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ojos carmesí - Capítulo 59

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  3. Capítulo 59 - 59 Lo que se gana lo que se cuelga en la pared
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59: Lo que se gana, lo que se cuelga en la pared 59: Lo que se gana, lo que se cuelga en la pared Después de que Glenn e Itachi se alejaron de la fogata, el campamento no recuperó la calma de inmediato.

La discusión había dejado demasiado flotando en el aire.

No solo el veneno de Lori, no solo las palabras duras de Itachi, no solo la defensa abierta y firme de Glenn, sino también la evidencia imposible de ignorar de lo que significaban aquellos objetos sacados de las mochilas: los marcos, el mantel, las vitaminas prenatales.

Todo lo que Glenn e Itachi habían expuesto sin vergüenza y sin pedir disculpas hablaba de una verdad que el grupo ya no podía ignorar.

Ellos no estaban simplemente sobreviviendo.

Ellos estaban construyendo una vida.

Durante unos minutos más, nadie dijo nada.

Amy y Andrea siguieron con el reparto, Carol levantó una caja vacía y la puso a un lado, Jaqui reorganizó unas latas dentro de otra.

Las manos seguían trabajando, pero las cabezas seguían en la escena que acababan de presenciar.

Dale había vuelto a su puesto, aunque no del todo; observaba desde abajo todavía, como si quisiera asegurarse de que el ambiente no explotara otra vez.

Daryl, algo más apartado, no se movía.

T-Dog ayudaba a mover unas cajas.

Morales y Melanie intercambiaban miradas bajas.

Shane, tieso, terminaba de desayunar sin realmente probar lo que tenía enfrente.

Lori permanecía allí, todavía ardiendo por dentro, sin querer mirar a nadie demasiado tiempo.

Fue Andrea quien se detuvo primero.

Enderezó la espalda, soltó la caja que llevaba en las manos y miró directamente a Lori.

—¿Y tú?

—preguntó.

Lori frunció el ceño.

—¿Yo qué?

Andrea dio un paso corto, no agresivo, pero sí decidido.

—Bueno, Glenn tenía razón.

Todas aquí hacemos algo.

Todas aportamos.

Todas trabajamos.

¿Pero tú?

Carol también tiene una hija y trabaja.

Carol no dijo nada enseguida, pero sí levantó la vista.

Amy dejó de acomodar una bolsa.

Jaqui siguió metiendo latas en una caja, aunque ahora claramente escuchando.

Lori apretó los labios.

—Eso no es justo —dijo de inmediato.

Andrea no se echó atrás.

—Es justo.

Muy justo.

Tú acabas de usar eso de “todos somos un grupo” para atacar a Glenn e Itachi.

Lo dijiste como si te debieran algo.

Como si ellos estuvieran obligados a desgastarse por ti.

Pero cuando se trata de trabajar aquí, de hacer algo real, de ensuciarte las manos, entonces desapareces.

Shane dio un paso al frente.

—Andrea… Ella levantó una mano sin siquiera mirarlo.

—No, Shane.

El tono con el que lo dijo lo dejó quieto un momento.

Amy se sumó, aunque más suave que Andrea.

—Tiene razón.

No estamos diciendo esto por maldad.

Pero ya pasó demasiado tiempo.

Aquí todos estamos cansados.

Todos tenemos miedo.

Todos hemos perdido algo.

Y aun así todos hacemos algo.

Lori volvió el rostro hacia Amy con molestia.

—¿Ah, sí?

¿Y tú qué sabes de lo que yo hago o dejo de hacer?

Jaqui respondió sin alzar la voz, pero con una firmeza que sorprendió incluso a Amy.

—Lo suficiente.

Andrea no dijo ninguna mentira.

No me importa que estés con Shane y que por eso te sientas con derecho a no ayudar.

No me importa que él sea quien organiza esto.

Tú también tienes que poner de tu parte.

Eso golpeó de forma inmediata.

Porque todos lo habían pensado.

Nadie lo había dicho tan claramente.

Lori se puso roja.

—Yo no me siento con ningún derecho —replicó, aunque sonó más defensiva que convencida.

—Sí te sientes —dijo Jaqui, sin mirarla siquiera ahora, concentrada en el reparto—.

