Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

ojos carmesí - Capítulo 52

  1. Inicio
  2. ojos carmesí
  3. Capítulo 52 - 52 Sopa para los niños
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

52: Sopa para los niños 52: Sopa para los niños La sopa terminó de tomar forma dentro de la autocaravana con el hervor lento del caldo, el perfume del pescado, de los camarones y de los pequeños moluscos mezclándose con las verduras y las hierbas.

El vapor subía en líneas suaves hacia las ventanas abiertas, y la música country seguía sonando de fondo, dándole a todo una atmósfera tan doméstica que por momentos resultaba difícil recordar que afuera el mundo seguía roto.

Glenn removió una vez más la olla con la cuchara de madera y luego se volvió apenas hacia Itachi.

—Llamaré a los niños —dijo—.

A Carl y a Sofía.

Itachi, que estaba revisando la consistencia del caldo con una calma exacta, alzó la vista hacia él y habló: —Traje un pescado más.

Glenn la observó.

Itachi continuó: —Alcanza también para los hijos de Morales.

Llámalos.

El corazón de Glenn se aflojó con ternura.

No porque le sorprendiera ya esa clase de gesto en ella.

Porque seguía conmoviendo del mismo modo.

Itachi no hacía las cosas por obligación ni por quedar bien.

Si cocinaba más, si pensaba en niños, si extendía la comida para incluir a otros, era porque genuinamente había decidido hacerlo.

Y eso, viniendo de ella, siempre tenía peso.

Glenn sonrió.

—Bien.

Itachi se movió ya hacia la parte del comedor.

—Entonces yo sacaré la mesa.

—Perfecto —dijo Glenn.

Mientras él salía de la autocaravana, Itachi tapó la sopa para que conservara el calor y empezó a preparar el pequeño espacio donde comerían.

Lo hizo con la misma facilidad elegante con la que hacía todo.

Sacó una mesa plegable desde dentro del RV y la abrió afuera, a un costado, cerca de la entrada, en una zona donde la luz de la mañana todavía llegaba limpia y el aire de la laguna corría suave.

Luego trajo sillas plegables.

Una para ella.

Otra para Glenn.

Una para Carl.

Otra para Sofía.

Y dos más para María y José, los hijos de Morales.

Seis lugares.

Seis tazones.

Seis cucharas.

Después volvió a entrar, tomó la olla todavía caliente y la puso sobre la mesa.

El vapor se levantó en una nube tenue, cargando el aroma de la sopa al aire de la cantera.

Regresó por los tazones y los acomodó con exactitud.

En cada lugar puso también un poco de pan cortado en rodajas de su reserva, pequeñas porciones que acompañarían mejor el caldo.

Cuando terminó, la escena se veía casi absurda en su belleza.

Una mesa sencilla.

Sillas plegables.

Una olla humeante.

Pan.

Tazones.

Y la autocaravana detrás, cerrada, limpia, silenciosa, como si todo aquello fuera el comedor improvisado de una familia en medio de una excursión cualquiera y no de un apocalipsis.

Punto de vista de Glenn Glenn caminó hacia la fogata del campamento con una sensación extraña en el pecho.

No incómoda.

No nerviosa.

Sino consciente.

Porque era raro verlo caminar solo.

No completamente solo, claro.

Itachi estaba cerca, siempre estaba cerca, incluso cuando no iba pegada a su lado.

Pero para el campamento la imagen de Glenn sin ella resultaba poco habitual.

Desde que habían llegado, la mayoría de la gente se había acostumbrado a verlos como una sola unidad, como una pareja que se movía acompasada, armónica, casi inseparable.

Así que cuando Glenn apareció caminando desde la dirección del RV hacia la fogata sin Itachi a su lado, varias cabezas se alzaron de inmediato.

Glenn no se detuvo demasiado cerca del grupo.

Solo lo suficiente.

Alzó la voz con suavidad.

—¡Sofía!

