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ojos carmesí - Capítulo 56

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  3. Capítulo 56 - 56 Lo que se ve lo que se calla
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56: Lo que se ve, lo que se calla 56: Lo que se ve, lo que se calla Cuando la puerta de la autocaravana se cerró detrás de ellos y el ruido del campamento quedó afuera, Glenn e Itachi se quedaron un momento quietos, mirándose en el pequeño espacio cálido que habían convertido en suyo.

La luz de la tarde comenzaba ya a dorarse al otro lado de las ventanas, y adentro todo se veía ordenado, limpio, pacífico.

El mantel seguía bien puesto sobre la mesa.

Los trastos que faltaban por secarse descansaban sobre un paño cerca del fregadero.

La ropa doblada esperaba ser guardada en su lugar.

El perfume tenue de naranja y de jabón todavía flotaba en el aire, mezclado con el aroma limpio de madera, tela y hogar.

Glenn observó a Itachi, e Itachi observó a Glenn.

Ninguno habló de inmediato.

No hacía falta.

Los dos sabían lo mismo: aquel día había sido bueno.

Extrañamente bueno.

Profundamente bueno.

Uno de esos días que, en medio del fin del mundo, parecían una ofensa a la lógica del desastre y al mismo tiempo una recompensa demasiado íntima como para no atesorarla.

—¿Terminamos de arreglar?

—preguntó Glenn al fin, con la voz baja, ya más suave que cansada.

Itachi hizo un pequeño sonido afirmativo.

—Sí.

Y entonces los dos se pusieron en movimiento.

Glenn guardó las últimas prendas secas, acomodando cada cosa con ese cuidado casi doméstico que ya era parte natural de él cuando se trataba de la autocaravana.

Itachi secó los últimos utensilios y los dejó en su sitio exacto, corrigiendo apenas la posición de una taza, la inclinación de una cuchara, el borde del paño doblado.

Luego ambos revisaron el comedor, emparejaron un cojín, alinearon la canasta de mimbre, enderezaron un libro, dejaron el pequeño espacio exactamente como les gustaba: cálido, funcional, hermoso.

No era un simple vehículo.

No era solo refugio.

Era su casa.

Era el único lugar del mundo donde, por ahora, podían existir sin máscaras completas, sin vigilancia constante, sin la necesidad de medir cada gesto en función del resto del campamento.

Adentro podían ser simplemente Glenn e Itachi.

Un marido y una mujer.

Una pareja.

Una promesa viva.

Después se cambiaron.

La ropa del día fue doblada con cuidado, lista para la mañana siguiente.

Glenn tomó su camisa de algodón y su pantalón de chándal.

Itachi, como siempre, eligió el camisón negro de seda de tirantes, suave, cayendo a medio muslo, y la bata de seda negra que cubría sus hombros con una elegancia que no se perdía ni siquiera en la intimidad.

Glenn se acercó por detrás cuando ella terminaba de acomodarse la tela sobre el cuerpo.

Se inclinó y besó con suavidad uno de sus hombros desnudos.

No fue un beso impaciente ni cargado de deseo bruto.

Fue tierno.

Reverente.

Como si cada parte de ella todavía le pareciera un privilegio demasiado grande.

Itachi no se apartó.

Se quedó quieta, dejándolo hacer.

Y Glenn, con una seriedad casi ceremonial, comenzó a retirarle el tocado del cabello, una pieza a la vez, con dedos cuidadosos, como si desarmara algo precioso.

Luego tomó el peine de madera y empezó a peinarle el cabello negro, largo, liso, con movimientos lentos y constantes.

La devoción en él era tan evidente que casi parecía un acto religioso.

Peinaba a Itachi como si el simple hecho de hacerlo fuera una forma de agradecimiento.

Itachi permaneció en silencio durante todo ese proceso, de pie frente al pequeño espejo, observándolo a través del reflejo.

La mirada de Glenn estaba concentrada.

Sus manos eran firmes, cálidas, delicadas.

No tiraban.

