado para moverse con una gracia que desarmaría a cualquiera antes de que comprendiera que también podía matarlo.

No había torpeza en él.

No había blandura.

Solo otra configuración del peligro.

El traje que llevaba terminaba de convertir aquella imagen en algo imposible de olvidar.

La tela principal era negra, profunda, pulida como si absorbiera la luz.

Sobre ella corrían patrones rojos y dorados: flores abiertas como salpicaduras de sangre, hojas finas, formas delicadas que recordaban un kimono ceremonial y, al mismo tiempo, ocultaban la lógica de un uniforme de combate.

La espalda quedaba abierta en una larga línea elegante que revelaba piel pálida, no con vulgaridad, sino con una confianza fría, como si el cuerpo no fuera algo que esconder, sino simplemente otra extensión de la voluntad.

Un lazo rojo ceñía la cintura.

Las mangas amplias no impedían el movimiento; parecían hechas para dramatizarlo.

Cada paso convertía la tela en una sombra viva.

Cada giro prometía belleza y muerte en el mismo gesto.

En su cintura descansaba una katana negra con detalles rojos, impecable, sobria, hermosa a su manera.

No parecía decoración.

Parecía una conclusión lógica.

Sus uñas estaban pintadas de rojo oscuro, lustrosas, perfectas, como en las manos de la mujer de la máscara que aún llevaba plegada entre los dedos.

Itachi alzó apenas esa mano y observó el contraste entre la porcelana blanca de la máscara ANBU y las líneas rojas que la atravesaban.

No era exactamente la máscara que había usado en Konoha, pero sí una derivación de aquella identidad: más refinada, más estilizada, con trazos rojos sobre el blanco, con un aire animal, casi felino, que convertía el anonimato en algo ceremonial.

La sostuvo frente al reflejo y comprendió de inmediato que también esa pieza formaría parte de la imagen que otros construirían de ella.

La máscara para el miedo.

El rostro para la calma.

La espada para la certeza.

Los cuervos para el augurio.

Al pensar en ellos, el reflejo de la vitrina pareció oscurecerse por un segundo.

Los cuervos.

No necesitó invocarlos para saber cómo se vería al hacerlo.

Ya lo había sentido.

Ya lo había comprendido desde el momento en que el chakra, ahora amplificado y vasto, respondía a sus llamados como si el mundo mismo quisiera obedecerla.

Los cuervos emergerían como sombras negras alrededor de su figura, recortados contra el rojo, posándose a sus espaldas, en lo alto, a sus lados, como si fuesen fragmentos desprendidos de algo más antiguo que el lenguaje.

En ese instante, con esa apariencia, con ese cuerpo renovado, con ese cabello negro cortando el aire y el sello sobre la frente dormido bajo forma de una pequeña marca carmesí, Itachi parecía menos una mujer común que una aparición.

La marca en la frente era lo último que observó.

El sello Yin no se mostraba todavía con toda la complejidad del rombo que más adelante podría desplegarse, pero en estado latente se insinuaba como un punto carmesí exacto, centrado, sereno, como una gota de sangre detenida entre las cejas.

No arruinaba el rostro.

Lo dominaba.

Lo convertía en algo más ritual, más antiguo, más ajeno.

Se estudió varios segundos más.

No hubo fascinación.

No hubo rechazo.

Solo aceptación, cálculo y una leve conclusión interior: Hagoromo no había exagerado.

Este cuerpo sería útil.

Este cuerpo sería observado.

Este cuerpo podía abrir puertas o desviarlas.

Este cuerpo también sería una variable que Glenn Rhee no ignoraría.

Itachi sostuvo su propia mirada en el cristal y habló para sí, en voz baja, firme, sin emoción aparente.

—Bien.

La palabra no significaba satisfacción.

Significaba evaluación completada.

Un instante después añadió, aún más bajo: —Sin fallar.

Entonces un pulso de chakra atravesó el aire a su alrededor.

Veinte clones de sombra aparecieron en sucesión ordenada, sin estrépito, como si la noche misma los hubiese depositado allí.

Cada uno de ellos era ella.

Misma estatura.

Mismo rostro.

Misma ropa negra con rojo.

Misma espada.