¡Carl!

Ambos niños alzaron la vista enseguida.

Carl reaccionó primero, con esa prontitud tan propia de él cuando se trataba de Glenn o de Itachi.

Sofía lo siguió justo después.

—Hicimos sopa de pescado —dijo Glenn, sonriendo—.

¿Van a venir a comer?

El rostro de Carl se iluminó casi de inmediato.

—¡Sí!

¿Puedo?

—Claro que puedes —dijo Glenn—.

Pregúntale a tu mamá.

Carl volvió la vista hacia Lori.

Y Glenn, aunque mantuvo la sonrisa, sintió en el fondo una pequeña tensión.

Porque sabía.

Sabía que Lori no le tenía cariño real a Itachi.

Sabía que había resentimiento allí, un resentimiento feo y silencioso que a veces se disfrazaba de crítica, de comentario o de simple incomodidad.

Y también sabía que parte de ese resentimiento venía de la forma en que Carl miraba a Itachi, con admiración y curiosidad, y de cómo el grupo entero parecía orbitar cada vez más hacia ellos dos en busca de soluciones, recursos o simple estabilidad.

Lori, en efecto, quiso negarse.

Glenn lo vio en su rostro.

Lo vio en el pequeño endurecimiento de la mandíbula.

En el modo en que los dedos apretaron apenas la lata que tenía entre las manos.

En el segundo de silencio que tardó demasiado en llegar a ser respuesta.

Quería decir que no.

Quería negarle a Itachi esa pequeña victoria doméstica.

Quería evitar que Carl siguiera sumando recuerdos cálidos alrededor de ella.

Quería, quizá, proteger su propio orgullo herido.

Pero Carl estaba sonriendo.

Y Lori también sabía lo que todos sabían: estaban en un apocalipsis.

Los niños comían latas, conservas, comida repetida, comida triste.

Una sopa de pescado caliente, hecha por manos cuidadosas, con pan y una mesa afuera del RV, era algo demasiado bueno como para negárselo solo por orgullo.

Así que Lori, con los dientes apretados y la humillación ardiéndole por dentro, asintió.

Carl sonrió más aún.

Sofía ya estaba diciendo: —¡Yo también voy!

Glenn rio suave.

—Vengan.

Entonces se giró hacia Morales.

—Morales —dijo—.

¿Me prestas un rato a María y a José?

Morales lo miró apenas.

Glenn sostuvo la mirada con naturalidad.

No estaba pidiendo algo extraño.

No estaba imponiendo nada.

Solo invitando a sus niños a compartir un plato caliente.

Morales pensó unos segundos y luego asintió.

—Sí.

Se inclinó hacia sus hijos.

—Vayan con Glenn un rato.

Los pasaré a recoger más tarde.

María y José asintieron con algo de timidez.

No miedo, exactamente, pero sí esa reserva pequeña que tienen los niños cuando no han convivido demasiado con alguien aunque no les resulte ajeno.

Glenn les sonrió con toda la suavidad que tenía.

—Vamos.

Y así, con Carl y Sofía ya caminando a ambos lados, y María y José siguiéndolos un poco detrás al principio, Glenn volvió hacia la autocaravana.

Mientras caminaba con los niños, el pecho se le llenó de algo extrañamente cálido.

Miró de reojo a Carl.

Luego a Sofía.

Luego volvió apenas la cabeza para asegurarse de que María y José siguieran con ellos.

Y de golpe la escena lo atravesó con una fuerza nueva: cuatro niños caminando detrás de él hacia el RV donde Itachi los esperaba con sopa caliente.

No era una fantasía todavía.

No era una familia propia.

Pero se parecía lo suficiente como para dolerle de dulzura.

Y cuando vio a Itachi a lo lejos, junto a la mesa ya preparada, sirviendo la sopa, el dolor se convirtió en algo más hondo.

Amor.

Puro y sin defensa.

