ojos carmesí - Capítulo 53
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- Capítulo 53 - 53 Sopa caliente naranjas secas y una tarde de hogar
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53: Sopa caliente, naranjas secas y una tarde de hogar 53: Sopa caliente, naranjas secas y una tarde de hogar La sopa había cumplido su propósito.
No solo porque estaba buena, no solo porque había llenado estómagos pequeños que ya estaban demasiado acostumbrados al sabor triste y repetido de las latas, sino porque durante unos minutos, sentados alrededor de aquella mesa plegable frente a la autocaravana, Carl, Sofía, María y José habían podido sentirse otra vez como niños.
Niños de verdad.
Niños a quienes se les servía comida caliente en un tazón.
Niños a quienes alguien les partía pan para acompañar el caldo.
Niños que podían hablar mientras comían sin tener que mirar cada dos segundos hacia el bosque con miedo a que algo surgiera de entre los árboles.
El vapor de la sopa subía todavía en hilos suaves desde algunos tazones medio vacíos, el pan ya estaba reducido a migas pequeñas junto a las cucharas, y la mañana se había ido volviendo una tarde temprana, una de esas tardes claras en que la luz se filtra limpia por encima de la laguna y hace parecer al campamento menos miserable de lo que en realidad era.
Los niños seguían hablando, animados, con esa naturalidad que solo ellos podían sostener en medio del desastre.
Punto de vista de Glenn Glenn estaba sentado al lado de Itachi, escuchando.
No intervenía demasiado.
No porque no quisiera.
Porque disfrutaba mucho de oírlos.
Carl hablaba con más soltura que los otros.
Sofía lo seguía, tímida al principio, pero cada vez más confiada.
María y José tardaban un poco más en sumarse, observando primero, midiendo el espacio, asegurándose de que realmente estaban cómodos allí, pero poco a poco también empezaron a participar.
—A mí me gusta jugar cerca de la laguna —decía Carl, sosteniendo todavía la cuchara entre los dedos—.
No muy adentro, porque mamá no quiere, pero sí por las piedras.
—Yo a veces busco piedras bonitas —dijo Sofía—.
Las lisitas.
—¿Y qué haces con ellas?
—preguntó Glenn, apoyando el codo sobre una pierna, relajado.
Sofía alzó los hombros con una seriedad que resultó tierna.
—Las guardo.
Carl asintió como si eso tuviera todo el sentido del mundo.
—Yo tenía una caja antes.
De cosas.
Piedras, canicas, una bala que encontré una vez.
María, que había estado escuchando en silencio, se animó entonces: —José y yo hacíamos casitas con barro.
José la miró y asintió rápido.
—Y ramitas.
—Y hojas —añadió María—.
Pero luego se rompían.
—Todas las cosas de barro se rompen —dijo Glenn con una sonrisa suave—.
Esa es parte del problema del barro.
José sonrió apenas.
—Yo también hago espadas con palos —dijo Carl de pronto, mirando a Glenn con más emoción—.
Bueno… no me salen tan bien.
—Nadie empieza haciéndolas bien —dijo Glenn.
Y al decirlo, miró de reojo a Itachi.
Ella no dijo nada todavía, pero Glenn supo que estaba escuchando con atención, como siempre hacía cuando había niños cerca.
Glenn conocía ya esa expresión suya: el rostro sereno, apenas serio, pero con una escucha real debajo, una atención muy precisa a todo lo que decían.
—Las latas sonaron mucho ayer —dijo Sofía de pronto, cambiando de tema—.
Cuando las probaron.
—Sí —dijo Carl—.
T-Dog las pateó poquito y sonaron bastante.
—Daryl también —añadió María.
José hizo un gesto con la mano, imitando el movimiento.
—Así, tan-tan-tan-tan.
Los cuatro se rieron.
Glenn también.
—¿Les dio miedo?
—preguntó.
Carl hizo una mueca.
—No mucho… bueno, un poco.
—A mí sí —dijo Sofía con honestidad inmediata—.
Porque sonó fuerte.
—Pero ahora protege —dijo María, repitiendo algo que seguramente había oído a los adultos.
—Sí —dijo José—.
Si algo llega, suena.
Glenn asintió.
—Eso ayuda.