Mismo sello.

Misma mirada quieta.

Veinte extensiones perfectas de una voluntad central que ahora poseía demasiado chakra para conformarse con una operación pequeña.

Los clones la observaron sin hablar.

No era necesario.

Itachi los contempló a todos, uno a uno, y la ciudad siguió respirando sin comprender que en medio de una calle común acababa de multiplicarse una fuerza capaz de vaciar regiones enteras del país antes de que la primera infección detonara públicamente el colapso.

—Escuchen —dijo.

Y ellos escucharon.

Las instrucciones fueron exactas.

Georgia sería la base.

Georgia no debía quedarse solo con reservas útiles: debía convertirse en un eje logístico absoluto.

A partir de ahí, los demás estados del cinturón circundante serían trabajados con criterios distintos.

En cinco de ellos, la extracción sería total.

No parcial.

No selectiva.

Total.

Todo lo que pudiera servir para el futuro sería tomado.

En los restantes, la recolección sería estratégica, especializada, orientada a completar vacíos y asegurar redundancia.

Comida de todo tipo.

Bebidas.

Agua embotellada.

Filtros.

Medicinas comunes y especializadas.

Antibióticos, anestésicos, vendas, instrumental quirúrgico, suturas, equipos hospitalarios portátiles y grandes.

Armamento civil.

Armamento militar.

Municiones.

Chalecos.

Herramientas.

Combustibles.

Generadores.

Paneles.

Baterías.

Semillas.

Tierras fértiles.

Fertilizantes.

Maquinaria agrícola.

Libros.

Manuales.

Mapas.

Conocimiento impreso.

Libros de medicina, ingeniería, construcción, supervivencia, química, agricultura, historia, idiomas, crianza, literatura.

Ropa.

Calzado.

Productos de higiene.

Productos de belleza.

Cuidado de la piel.

Jabones.

Champús.

Navajas.

Cortauñas.

Cepillos.

Pasta dental.

Compresas.

Todo.

Todo quería decir exactamente eso.

Todo.

Cada clon recibió pergaminos sellados por categoría, preparados para almacenar cantidades monstruosas sin deterioro.

Itachi había creado sistemas de clasificación dentro de los propios sellos: uno para alimentos secos, otro para conservas, otro para perecederos tratados, otro para armas cortas, largas y munición por calibre, otro para herramientas de construcción, otro para medicina básica, otro para medicina avanzada, otro para higiene, otro para textiles, otro para semillas y granos, otro para combustible líquido, otro para conocimiento impreso, otro para materiales de electricidad, otro para metales, otro para repuestos mecánicos.

El orden no era un lujo.

Era supervivencia futura convertida en estructura.

Los clones operarían con Sharingan, genjutsu, henge y supresión total de presencia.

Entrarían a supermercados, almacenes, farmacias, tiendas de armas, depósitos médicos, bibliotecas universitarias, concesionarios, talleres, puertos secos, granjas, centros de distribución, bases de suministros, grandes superficies, tiendas de cosmética, ferreterías, depósitos de gasolina, almacenes militares, silos, viveros, laboratorios, imprentas y librerías.

Allí donde fuera necesaria una compra para mantener apariencias, la harían.

Allí donde el tiempo hiciera inútil la cortesía, simplemente tomarían.

Si una cámara registraba algo, sería alterada.

Si alguien miraba demasiado, un genjutsu breve corregiría el recuerdo.

Si una barrera física se oponía, sería abierta.

Si una presencia armada surgía, sería desviada, dormida o anulada sin ruido.

No matarían salvo necesidad extrema.

No dejarían rastros imposibles.

No llamarían la atención más de lo imprescindible.

Pero al terminar, el vacío sería real.

Las reservas de ocho estados comenzarían a desplazarse, invisibles, hacia ella.

Cada vez que un pergamino alcanzara una capacidad crítica, el clon correspondiente lo haría regresar mediante sellado secundario.

Entonces, el contenido comprimido sería absorbido por la matriz de almacenamiento inscrita en el tatuaje ANBU del deltoide derecho de Itachi, un sello mayor disfrazado de tinta oscura sobre la piel.

Ese tatuaje no era solo una marca de pasado; se convertiría en una bóveda viva.