Porque verla allí, sirviendo comida para niños, con la mesa lista, con la olla humeante y el rostro sereno, era casi demasiado para él.

Punto de vista de Itachi Desde donde estaba, Itachi oyó la voz de Glenn llamando a los niños antes de verlos.

Siguió sirviendo la sopa.

Una porción en cada tazón.

Ajustó las cantidades según el tamaño de cada niño.

Un poco menos en los de Sofía y María.

Un poco más para Carl y José.

Separó los trozos de pescado con cuidado, procurando que todos tuvieran suficiente.

Distribuyó también algunos camarones, pequeños trozos de moluscos y caldo con verduras suaves.

Lo hacía con la misma concentración con la que distribuiría cualquier recurso importante, pero había algo nuevo debajo de ese gesto: una quieta satisfacción.

Le gustaba.

Le gustaba la idea de que los niños comieran algo caliente, algo hecho, algo bueno.

Le gustaba ver la mesa lista para recibirlos.

Le gustaba pensar que Glenn había entendido de inmediato la inclusión de María y José sin necesidad de explicaciones largas.

Y cuando levantó la vista y lo vio volver con los cuatro niños, algo dentro de ella se movió otra vez.

Glenn venía primero.

Carl y Sofía a sus lados.

María y José detrás, todavía más tímidos.

La escena era limpia, sencilla, casi luminosa.

Y el corazón de Itachi, ese territorio nuevo que todavía seguía aprendiendo a habitar, reaccionó.

No con miedo.

No con rechazo.

Con una punzada cálida.

Con una idea peligrosamente dulce.

En un futuro.

La frase volvió sin permiso.

Porque lo que veía delante de sí se parecía demasiado a una promesa en miniatura.

Glenn conduciendo niños hacia la mesa.

Ella sirviendo comida.

Un espacio de hogar sostenido entre ambos.

No dijo nada.

Solo siguió sirviendo.

Pero en su mente lo registró.

Lo guardó.

Y cuando Glenn se acercó con ellos, Itachi ya tenía todo listo.

—Siéntense —dijo.

Su voz no fue especialmente suave, pero tampoco distante.

Fue clara.

Tranquila.

Segura.

Carl obedeció enseguida.

Sofía también.

María y José vacilaron un segundo, mirando primero a Glenn y luego a Itachi, pero terminaron sentándose con la misma obediencia tímida que tienen los niños cuando perciben autoridad y cuidado al mismo tiempo.

Glenn ocupó su lugar junto a Itachi.

Y al verlos allí, a la mesa, Itachi se dio cuenta de que aquella pequeña reunión no era solo un almuerzo improvisado.

Era una escena que, de alguna manera, llevaba demasiado tiempo oculta dentro de ella sin saberlo.

Punto de vista de los que quedaron en la fogata Cuando Glenn se dio la vuelta con los cuatro niños caminando hacia la autocaravana, la fogata del campamento quedó atrás en un silencio breve, el tipo de silencio que no nace del desconcierto, sino de que todos estaban mirando la misma cosa al mismo tiempo.

Dale fue uno de los primeros en seguir la escena con los ojos.

Desde el punto de vista de Dale, aquello resultaba más hermoso que extraño.

Había vivido lo suficiente para reconocer ciertos gestos por lo que eran: no simples actos de bondad, sino señales de carácter.

Invitar niños a comer una sopa hecha con cuidado, montar una mesa, sacar sillas, servir pan, hacer que el almuerzo pareciera una comida de verdad y no solo supervivencia, eso decía mucho de Glenn y de Itachi.

Decía mucho, también, de la vida que estaban construyendo dentro de su autocaravana.

Dale pensó, mientras bebía un resto de café tibio, que aquellos dos jóvenes estaban haciendo algo muy raro en el fin del mundo: estaban preservando la dignidad de lo cotidiano.

Morales miró a sus hijos irse con Glenn y sintió una mezcla de alivio y gratitud.

