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ojos carmesí - Capítulo 60

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Capítulo 60: Lo que se arma en secreto, lo que se sostiene afuera

La tarde siguió cayendo sobre la cantera mientras dentro de la autocaravana Glenn e Itachi terminaban de cambiarse. El peso del día, de la discusión, de las miradas ajenas, de las palabras dichas al fuego, quedó atrás en el momento mismo en que la puerta fue cerrada con llave y el ruido del campamento se volvió apenas un murmullo lejano, irrelevante, contenido tras las paredes cálidas de su hogar. Glenn volvió a su ropa de descanso, su camisa de algodón suave y su pantalón de chándal, y en él esa ropa tenía ya algo íntimo, algo que para Itachi comenzaba a significar refugio, porque esa era la versión de Glenn que el campamento no conocía, la que no cargaba katana ni bolsas ni el deber de volver vivo, sino la que sonreía solo para ella, la que se movía entre la cocina y el comedor como si llevara años viviendo así, la que había aprendido a tocarla con reverencia y a besarla con una dulzura tan constante que ya era parte del aire del RV. Itachi, por su parte, se quitó el uniforme, soltó el cabello y dejó que la seda negra de su camisón cayera sobre su cuerpo. Luego la bata negra cubrió sus hombros, y cuando salió otra vez del pequeño baño, Glenn la observó con la misma expresión de siempre: como si aún no pudiera creer que ella existiera de verdad y, sin embargo, estuviera allí, con él, dentro de aquel pequeño espacio lleno de cosas bellas, prácticas y vivas que habían creado juntos.

No hablaron de inmediato. No hacía falta. Había cosas más urgentes, pero urgentes de la manera que a ellos les gustaba: no por miedo, sino por proyecto. No por desastre, sino por futuro. Glenn fue quien rompió el silencio primero, acercándose al lateral donde habían dejado las piezas desmontadas del pequeño apiario artificial que habían conseguido.

—Deberíamos armarlo ahora —dijo, pasando la mano por la madera—. Antes de que se haga demasiado tarde.

Itachi asintió.

—Sí. Las abejas tienen que quedar seguras esta noche.

Tomaron entre ambos las piezas y se dirigieron hacia el vagón, ese mundo secreto que nadie en la cantera conocía, el lugar verdadero donde su visión del mañana se hacía tangible. Cuando abrieron la puerta que conectaba con el vagón, el aire cambió. Olía a tierra húmeda, a hojas, a heno limpio, a vida creciendo. La iluminación cálida de las tiras led y las lámparas pequeñas daba al lugar una sensación casi mágica. A un lado, las hileras ordenadas de cultivos: lechugas, zanahorias, papas, tomates, hierbas medicinales, flores nuevas, brotes tiernos de cebolla, cebollines y ajo que el clon había conseguido y plantado mientras ellos estaban fuera. Al otro lado, las jaulas de los animales: conejos, cuyos, gallinas y gallos, cada uno en su espacio correspondiente, con la limpieza impecable que Glenn mantenía y el orden casi obsesivo que ambos compartían.

Itachi observó hacia arriba, calculando.

—Aquí —dijo, señalando el espacio alto por encima de la línea donde estaban las gallinas y los gallos, justo en el área donde la nueva estructura no molestaría ni a los animales ni a los cultivos, y donde las flores que pensaban plantar alrededor podrían recibir suficiente luz—. Alto, seguro, ventilado y fuera del alcance del resto.

Glenn siguió la línea de su dedo, valoró y asintió.

—Sí. Ahí está bien.

Trabajaron juntos.

Primero Glenn sostuvo la base mientras Itachi ajustaba una de las paredes laterales. Luego ella sostuvo la estructura con una mano mientras con la otra marcaba la alineación exacta para que quedara perfectamente recta. Glenn atornilló con paciencia, la lengua apenas apoyada contra la mejilla por concentración. Itachi pasó los clavos pequeños, las uniones, las piezas mínimas. Entre ambos encajaron las paredes transparentes de observación, el pequeño compartimento principal, la rejilla de ventilación, la tapa superior, la bandeja inferior desmontable para limpieza y revisión. Glenn comentó que se parecía a armar una pequeña casa. Itachi respondió que, en efecto, lo era, solo que para otro tipo de vida. Él sonrió ante eso.

—Todo contigo termina siendo una forma de construir una casa —murmuró.

Itachi lo observó un segundo.

—Contigo también.

El corazón de Glenn reaccionó como siempre, rápido, cálido, desarmado, pero no dejó de trabajar. Terminaron de asegurar la estructura al vagón de forma firme. Glenn probó el soporte dos veces, empujando apenas para confirmar estabilidad. Itachi revisó las uniones, la orientación de la luz y el nivel de exposición al calor. Cuando ambos quedaron satisfechos, Glenn fue por el pequeño frasco ventilado donde traían las abejas capturadas con tanto cuidado. Itachi abrió el compartimento mínimo de introducción y Glenn, con manos serias, precisas y mucho más delicadas de lo que cualquiera del campamento hubiera esperado de él, fue guiando a las dos abejas hacia adentro sin dañarlas, sin apresurarlas. Itachi sostuvo el recipiente, observó el movimiento de las pequeñas criaturas y luego cerró el acceso.

Durante unos segundos ambos permanecieron quietos, observando.