Un archivo de recursos.

Un arsenal de futuro.

Un país reducido a reservas transportables sobre un hombro femenino cubierto por negro y rojo.

Los clones asintieron.

Ninguno preguntó nada.

Porque todos eran ella.

La voluntad se fragmentó y, al mismo tiempo, siguió siendo una sola.

En un parpadeo comenzaron a desaparecer.

Uno tomó rumbo norte.

Otro sur.

Tres al oeste.

Varios al este.

Otros se elevaron por tejados, postes, sombras, usando rutas imposibles para una mirada ordinaria.

En menos de un minuto, la calle volvió a parecer común.

Solo Itachi permaneció frente a la vitrina, única, original, quieta.

Pero ya no estaba sola.

Su chakra trabajaba en veinte direcciones a la vez.

Su mente procesaba flujos paralelos de información: rutas, mapas, almacenes detectados, inventarios preliminares, perfiles de acceso, infraestructura, combustible disponible, posibilidades de extracción.

Todo ello le llegaba como ecos ordenados, no como ruido.

Lo absorbía sin esfuerzo.

Hagoromo había dicho la verdad: con este exceso de chakra, con el sello Yin latiendo silencioso bajo la piel, podía sostener una operación logística monstruosa y todavía reservar suficiente poder para destruir una ciudad si fuese necesario.

Sin embargo, ella no había llegado para destruir.

Había llegado por Glenn Rhee.

Lo encontró en minutos.

No porque el mundo se lo facilitara, sino porque nada en este mundo estaba preparado para ocultar a alguien de un Uchiha que realmente quisiera hallarlo.

Bastaron directorios en edificios, nombres en buzones, registros visuales, una breve lectura de patrones urbanos y el uso mínimo, casi insultante, del Sharingan sobre empleados distraídos, porteros cansados y sistemas de acceso demasiado simples.

Glenn Rhee.

Joven.

Asiático.

Rutina activa.

Apartamento concreto.

Trayectos repetidos.

Hábitos observables.

Entorno social todavía ordinario.

Itachi lo localizó, lo observó desde la distancia y comprendió de inmediato que el Sabio no había elegido al azar.

Glenn se movía con rapidez incluso en lo cotidiano.

No como un guerrero.

Como alguien que estaba acostumbrado a resolver deprisa.

A doblar esquinas sin perder tiempo, a subir escalones con ligereza, a manejar pequeñas urgencias urbanas como si su cuerpo comprendiera el valor de la velocidad antes de que el mundo se lo exigiera.

No tenía todavía la dureza que el apocalipsis le impondría.

Había en él una apertura visible, una energía viva, una humanidad sin encerrar.

Se notaba en la manera de mirar a otros, en la facilidad con la que registraba personas, puertas, bolsos, autos, movimientos.

Era observador sin ser frío.

Listo sin ser severo.

Itachi percibió enseguida que protegerlo a distancia sería una torpeza.

La mejor forma de proteger a Glenn Rhee era estar cerca.

Tan cerca como fuera posible antes del colapso.

El edificio ofreció la solución.

Uno de los apartamentos de la misma planta —o una planta cercana, lo bastante próxima para intervenir en segundos— estaba vacío.

No abandonado del todo, sino simplemente sin ocupar.

Itachi entró en la administración del inmueble con un genjutsu tan ligero que ni siquiera habría podido ser llamado agresivo.

Un formulario inexistente fue aceptado.

Un pago en efectivo, real, tomado de una de las operaciones preliminares de sus clones, dio peso al engaño.

Un llavero cambió de manos.

Una mirada se nubló.

Un recuerdo administrativo se reordenó.

De pronto, en los registros del edificio, ella siempre había estado programada para mudarse esa semana.

Simple.

Limpio.

Eficiente.

Cuando todo estuvo dispuesto, comenzó la escena que Glenn debía ver.

No una infiltración invisible.

Una mudanza.

Dos clones regresaron con cajas reales, maletas, un par de muebles plegados, bolsas, paquetes, elementos suficientes para construir la ilusión de una nueva vecina sin llamar al caos.