Como padre, comprendía perfectamente lo que significaba permitirle a otros alimentar a tus niños.

No era cosa pequeña.

Requería confianza.

Y él confiaba en Glenn.

Y, aunque Itachi seguía imponiendo una especie de distancia natural, también confiaba en ella.

La veía capaz, seria, exacta, pero no cruel.

Más aún, la veía generosa con los niños sin necesidad de hablarles como si fueran tontos ni de endulzar exageradamente la voz.

Eso le gustaba.

Le parecía honesto.

La esposa de Morales, sentada cerca del fuego, observó a María y José alejarse y sintió algo parecido a ternura.

No había muchas cosas buenas en su presente, pero saber que sus hijos comerían caldo caliente en vez de otra lata fría o recalentada en el fuego era suficiente para ablandarle un poco el corazón.

T-Dog miró la escena desde un lugar más práctico, pero no por eso menos humano.

Pensó que Glenn e Itachi seguían haciendo grupo, aunque a su manera.

No se mezclaban todo el tiempo.

No se sentaban siempre al fuego.

No abrían su casa.

Pero seguían aportando.

Seguían incluyendo.

Seguían pensando.

Eso, para él, pesaba más que cualquier gesto de falsa camaradería.

Ed observó también.

Y lo que sintió fue menos noble.

Había en él una molestia sorda cada vez que Itachi parecía hacer algo bien sin esfuerzo.

Le irritaba esa perfección.

Le irritaba que fuera hermosa, fuerte, útil, callada y que aun así el grupo la respetara.

Le irritaba que Glenn no la “controlara”, que no la minimizara, que no la pusiera por debajo de sí.

En hombres como Ed, las mujeres seguras y queridas despertaban resentimiento antes que admiración.

Ver a Carl, Sofía, María y José caminar hacia ella, hacia su sopa, hacia ese espacio cálido, le hizo apretar la mandíbula.

No porque le importaran los niños.

Porque odiaba lo que esa escena representaba.

Merle, por su parte, observó con una oscuridad distinta.

La vulgaridad y la obscenidad de su atracción por Itachi crecían cada vez que la veía hacer algo nuevo.

Ya no era solo que deseara su cuerpo, lo cual ya de por sí era constante.

Era también que lo obsesionaba el contraste.

La mujer armada con katana.

La mujer capaz de partir a un caminante.

La mujer de tacones sobre piedras.

Y ahora la mujer sirviendo sopa en una mesa para niños.

Todo eso junto le parecía suciamente fascinante.

Ver a Glenn volver con los pequeños hacia ella, verla a lo lejos sirviendo con calma, hizo que esa obsesión adquiriera otra capa más.

Más enferma.

Más posesiva.

Más obscena.

No decía nada, pero lo pensaba todo.

Y luego estaba Shane.

Desde el punto de vista de Shane, la escena fue casi intolerable.

Porque no era solo Glenn llamando a los niños.

No era solo Itachi poniendo una mesa.

Era lo que todo eso significaba.

Significaba hogar.

Significaba familia.

Significaba un tipo de vida compartida que ya no parecía improvisación ni necesidad.

Ellos no parecían dos personas sobreviviendo juntas.

Parecían una pareja establecida.

Casada.

Arraigada.

Con una intimidad ya suya, con pequeños rituales, con comida, con espacio, con decisiones comunes.

Y eso encendía algo muy feo dentro de Shane, algo que él seguía negándose a llamar por su nombre.

Obsesión.

Porque verla actuar como esposa, como mujer de casa y de guerra a la vez, como alguien capaz de poner alimento en la mesa con esa naturalidad silenciosa, no lo alejaba.

Lo atraía más.

Y mirar a Glenn ser el centro de ese mundo lo molestaba de una forma cada vez más insoportable.

Apretó la mandíbula.

Observó a Carl ir feliz hacia allá.