No apresuraban.

Cuidaban.

Ella analizaba aquel gesto en el silencio interior donde siempre analizaba todo.

Pensaba en cómo alguien como él, alguien criado en un mundo muy distinto al suyo, alguien que no había sido hecho para matar ni para obedecer guerras, podía sin embargo entregarse a otra persona con una pureza tan absoluta.

Glenn no servía porque se sintiera menos.

No cedía porque se viera inferior.

Glenn amaba desde un lugar limpio.

Eso era lo que más desconcertaba y conmovía a Itachi.

Porque en su mundo, toda cercanía había estado manchada por el deber, la utilidad, el sacrificio, la pérdida.

Con Glenn, en cambio, había ternura sin cálculo.

Había entrega sin exigencia.

Había algo parecido a la paz.

Cuando terminaron de peinarse, lavarse los dientes y apagar las últimas luces, se metieron a la cama.

Glenn se acurrucó contra ella como quien ya sabía que ese era su sitio.

Itachi se dejó rodear y luego también se acomodó contra él.

El rostro de Glenn fue a descansar en el cabello de Itachi.

El de Itachi se deslizó hasta encontrar el cuello de Glenn.

Permanecieron así un rato, respirando juntos, sintiendo el calor compartido bajo las mantas, mientras la noche se cerraba sobre la cantera y la autocaravana quedaba en silencio.

Fue Glenn quien habló primero, casi en susurros.

—Hoy me gustó mucho.

Itachi hizo un pequeño sonido.

—Lo sé.

—No solo por la sopa —continuó Glenn, sonriendo apenas en la oscuridad—.

No solo por los niños.

No solo por… todo eso.

Me gustó la imagen.

Itachi alzó apenas la vista hacia él.

—¿Qué imagen?

Glenn tragó saliva.

No por miedo.

Por emoción.

—Nosotros dos —dijo—.

Tú, yo, la mesa, los niños, la forma en que los escuchábamos… la forma en que tú servías la sopa y yo los iba a buscar… cómo entraron al RV… cómo parecía que… —hizo una pausa breve, como si necesitara poner en orden aquello que sentía—.

Cómo parecía una familia.

El pecho de Itachi se movió apenas bajo la manta.

Glenn siguió, porque ella no lo detuvo.

—Sé que lo que tenemos empezó de una forma rara.

Sé que comenzamos con una mentira.

Sé que decidimos decir que éramos esposos antes de que fuera cierto de verdad… pero ya no lo siento así, Itachi.

Hace tiempo que no lo siento así.

Y hoy… hoy fue como verlo.

Como verlo en frente de mí.

Un futuro.

Uno contigo.

Uno donde eso era normal.

Donde esa mesa, esos niños, esa sopa, esos cuentos… eran parte de nuestra vida.

—Su voz bajó más todavía—.

Me gustó imaginarlo.

Mucho.

Itachi lo escuchó sin interrumpirlo.

Siempre escuchaba así, completa, precisa, sin regalar respuestas apresuradas.

—Soñé una vida contigo —admitió Glenn, con la honestidad vulnerable de quien ya no quiere esconderse—.

Y sé que tal vez es demasiado rápido.

Sé que hace poco que nos conocemos.

Sé todo eso.

Pero también sé lo que siento.

Y no me da miedo decirlo cuando estoy aquí contigo.

No me da miedo porque contigo todo lo demás deja de importar un poco.

Itachi guardó silencio varios segundos.

Glenn pensó que tal vez ya había dicho demasiado.

Pero entonces ella habló: —No es demasiado rápido para ti.

Glenn parpadeó un poco.

—No.

—Porque tú sientes de forma limpia —dijo Itachi, con una voz baja, analítica, pero no fría—.

Cuando decides algo, cuando quieres algo, lo haces con todo.

No reservas.

No fracturas.

No te proteges a medias.

Eres transparente.

Glenn sonrió un poco, avergonzado.

—Eso ya lo sabía.