La mayoría del contenido era un decorado útil: ropa moderna, utensilios, productos básicos, algunas fundas, algunos libros elegidos, todo lo necesario para que un apartamento recién ocupado pareciera habitado de verdad si alguien llegaba a entrar.

El resto del verdadero arsenal seguiría acumulándose en sellos.

Itachi no se cambió de ropa.

No quiso.

No lo consideró necesario.

Podría haber vestido pantalones, camiseta, una chaqueta cualquiera, rebajarse al anonimato blando de las calles modernas.

Habría sido fácil.

Pero ese atuendo negro con rojo ya era, en cierto modo, una declaración.

No de vanidad.

De presencia.

Ella no estaba allí para integrarse del todo en un mundo que iba a romperse en siete días.

Estaba allí para marcarse en la memoria de Glenn sin parecer una amenaza inmediata, pero sí una anomalía imposible de olvidar.

Y cuando Glenn salió de su apartamento y la vio por primera vez, funcionó.

Glenn Rhee cerró la puerta con las llaves todavía en la mano y se detuvo apenas un segundo.

No fue una pausa grande.

Solo esa pequeña suspensión que ocurre cuando la realidad pone algo inesperado delante de ti.

Había una mujer al final del pasillo, cerca del apartamento vacío que durante semanas nadie había ocupado.

Estaba rodeada por cajas de mudanza, pero la escena completa tenía algo extraño, algo que no terminaba de encajar con la cotidianidad del edificio.

Primero vio el cabello oscuro, recogido alto, brillante, con una flor roja prendida entre mechones negros.

Luego el traje.

Negro, rojo, dorado.

Nada parecido a la ropa común de Atlanta.

No parecía un simple vestido, ni un disfraz barato, ni exactamente un kimono como los que a veces había visto en fotos o eventos.

Era algo entre ceremonial y peligroso.

Después vio la espada.

Una katana.

Negra.

Con detalles rojos.

De verdad.

No una pieza de juguete.

Glenn parpadeó.

Su primer pensamiento fue absurdamente simple.

Oh.

Tengo una nueva vecina.

El segundo fue mucho menos útil.

¿Y por qué mi nueva vecina parece salida de una película?

Se quedó mirándola más de lo que habría querido admitir.

No en el sentido grosero, no con descaro abierto, sino con esa mezcla de sorpresa, curiosidad y atención involuntaria que provocan las personas que parecen demasiado compuestas, demasiado distintas, demasiado… exactas.

Glenn era joven.

Era observador.

Y ella era imposible de ignorar.

Su rostro parecía impecable, casi perfecto, con esa clase de belleza que no invitaba de inmediato a la fantasía fácil, sino primero al desconcierto.

Era hermosa, sí, muchísimo, pero también tenía algo que lo hizo enderezarse apenas: una calma rara.

Una calma que no cuadraba con una mudanza, con cajas pesadas, con una mujer sola en un pasillo.

Ni siquiera estaba jadeando.

Él bajó la mirada un momento y notó las uñas rojas que sujetaban una de las cajas con una facilidad que parecía desmentir el tamaño del paquete.

Volvió a subir y registró el cuerpo entero: la elegancia del traje, la línea de la espalda, la firmeza de la postura, la forma en que el negro y el rojo parecían hechos para ella.

No la clase de belleza aparente que se derrumbaba al primer gesto torpe.

No.

Había algo atlético en ella, aunque el atuendo no fuera deportivo en absoluto.

Algo preciso.

Algo que hacía pensar que hasta si estuviera quieta seguía lista para moverse antes que los demás.

Es asiática, pensó Glenn, casi de inmediato, y luego, por reflejo, se sintió un poco tonto por haberlo pensado de una forma tan básica.

Como yo.

Después la mente comenzó a llenar huecos.

¿Coreana?

No… tal vez no.

Ese traje parece japonés, ¿no?

¿Será que va a una fiesta?

¿O es cosplayer?

Bueno, la espada no parece precisamente de utilería.

Quizá trabaja en algo artístico.

O quizá es modelo.

O quizá estoy inventando demasiado porque jamás había visto a alguien así mudarse al apartamento vacío de al lado.

Una de las cosas que más le llamó la atención fue que ella no parecía nerviosa por ser observada.