Observó la forma en que Lori callaba.

Observó a los niños de Morales seguir a Glenn.

Y lo único que podía pensar era que ese lugar debería haber sido suyo.

Lori, por supuesto, también lo vio todo.

Y lo vivió peor.

Porque Carl fue sin dudar.

Porque sonrió.

Porque no tuvo que convencerlo Glenn: Carl quiso ir.

Y eso le dolió.

No porque no quisiera que su hijo comiera bien.

Porque cada cosa buena que recibía Carl parecía venir de Glenn e Itachi.

Cada momento cálido.

Cada gesto amable.

Cada comida distinta.

Cada historia.

Cada juguete.

Eso erosionaba algo dentro de Lori.

Su seguridad.

Su lugar.

Su orgullo.

Verlo irse con la espalda recta, ilusionado, hacia esa mesa donde Itachi ya servía sopa la hizo sentirse otra vez en segundo plano.

No dijo nada.

Pero el veneno siguió creciendo igual.

Punto de vista de las mujeres en la laguna y de Daryl Desde la laguna, Amy fue la primera en ver a Glenn acercarse de vuelta con los niños.

Al principio sonrió solo por la ternura de la escena.

Luego sus ojos se fueron naturalmente hacia la mesa que Itachi había montado afuera del RV.

—Dios… —murmuró.

Andrea, que estaba escurriendo una falda, siguió su mirada.

—Sí.

Jaqui también levantó la vista.

Carol se volvió apenas.

Y Daryl, un poco detrás, observó sin decir nada.

Desde donde estaban, podían ver bastante bien.

La mesa plegable.

Las seis sillas.

La olla aún humeante.

Los tazones ya colocados.

El pan junto a cada sitio.

Itachi de pie al lado de la mesa, sirviendo porciones con una calma tan natural que parecía haber hecho aquello toda la vida.

Los niños acercándose con Glenn.

La forma en que él se movía hacia ella como si siempre terminara allí.

Amy bajó un poco la voz, como si no quisiera romper la imagen.

—Miren eso.

—Lo estoy mirando —dijo Andrea.

—No, pero de verdad, miren eso —insistió Amy—.

La mesa.

Las sillas.

El pan.

La sopa.

Es como… —Como una familia —terminó Carol suavemente.

Hubo un pequeño silencio.

Porque sí.

Eso era exactamente lo que parecía.

Una familia.

No completa quizá.

No propia en el sentido literal.

Pero sí una escena familiar.

Una de esas escenas que casi dolían de tan normales.

Jaqui observó cómo Itachi servía primero uno de los tazones pequeños y lo acercaba a Sofía.

—Nunca hace nada a medias.

—No —dijo Andrea—.

Si va a darles sopa, les da sopa de verdad.

No solo un cucharón y ya.

Amy sonrió un poco.

—Carl parece tan feliz.

—Todos —corrigió Carol, viendo a María y José sentarse ya menos tensos.

Daryl habló entonces, sin apartar la vista.

—Los niños se sienten seguros con ellos.

Las cuatro lo miraron.

Amy respondió con suavidad: —Sí.

—Y con razón —añadió Carol.

Andrea observó a Glenn tomar asiento junto a Itachi.

Él se veía relajado, contento, cuidadoso.

No parecía nervioso por tener niños alrededor.

No parecía incómodo.

Parecía… correcto allí.

—Se ven bien así —dijo.

Amy soltó una pequeña risa.

—¿Así cómo?

Andrea tardó apenas un segundo en responder.

—Como padres.

Esa frase se quedó entre ellas.

Amy fue la primera en reaccionar.

—Yo pensé lo mismo.

Carol bajó la vista un momento hacia la ropa que tenía en las manos, pero cuando volvió a mirar al RV ya sonreía de una manera distinta, un poco más honda, un poco más triste.

—Sí.

Yo también.

Jaqui observó a Itachi inclinarse un poco para acomodar mejor el tazón de María.