Las abejas tardaron apenas en comenzar a moverse dentro del pequeño espacio, explorando, vibrando con una vida silenciosa, diminuta y laboriosa.

—Ya está —dijo Glenn suavemente.

—Sí —respondió Itachi—. Otro comienzo.

Luego siguieron.

La noche aún no caía del todo, así que aprovecharon la luz del vagón para revisar a los animales. Glenn tomó el libro de registros de partos y lo abrió sobre el pequeño banco de madera. Itachi revisó primero a las conejas preñadas, usando la palma mística con una suavidad exacta, verificando bienestar, ritmo, estabilidad, tensión del vientre, tiempo aproximado. Le dictaba a Glenn lo que veía y él lo iba anotando con una letra cada vez más firme, más clara, más dedicada. Después pasaron a las cuyas preñadas, revisando postura, apetito, nidos, distribución del heno, comodidad térmica, distancia respecto de los machos. Glenn preguntaba, Itachi respondía. Él anotaba rotaciones, tiempos, días estimados, medidas preventivas. Había algo profundamente doméstico y profundamente íntimo en aquella escena: dos personas en pijamas, dentro de un vagón lleno de cultivos y animales, inclinadas sobre un libro donde registraban embarazos, nacimientos futuros y el orden de la reproducción para no estresar a sus hembras. Era una escena de paz en un fin del mundo, y precisamente por eso tenía tanto peso.

—Esta coneja está más cerca —dijo Itachi, manteniendo la palma mística sobre el pequeño cuerpo tembloroso pero sano—. Máximo una semana.

Glenn escribió la fecha estimada.

—¿Y esta otra?

—Un poco después. Pero sana. Muy sana.

Pasaron luego a revisar a las gallinas. Había huevos nuevos. Glenn los recogió con cuidado y los puso en la cesta. Itachi observó a los gallos, ajustó apenas uno de los collares que reducían el canto sin dañarlos y luego se dirigió a la nueva zona donde el clon había plantado los brotes de cebolla, cebollines y ajo. Se inclinó junto a ellos, tocó la tierra, sintió la humedad, observó la fuerza de las raíces, el grosor del tallo, la correcta adaptación del brote tras el uso del Mokuton. Glenn la miraba desde donde estaba anotando y pensó, una vez más, que verla cuidar la vida le resultaba tan conmovedor como verla matar para protegerla. Itachi era ambas cosas, y tal vez por eso le parecía todavía más imposible, más admirable, más suya.

Cuando el libro estuvo cerrado y los animales tranquilos, Glenn fue de vuelta a la cocina.

—Yo preparo la cena —dijo.

Itachi lo observó un segundo, evaluando el estado del pescado que había llevado, las verduras disponibles y el tiempo que quedaba antes del anochecer completo.

—Bien —dijo.

Glenn tomó la cesta con las verduras recolectadas. Cortó pepino, tomate, algo de lechuga, preparó una ensalada fresca. Luego aderezó el pescado para horno con el cuidado que ya había aprendido de verla a ella cocinar: un poco de tomillo, sal medida, algo de aceite. Mientras lo acomodaba, sacó también una de las mezclas pre-preparadas de pastel de chocolate que habían encontrado, leyó las instrucciones, sonrió ante lo absurdo y encantador que le resultaba hornear un pastel en medio del apocalipsis y comenzó a prepararlo. El agua de naranja dulce se hizo casi al mismo tiempo, usando las rodajas de naranja secadas por ellos mismos, hervidas y luego mezcladas en una jarra clara que dejó en la nevera un rato para que enfriara.

Mientras tanto, Itachi regresó del vagón después de dar un último vistazo al apiario recién instalado, a las flores que pronto sembrarían cerca, a los nuevos brotes, a las hembras preñadas, al ecosistema entero que crecía bajo su cuidado y el de Glenn. Cuando volvió a la sala, no habló enseguida. Se sentó en uno de los sillones del comedor y se quedó observándolo.

Glenn trabajando.

Glenn cortando.

Glenn mezclando.

Glenn moviéndose por la cocina como si de verdad ese espacio le perteneciera desde siempre.

Y Glenn, sin decirlo, sintió la mirada de Itachi sobre él como un roce físico.

Pensó en ella.

En cómo esa misma mañana la había visto firme, cortante, poniendo límites a Lori frente a todos. En cómo esa misma tarde la veía ahora en seda negra, con el cabello suelto, observándolo en paz desde el sillón, como si el mero hecho de verlo ocuparse de la casa le diera una calma que a él lo desarmaba por completo. Pensó también en la palabra familia. En cómo la había dicho frente a todos sin vergüenza. En cómo ella no la negó. En cómo ahora el vagón llevaba conejas y cuyas preñadas, abejas nuevas, huevos, flores futuras, brotes nuevos, y él no podía dejar de sentir que todo lo que construían juntos era un ensayo tierno y serio de la vida que algún día querían.

Itachi también pensaba.

Pensaba en Glenn en términos que jamás había imaginado poder usar para nadie. Estable. Cálido. Leal. Doméstico. Suyo. Un hombre capaz de pelear, de cargar, de aprender, de proteger, pero también de cocinar, de peinar, de doblar ropa, de registrar embarazos de animales en un cuaderno viejo con una dedicación casi enternecedora. Lo observaba y sentía que eso dentro de ella seguía moviéndose, abriéndose, aprendiendo otra forma de querer. Aún no nombraba ese sentimiento del mismo modo que Glenn, aún no. Pero ya no podía negarlo. Había pertenencia. Había apego. Había futuro. Había un impulso creciente de imaginarlo siempre allí.

Afuera, en la cantera, la historia era otra.

Lori había empezado a cumplir.

A regañadientes.

Con el orgullo aún herido y el veneno todavía vivo, sí, pero estaba trabajando.

Amy y Andrea la vieron recoger los trastos sucios de alrededor de la fogata con movimientos más bruscos de lo necesario. Jaqui la vio apartar latas vacías y restos, clasificando lo que podía limpiarse y lo que no. Carol la vio remover el área común con una escoba improvisada, con el ceño fruncido, como si cada pasada fuera una humillación más. Melanie pensó que tal vez aquella humillación le hacía bien, no por crueldad, sino porque por fin le estaba obligando a mirar la diferencia entre exigir y aportar. T-Dog observó a la distancia, sin comentar, pero registrando que al menos lo estaba haciendo. Morales pensó que era el mínimo indispensable. Dale, desde arriba, concluyó que más valía una Lori furiosa trabajando que una Lori ociosa envenenando el ambiente. Shane la vio también. Y aunque no dijo nada, en el fondo resentía la escena, no por Lori exactamente, sino porque todo el campamento estaba todavía girando, de una forma u otra, alrededor del impacto que Glenn e Itachi habían dejado.

Ed se limitó a mirar con esa mezcla de burla y disgusto con que miraba casi todo.

Merle, por su parte, encontraba divertida la imagen de Lori haciendo trabajo sucio después de días enteros comportándose como si estuviera por encima de eso. Pero incluso él entendía que el verdadero tema no era Lori. Era que Glenn e Itachi la habían obligado, sin siquiera proponérselo como objetivo principal, a enfrentarse a su propio vacío.

Daryl, siempre aparte, pensaba en otra cosa. Pensaba en el equilibrio raro del grupo. En cómo una pareja recién llegada, hermosa, eficiente y cerrada sobre sí misma, estaba haciendo que todos los demás quedaran expuestos por contraste. No porque Glenn e Itachi intentaran humillar a nadie. Precisamente porque no lo hacían. Ellos solo vivían como sabían. Y al hacerlo, revelaban lo que faltaba en los demás.

Dentro del RV, mientras tanto, el pastel de chocolate empezó a oler dulce y caliente. El pescado estuvo listo. La ensalada fresca fue puesta sobre la mesa. Glenn sirvió el agua de naranja en vasos. Itachi siguió observando desde el sillón hasta que él se volvió con una sonrisa pequeña.

—¿Qué? —preguntó Glenn.

Itachi negó apenas con la cabeza.

—Nada.

—No fue nada —dijo Glenn, divertido, acercándose con una cuchara todavía en la mano—. Me estabas viendo.

—Sí.

—¿Y?

Itachi lo estudió un segundo más.

—Me gusta verte hacer esto.

El corazón de Glenn reaccionó con esa calidez casi ridícula que ella siempre le provocaba.

—¿Cocinar?

—Cuidar de la casa —dijo Itachi—. Cuidar de mí. Cuidar de lo que es nuestro.

Glenn tragó saliva suave, emocionado.

—Me gusta hacerlo.

—Lo sé.

Y con eso bastó otra vez.

Cenaron cuando ya afuera el cielo terminaba de oscurecerse por completo.

Comieron pescado al horno, ensalada fresca, pan y luego compartieron la torta de chocolate recién hecha, aún tibia, suave y dulce. Glenn comentó que en otra vida esto habría sido una cena de una pareja normal. Itachi respondió que no le desagradaba que esta vida se estuviera pareciendo a eso. Él la miró como si esa frase sola pudiera sostenerlo semanas enteras.

Después limpiaron.

Guardaron.

Apagaron parte de las luces.

Revisaron una vez más el vagón antes de dormir: el apiario firme, las abejas moviéndose dentro, las nuevas plantas sanas, las hembras preñadas tranquilas, los animales limpios y bien alimentados.

Y mientras en la cantera Lori seguía, furiosa, fregando trastos y limpiando alrededor del fuego con los dientes apretados, dentro de la autocaravana Glenn e Itachi regresaban a su cuarto, a su cama, al calor compartido, a la calma que se habían ganado.

Afuera, el grupo seguía sobreviviendo.

Adentro, ellos dos seguían construyendo vida.

Si quieres, sigo con la mañana siguiente: Glenn e Itachi despertando, revisando el apiario por primera vez, viendo que las abejas se adaptaron bien, y luego saliendo al campamento donde notan de inmediato que Lori está irritable por haber trabajado y Shane cada vez más tenso.

La noche se cerró alrededor de la autocaravana con una quietud densa, suave, casi protectora. Afuera, la cantera seguía existiendo con sus tensiones, sus carpas, sus fogatas menguantes, sus vigilias y sus ruidos ocasionales de latas chocando con el viento, pero dentro de aquella habitación pequeña solo estaban ellos dos, el calor de las mantas, la respiración compartida y el pulso lento de una intimidad que ya no necesitaba fingirse. Itachi le daba la espalda a Glenn al principio, y Glenn la abrazaba por detrás con una de esas delicadezas que en otro hombre tal vez hubieran parecido inseguridad, pero en él eran devoción pura. Su brazo descansaba sobre la cintura de Itachi, la acercaba apenas, lo suficiente para que ambos sintieran el calor del otro sin necesidad de más movimiento. Glenn tenía el rostro hundido cerca de la nuca de Itachi, respirando su aroma con la calma reverente de quien todavía no termina de creer que se le ha concedido algo tan precioso. Itachi, aunque mantenía los ojos abiertos, estaba relajada. Sentía el peso del brazo de Glenn, el calor de su pecho contra su espalda, la cadencia sincera de su respiración, y cada una de esas cosas se iba asentando dentro de ella como una costumbre nueva que ya no quería perder.

—Mañana es nuestro día libre —murmuró Glenn, en voz baja, como si temiera romper algo sagrado si hablaba demasiado alto.

—Mhm —respondió Itachi, apenas, sin apartar la mirada de la oscuridad frente a ella—. No iremos al pueblo.

Glenn apretó un poco más los dedos sobre su cintura, no por posesión, sino por la simple necesidad de sentirla más cerca.

—Podríamos plantar las flores para el apiario —dijo—. Ya tenemos las semillas. Y si las ponemos bien distribuidas, las abejas van a tener de dónde tomar sin problema.

Itachi lo pensó un momento.

—Me parece bien.

—Y también tenemos que rellenar el tanque de agua —añadió Glenn, más por costumbre de organizar que por verdadera preocupación—. Si esperamos demasiado, luego será más trabajo.

Itachi asintió suavemente dentro de sus brazos.

—Tienes razón, mi amor.

Cada vez que ella lo llamaba así, incluso en el tono más sereno, algo se encendía en Glenn de una forma que él ya no intentaba ocultar ni disminuir. Sonrió contra su piel, cerró los ojos un segundo y luego preguntó, con una ternura cansada y feliz:

—¿Qué más podemos hacer?

Itachi guardó silencio unos segundos. Pensó en el vagón, en las flores, en el tanque de agua, en los animales, en la limpieza del RV, en las pequeñas tareas que seguían construyendo la vida de ambos. Luego, lentamente, se giró dentro del abrazo de Glenn hasta quedar frente a él. El movimiento fue lento, íntimo, de esa clase que ya no tenía torpeza porque ambos habían aprendido el cuerpo del otro en la cercanía cotidiana. Ahora estaban cara a cara, compartiendo la misma almohada, la misma penumbra, la misma respiración. Glenn, todavía con el brazo alrededor de su cintura, la observó a los ojos como si cada vez fuera la primera.

—¿Qué quieres hacer tú? —preguntó Itachi.

La respuesta llegó tan rápido que casi pareció un reflejo.

—Pasar el día contigo.

Itachi alzó apenas las cejas, y en sus ojos brilló algo que a Glenn le pareció humor, ternura y algo más difícil de nombrar.

—Eso ya lo haremos —dijo ella—. ¿Qué más quieres hacer?

Glenn pensó de verdad. Lo hizo porque entendía que Itachi no preguntaba por obligación, sino porque quería saber. Y eso, de por sí, le llenaba el pecho.

—Lo que tú quieras está bien —murmuró al final—. Siempre que sea contigo.

Itachi lo observó un segundo más. Observó la honestidad desnuda de Glenn, esa que nunca se maquillaba, esa que no sabía esconderse. Lo transparente que era con ella. Lo seguro que estaba ya de quererla en todo, incluso en las cosas pequeñas. Y dentro de sí, donde todavía seguía aprendiendo qué forma exacta tenía ese afecto creciente, sintió que algo se acomodaba con más claridad.

Entonces se acercó.

No con prisa.

No con violencia.

Con intención.

Sus labios rozaron los de Glenn primero en una caricia pequeña, casi una promesa. Glenn contuvo el aire. Luego vino un segundo beso, un poco más firme. Y un tercero. Para entonces, las manos de Itachi ya habían subido a las mejillas de Glenn, sosteniéndolo con una delicadeza posesiva, como si quisiera decirle quédate aquí, quédate conmigo, quédate de este lado del mundo. Glenn reaccionó de inmediato, atrayéndola más cerca desde la cintura, no para exigir, sino para responder. El beso creció así, no en prisa, sino en profundidad. Volvieron a rozarse los labios una y otra vez, separándose apenas lo suficiente para respirar, para buscarse de nuevo, para reconocerse en esa ternura insistente que cada día se volvía más natural entre ambos.

Glenn perdió la cuenta de cuántas veces volvieron a encontrarse. Solo sabía que cada vez que se separaban apenas unos centímetros, su cuerpo entero pedía volver. Murmuraba cosas entre besos, sin pensar demasiado, porque lo que sentía no necesitaba orden para ser verdad.

—Dios… —susurró una vez, con la frente apenas apoyada en la de ella.

Itachi volvió a besarlo.

—Itachi… —murmuró después, casi como si su nombre fuera una plegaria.

Ella respondió con otro beso, más lento, más prolongado.

—Mi amor… —dijo Glenn, con una voz que se quebraba de ternura y de asombro.

Fue entonces cuando Itachi habló también, poco, como siempre, pero de un modo que hizo que todo dentro de Glenn se apretara con felicidad.

—Glenn —murmuró ella, y decir su nombre así, entre besos, con esa cercanía y esa intención, fue suficiente para desarmarlo todavía más—. Más.

Esa sola palabra, dicha por ella, hizo que Glenn sintiera que el corazón le estallaba de alegría dentro del pecho. No hubo miedo en él, solo un cuidado más intenso. Más atención. Más amor. Más devoción. La besó otra vez, con más entrega, con más hondura emocional que urgencia, como si quisiera decirle con los labios todo lo que llevaba guardado desde que había comenzado a amarla. Cada roce tenía gratitud. Cada pausa, adoración. Cada regreso, promesa.

Itachi se separó apenas entonces, no para irse, sino para guiarlo. Una de sus manos se deslizó hacia la nuca de Glenn, entre sus cabellos, y con una presión suave llevó su atención hacia su cuello.

—Aquí —murmuró.

Glenn sintió que se detenía el tiempo.

Asintió.

Y obedeció no como quien recibe una orden, sino como quien recibe confianza.

Besó una vez la base de su cuello. Luego otra. Después un poco más arriba, y otra más cerca del hombro. Fueron besos suaves, reverentes, prolongados apenas lo justo para transmitirle lo que él sentía: ternura, deseo contenido, amor, asombro. No había brusquedad en él, nunca con ella. Solo una necesidad profunda de hacerla sentir cuidada, elegida, atesorada. Itachi cerró los ojos por momentos. No porque fuera una sensación desconocida en lo físico, sino porque lo era en todo lo demás. En el contexto. En el significado. En el hecho de permitir. De pedir. De recibir. Cada uno de esos besos de Glenn llevaba algo que ella reconocía ya con más claridad: no era hambre solamente. Era entrega. Era pertenencia. Era ese extraño y cálido milagro de ser amada sin ser utilizada.

La noche se volvió intensa, pero no por exceso, sino por profundidad. Se acariciaron con lentitud. Se buscaron con la misma mezcla de ternura y descubrimiento. Se quedaron largos minutos simplemente cerca, respirando, tocándose el rostro, el cabello, los hombros, como si ambos estuvieran aprendiendo que el cariño también podía habitar los gestos mínimos. No se entregaron del todo. No todavía. Pero se concedieron lo suficiente para que el mundo exterior desapareciera. Para que el frío de la cantera, las miradas ajenas, la rabia de Lori, la obsesión de Shane, el cansancio de los días, todo eso quedara lejos, muy lejos, incapaz de entrar a donde estaban ellos dos.

Cuando al final la intensidad cedió, no lo hizo con incomodidad, sino con la dulzura tranquila de quienes han recibido exactamente lo que necesitaban. Glenn la sostuvo contra sí, con el rostro todavía escondido junto a su cuello, respirando más lento ahora. Itachi mantuvo una mano en sus cabellos, sobándolos con una paciencia que nunca había tenido la oportunidad de practicar antes de conocerlo. Permanecieron así, en silencio, dejando que el ritmo de ambos se apaciguara.

Para Glenn ya no quedaba duda alguna.

La había amado al principio con admiración, luego con apego, después con necesidad. Ahora la amaba con esa certeza serena y total que ya no depende de la emoción del momento ni del deseo de la piel, sino de algo más profundo. La amaba cuando la veía pelear. La amaba cuando la veía cocinar. La amaba cuando la veía sentada entre animales y cultivos, anotando partos en un cuaderno. La amaba cuando era dura y cuando era suave. La amaba cuando lo defendía frente al mundo y cuando le pedía, en la intimidad de la noche, que se quedara más cerca. La amaba entera.

Itachi, por su parte, permaneció despierta un poco más.

Glenn se fue quedando dormido primero, como solía suceder, rendido por el alivio, por la paz, por el cansancio satisfecho de sentirse amado y aceptado. Ella sintió cómo su cuerpo se volvía más pesado, más confiado, más entregado al sueño. Lo sostuvo igual. No lo apartó. Al contrario, se acurrucó un poco más contra él.

Y pensó.

Pensó en lo que había sentido al besarlo así. En lo fácil que se había vuelto buscarlo. En cómo ya no solo aceptaba su afecto: lo deseaba. Lo iniciaba. Lo pedía. Pensó en la palabra más, en cómo había salido de sus labios sin cálculo, solo porque lo había querido así. Pensó en lo seguro que se sentía Glenn en sus brazos y en cómo, de una forma nueva y poderosa, ella también empezaba a sentirse segura en los de él.

Todavía no lo nombraba como Glenn lo hacía.

Todavía no decía te amo de la misma manera.

Pero ya no podía fingir que aquello no estaba creciendo dentro de ella con fuerza inevitable.

No era solo cariño.

No era solo apego.

No era solo costumbre.

Era algo mayor.

Algo que ya rozaba el amor aunque aún lo estuviera aprendiendo.

Y mientras la noche terminaba de cerrarse alrededor de la autocaravana y el sueño finalmente la alcanzaba también a ella, Itachi cerró los ojos con la certeza silenciosa de que aquello ya era irreversible.

Glenn la amaba.

Y ella, aunque todavía estuviera aprendiendo el nombre exacto de lo que sentía, ya lo estaba eligiendo con todo su ser.