Y lo peor es que lo usas para atacar a quienes sí trabajan.

Carol habló entonces, y su voz fue baja, pero cargada de una sinceridad que pesó más que un grito.

—No me gusta meterme en problemas ajenos.

No me gusta señalar a nadie si no es necesario.

Pero esto sí es necesario, Lori.

Porque Sofía es mi hija, y aun así yo lavo, cocino, limpio, ayudo con las cajas, recojo, vigilo cuando hace falta.

No siempre tengo fuerzas.

No siempre quiero.

Pero lo hago porque si no lo hago yo, otra persona tendrá que hacerlo por mí.

Lori tragó saliva, dolida por la unión de todas esas voces en su contra.

—Yo cuido a Carl.

—Y nadie dice que no lo cuides —dijo Amy—.

Estamos diciendo que eso no te exime de todo lo demás.

T-Dog intervino desde donde estaba, cargando dos cajas.

—Aquí nadie está tan cómodo como para no ayudar.

Esa etapa ya pasó.

Morales asintió.

—Y si queremos seguir vivos, eso tiene que quedar claro ya.

Melanie, a su lado, sostuvo la mirada de Lori con una incomodidad empática, pero no la salvó.

—No es un castigo —dijo—.

Es lo lógico.

Lori se volvió hacia Shane entonces, buscando apoyo, buscando que él cortara la conversación de una vez y la sacara de allí, pero Shane estaba incómodo.

Muy incómodo.

Porque sabía que si salía en defensa de Lori, después de lo que había pasado con Itachi aquella mañana y después de lo que Lori había provocado ahora, iba a quedar peor todavía.

Además, una parte de él —una parte que no quería admitir— sabía que Andrea, Jaqui y Carol tenían razón.

—¿Entonces ahora todos van a decidir por mí?

—preguntó Lori, herida, furiosa.

Andrea respondió primero.

—No.

Tú vas a decidir.

Pero esta vez sí vas a decidir ayudar.

—No pueden obligarme.

—No —dijo Dale desde un poco más atrás, entrando por fin en la conversación con su calma vieja—, pero sí podemos dejar claro que si tú quieres vivir en un grupo, entonces te comportas como parte de él.

Lori se giró hacia él.

—¿Tú también?

Dale suspiró.

—Especialmente yo.

Porque ya estoy muy viejo como para no reconocer cuándo alguien está exigiendo más de lo que da.

Aquello la hizo retroceder apenas, más por la vergüenza que por otra cosa.

La conversación siguió.

Andrea dijo que hacía falta que Lori se encargara de algo visible, algo constante.

Amy propuso ayudarla al principio si de verdad no sabía bien cómo hacerlo.

Jaqui dijo que ayudar al principio no significaba cargar con ella para siempre.

Carol mencionó que la limpieza alrededor de la fogata y la organización de los trastos sucios del grupo siempre terminaban recayendo en más de una persona, y que Lori bien podía encargarse de eso.

T-Dog añadió que la comida recalentada del campamento también necesitaba orden.

Melanie dijo que si Lori organizaba el área común, todos lo notarían, todos lo agradecerían, y ella misma sentiría que de verdad estaba aportando.

Dale puntualizó que no era opcional seguir viviendo del esfuerzo de otros mientras además se les mordía la mano.

Incluso Morales, que era más prudente, terminó diciendo que si Glenn e Itachi decidían de verdad dejar de salir por todos, entonces el grupo completo iba a resentirlo, y que Lori ya había estado demasiado cerca de provocar exactamente eso.

Shane por fin habló, y aunque su tono no fue duro, tampoco fue un rescate.

—Lori… tienes que empezar a ayudar más.

Eso fue casi peor para ella que todo lo demás.

Porque no la protegió.

No la defendió.

Solo confirmó lo que todos decían.

Lori lo miró con dolor, con rabia, con ese orgullo herido que hacía que cada palabra se le quedara atragantada, pero al final, rodeada por todas esas miradas que no cedían, terminó aceptando.

No de buena gana.

No con humildad.

Con enojo.

Con la sensación de estar siendo arrinconada.