La mano de Itachi subió hasta el cabello de Glenn y pasó una vez por él.

—Y yo… —dijo ella, deteniéndose un momento antes de continuar— también imaginé hoy.

Glenn alzó la cabeza apenas.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Qué imaginaste?

Itachi sostuvo su mirada en la penumbra.

—Lo mismo que tú.

El corazón de Glenn dio un golpe fuerte.

—¿De verdad?

—Sí —respondió Itachi—.

No de la misma forma.

No con la misma rapidez ni con el mismo sentimiento.

Pero lo vi.

Lo pensé.

Tú, yo… un futuro.

No es una idea que me resulte desagradable.

—Bajó la voz aún más—.

Al contrario.

Glenn sintió que el pecho se le llenaba tanto que casi dolía.

—Eso me basta —susurró.

Itachi lo observó.

—Lo sé.

Y así siguieron hablando un rato más, entre fragmentos suaves, pausados, casi adormecidos.

Hablaron de los niños.

De Dale.

De Daryl.

De la forma en que la cantera los observaba cada vez más como una unidad.

De lo mucho que Glenn amaba verla dentro del RV, con el cabello suelto y esa calma solo suya.

De cómo Itachi seguía aprendiendo lo que significaba querer desde un lugar no marcado por la guerra.

De cómo sus sentimientos crecían, no de golpe, sino día a día, gesto a gesto, tarea compartida tras tarea compartida.

Cuando la conversación se fue apagando y el sueño comenzó a pesar de verdad sobre Glenn, él se quedó dormido primero, abrazándola con esa confianza absoluta que solo tenía con ella.

Itachi no se durmió del todo enseguida.

Permaneció despierta unos minutos más, analizando.

Analizándose.

Pensando en la forma en que había empezado a buscar el cuerpo de Glenn de manera cada vez más natural, a reconocer su olor, su calor, su voz como partes necesarias del descanso.

Pensando en cómo cada día le resultaba más fácil tocarlo, abrazarlo, besarlo.

Pensando, también, en la promesa que una vez había rechazado cuando Hagoromo habló de recompensa.

Esto también es tu recompensa.

En aquel momento no lo había entendido.

Ahora empezaba a hacerlo.

No del todo.

No completamente.

Pero un poco más cada día.

A la mañana siguiente, como ya era rutina, despertaron y se levantaron sin prisa.

Cuidaron del vagón secreto, de las plantas, de los cuyos, de los conejos, de los gallos y de las gallinas.

Glenn limpiaba jaulas y revisaba alimento.

Itachi regaba, revisaba brotes, observaba raíces y hojas con atención.

Recogieron huevos.

Cortaron algunas verduras.

Luego volvieron a la cocina y prepararon un desayuno sencillo.

Comieron en silencio, sin necesitar hablar demasiado.

Había una tranquilidad nueva entre ellos, una que ya no necesitaba llenarse de palabras.

Después limpiaron los trastos, secaron todo, dejaron el RV impecable, y se vistieron para el día.

Itachi volvió a su uniforme ANBU, perfecta, recta, la katana al hombro, los tacones altos en sus pies.

Glenn se colocó ropa negra y tomó también su katana, cada vez más acostumbrado al peso de ella.

Sacó las dos mochilas personales de una gaveta y se las colgaron al hombro.

Itachi tomó la caja vacía de provisiones que debían devolver.

Luego creó el clon que se quedaría vigilando dentro del RV.

El clon asintió una vez, sin palabras, y ocupó su puesto silencioso dentro del hogar que ambos protegían con tanto celo.

Cuando salieron y enllavaron, caminaron juntos hacia la fogata.

El campamento ya estaba despierto del todo.

La gente desayunaba cerca del fuego, comiendo de latas recalentadas, compartiendo conversaciones cortas, tratando de mantener alguna estructura en medio del derrumbe del mundo.

Glenn e Itachi se acercaron.

Ella entregó la caja vacía a Jaqui, que la recibió con agradecimiento.