—Itachi con niños da una impresión rara.

—¿Rara?

—preguntó Amy.

—Sí —dijo Jaqui—.

Porque es tan fuerte, tan… como una espada.

Y luego la ves servir sopa, inclinarse, poner pan, asegurarse de que los pequeños estén sentados cómodos… y entiendes que no es fría.

Solo es selectiva.

Carol asintió.

—Con quién se abre.

Con quién cuida.

Daryl dijo: —Con quién deja acercarse.

Andrea lo miró.

—Eso también.

Amy suspiró.

—A veces siento que ellos ya viven en otra realidad.

Como si dentro del RV el mundo fuera otro.

Carol pensó en eso.

No lo contradijo.

Porque era cierto.

La autocaravana de Glenn e Itachi no se sentía solo como refugio.

Se sentía como un espacio donde el mundo anterior seguía respirando un poco.

Donde había música, orden, comida servida, mesa, ropa tendida, libros, fotografías.

Y eso, para cualquiera que los mirara desde afuera, se había vuelto casi magnético.

—No creo que sea otra realidad —dijo Andrea al fin—.

Creo que ellos simplemente decidieron no dejar morir ciertas cosas.

—¿Como cuáles?

—preguntó Amy.

Andrea siguió mirando la escena mientras respondía.

—Los modales.

El cuidado.

El hogar.

La idea de un mañana.

Carol sonrió despacio.

—Sí.

Jaqui añadió: —La ternura también.

Amy volvió a mirar a Itachi, que ahora estaba sentada finalmente junto a Glenn mientras los niños empezaban a comer.

—Todavía me cuesta creer que ella se ría con él.

O que juegue.

—Porque eso no es para todos —dijo Carol.

—No —dijo Daryl—.

Es solo para él.

Y nadie lo discutió.

Dentro del RV y junto a la mesa Mientras todo eso era pensado, dicho y observado por otros, Glenn e Itachi se movían dentro de la pequeña escena que habían creado sin darse cuenta de todo lo que despertaban al ser vistos.

Glenn ayudó a los niños a sentarse.

Itachi terminó de servir.

Carl recibió su tazón con una sonrisa inmediata.

—Gracias.

Sofía hizo lo mismo, más pequeña, más suave.

—Gracias.

María y José todavía dijeron el gracias con un poco más de timidez, pero sus ojos ya estaban puestos en el vapor de la sopa y en el pan.

—Está caliente —dijo Glenn—.

Soplen primero.

Itachi asintió.

—Despacio.

Y se sentó al fin.

Glenn ocupó su lugar a su lado.

Compartieron una mirada breve.

En esa mirada se dijeron que estaba bien.

Que la escena era buena.

Que los niños estaban tranquilos.

Que aquello, aunque simple, importaba.

Y entonces empezaron a comer.

Hablaron poco al principio, más pendientes de los niños.

Glenn partió un poco más de pan para Sofía.

Itachi movió el tazón de José un poco más cerca de él para que no tuviera que inclinarse tanto.

Carl comía con entusiasmo contenido.

María empezó más lenta, pero al segundo cucharón ya parecía mucho más segura.

José sonrió apenas después del primer sorbo.

Y eso bastó para que Glenn se relajara por completo.

—¿Está buena?

—preguntó.

Carl asintió.

—Mucho.

Sofía también.

—Sí.

Itachi no sonrió abiertamente, pero Glenn vio la pequeña suavidad que apareció en su expresión.

Y eso, otra vez, le bastó.

La mañana siguió así.

Con sopa.

Con niños.

Con una mesa a la sombra del RV.

Con cuatro adultos y muchas personas más alrededor pensando, mirando y entendiendo cosas distintas.

Y en el centro de todo, sin necesidad de decirlo, Glenn e Itachi seguían convirtiéndose en algo más firme, más visible, más real.

No ante la cantera.

Ante sí mismos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo