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ojos carmesí - Capítulo 55

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  3. Capítulo 55 - 55 Naranjas secas ropa doblada y lo que el campamento empezaba a entender
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55: Naranjas secas, ropa doblada y lo que el campamento empezaba a entender 55: Naranjas secas, ropa doblada y lo que el campamento empezaba a entender La tarde había seguido deslizándose con esa calma extraña que a veces parecía posarse solo alrededor de la autocaravana de Glenn e Itachi.

Después de la sopa, después de los cuentos, después de las naranjas secas, después de la visita de Morales para recoger a María y José, el tiempo no se había roto ni apresurado.

Simplemente había seguido, suave, doméstico, casi ajeno al resto del mundo.

Glenn e Itachi habían aprovechado ese resto de la tarde para terminar de recoger las cosas de la laguna.

La ropa que habían dejado secándose ya estaba lista, tibia todavía del sol, limpia, ligera.

Glenn se había sentado en uno de los sillones cerca del comedor con la canasta grande al lado, doblando una prenda tras otra con esa seriedad tranquila que ponía incluso en las tareas más pequeñas.

Itachi, a su lado, le ayudaba.

A veces tomaba una camisa y la extendía antes de doblarla.

A veces organizaba las prendas por tipo.

A veces corregía el borde de una toalla para que quedara mejor acomodada.

No hablaban demasiado, no porque no tuvieran qué decirse, sino porque no lo necesitaban.

De fondo, la música country seguía sonando baja.

No invadía.

Solo llenaba el espacio.

Carl y Sofía, sentados cerca, seguían hablando con ellos entre una prenda y otra.

No con la excitación de antes, no con la novedad explosiva de cuando habían probado la sopa o las naranjas, sino con esa cercanía ya más confiada de dos niños que habían dejado de sentirse invitados para empezar a sentirse bienvenidos.

Carl preguntaba cosas.

Sofía contaba otras.

Glenn respondía mucho.

Itachi respondía menos, pero cada vez que lo hacía, ambos niños la escuchaban con una atención especial, como si cada palabra suya tuviera más peso.

Fue así como las vieron las mujeres cuando regresaron de la laguna.

Eran casi las cuatro de la tarde.

Carol, Andrea, Amy y Jaqui venían con los canastos de ropa ya lavada, ya escurrida, algunas prendas secas y otras dobladas, y al acercarse a la zona de la autocaravana de Glenn e Itachi se detuvieron casi por reflejo.

No porque quisieran espiar.

Porque la escena las obligó a frenar.

Dentro del RV, visible desde la puerta abierta y las ventanas, Glenn doblaba ropa con naturalidad absoluta.

Itachi estaba a su lado, ayudando, acomodando, doblando también.

Carl y Sofía permanecían cerca, sentados, hablando con ellos como si aquello hubiera sido parte de su día completo y no solo un rato prestado.

La luz de la tarde entraba cálida por las ventanas y hacía que el interior del RV se viera aún más acogedor: los sillones color crema, la mesa, la cocina limpia, los libros, las fotografías, el orden.

Todo daba una impresión casi dolorosa de normalidad.

Carol fue la primera en reaccionar de verdad.

—No sabía que Sofía estaba ahí —murmuró.

Amy volvió la vista hacia ella.

—¿Te molesta?

Carol negó en el acto.

—Claro que no.

Me alegra.

Y luego, más bajito, con una sinceridad que no estaba destinada a ser escuchada por nadie más que por las mujeres cerca: —Se siente más segura ya con Itachi y Glenn dentro del RV… y me alegra que no esté cerca de él.

No dijo el nombre.

No hizo falta.

Las mujeres no comentaron nada enseguida.

Pero lo sintieron.

Sintieron el peso de la verdad de Carol.

La crudeza limpia de una madre que, sin necesidad de explicarlo demasiado, dejaba claro el alivio inmenso que le producía ver a su hija en otro sitio, con otras personas, lejos de la presencia de Ed.

Se acercaron entonces, sin invadir, solo lo suficiente.

—Sofía —llamó Carol.

La niña levantó la vista de inmediato.

Glenn e Itachi, que ya habían notado la presencia de las mujeres desde antes, también voltearon.

Glenn seguía con una camisa doblada entre las manos.

Itachi estaba terminando de acomodar unas toallas en la canasta.

—Mamá —dijo Sofía.

—No esperaba encontrarte aquí —dijo Carol, aunque en realidad no había reproche en sus palabras, solo sorpresa suave.

Sofía sonrió enseguida.

—Glenn e Itachi hicieron sopa hoy de nuevo.

Glenn nos fue a buscar y comimos juntos.

Y después entramos al RV e hicimos muchas cosas.

Carol la observó un segundo.

Después miró a Glenn.

Luego a Itachi.

—Veo —dijo.

Hubo un pequeño silencio.

No incómodo.

Solo cargado de todo lo que se estaba entendiendo sin necesidad de decirlo.

—Bueno —continuó Carol con suavidad—, dale las gracias.

Y es hora de ir a casa.

Carl, tú también vienes.

Carl asintió, aunque se notó que no le molestaba haberse quedado un poco más.

Solo que entendía que el día ya iba acabando.

Carol miró a Glenn e Itachi.

—Gracias.

Glenn sonrió amplio, sincero.

Itachi hizo un gesto pequeño con la cabeza.

Pero antes de que los niños se movieran del todo, Itachi habló: —Un momento.

Glenn la miró.

—Adelante —dijo, entendiendo que ella quería hacer algo más mientras él terminaba de guardar lo que quedaba de la ropa limpia en la canasta y recogía el perchero plegado.

Itachi caminó otra vez hacia adentro del RV y regresó con la cesta de mimbre en las manos.

Se acercó a donde Sofía y Carl ya estaban del lado de Carol, Andrea, Amy y Jaqui, con Daryl un poco más apartado, como siempre, pero lo bastante cerca para verlo todo.

Abrió la canasta con la serenidad exacta que la caracterizaba.

Metió la mano primero y sacó una bolsita.

—Sofía.

La niña la recibió con ambas manos, sorprendida, feliz.

Luego otra.

—Carl.

Carl la tomó con una sonrisa que apenas cabía en su rostro.

Y luego, para sorpresa de todas las mujeres —y también del propio aludido—, Itachi sacó una tercera bolsita, esta vez con el nombre de Daryl, y la extendió hacia él.

Daryl la miró.

Alzó apenas una ceja.

No preguntó por qué.

No hacía falta.

La tomó.

No dijo gracias inmediatamente.

No con palabras.

Pero su silencio tuvo peso.

Después de eso, Itachi hizo un pequeño gesto de despedida hacia los niños, uno de esos movimientos mínimos de la mano que en ella sustituían discursos enteros.

Glenn, ya con la canasta y el perchero en orden, se acercó a la puerta y desde ahí les dio un: —Buenas noches.

Y luego cerró el RV.

La puerta se cerró con suavidad.

No abrupta.

No hostil.

Solo marcando el final de la visita y el regreso de ellos dos a su intimidad.

Punto de vista de Amy Amy se quedó mirando la puerta cerrada unos segundos más de la cuenta.

No se sintió echada.

No se sintió excluida.

Sintió algo mucho más complejo.

Comprensión.

Porque cada vez que veía una escena así dentro o alrededor de la autocaravana de Glenn e Itachi, entendía mejor por qué protegían tanto ese espacio.

No era terquedad.

No era orgullo vacío.

No era desprecio hacia los demás.

Era cuidado.

Era amor.

Era la conciencia clarísima de que habían construido algo bonito en medio de la ruina y no estaban dispuestos a dejar que el caos del campamento lo contaminara.

Y al ver a Itachi entregar una bolsa a Daryl, Amy sintió además otra cosa: que aquella mujer, tan seria, tan contenida, tan difícil de leer a veces, siempre estaba mirando más de lo que parecía.

Siempre valoraba.

Siempre devolvía.

No con sonrisas amplias, no con discursos dulces, sino con acciones precisas.

Si alguien hacía algo por ella o por Glenn, lo recordaba.

Amy miró la bolsita que Sofía apretaba contra el pecho y sonrió.

Le parecía hermosa, casi enternecedora, la idea de que algo tan sencillo como unas naranjas secas, hechas entre cuentos y risas dentro de un RV, se hubiera vuelto de pronto un regalo para los niños.

Un símbolo pequeño, doméstico y tierno.

Algo para llevar de vuelta a las carpas y recordar que, por un rato, habían estado dentro de un lugar cálido y seguro.

Y volvió a pensar lo mismo que ya había pensado más de una vez: Ellos dos hacían que el fin del mundo doliera un poco menos.

Punto de vista de Andrea Andrea observó la escena con el tipo de atención que no nace de la envidia sino de la inteligencia.

Ella veía patrones.

Veía dinámicas.

Veía aquello que sostenía o destruía a las personas.

Y lo que veía entre Glenn e Itachi no era solo cariño ni atracción ni costumbre.

Era estructura.

Un sistema de dos.

Uno se inclinaba, el otro sostenía.

Uno pedía, el otro entendía.

Uno recordaba, el otro completaba.

No estaban simplemente juntos.

Funcionaban juntos.

Ver a Glenn doblando ropa sin ningún gesto de fastidio, ver a Itachi a su lado haciendo lo mismo, ver a los niños sentados cerca como si aquello fuera lo más normal del mundo, y luego verla salir con las bolsitas ya preparadas con nombres escritos… todo eso era demasiado coherente como para no notarlo.

Andrea entendió, con una claridad casi clínica, que ese matrimonio se había vuelto una unidad muy sólida en un tiempo muy corto.

Y eso le impresionaba.

También le impresionó Daryl tomando la bolsita.

Porque conocía lo suficiente a Daryl, aunque no del todo, para saber que no aceptaba cosas de cualquiera.

Y, sin embargo, ahí estaba, recibiendo el gesto sin protestar, sin devolverlo, sin burlarse.

Eso quería decir algo.

Y Andrea no dejó pasar ese dato.

Punto de vista de Jaqui Jaqui sintió una ternura casi dolorosa al ver las bolsitas con los nombres.

No eran solo bolsitas con fruta seca.

Eran detalles.

Cuidado pensado.

Tiempo invertido.

Habían cortado las naranjas, las habían secado, habían puesto nombres, separado porciones, guardado las bolsas.

Nada de eso se hace por impulso.

Se hace porque alguien importa.

Porque se piensa en esa persona incluso cuando no está presente.

Eso fue lo que más le impactó.

Que Itachi y Glenn, aun tan centrados en su propio mundo, seguían teniendo ojos para los demás.

No para todos.

No indiscriminadamente.

Pero sí para quien sentían que valía la pena.

Los niños.

Daryl.

Dale.

Detalles escogidos.

Gestos que nunca parecían improvisados.

Jaqui pensó que mucha gente confundía generosidad con abrirse por completo a todo el mundo.

Glenn e Itachi no hacían eso.

Ellos elegían.

Y justamente por eso, cuando daban algo, se sentía más verdadero.

Punto de vista de Carol Carol fue quien más sintió la escena en el pecho.

No por Glenn.

No por Itachi.

Por Sofía.

Porque ver a su hija salir de allí con una bolsita en la mano, tranquila, contenta, limpia, segura, llena de cosas que contar, le provocó un alivio que rozaba el dolor.

Sofía, dentro de aquel RV, no se veía encogida.

No se veía alerta.

No se veía cuidando su propio cuerpo del espacio de un hombre que no debía tocarlo.

Carol conocía demasiado bien el peso de esa diferencia.

Y mientras veía a Itachi despedirse con aquel pequeño gesto de la mano y a Glenn sonreír desde la puerta, supo algo con una claridad absoluta: si Sofía estaba con ellos, ella podía respirar un poco mejor.

También sintió gratitud hacia Itachi de una manera muy específica.

No por cocinar.

No por regalar.

No por entretener.

Sino por la forma en que protegía el espacio.

Por la forma en que imponía límites.

Por la forma en que hacía del RV un sitio limpio, ordenado, seguro.

Un sitio donde una niña podía estar sin miedo.

Un sitio donde Carol misma, si fuera honesta, habría querido que su hija pudiera quedarse mucho más tiempo.

Y por eso, cuando regresaron caminando al fuego, Carol cargaba la bolsa con la ropa seca en un brazo y a la vez llevaba dentro algo que se parecía mucho a la certeza de que Itachi no solo era fuerte ni útil.

Era confiable.

Y eso valía más que casi todo.

Punto de vista de Daryl Daryl observó la bolsita en su mano mientras caminaban de vuelta.

No la abrió enseguida.

No porque no quisiera.

Porque pensaba.

Pensaba en la puerta abierta del RV.

En lo poco que había alcanzado a ver del interior otra vez.

En Glenn doblando ropa como si aquello no lo hiciera menos hombre, sino más compañero.

En Itachi entregando las bolsas como si eso fuera lo más simple del mundo, cuando en realidad era un gesto calculado, recordado, devuelto.

Daryl comprendía esas cosas.

No porque las verbalizara.

Porque las veía.

No confiaba fácil en nadie.

Menos en un grupo lleno de gente con nervios, ego, hambre y miedo.

Pero Glenn e Itachi seguían demostrándole algo raro: congruencia.

Hacían lo que parecía estar alineado con quienes eran.

No teatrales.

No oportunistas.

No ruidosos.

Y eso, en el mundo nuevo, era casi más valioso que cualquier arma.

Miró otra vez la bolsita.

Naranjas secas.

No un regalo ostentoso.

No algo grande.

Algo útil.

Algo bueno.

Algo pensado.

Se la guardó.

Y siguió caminando detrás del grupo sin decir nada.

Regreso a la fogata Cuando regresaron a la zona del fuego, el campamento estaba en ese punto del final de la tarde donde la actividad se reorganizaba alrededor de la noche.

Las canastas con ropa seca empezaban a repartirse.

Algunas personas ya clasificaban lo que cocinarían más tarde.

Otras mantenían las latas organizadas.

El humo subía en líneas pálidas y el ruido general era bajo, hecho más de conversaciones sueltas que de trabajo pesado.

Amy, Andrea, Carol y Jaqui dejaron los canastos y empezaron a devolver las prendas a sus dueños.

Daryl se quedó un poco más atrás, como siempre.

Sofía y Carl, sin embargo, no tardaron ni medio minuto en empezar a contar.

Carl fue primero.

—¡Nos quedamos en el RV!

Sofía levantó su bolsita.

—¡Y mira esto!

Eso bastó para que varias miradas se volvieran hacia ellos.

Dale, sentado no muy lejos, alzó la cabeza con interés inmediato.

T-Dog dejó de doblar una manta que tenía entre manos.

Morales, ya de vuelta con Melanie, volvió el rostro hacia los niños con una pequeña sonrisa contenida.

Ed escuchó desde su lugar, sin demasiado disimulo.

Merle también.

Lori, por supuesto, alzó apenas la vista y se tensó en silencio.

Carl hablaba deprisa.

—Primero comimos sopa.

Con pan.

Y después entramos al RV y ayudamos a secar naranjas y Glenn leyó cuentos y… —Y estaban muy ricas —interrumpió Sofía, mostrándole la bolsita a todo el que quisiera verla—.

Las hicimos nosotros.

—Bueno, ellos nos ayudaron —corrigió Carl—.

Pero sí las hicimos.

—Y tienen nuestros nombres —dijo Sofía, orgullosa.

Dale sonrió suavemente.

—Eso está muy bien.

Amy, mientras doblaba una prenda más y la entregaba, añadió: —Les quedó precioso el trabajo.

Sofía levantó la cabeza hacia Carol.

—También nos enseñaron a lavarnos bien las manos.

Porque el pescado huele feo si no.

Algunas personas se rieron suavemente.

Carl siguió: —Y cuando el horno sonó, Itachi y Glenn sacaron las naranjas.

Y luego las dejamos enfriar.

Y luego las pusimos en el tarro.

Y luego hicieron estas bolsas.

—Y había muchas fotos adentro —dijo Sofía.

—Y libros —dijo Carl.

—Y música —añadió Sofía.

—Y olía bien —terminó Carl.

Dale escuchaba todo con una sonrisa que no escondía demasiado.

Porque él ya sabía.

Él había comido la sopa.

Él había visto de cerca lo que ese espacio significaba.