—Bien —dijo al fin, con la voz tensa—.

Me encargaré de la comida.

De los trastos sucios.

Y de la limpieza alrededor de la fogata.

Amy asintió una vez.

Andrea también.

Jaqui no dijo nada, pero retomó el movimiento de sus manos, como si con eso el asunto quedara sellado.

Carol bajó apenas la tensión de sus hombros.

Dale pensó que aquello no resolvía el problema de fondo, pero al menos creaba una consecuencia real.

T-Dog creyó que era lo mínimo.

Melanie esperó de verdad que Lori no lo hiciera solo dos días y luego lo abandonara.

Morales observó a Shane y pensó que el problema grande seguía estando allí, más en él que en ella.

Y Shane, aunque por fuera mantuvo el rostro inmóvil, sintió una irritación muda.

No porque Lori tuviera que trabajar más.

Porque toda la conversación había ocurrido después de la exposición pública que Glenn e Itachi les habían dejado.

Y porque, incluso sin estar presentes, seguían alterando la dinámica del grupo entero.

Mientras tanto, dentro de la autocaravana, Glenn e Itachi habían entrado, cerrado con llave y encendido las luces.

El pequeño santuario cálido los recibió con la calma habitual.

El clon de Itachi murmuró, con la misma voz de ella, que nada había ocurrido, y luego se deshizo en un pequeño humo silencioso.

Glenn dejó la mochila en el comedor y soltó el aire que llevaba conteniendo desde la discusión.

Itachi hizo lo mismo con la suya.

No habló de inmediato.

Ninguno lo hizo.

Primero se limpiaron.

Con agua y un trapo, quitaron de sus brazos, cuello y rostro la tierra del camino, el polvo del pueblo, el sudor seco de las horas afuera.

Fue Glenn quien habló primero, mientras pasaba el trapo húmedo por su nuca.

—No me gustó nada.

Itachi lo observó.

—Lo sé.

—No solo Lori —dijo Glenn—.

Lo de Shane esta mañana.

La forma en que te miró cuando entregó la bolsa.

Lo de ahora.

Todo.

Itachi limpió con calma el dorso de sus manos antes de responder.

—Lori está herida.

Y por eso muerde.

Shane está perdiendo el control.

Son dos problemas distintos.

Glenn dejó caer el trapo en la pequeña pana.

—No me importa cuál de los dos me molesta más.

Eso hizo que Itachi lo mirara con más atención.

Glenn siguió, ahora ya girado hacia ella.

—No me gusta que te mire así.

No me gusta que quiera tocarte.

No me gusta que Lori te ataque una y otra vez por cosas que ni siquiera entiende.

Y no me gusta que hayas tenido que sacar… —hizo una pausa breve, sonriendo apenas, aunque seguía molesto— …las vitaminas.

Itachi alzó una ceja.

—No me arrepiento.

Glenn la miró, y su molestia se suavizó por un instante.

—Yo tampoco.

Hubo un pequeño silencio.

Luego Itachi habló: —Necesitaba ponerle un límite.

Ya ha sido suficiente.

Glenn asintió.

—Sí.

—Y no mentimos —añadió Itachi—.

Eso era lo importante.

La forma en que dijo no mentimos hizo que algo en el pecho de Glenn se aflojara, cálido.

—No —dijo él, más suave—.

No mentimos.

Se acercó, dejó el trapo a un lado y, por un segundo, sus frentes casi se tocaron.

—Quiero esa familia, Itachi —murmuró.

Ella lo observó con esa seriedad quieta que ya no le parecía fría, sino profunda.

—Lo sé.

—Y quiero que lo sepas incluso cuando estamos molestos, incluso cuando discutimos con gente del campamento, incluso cuando las cosas salen mal.

Lo sigo queriendo.

Itachi sostuvo su mirada.

—Yo también sigo queriendo ese futuro.

Eso bastó.

No hacía falta más.

Entonces comenzaron a vaciar las mochilas.

Las vitaminas fueron a su lugar.

El mantel se dobló con cuidado.

Los productos de higiene encontraron sus gavetas correspondientes.

Glenn tomó los dos marcos y sonrió apenas, y en esa sonrisa se le fue un poco del enojo, sustituido por una emoción más doméstica, más íntima.

—Es hora —dijo.

Itachi lo observó con una suavidad silenciosa.

Glenn fue hasta donde tenían guardada la fotografía.

La sacó con cuidado, casi como si temiera arruinarla con solo respirar encima.

La imagen seguía siendo hermosa.

Él sentado en el banquito de madera dentro del vagón.

Itachi en su regazo.

El libro de registros en mano.

Los animales a un lado, las plantas al otro, la luz cálida, la vida secreta que habían construido en aquel espacio invisible para todos los demás.

Glenn sonriendo con esa felicidad abierta que solo ella le provocaba.

Itachi con esa pequeña sonrisa suave, rara, íntima, que parecía existir solo para él.

—Me encanta —dijo Glenn en voz baja.

—A mí también —admitió Itachi.

Entre ambos colocaron la foto en el marco, acomodándola con precisión.

Luego buscaron el lugar correcto.

No demasiado lejos.

No demasiado bajo.

Cerca de la cocina, donde pudiera verse desde el comedor y desde la pequeña sala.

Donde se sintiera parte del hogar.

Glenn sostuvo el marco mientras Itachi lo alineaba.

—Un poco más a la derecha —dijo ella.

—¿Así?

—Hm.

Un poco más arriba.

—¿Ahora?

Itachi retrocedió medio paso, observó, analizó.

—Bien.

Glenn colgó por fin el marco y se apartó.

Los dos lo contemplaron en silencio.

La autocaravana ya se había vuelto casa.

Pero ahora, con aquella fotografía enmarcada en la pared, con aquellas flores delicadas alrededor y la imagen de ambos en su mundo secreto, el lugar se sintió más suyo todavía.

Más vivido.

Más permanente.

Itachi fue quien puso música en el tocadiscos.

Un country suave.

Bajo.

Apenas llenando el espacio.

Después terminaron de guardar lo demás.

Cuando ya todo estuvo en orden, se observaron de nuevo.

Glenn dio un paso hacia ella y la tomó de la cintura.

Itachi subió ambas manos hasta las mejillas de Glenn, enmarcándole el rostro con una ternura cada vez más natural entre ellos.

—Deberíamos cambiarnos —dijo ella.

—Sí —respondió Glenn—.

Mejor en pijama.

Pero ninguno de los dos se soltó de inmediato.

Itachi se puso de puntillas.

Glenn bajó la cabeza.

Y el beso que se dieron fue exactamente lo que ambos necesitaban después de esa tarde.

No urgente.

No violento.

No hecho de hambre.

Hecho de intención.

De dulzura.

De pertenencia.

Sus labios se rozaron una vez, dos veces, tres veces, como si se saludaran de nuevo en privado después de haber enfrentado el mundo de afuera juntos.

Luego el beso se profundizó apenas, no por prisa, sino por decisión.

Glenn la sostuvo con más firmeza por la cintura, atrayéndola hacia él.

Itachi, con las manos todavía en sus mejillas, inclinó apenas el rostro para besarlo mejor.

Fue un beso entregado, suave, devoto, repetido en pequeños roces que parecían decirse todo lo que no querían seguir explicando con palabras.

Los cuerpos se apretaron el uno al otro con una cercanía tranquila, segura, como dos personas que ya sabían exactamente a quién pertenecían.

Cuando se separaron, no fue por incomodidad.

Fue porque el beso ya había dicho suficiente.

Las miradas se encontraron.

Eso era todo lo que necesitaban.

La fotografía colgada en la pared, la música suave, la luz cálida de la autocaravana, el eco lejano del campamento quedando afuera, y ellos dos en medio de todo eso, sosteniéndose, eligiéndose una vez más.

Y por unos segundos largos, ni Lori, ni Shane, ni el grupo, ni el fin del mundo tuvieron poder sobre nada de lo que existía dentro de ese pequeño hogar.

Si quieres, sigo con la escena en que ya en pijama pasan el resto de la tarde y la noche dentro del RV, hablan de la foto recién colgada, de la futura familia, y luego afuera en la cantera vemos cómo Lori empieza a cumplir a regañadientes con las tareas que aceptó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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