La mañana llegó despacio, derramándose sobre la cantera con un cielo limpio y azul, con ese frío tenue de las primeras horas que mordía la piel a quienes dormían en carpas, sobre suelo duro, con mantas insuficientes y cuerpos tensos. Pero dentro de la autocaravana de Glenn e Itachi, la mañana fue distinta. Allí no había rigidez ni prisa; había calor retenido entre sábanas, respiraciones compartidas y esa nueva costumbre que se había vuelto una de las cosas favoritas de Glenn: despertar y descubrir que Itachi ya estaba consciente, ya despierta, y aun así no se había movido de su lado. Seguía allí, en sus brazos, tranquila, serena, con una mano deslizándose lentamente entre sus cabellos, sobándolos con una ternura que, en otra persona, quizá habría parecido sencilla, pero que en Itachi tenía el peso de una ofrenda. Glenn tardó unos segundos en abrir del todo los ojos, no porque estuviera confundido, sino porque quería quedarse un instante más en aquella sensación de seguridad plena, de calma completa, de sentir que el primer tacto del día no era el frío ni el miedo ni el deber, sino la mano de Itachi en su cabello.

Levantó apenas la vista y la encontró observándolo. No con esa mirada calculadora y silenciosa que ella reservaba para el mundo exterior, sino con una calma íntima, casi suave, que seguía siendo un privilegio exclusivo para él. Glenn sonrió de inmediato, de esa manera abierta y honesta que se le escapaba siempre con ella, y, sin soltarse de la cercanía, se incorporó apenas lo justo para besarle la frente.

—Buenos días, amor —murmuró.

Itachi respondió con voz baja, todavía envuelta en el calor de las mantas y en el tono quieto de la mañana.

—Buenos días.

Permanecieron así un momento más, abrazados, sin hablar demasiado. Glenn acomodó su brazo alrededor de la cintura de Itachi y ella se dejó sostener, su frente cerca del cuello de él, sus dedos aún perdidos en su cabello. No había urgencia. No ese día. Era su día libre. No irían al pueblo. No habría caminantes. No habría bolsas de carga. No habría que volver a la cantera arrastrando provisiones y soportando miradas. Solo ellos. Su hogar. Su vagón. Sus proyectos.

Al final fue Glenn quien se movió primero, pero no con desgana. Lo hizo con esa alegría ligera de quien sabe que el día que viene no está lleno de amenazas inmediatas. Se levantaron aún en pijama, sin prisas, y comenzaron con su rutina más querida: el vagón.

Cuando abrieron la puerta y entraron al espacio secreto donde vivían los cultivos y los animales, el aire cambió de inmediato. Había olor a tierra húmeda, a heno fresco, a verduras creciendo, a ese leve perfume floral nuevo que las flores del apiario comenzaban a soltar. Todo estaba bañado por la luz cálida interior y por la claridad del amanecer filtrándose a través de los paneles superiores. Glenn sintió, como cada mañana, la extraña satisfacción de mirar aquel lugar y pensar lo hicimos. Aún en medio del fin del mundo, aún rodeados de muerte, habían conseguido construir un sitio que rebosaba vida.

Trabajaron juntos como siempre.

Glenn comenzó por los animales. Revisó primero a los conejos, luego a los cuyos, luego a los gallos y gallinas. Se aseguró de que todos tuvieran agua limpia, de que la comida estuviera en su sitio, de que los collares de los gallos siguieran bien ajustados sin lastimarlos. Luego, con más cuidado todavía, revisó a las conejas y cuyas preñadas. Ya había aprendido a mirar con más detalle: la postura, el apetito, el movimiento, la forma en que se acomodaban en el heno. Itachi, a su lado, iba observando también, y de vez en cuando apoyaba la palma con cuidado sobre el vientre de una u otra, sintiendo con su ninjutsu médico la estabilidad de los fetos. Glenn había dejado de maravillarse solo para empezar a confiar de lleno. Si Itachi decía que estaban bien, entonces estaban bien.

Mientras él terminaba de limpiar jaulas y revisar nidos, Itachi arrancó una lechuga madura con una precisión delicada, se agachó y con un pequeño cuchillo cortó la raíz con el cuidado necesario para volver a plantarla. La colocó en tierra otra vez, regó un poco alrededor y, con un murmullo casi imperceptible, dejó fluir el Mokuton. Glenn, que conocía ya aquella visión pero nunca se cansaba de verla, alzó la vista justo a tiempo para observar cómo la raíz revivía, cómo el tejido vegetal se fortalecía, cómo la nueva lechuga encontraba otra vez su fuerza. Era siempre el mismo milagro y siempre le producía la misma impresión profunda: en un mundo que se pudría, Itachi seguía siendo capaz de hacer brotar vida con las manos.

Las hojas deshojadas fueron a parar a una cesta de mimbre. Glenn las tomó y comenzó a repartirlas entre los animales. Conejos, cuyos y también parte para las gallinas, alternando con el alimento adecuado para cada uno. Mientras tanto, Itachi siguió cosechando con esa eficiencia serena que la caracterizaba. Tomó algunos huevos, no demasiados, los justos para el desayuno. Recogió tomates, puerros, cebollas tiernas y un par de chiltomas verdes. Revisó también el ajo y los cebollines nuevos que el clon había traído y plantado. Los brotes estaban sanos, firmes, hermosos. Tocó la tierra, la regó apenas y otra vez, con Mokuton, fortaleció raíces y tallos para que prosperaran con rapidez y abundancia.

Cuando terminaron de alimentar a todos los animales y de recoger lo que necesitarían para cocinar, Glenn se volvió hacia ella con la sonrisa ya instalada en el rostro.

—Yo cocino, amor.

Itachi lo observó, valoró la canasta, los huevos, las verduras, el estado del fuego interior, el tiempo. Luego asintió.

—Bien.

Se acercó lo suficiente para darle un pequeño beso en los labios, breve, suave, de esos que a Glenn todavía le hacían latir el corazón de forma absurda, y luego le tendió la cesta de mimbre con la cosecha.

Él la tomó con una sonrisa más grande todavía y el pecho apretado de alegría.

—Gracias.

Volvieron hacia la autocaravana principal. Glenn abrió las ventanas laterales para que entrara la brisa matutina. El aire fresco pasó rozando los sillones, el comedor, la pequeña cocina, levantando apenas el olor limpio de madera, tela y metal tibio. Luego encendió el tocadiscos y dejó que una canción country suave comenzara a llenar el espacio de fondo. Itachi, antes de quedarse con él, regresó un momento al apiario.

Tomó los pequeños paquetes de semillas y los abrió con calma metódica. Lavanda. Girasol. Caléndula. Menta. Borraja. Equinácea. Hinojo. Zulla. Alfalfa. Chirivía. Había pensado bien la selección: flores útiles para las abejas, flores aromáticas, flores medicinales, flores que además aportaran belleza al vagón. Las fue plantando con cuidado alrededor del apiario, distribuyéndolas de manera que el crecimiento no se estorbara y que el conjunto terminara siendo no solo funcional sino hermoso. Regó después con una regadera pequeña, inclinando la muñeca con la precisión de quien mide hasta el último exceso. Y entonces, de nuevo, dejó fluir el Mokuton.

La tierra respondió.

Los brotes surgieron.

Las raíces se afirmaron.

Los tallos se levantaron.

Y ante los ojos de Itachi, el pequeño sector del apiario se volvió un rincón florecido, abundante, cargado de color y promesa. La lavanda se alzó fragante, la caléndula se abrió en tonos intensos, el hinojo mostró su verde suave, la borraja y la equinácea dieron forma y altura, los girasoles aún jóvenes prometieron crecer fuertes. Itachi observó a las dos abejas dentro del apiario, analizando cómo se movían, cómo comenzaban a explorar, cómo el entorno nuevo las atraía. Permaneció allí unos segundos más, simplemente contemplando la escena, sintiendo una satisfacción tranquila, la clase de satisfacción que solo nacía cuando algo que ella había proyectado comenzaba a funcionar exactamente como lo había previsto.

Luego se lavó las manos y volvió a la cocina.

Glenn estaba cocinando ya con soltura, moviéndose entre la encimera, la sartén y el comedor con una familiaridad que hacía que todo pareciera normal, doméstico, casi como si la guerra y el fin del mundo fueran un mal sueño al otro lado de la puerta. Había empezado con los huevos, luego cortado las verduras, y ahora organizaba todo con esa concentración suya que a Itachi le resultaba, para su propia sorpresa, entrañable. Ella no dijo nada al acercarse. Solo se posicionó a su espalda y se abrazó a él.

Glenn sonrió al instante.

Era cada vez más raro y más valioso a la vez: los momentos en que Itachi se volvía así de pegada, así de claramente mimosa. Y él los recibía todos como un regalo. No intentó separarse ni preguntar demasiado. Simplemente inclinó apenas el rostro hacia el brazo de ella, reconociendo el contacto, aceptándolo, disfrutándolo.

—¿Te vas a quedar ahí? —preguntó con humor suave.

Itachi asintió apenas contra su espalda.

—Sí.

Glenn rió muy bajo.

—Perfecto.

Y siguió cocinando con ella pegada a él. Si él se movía hacia un lado, ella iba con él. Si giraba apenas para alcanzar algo, Itachi se deslizaba con el mismo movimiento, siempre abrazada a su espalda. Para Glenn aquello era una de las cosas más dulces que había vivido jamás. Saber que ella quería estar así, que lo buscaba, que encontraba placer y calma solo en mantenerse pegada a él mientras él cocinaba, lo desarmaba completamente. Podía sentir la suavidad de la seda del camisón de ella contra su espalda, el peso de sus brazos rodeándolo, su mejilla cerca de su hombro. Y cuando, sin advertencia, Itachi dejó un pequeño beso en la parte trasera de su cuello y volvió a abrazarlo con más cariño, el corazón de Glenn se disparó aún más.

—Dios… —murmuró, sonriendo.

Itachi no respondió con palabras. Apretó apenas más el abrazo.

La conversación fue naciendo así, entre la sartén, los platos y la música country.

—Deberíamos conseguir más abejitas —dijo Glenn, removiendo con cuidado.

—Sí —respondió Itachi—. Dos es buen inicio, pero no suficiente si queremos más producción.

—Tal vez podríamos encontrar más cerca de la laguna o en el bosque —propuso él.

—O en el pueblo. A veces en jardines abandonados.

Glenn asintió.

—Sería bueno. El apiario quedó muy bonito.

Itachi guardó un segundo de silencio, como si estuviera sopesando cuánto decir.

—Quedó bien porque lo hicimos juntos.

Eso hizo que Glenn se ablandara por dentro de inmediato.

—Sí —dijo con voz más suave—. Tú y yo.

Hubo otro pequeño silencio, cómodo.

Luego Glenn habló de algo que ambos tenían presente.

—Ayer fue tenso.

Itachi apoyó un poco más la frente entre sus omóplatos.

—Sí.

—No quiero acercarme hoy a la cantera hasta la noche —dijo Glenn—. No tengo ganas de ver a Lori. Ni a Shane. Ni de que nos miren como si… —hizo una pausa buscando la palabra correcta— …como si tuvieran derecho a opinar sobre nosotros.

Itachi lo comprendió por completo.

—Yo tampoco quiero ir hasta la noche.

—Podemos quedarnos aquí todo el día —siguió Glenn—. Plantar. Llenar el tanque. Cazar o pescar algo si hace falta. Cocinar. Solo nosotros.

—Sí —dijo Itachi—. Hoy no quiero compartir tiempo con ellos. Hoy quiero compartirlo contigo.

Aquello le pareció a Glenn más hermoso que cualquier cosa que pudiera haber oído esa mañana.

—Me gusta ese plan.

—A mí también.

La conversación siguió luego más ligera. Hablaron de qué flores podrían añadir después, de si una de las gallinas parecía más tranquila que las otras, de si las conejas preñadas necesitarían otro acomodo en unos días, de que más adelante sería bueno conseguir un pequeño arbusto extra para sombra en el vagón. Glenn hablaba y se interrumpía a veces solo para sonreír porque seguía sintiendo a Itachi abrazada a su espalda. Itachi, por su parte, hablaba poco, pero cada una de sus respuestas llevaba calma. La tensión del día anterior todavía existía, sí, pero ya no tenía el poder de romper la paz interior de la autocaravana. Allí, en cambio, todo lo que había ocurrido afuera parecía desvanecerse.

Cuando el desayuno estuvo listo, Glenn apagó la hornilla y giró con cuidado para mirarla. Itachi no se apartó. Simplemente lo observó, seria pero suave, el cabello suelto cayéndole por la espalda, el camisón y la bata moviéndose apenas con la brisa que entraba por las ventanas abiertas. Glenn sintió, una vez más, que verla así era casi demasiado para él.

—Listo —dijo.

Itachi asintió.

Pero no lo soltó enseguida.

Permaneció un segundo más abrazada a él, como si también le costara romper aquella cercanía nueva y deliciosa. Glenn no hizo nada por acelerar el momento. Se quedó quieto, sosteniéndola apenas por los antebrazos, dejándola decidir cuándo soltarse.

Fuera de la autocaravana, en la cantera, la mañana había comenzado de otra manera.

La gente seguía reuniéndose alrededor de la fogata para desayunar latas recalentadas, para fingir que seguían siendo una comunidad organizada, para sostener una rutina que les diera sentido. Andrea, Amy, Carol y Jaqui se habían sentado cerca unas de otras. Daryl estaba un poco más atrás, vigilando como siempre, en silencio. T-Dog comía con calma. Morales y Melanie estaban juntos. Lori, más rígida que el día anterior, ya había empezado a hacerse cargo de parte de lo que le habían impuesto: movía ollas, apartaba trastos sucios, despejaba el área de la fogata con gestos tensos, sin agradecer ni sonreír. Shane la observaba a ratos, pero su mente no estaba del todo allí. Y todos, aunque nadie lo dijera al principio, notaban la ausencia de Glenn e Itachi en el área común.

Amy fue la primera en mencionarlo.

—Hoy no van a venir temprano —dijo, casi sonriendo.

Andrea la miró.

—Es su día libre.

Amy asintió.

—Sí. Y me parece bien. Después de ayer… yo tampoco querría vernos.

Carol dijo en voz baja:

—Yo tampoco.

Jaqui, mientras organizaba unas cosas, agregó:

—La verdad es que hacen bien.

Daryl no habló, pero oyó.

Amy siguió, con esa mezcla de ternura y fascinación que le provocaban Glenn e Itachi.

—Seguro están juntos allá adentro. Desayunando tranquilos. Como siempre.

Andrea la miró con una pequeña media sonrisa.

—Tú de verdad los encuentras adorables.

Amy se encogió de hombros.

—Es que lo son.

Carol bajó la vista un momento antes de admitir:

—Sí. Lo son.

Y mientras Lori, unos pasos más allá, fregaba con movimientos duros unos recipientes, fingiendo no escuchar, la conversación de las otras siguió tomando forma alrededor de la ausencia de la pareja, de lo evidente que ya era para todos que Glenn e Itachi no eran solo los recién llegados útiles del campamento, sino algo más difícil de ver sin sentir una punzada: un matrimonio real, íntimo, sólido, con una paz doméstica que ninguno de los demás tenía.

Y mientras ellas hablaban, dentro del RV, Glenn e Itachi se servían el desayuno, la música seguía sonando, la brisa fresca cruzaba por las ventanas abiertas, y el día de descanso comenzaba exactamente como ambos querían:

solo ellos dos,

su hogar,

su secreto,

y un futuro que cada día dejaba de parecer un sueño imposible.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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