T-Dog pensó, mientras observaba a los niños tan contentos, que Glenn e Itachi seguían haciendo algo que muy poca gente en el campamento estaba logrando: darle a los más pequeños algo parecido a una infancia, aunque fuera por fragmentos.

Ed, en cambio, se sintió cada vez más molesto mientras los oía hablar.

Le desagradaba la admiración abierta con la que Carl pronunciaba el nombre de Itachi.

Le desagradaba la forma en que Sofía hablaba del RV como de un sitio hermoso.

Le desagradaba, sobre todo, el contraste silencioso que eso creaba con la vida del resto.

Porque lo que se desprendía del relato de los niños era claro: allá dentro había orden, cuidado, cariño, calidez.

Y eso no era algo que él pudiera dar.

Ni entender.

Ni sostener.

Merle escuchó también, pero lo suyo tomó otro rumbo.

Cada detalle que los niños ofrecían era, para él, una nueva capa de la fantasía vulgar que ya había construido alrededor de Itachi.

La imaginaba dentro del RV, con el pelo suelto, cocinando, leyendo, doblando ropa, sirviendo sopa, sentándose cerca del marido, haciendo regalos pequeños.

Lo doméstico no lo calmaba.

Lo excitaba más.

Porque para Merle la mezcla entre la letalidad de Itachi y esa intimidad cálida era una provocación constante.

Dale, por su parte, habló entonces: —Les quedó excelente la sopa.

Eso hizo que Carl girara rápido la cabeza.

—¿También comiste?

—Sí —dijo Dale con calma—.

Glenn me trajo un poco.

Carl sonrió como si eso validara todavía más la excelencia de la tarde.

—¿Verdad que estaba buena?

—Muy buena —dijo Dale.

T-Dog miró eso y volvió a reafirmar para sí mismo que Glenn e Itachi seguían cuidando la cohesión del grupo mejor que muchos de los que hablaban más alto.

Y entonces estaba Lori.

Lori no hablaba.

No decía nada.

No necesitaba hacerlo para que el veneno existiera.

Escuchaba a Carl describir el interior del RV con emoción.

Escuchaba a Sofía hablar de la música, de los cuentos, del calor, de las naranjas, de los nombres escritos en las bolsas.

Escuchaba a Dale decir que la sopa había estado buena.

Escuchaba a Amy y Andrea comentar con ligereza amable lo bonita que había sido la tarde para los niños.

Y mientras todo eso entraba por sus oídos, algo dentro de ella se apretaba más y más.

No porque no quisiera que Carl fuera feliz.

Porque cada vez que lo era, últimamente, parecía estar relacionado con ellos.

Con Glenn.

Con Itachi.

Con ese RV.

Con esa paz.

Con ese matrimonio.

Y cada vez que eso ocurría, Lori se sentía comparada sin necesidad de que nadie abriera la boca.

Comparada con la calma de Itachi.

Comparada con la entrega abierta de Glenn.

Comparada con la capacidad de ambos para crear calor y hogar donde otros apenas sostenían supervivencia.

Y eso la humillaba.

Porque una parte de ella sabía que el problema no era Itachi.

El problema era que Itachi la hacía verse pequeña.

Y no por crueldad.

Por contraste.

Carol, desde no muy lejos, miró a Sofía enseñar la bolsita otra vez y sintió algo parecido a orgullo prestado.

Andrea y Amy compartieron una mirada breve.

Jaqui sonrió cuando Carl explicó otra vez que el agua con una rodaja de naranja se volvía dulce.

Daryl, desde atrás, seguía callado, pero escuchaba.

Dale sonreía.

T-Dog asentía de vez en cuando.

Y así, en el centro del campamento, sin estar presentes físicamente ya, Glenn e Itachi seguían ocupando el espacio.

No con ruido.

No con exigencias.

Con huella.

Con lo que dejaban en los demás.

Con lo que hacían sentir a los niños.

Con la clase de hogar que parecían haber levantado en medio del fin del mundo.

Y la cantera, poco a poco, empezaba a entender algo que quizá ninguno de ellos habría sabido poner en palabras exactas: que no toda fuerza se ve igual.

A veces la fuerza tiene forma de espada.

Y a veces tiene forma de sopa caliente, ropa doblada y una bolsita de naranjas secas con tu nombre escrito dentro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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