Glenn saludó con un pequeño movimiento de la mano.

Amy respondió.

Andrea también.

Dale alzó la taza de café en gesto tranquilo desde su posición.

Daryl, sentado algo más lejos, observó apenas.

Y fue entonces cuando Shane se acercó.

Traía en las manos las dos bolsas de carga que normalmente les entregaba antes de cada salida.

Su rostro parecía neutral.

Su cuerpo, relajado.

Pero algo en sus ojos decía otra cosa.

Glenn lo vio enseguida.

Itachi también.

Shane extendió una de las bolsas hacia ella.

Y, aunque el movimiento parecía un accidente, aunque cualquiera menos atento habría dicho que fue un roce casual, Glenn lo vio con total claridad.

Shane intentó tocarle la mano.

No agarrarla.

No detenerla.

No de forma abierta.

Pero sí rozarla.

Lo bastante breve para fingir accidente.

Lo bastante deliberado para no serlo.

Itachi reaccionó antes de que el contacto ocurriera de verdad.

No hizo un gesto brusco.

No expuso la situación.

No le dio poder al acto.

Simplemente apartó la mano con una elegancia tan limpia que pareció, para ojos distraídos, una corrección de trayectoria.

Tomó la bolsa desde más abajo, sin permitir el contacto, y siguió el movimiento como si no hubiera pasado nada.

Pero sí había pasado.

Glenn lo vio.

Y no fue el único.

La mayor parte del campamento lo vio también.

Amy, Andrea, Jaqui.

Dale desde su taza.

T-Dog desde el fuego.

Morales, que alzó apenas la vista.

Carol, que sintió el aire tensarse.

Lori, que lo notó con una claridad inmediata porque conocía demasiado bien la clase de deseo que podía vivir dentro de Shane.

Incluso Merle, a la distancia, captó el gesto y entendió exactamente lo que significaba.

Shane no dijo nada.

No hizo comentario alguno.

Solo sintió apenas, giró sobre sí mismo y volvió a sentarse a terminar de desayunar como si nada.

Pero dentro de él no había nada tranquilo.

Había actuado por impulso.

Porque quería tocar a Itachi.

Porque ya no le bastaba verla de lejos, verla caminar, verla sentarse al lado de Glenn, verla sonreír apenas para él, verla existir dentro de un espacio al que Shane no tenía acceso.

Quería sentirla.

Confirmar con un roce mínimo que era real.

Que esa piel existía de verdad.

Que esa mujer no era solo una visión constante que lo perseguía desde que la había visto llegar a la cantera.

Glenn no dijo nada tampoco.

No allí.

No en ese momento.

Pero la molestia le había subido por el cuerpo como un latigazo caliente.

No se le notó más que en la tensión breve de la mandíbula y en el modo un poco más firme en que se colocó junto a Itachi al tomar su propia bolsa de carga.

Itachi, por su parte, no dejó ver nada en el rostro.

Se limitó a volverse hacia Glenn.

Ambos compartieron una mirada.

Una sola.

Y en ella se dijeron todo.

Luego se dieron la vuelta y abandonaron la cantera rumbo al pueblo.

Y apenas estuvieron fuera del radio inmediato de la fogata, el campamento empezó a hablar.

No en voz alta.

No de forma escandalosa.

En conversaciones bajas.

Entre susurros.

Entre miradas compartidas.

Entre la necesidad humana de nombrar aquello que acababan de ver y que ninguno de ellos podía fingir no haber entendido.

Amy fue la primera en romper el silencio, apenas inclinándose hacia Andrea mientras organizaba unas latas.

—Lo viste, ¿verdad?

Andrea no levantó la cabeza enseguida.

—Sí.

—No fue accidente —murmuró Amy.

—No —dijo Andrea, seca, clara.

Jaqui, a un lado, acomodando unas bolsas, intervino con el mismo tono contenido: —Itachi también lo vio.

Lo esquivó sin dejarlo mal enfrente de todos.

—Lo cual fue más elegante de lo que él merecía —murmuró Amy.