—Itachi tuvo la idea —dijo Carl, mirando a la mujer sentada al lado de Glenn con una admiración directa que nunca se molestaba en esconder—.
Fue muy lista.
El corazón de Glenn reaccionó con ese orgullo automático que ya le nacía cada vez que alguien reconocía algo bueno de ella.
No porque necesitara que se lo dijeran.
Porque le gustaba oírlo.
Le gustaba ver a otros comprender aunque fuera una pequeña parte de lo extraordinaria que era.
Sofía también la miró.
—Sí.
Tú siempre tienes ideas.
Itachi bajó apenas la vista hacia la niña.
—Solo observo.
Esa respuesta hizo que Glenn sonriera para sí mismo.
Claro.
Solo observaba.
Observaba y resolvía.
Observaba y protegía.
Observaba y construía una vida entera desde cero.
Carl siguió hablando.
—Anoche ya no tuve tanto miedo porque sonaban las latas afuera.
Bueno, sí tuve, pero menos.
—El frío sigue siendo feo —dijo María, abrazándose un poco a sí misma pese al sol.
José asintió con fuerza.
—Sí.
En la noche hace mucho frío.
Glenn escuchó eso y pensó en su autocaravana.
En el calor que retenían adentro.
En la cama.
En las mantas.
En Itachi dormida contra él.
En lo brutal de la diferencia entre una carpa y un hogar.
Y entonces miró la olla.
Todavía quedaba sopa.
No mucha, pero suficiente.
Volvió la cabeza apenas hacia Itachi.
Ella también lo estaba mirando.
No hizo falta hablar.
Se dijeron Dale con una sola mirada.
Glenn sonrió.
Sirvió una porción más en otro tazón.
Itachi, sin una sola palabra, tomó pan, lo cortó en dos rodajas y lo puso a un lado dentro de la canasta de mimbre, lista para que él lo llevara.
Eso le apretó el pecho.
La coordinación entre ambos ya no era sorprendente, pero seguía siendo hermosa.
—Vuelvo enseguida —dijo Glenn.
Itachi asintió.
Y Glenn tomó la canasta con el tazón caliente, el pan y la cuchara, y caminó hacia el RV de Dale.
Punto de vista de Itachi Mientras los niños comían, Itachi escuchaba.
No hablaba mucho.
Nunca hablaba demasiado.
Pero escuchaba de verdad.
Escuchaba cómo Carl describía las piedras junto a la laguna, cómo Sofía hablaba de las que guardaba como pequeños tesoros, cómo María y José mencionaban las casas de barro, cómo los cuatro hablaban del frío nocturno, de las latas que ahora servían de alarma y del sonido que hacían cuando alguien o algo las golpeaba.
Escuchaba también otra cosa, una que iba por debajo de todas esas frases.
La adaptación.
Los niños ya estaban empezando a moldear su infancia alrededor del fin del mundo.
Jugar cerca de una laguna.
Aprender que las latas servían de alarma.
Saber que el frío de la noche podía ser peligroso.
Ajustar sus recuerdos recientes ya no a escuelas, habitaciones o calles, sino a fogatas, carpas y ruidos en el bosque.
Eso, incluso para alguien como Itachi, endurecida desde niña, era algo doloroso de observar.
No lo mostró.
Pero lo registró.
Y lo conectó, inevitablemente, con su propio pasado.
Su propia infancia había sido tomada y torcida hacia la guerra antes siquiera de tener forma.
La de ellos estaba siendo arrancada por otra clase de guerra.
Eso hacía que su decisión de servirles sopa, de darles pan, de hacerles juguetes, de escuchar cuentos o dejarles entrar al RV, no se sintiera como un exceso de indulgencia.
Se sentía correcto.
Y cuando Glenn la miró y ambos vieron que todavía quedaba sopa, Itachi entendió enseguida.
Dale.
El viejo había sido amable con ellos desde el principio.
Prudente, sí, pero amable.
Había compartido su espacio cuando pudo.
Había ofrecido lo que tenía sin invadir.
Y además, pensó Itachi mientras partía el pan para la canasta, un hombre de su edad, comiendo casi siempre latas y conservas, entendería bien el peso de un plato de sopa caliente.
Después de que Glenn se fue hacia la autocaravana de Dale, Itachi se volvió hacia los niños.
—Vamos adentro.
Carl fue el primero en levantarse.
Sofía lo siguió.
María y José lo hicieron después, sosteniendo todavía las cucharas con cierto cuidado, como si temieran romper o ensuciar algo.
—Traigan los platos —dijo Itachi.
Y entraron.
Dentro del RV, el cambio de temperatura, de olor y de luz fue inmediato.
María y José, que entraban por primera vez, se quedaron observando todo con una atención silenciosa.
Era imposible no hacerlo.
El interior de la autocaravana se sentía bonito, cálido, limpio.
Los sillones color crema, la mesa, la cocina organizada, las cortinas, los libros, la música baja de fondo, el pequeño árbol de naranjas junto a la refrigeradora, las fotos enmarcadas de Glenn e Itachi, el orden general de todo.
No era solo un vehículo.
Era una casa en miniatura.
Itachi recibió los platos usados.
Los dejó cerca del fregadero.
Abrió el grifo.
—Primero las manos —dijo.
Ayudó a cada uno a lavarse.
Uno por uno.
Les mostró cómo enjabonarse bien, entre los dedos, las palmas, el dorso.
Después, con un paño limpio, les limpió también la boca.
—El pescado es muy rico —dijo mientras secaba el rostro de Sofía con movimientos suaves y exactos—, pero si no se lavan bien las manos y la boca después, huele feo.
Los niños asintieron con toda la seriedad del mundo.
—Sí —dijo Carl.
—Entendido —murmuró María.
José solo asintió, obediente.
Luego Itachi volvió la vista hacia la puerta.
Glenn todavía no regresaba.
Tenían tiempo.
—Ayúdenme a meter las sillas y la mesa.
Los cuatro aceptaron enseguida.
Lo hicieron con una concentración adorable.
Carl levantó una silla primero.
José quiso imitarlo con otra, algo más torpe.
Sofía y María plegaron una entre las dos.
Itachi recibía cada silla y la iba acomodando en su lugar con paciencia.
Luego entre todos plegaron la mesa.
Carl empujó.
José sostuvo una esquina.
María y Sofía ayudaron donde pudieron.
Y todo fue volviendo a entrar al RV como una pequeña operación de orden en la que los niños participaban felices de ser útiles.
Cuando todo quedó guardado, Itachi empezó a lavar la olla, los tazones y las cucharas.
Y mientras limpiaba, ya estaba pensando en lo siguiente.
Las naranjas.
Las pequeñas bolsas.
Los nombres escritos con tinta.
Una tarde sencilla.
Una tarde que, si el mundo hubiera sido otro, habría parecido insignificante.
Y que precisamente por eso, por su sencillez, ella ya sabía que Glenn recordaría siempre.
Punto de vista de Dale Dale estaba sobre el techo de su autocaravana cuando oyó a Glenn llamarlo.
Bajó la vista.
Glenn no gritó demasiado.
Solo hizo un gesto con la mano, una seña clara de ven.
Dale sonrió y descendió con más rapidez de la que su espalda normalmente le habría permitido, impulsado por la curiosidad y por una intuición agradable.
Cuando llegó abajo, vio la canasta de mimbre en manos de Glenn y comprendió enseguida.
—¿Cómo estás, muchacho?
—preguntó.
—Bien —dijo Glenn—.
Ven a comer.
Dale lo observó.
—No era necesario.
—Queríamos —respondió Glenn.
Ese queríamos le hizo mirar instintivamente hacia la autocaravana de ellos.
No veía a Itachi desde allí, pero sabía que estaba adentro.
O cerca.
Y ese plural, ese queríamos, tenía mucho peso.
Porque cada vez que Glenn hablaba así de ella, de ambos, Dale entendía un poco más de qué material estaba hecho aquel matrimonio.
Se sentó en uno de los troncos cercanos.
Glenn abrió la canasta.
El olor subió enseguida.
Sopa caliente.
Pescado.
Pan.
Dale sintió una punzada breve y extraña en el pecho.
No de tristeza exactamente.
De memoria.
Porque hacía demasiado tiempo que no le servían algo así.
No desde antes.
No desde que el mundo todavía se parecía a sí mismo.
Glenn le entregó el tazón y la cuchara.
—Disfruta.
Luego le pasó la canasta.
—Te dejo esto.
Cuando termines, pones ahí los trastos.
Puedes devolverlos después.
Dale asintió despacio.
—Gracias, muchacho.
Agradece a tu esposa.
Glenn sonrió.
—Yo le digo.
Y se fue.
Dale se quedó solo con el tazón entre las manos.
El vapor le golpeó el rostro.
Partió un pedazo de pan.
Lo hundió apenas.
Probó primero el caldo.
Y cerró los ojos un segundo.
Caliente.
Salado justo.
Con cuerpo.
Con ese sabor profundo del pescado fresco, no de lata, no de conserva, no de nada viejo.
Un sabor verdadero.
Vivo.
Tomó otra cucharada.
Luego otra.
Después un trozo de pan.
Y mientras comía, pensó.
Pensó en la amabilidad de Itachi, que raras veces venía envuelta en palabras suaves, pero siempre terminaba apareciendo en actos concretos.
Pensó en Glenn, en lo fácil que se le daba compartir sin sentirse usado por ello.
Pensó que aquellos dos eran jóvenes y sin embargo se movían con una solidez doméstica y emocional que muchos matrimonios del viejo mundo jamás habían alcanzado.
Y pensó, también, que el mundo podía seguir pudriéndose todo lo que quisiera afuera; mientras existieran personas capaces de cocinar sopa para niños y de llevarle un plato caliente a un viejo, todavía quedaba algo digno de salvar.
Punto de vista de quienes vieron a Glenn llevarle sopa a Dale Shane Shane lo vio.
Vio a Glenn acercarse a Dale con la canasta de mimbre.
Vio el gesto de llamar al viejo para que bajara.
Vio la sopa.
Vio el pan.
Y lo que sintió fue una irritación sorda.
No porque le molestara que Dale comiera.
Sino porque cada gesto de Glenn e Itachi parecía ganarles más legitimidad dentro del grupo.
Más respeto.
Más sitio moral.
Más presencia.
La gente empezaba a mirarlos como algo estable.
Como algo bueno.
Como una pareja que aportaba, que cuidaba, que pensaba en todos sin volverse serviles.
Y eso hacía que Shane sintiera a Glenn cada vez más como un obstáculo.
Uno pequeño, sí.
Uno que socialmente no podía atacar ni desplazar sin quedar mal.
Pero obstáculo al fin.
Y luego estaba Itachi.
Siempre detrás de esos gestos, incluso cuando no se veía.
Siempre en el centro real de lo que pasaba.
Shane no había podido olvidar verla en bata, verla íntima, verla suya en la puerta del RV días atrás.
Y esa imagen se mezclaba ahora con otra: Itachi cocinando sopa, Itachi sirviendo pan, Itachi haciendo hogar.
La quería de una forma que ya no era simple deseo físico.
La quería como se quiere algo que uno cree que le falta.
Y que otro hombre ya tiene.
Merle Merle vio lo mismo y pensó cosas más sucias.
No le interesaba Dale.
No le interesaban los niños.
No le interesaba la sopa.
Le interesaba lo que la escena implicaba: esa mujer dentro de ese RV, cocinando, sirviendo, moviéndose para Glenn como esposa devota y a la vez como guerrera imposible.
El contraste lo enloquecía de una manera vulgar.
Cada vez que la imaginaba dentro de ese espacio cerrado con Glenn, cocinando, durmiendo, besándolo, se le retorcía algo bajo y obsceno en el cuerpo.
Y eso crecía.
No dijo nada.
Solo se quedó mirando.
Pensando que el muchacho coreano tenía más suerte de la que merecía.
Ed Ed también miró.
Y, como siempre, el resentimiento fue más fuerte que cualquier otra cosa.
No soportaba a las mujeres fuertes.
No soportaba a los hombres que no se imponían sobre ellas.
No soportaba ver respeto mutuo, ni ternura, ni compañerismo.
Todo eso le resultaba irritante, casi insultante, porque evidenciaba por contraste lo miserable que era él mismo.
Ver a Glenn llevar sopa a otro, como si fuera algo natural, como si el acto de cuidar no disminuyera su hombría, le provocó una clase de desprecio que en el fondo era pura incapacidad.
T-Dog T-Dog, en cambio, pensó algo mucho más simple y mucho más limpio.
Son buena gente.
Eso fue todo al principio.
Después pensó más.
Pensó que Glenn e Itachi seguían marcando una diferencia real en el grupo.
No hablaban por hablar.
No exigían.
No acaparaban.
Pero cada día hacían algo útil, algo inteligente o algo amable.
Y T-Dog, que valoraba ese tipo de cosas más que los discursos, no podía sino respetarlos por eso.
Morales y su esposa Morales vio a Glenn llevar la sopa a Dale y entendió otra vez algo que ya había notado antes: que ellos sabían exactamente dónde poner su bondad.
No se desbordaban.
No ofrecían todo a todos.
No se exponían de más.
Pero lo que daban, lo daban de verdad.
Su esposa pensó algo parecido.
Y además, al ver que sus hijos estaban ahora dentro del RV con Itachi y Glenn, sintió una tranquilidad poco habitual.
No se sentía en peligro.
No se sentía juzgada.
Sentía, simplemente, que por un rato sus niños estaban en manos cuidadosas.
Glenn vuelve al RV Cuando Glenn regresó, ya no había mesa afuera.
Ni sillas.
Todo estaba guardado.
Se sonrió apenas al verlo.
Claro.
Itachi.
Abrió la puerta del RV y entró.
Y la escena que encontró adentro lo detuvo un segundo.
Los niños estaban sentados alrededor del comedor, ya tranquilos, con las manos limpias, los rostros también, observando el interior del lugar con curiosidad respetuosa.
Itachi terminaba de arreglar la cocina, secando la encimera y dejando el último tazón limpio en su sitio.
La visión hizo que el pecho de Glenn volviera a llenarse de algo profundo.
Casa.
Eso pensó.
Casa.
Cerró la puerta tras de sí.
—¿Qué quieren hacer?
—preguntó, acercándose a los niños con una sonrisa—.
Podemos contar cuentos.
O podemos jugar con los juguetes que Itachi hizo la vez pasada.
Itachi, sin darse vuelta todavía del todo, interrumpió suavemente: —O pueden ayudarme a secar naranjas.
Los cuatro niños voltearon hacia ella.
María fue la primera en preguntar: —¿Cómo secar naranjas?
Itachi alzó apenas la vista y señaló el pequeño árbol de naranjas que estaba al lateral de la refrigeradora, en su cajón de madera.
—Tenemos el árbol aquí.
Vamos a cortar varias, en rodajas.
Luego las secamos en el horno.
José frunció el ceño un poco, curioso.
—¿Y eso para qué sirve?
—Sirve para echarlas en agua hervida y hacer agua de naranja —dijo Itachi—.
O puedes comerlas así, secas.
Glenn sonrió.
—Son muy sabrosas.
María y José se miraron entre sí.
Luego María habló por los dos: —Queremos ayudar.
Carl asintió también enseguida.
—Yo también.
Sofía hizo un pequeño sonido afirmativo y levantó la mano como si aún estuviera en clase.
Itachi asintió.
—Bien.
La preparación de las naranjas El proceso se volvió casi un pequeño ritual.
Itachi tomó una tabla de cortar grande.
Glenn sacó un cuchillo de buen filo y otro más pequeño.
Entre ambos bajaron del árbol una buena cantidad de naranjas, suficientes para dejar una tanda grande secándose y guardar una parte en el tarro de vidrio que ya tenían a la mitad.
No eran doscientas frutas enteras, naturalmente, pero sí una cantidad suficiente para que, una vez cortadas en rodajas finas, las bandejas quedaran cubiertas con muchísimas piezas circulares, casi doscientas rodajas entre todas.
Glenn y Itachi acomodaron a los niños alrededor de la mesa.
Carl y María fueron los primeros en recibir instrucciones.
Glenn se colocó detrás de Carl y le tomó la mano con cuidado para enseñarle la presión justa con el cuchillo pequeño.
Itachi hizo lo mismo con María.
José quedó con Glenn después, Sofía con Itachi.
Alternaban.
Guiaban.
Corregían.
—Despacio —dijo Glenn—.
No hace falta correr.
—El cuchillo se baja así —explicó Itachi, rodeando con sus manos las de Sofía para guiar el movimiento—.
Firme, pero sin apretar de más.
Carl concentró el ceño.
—¿Así?
—Mejor —dijo Glenn—.
Ahora otra.
María sonrió al ver su primera rodaja caer entera.
—¡Me salió!
Itachi asintió.
—Sí.
Bien hecha.
José estaba más torpe al principio, pero Glenn lo sostuvo con paciencia.
—No pelees con el cuchillo —le dijo—.
Solo guíalo.
—¿Como la katana?
—preguntó Carl de inmediato.
Eso hizo que Glenn se riera.
—No exactamente.
Muchísimo menos peligrosa.
Pero sí, más o menos.
Itachi, al otro lado, cortaba algunas más a velocidad mayor para equilibrar el trabajo, pero dejaba que los niños participaran lo suficiente como para sentir que de verdad estaban ayudando.
Las rodajas iban quedando sobre la tabla, húmedas, brillantes, transparentes en los bordes.
Cuando tuvieron suficiente, Glenn sacó las bandejas.
Los niños ayudaron a acomodar las rodajas en filas.
Una al lado de otra.
Cuidadosamente.
Sin encimar demasiado.
Itachi corrigió algunos espacios y luego dejó que Carl y Sofía pusieran las últimas.
—Ahora qué sigue?
—preguntó Carl.
—Esperar —dijo Itachi.
Metieron las bandejas al horno.
Glenn cerró la puerta.
Y el aroma a naranja comenzó, poco a poco, a mezclarse con el aire cálido de dentro del RV.
Cuentos, limpieza y pequeñas bolsas con nombres Mientras las naranjas se secaban, Glenn sacó uno de los libros de cuentos que había conseguido en la tienda de antigüedades.
—Tengo un libro —dijo—.
Vamos a leer unos.
Los niños aceptaron enseguida.
Itachi, mientras tanto, terminó de limpiar del todo la cocina.
Lavó los cuchillos.
Secó la tabla.
Limpió la mesa.
Guardó las cáscaras aparte.
Luego tomó el tarro de vidrio donde ya tenían una parte de naranjas secas guardadas y lo dejó listo sobre la encimera.
Después sacó cuatro bolsas pequeñas de plástico, sellables.
Las puso alineadas sobre la encimera.
Tomó un papel.
Una pluma.
Y escribió con tinta, con su caligrafía limpia y exacta: María José Carl Sofía Esperó a que la tinta secara bien.
Luego metió cada nombre dentro de su bolsita correspondiente.
Glenn, desde el sillón del comedor, seguía leyendo.
Los niños estaban atentos.
Carl hacía preguntas.
Sofía escuchaba con los ojos muy abiertos.
María y José se habían relajado ya del todo, sentados cerca uno del otro.
Cuando Itachi terminó con las bolsitas, miró la escena.
El libro en manos de Glenn.
La voz de él leyendo.
Los niños atentos.
La música country ya más baja.
El horno trabajando.
Y entonces, sin decir nada, caminó hacia Glenn y se sentó en su regazo.
Glenn la recibió de forma inmediata, automática, como si ese sitio entre sus brazos hubiera sido hecho exactamente para ella.
La rodeó por la cintura con una mano mientras con la otra sostenía el libro abierto.
Itachi se acomodó contra su pecho, sintiendo su calor, la vibración baja de su voz mientras leía, el ritmo tranquilo de su respiración.
Los niños apenas miraron eso como algo ya natural.
Porque para ellos, a esas alturas, Glenn e Itachi eran simplemente eso: marido y mujer.
Y en los ojos del campamento también lo eran.
Nadie sabía de fachada.
Nadie sabía de actuación.
Para todos, ellos estaban casados de verdad.
Y cuanto más tiempo pasaba, más cierto se volvía incluso para los dos.
Itachi descansó una mano sobre la de Glenn en su cintura.
El horno seguía secando las naranjas.
Los cuentos seguían.
La tarde avanzaba.
Y por unas horas más, dentro de aquella autocaravana cálida, llena de madera, luz suave, olor cítrico y voces infantiles, el fin del mundo quedó fuera.
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