No estaba buscando aprobación.

No sonreía para suavizar la rareza de la escena.

No intentaba explicarse con lenguaje corporal.

Solo seguía acomodando las cajas con una eficacia silenciosa que, cuanto más la miraba, más imposible parecía.

Dos personas más —que Glenn asumió eran asistentes, amigos o familiares— dejaban cajas junto a la puerta y desaparecían para volver con otras.

Todo ocurría rápido.

Sin charla.

Sin bromas.

Sin el desorden cansado típico de una mudanza.

El edificio, mientras tanto, comenzó a reaccionar.

Una puerta se entreabrió más abajo.

Dos chicas jóvenes, probablemente universitarias, ralentizaron el paso al subir las escaleras y se miraron entre ellas con la emoción inmediata del chisme visualmente perfecto.

Una murmuró algo como “Dios mío, parece actriz”.

La otra, sin apartar la vista, respondió “o cosplayer profesional, no sé, pero mírala”.

Un chico con gorra, de unos veinte años, fingió revisar el celular mientras en realidad la observaba de reojo, construyendo al instante toda una historia mental donde aquella mujer debía pertenecer a algún rodaje, a una sesión de fotos o a un círculo de personas demasiado elegantes para ese edificio común.

Otra joven, cargando bolsas del supermercado, la miró con la mezcla de admiración y desconcierto con la que se mira a alguien que parece vivir con una seguridad que uno ni siquiera sabe imitar.

En pocos segundos, Itachi ya existía en la imaginación de todos ellos.

La chica misteriosa.

La nueva vecina asiática.

La del kimono negro y rojo.

La de la katana.

La hermosa.

La rara.

La imposible de ignorar.

Los jóvenes del edificio no la entendían, así que hacían lo único que los seres humanos hacen cuando una presencia demasiado fuerte irrumpe en su rutina: empezaban a construir una historia alrededor de ella.

Una cantante.

Una modelo.

Una artista.

Una fanática del anime.

Una heredera excéntrica.

Una japonesa rica.

Una coreana rarísima.

Una mujer que seguro tenía algo que ocultar.

Sus miradas eran curiosas, vivas, llenas de ese impulso juvenil de narrar lo desconocido antes de que lo desconocido los obligue a callar.

Itachi registró todas esas miradas sin parecer hacerlo.

Agradeció internamente la simpleza de los vivos cuando el mundo todavía no se ha roto.

A Glenn, sin embargo, lo observó con especial atención.

Porque Glenn no solo miraba.

Pensaba.

Era evidente en la manera en que sus ojos iban del rostro a las cajas, de las cajas a la espada, de la espada al gesto con que ella acomodaba un mueble pequeño, del mueble a la puerta del apartamento.

Estaba evaluando si ofrecer ayuda.

Si sería inapropiado.

Si ella la aceptaría.

Si tal vez ya tenía suficiente asistencia.

Si parecería raro que un desconocido se acercara de la nada.

Glenn tenía esa clase de bondad práctica que lo empujaba a actuar, pero también la suficiente inteligencia social para no invadir.

Al final dio un paso.

—¿Necesitas ayuda?

—preguntó.

La voz llegó sencilla, amable, un poco cautelosa.

Itachi alzó la mirada hacia él.

Sus ojos se encontraron.

Y por un segundo, solo por uno, Glenn sintió algo extraño.

No miedo exactamente.

No incomodidad plena.

Más bien la sensación repentina de que aquella mujer lo estaba leyendo de una manera demasiado completa para tratarse de un primer encuentro.

Como si en el tiempo que él había tardado en ofrecer ayuda, ella ya hubiese evaluado su tono, su respiración, la tensión ligera en los hombros, la honestidad de su gesto y la ausencia de amenaza en su postura.

Itachi vio lo que necesitaba ver.

Glenn Rhee era exactamente como había parecido en las visiones: atento, amable, dispuesto.

La respuesta que eligió fue deliberada.

Ni demasiado cálida.

Ni demasiado fría.

Lo bastante humana.

Lo bastante memorable.

—No es necesario —dijo.

Su voz era baja, serena, hermosa también, pero sobre todo controlada.

Glenn asintió de inmediato.

—Claro.

Bueno… bienvenida al edificio.

Ella inclinó apenas la cabeza.

—Gracias.

Nada más.

Pero para Glenn, esa mínima interacción tuvo más peso del que debería haber tenido.

Siguió de pie un segundo de más, como si esperara que el silencio se abriera hacia algo adicional.

No ocurrió.

Así que se obligó a moverse.

Dio un paso, luego otro, y mientras caminaba por el pasillo hacia las escaleras sintió de forma incómodamente clara que quería mirar atrás otra vez.

Lo hizo.

Solo una vez.

La vio de perfil, levantando una caja sin esfuerzo visible, el cabello negro recogido dejando caer algunos mechones a lo largo de la mejilla, el rojo de la flor y del lazo en la cintura resaltando contra el negro absoluto del traje.

La espada seguía allí, serena a su costado.

Una mujer imposible mudándose al apartamento vacío como si esa escena fuera perfectamente normal.

Definitivamente no es normal, pensó Glenn mientras bajaba.

Y aun así, había algo en esa rareza que no lo repelía.

Lo atraía.

No en el sentido brusco o infantil de un flechazo sin base.

No todavía.

Más bien como se siente la presencia de una incógnita que uno quiere resolver.

Quería saber de dónde venía.

Quería saber si realmente era japonesa.

Quería saber por qué se vestía así.

Quería saber si la katana era auténtica.

Quería saber por qué tenía una manera tan silenciosa de estar quieta.

Quería saber su nombre.

Y, aunque no se lo admitiera de inmediato, también quería volver a verla.

Itachi lo siguió con la mirada hasta que desapareció por la escalera.

Después entró al apartamento.

El espacio era adecuado.

No grande, pero suficiente.

La sala recibiría mobiliario mínimo.

La cocina sería funcional.

Un dormitorio serviría para descanso aparente; otro quedaría destinado a sellos, pergaminos, mapas y procesamiento logístico.

Ventanas con buen ángulo de observación.

Distancia correcta con respecto al apartamento de Glenn.

Rutas de acceso rápidas.

Tejado utilizable.

Puntos ciegos aprovechables.

Puertas fáciles de asegurar.

Dentro de una semana, aquella vivienda sería una posición avanzada.

En aquel instante, era solo el escenario necesario para parecer una vecina más.

Los clones dejaron las últimas cajas decorativas y se desvanecieron, devolviendo a la conciencia central nuevas capas de información: primeros supermercados vaciados, depósitos agrícolas sellados, dos farmacias mayores aseguradas, una biblioteca técnica en proceso, armamento ligero almacenado, mapas de rutas regionales incorporados, semillas clasificadas, combustible empezando a concentrarse.

Itachi absorbió todo sin moverse.

Luego se acercó a la ventana.

Desde allí podía ver parte del recorrido habitual de Glenn.

No todo.

Pero suficiente.

Se quedó observando la ciudad.

Siete días.

Ya no tres.

Siete.

Eso lo cambiaba todo.

Siete días significaban más recursos, más preparación, más oportunidades para consolidar una base imposible.

Significaban también siete días para estudiar a Glenn sin apresurarse, para comprender sus ritmos, para insertarse en su entorno con la naturalidad suficiente para que, cuando el mundo cayera, seguir a su lado no pareciera una irrupción artificial sino una consecuencia lógica.

La mejor protección empezaba antes del peligro.

No solo salvando una vida.

Organizando las condiciones de esa vida.

Afuera, la ciudad seguía intacta.

Dentro, Itachi ya estaba reescribiendo su futuro.

Y en el apartamento de más allá del pasillo, Glenn Rhee, con las llaves aún en el bolsillo y la mente regresando una y otra vez a la nueva vecina del traje negro y rojo, se descubría pensando en ella mucho más de lo razonable para alguien a quien acababa de ver por primera vez.

No sabía su nombre.

No sabía quién era.

No sabía que la muerte del mundo ya avanzaba hacia él.

Y no sabía, mucho menos, que una mujer de ojos carmesí había cruzado universos, cambiado de cuerpo, vaciado estados enteros y elegido vivir a unos pasos de distancia con una sola promesa clavada en el alma: Sin fallar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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