Carol guardó silencio unos segundos antes de hablar.

—Eso no me gusta.

Amy volvió un poco el rostro hacia ella.

—A mí tampoco.

Andrea, más fría, más analítica, dijo: —Lo grave no es solo el intento.

Lo grave es que ya no puede controlarlo.

Nadie necesitó preguntar de quién hablaba.

Dale, desde donde estaba, había escuchado lo suficiente.

Bajó la taza lentamente.

—Ese muchacho está empezando a cruzar líneas que no debería cruzar.

T-Dog soltó un pequeño sonido de acuerdo.

—Y enfrente de todos.

Morales frunció el ceño.

—Eso nunca termina bien.

Su esposa, Melanie, que estaba sentada junto a él, bajó la vista un instante hacia sus manos y luego preguntó en voz baja: —¿Crees que ella se lo dirá a Glenn?

Morales alzó apenas una ceja.

—No necesita.

Glenn lo vio.

Y eso era cierto.

Todos sabían ya que Glenn lo había visto.

No porque él hubiera hecho una escena.

Precisamente por eso.

Porque cuando un hombre enamorado de verdad ve a otro intentar tocar a su esposa, y aun así decide guardarse el reclamo para otro momento, se nota.

Se siente.

Queda en el aire.

Lori, mientras tanto, se había quedado casi inmóvil.

Había visto el gesto.

Había visto la mano de Shane adelantarse demasiado.

Había visto la forma en que Itachi la había evitado.

Y también había visto algo peor: que Shane no había intentado disimular del todo para sí mismo.

Que ya estaba fallando en esconderlo.

Que lo que sentía por Itachi ya había empezado a gobernarle ciertos impulsos.

Eso la llenó de una humillación viscosa.

Porque una cosa era sospechar que Shane miraba demasiado a Itachi.

Otra muy distinta era verlo perder control.

Y encima frente al campamento.

Frente a Glenn.

Frente a ella.

No dijo nada.

Pero por dentro ardía.

Merle, por su parte, observó la situación con un interés sórdido.

No le sorprendía.

Entendía demasiado bien lo que era querer tocar a Itachi aunque fuera una vez, aunque fuera solo para saber si de verdad existía aquella piel, aquella mujer, aquel cuerpo imposible.

En el fondo, lo único que cambiaba entre Shane y él era que Shane todavía quería fingirse mejor hombre de lo que era.

Daryl no intervino.

No hablaba por gusto.

Pero observó.

Y entendió.

Había visto la reacción de Itachi.

Había visto a Glenn ponerse a su lado inmediatamente después.

Había visto a Shane regresar al fuego con esa tensión interna que solo tenía alguien que sabía que había hecho algo que no debía.

Daryl no necesitaba más datos que esos.

Finalmente fue Amy quien murmuró lo que varias estaban pensando: —Itachi no le dio pie ni un segundo.

Andrea asintió.

—No.

Y eso lo va a empeorar.

—¿Empeorarlo?

—preguntó Jaqui.

Andrea alzó la vista ahora sí, seria.

—Sí.

Porque cuando un hombre así siente que no tiene derecho, pero sigue queriendo igual, se obsesiona más.

Carol apretó los labios.

—Entonces Glenn tiene que saberlo bien.

—Glenn lo sabe —repitió Dale con calma grave—.

La cuestión no es esa.

La cuestión es qué hará Shane ahora.

La conversación quedó suspendida ahí.

Porque esa era la verdadera pregunta.

Y todos, de una u otra manera, la sintieron.

Mientras tanto, ya lejos de la cantera, Glenn e Itachi caminaban en silencio hacia el pueblo, con las bolsas al hombro, las katanas a su lado, y la tensión reciente todavía viva entre ambos, no como distancia, sino como algo que habría que hablar más tarde, a solas, dentro de su hogar.

Y detrás de ellos, en el campamento, el nombre de Shane empezó a pronunciarse más bajo, más medido, más vigilado que nunca.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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