Ojos Del Vacío-Camino del Invencible - Capítulo 1
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- Capítulo 1 - 1 CAPÍTULO 1 LA ALDEA QUE EL CIELO OLVIDÓ
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1: CAPÍTULO 1: LA ALDEA QUE EL CIELO OLVIDÓ 1: CAPÍTULO 1: LA ALDEA QUE EL CIELO OLVIDÓ La lluvia caía sobre la Aldea Gris como si el cielo hubiera decidido que aquel lugar no merecía ni siquiera un aguacero limpio —solo ese goteo frío, sucio, que se filtraba por los tejados de paja y se mezclaba con el barro hasta volverse algo imposible de lavar.
Wei Wugen tenía doce años y llevaba tres horas practicando el mismo movimiento.
No era una técnica de cultivo.
No podía serlo —nadie le había enseñado ninguna.
Era algo que había observado en el mercado hace una semana: un comerciante que entrenaba a su perro de guardia con un palo, haciéndolo saltar en ángulos específicos para sortear obstáculos.
Wei lo había visto durante media hora con aquellos ojos plateados que siempre inquietaban a la gente, calculando ángulos, memorizando curvas, descomponiendo el movimiento en sus partes más pequeñas.
Ahora lo reproducía.
Una y otra vez.
Salto lateral con el pie derecho, giro de cadera a cuarenta grados, peso trasladado al talón izquierdo en el aterrizaje, amortiguación en rodilla —no en tobillo, el tobillo cede, la rodilla distribuye.
Otra vez.
Otra vez.
La lluvia lo empapaba.
Sus pies descalzos chapoteaban en el barro.
—¿Todavía no te has muerto, Sin Raíz?
La voz llegó desde el camino, arrastrando consigo risas de otros chicos.
Wei no se detuvo.
Completó el movimiento, contó internamente hasta tres, y solo entonces miró hacia el grupo.
Eran cuatro.
Cao Feng encabezaba el grupo como siempre —trece años, una cabeza más alto que Wei, hijo del encargado del almacén del Clan Zhou que administraba la aldea.
Vestía una túnica azul con el emblema de su familia bordado en el pecho.
Detrás de él, tres seguidores cuya única habilidad era reírse de los chistes de Cao Feng.
Wei los miró un momento.
Calculó distancias.
Contó personas.
Notó que Cao Feng apoyaba el peso en la pierna derecha —tenía esa costumbre cuando estaba cómodo y confiado.
Notó que el chico de la izquierda tenía el puño derecho medio cerrado, preparándose.
Luego regresó la vista al espacio vacío frente a él y continuó practicando.
—Oye, te estoy hablando.
—Cao Feng se acercó.
Sus botas golpearon el barro con la seguridad de quien sabe que no va a recibir consecuencias por lo que haga.
—Esta semana no has pagado el tributo al Joven Señor Zhou.
Tres monedas de cobre.
Más un cobro de tardanza.
Son cinco en total.
—No tengo dinero.
—La voz de Wei fue plana.
No defensiva, no asustada.
Solo un hecho.
—Todos en la aldea tienen dinero.
Los huérfanos como tú trabajan en el campo del señor Zhou.
Te pagan.
—Me pagaron.
Lo gasté en comida.
Una pausa.
Luego Cao Feng se rio.
—¿En comida?
—Sacudió la cabeza como si acabara de escuchar el chiste del año.
—Escucha, Sin Raíz.
El Señor Zhou ha sido muy generoso dejándote vivir en esta aldea sin nombre de familia ni raíz espiritual que te respalde.
Pero la generosidad tiene un límite.
Cinco monedas de cobre, o esta semana duermes en el campo con las bestias.
Wei Wugen dejó de moverse.
Se quedó perfectamente quieto durante dos segundos completos.
Luego se giró lentamente hacia Cao Feng.
Sus ojos plateados miraron al chico más alto sin parpadear.
Cao Feng, que nunca había sentido nada especial mirando a Wei Wugen en todos los años que llevaba intimidándolo, sintió algo raro en ese momento.
Algo que no supo identificar.
Como si de repente el chico descalzo y empapado frente a él hubiera cambiado de forma sin que nadie lo viera.
—No tengo cinco monedas —dijo Wei—.
Y no me moveré del espacio que ocupa esta cabaña.
—Entonces tendremos que convencerte.
La señal fue mínima —Cao Feng apenas movió la cabeza hacia un lado.
El chico de la izquierda, el del puño cerrado, avanzó.
Fue rápido.
O al menos lo fue para los estándares de la Aldea Gris, donde nadie cultivaba.
El chico era más pesado que Wei, tenía más masa corporal, y su puño apuntó directamente al estómago.
Wei ya no estaba donde su puño apuntaba.
No había sido algo espectacular —no hubo salto acrobático ni giro dramático.
Fue ese movimiento lateral que llevaba tres horas practicando: pie derecho, giro de cadera a cuarenta grados, peso al talón izquierdo.
El puño pasó a quince centímetros de su costado y el chico, con toda su masa detrás del golpe, perdió el equilibrio hacia adelante.
Wei extendió una mano y lo empujó.
Solo eso.
Usó el impulso que el chico ya llevaba.
El resultado fue un chapuzón espectacular en el charco de barro más grande del camino.
Silencio.
Luego risas —no de Cao Feng ni sus otros secuaces, sino de dos o tres vecinos que habían observado desde las puertas de sus casas.
El rostro de Cao Feng se endureció.
Se coloreó de una rabia que Wei reconoció: la rabia de los que tienen poder y no están acostumbrados a que sus planes fallen.
—Muy bien, Sin Raíz.
—Su voz había cambiado.
Ya no era el bravucón condescendiente.
Era algo más peligroso: alguien que ha decidido que la situación requiere consecuencias reales.
—Esto no termina aquí.
Hablaré con el Joven Señor Zhou esta misma noche.
Para mañana habrás perdido el cuarto donde duermes.
Se fueron.
El chico del barro se levantó, furioso y humillado, y siguió a los demás sin decir nada.
Wei Wugen los vio alejarse.
Luego miró su mano derecha —la que tenía la cicatriz diagonal en la palma.
Se la había hecho él mismo a los ocho años con un fragmento de cerámica, prometiéndose algo en el único momento de su vida en que había llorado de verdad.
*Nunca más seré pisoteado por alguien que solo tiene poder porque nació con él.* Mañana probablemente perdería la cabaña.
Bien.
Hacía dos años que había encontrado una cueva en el bosque al norte de la aldea.
La había preparado en secreto para exactamente este tipo de situación.
Regresó al punto donde había estado practicando y retomó el movimiento desde el principio.
La lluvia continuó.
— Esa noche, Wei Wugen no durmió en la cabaña.
No fue porque lo echaran —fue porque eligió ir a la cueva antes de que pudieran hacerlo.
Llevar algo por decisión propia tenía un peso diferente a que te lo arrebataran.
La cueva estaba a dos horas de camino por el bosque que rodeaba la Aldea Gris por el norte.
No era grande —apenas lo suficiente para que un muchacho delgado se estirara con los brazos extendidos— pero era seca, tenía una pequeña apertura de ventilación natural, y había piedra plana en el suelo que Wei había cubierto con hojas secas comprimidas.
Sacó de bajo de su camisa el único objeto de valor que poseía: un libro desgastado sin portada, con la mitad de las páginas ilegibles por la humedad y el tiempo.
Lo había encontrado dos años atrás entre la basura que el Clan Zhou quemaba cada temporada —alguien había tirado los restos de una biblioteca, y Wei había rescatado todo lo que pudo.
La mayoría eran fragmentos de novelas de mercaderes o registros de cosecha.
Pero este libro —o lo que quedaba de él— describía algo diferente.
Era la base teórica del cultivo espiritual.
No técnicas.
No métodos.
Solo teoría —cómo funcionaba el Qi en el cuerpo, qué eran los Puntos Espirituales, por qué existían las Raíces Espirituales, qué diferenciaba un cuerpo cultivador de uno mortal.
Wei lo había leído ochenta y siete veces.
Lo sabía casi de memoria.
Y cada vez que lo leía, sus ojos identificaban cosas que quizás el autor no había querido revelar explícitamente —conexiones entre conceptos, implicaciones de ciertos párrafos, posibilidades que el texto sugería sin confirmar.
Como la posibilidad de que las Raíces Espirituales no fueran el único camino.
El libro describía las Raíces como el “puente natural entre el cuerpo y el Qi del cielo y la tierra”.
Puente.
Esa palabra.
Wei la había subrayado mentalmente incontables veces.
Un puente era una estructura creada para unir dos puntos que de otro modo estarían separados.
Pero si los dos puntos existían aunque no hubiera puente —si el Qi del mundo y el cuerpo humano existían independientemente— entonces quizás la falta de puente natural no significaba imposibilidad de cruzar.
Significaba que necesitabas construir el puente tú mismo.
Nadie le había dicho que eso era posible.
De hecho, todos los maestros que habían pasado por la aldea para evaluar a los niños le habían dicho explícitamente lo contrario: Sin Raíz era una condena de nacimiento.
El Cielo no te había dado afinidad con el Qi.
El Cielo había decidido que tú eras mortal.
Wei Wugen miró el techo de su cueva.
¿Y qué tenía que ver el Cielo con lo que él decidía hacer?
Cerró el libro, se tumbó sobre las hojas secas, y en la oscuridad comenzó a concentrarse en algo que llevaba seis meses intentando: sentir.
No ver —sus ojos siempre habían sido extraordinarios para ver.
Sino sentir.
Sentir si había algo en el aire a su alrededor que pudiera percibir de forma diferente a como lo percibía cualquier mortal.
Durante cuatro horas no sintió nada.
En la quinta hora, cuando el agotamiento empezaba a hacer que sus pensamientos se volvieran extrañamente lúcidos de una forma que solo ocurre en los límites del sueño, notó algo.
Era minúsculo.
Casi imperceptible.
Como el movimiento del polvo en un rayo de luz —algo que no verías si miraras directamente, pero que captabas en el borde del campo visual.
Había algo en el aire.
Algo que se movía con una lógica interna.
Algo que no era viento.
Wei Wugen abrió los ojos.
Sus pupilas se dilataron levemente en la oscuridad.
Y por primera vez en doce años de vida, sintió que el universo, a pesar de todo lo que le había negado, quizás no era completamente impenetrable.
Se sentó.
Cerró los ojos de nuevo.
Buscó esa sensación otra vez.
Le tomó cuarenta minutos encontrarla de nuevo.
Pero la encontró.
Y cuando el amanecer llegó y los primeros pájaros comenzaron a cantar afuera de su cueva, Wei Wugen no había dormido nada, tenía los músculos entumecidos del frío, y estaba hambriento.
Pero en la palma de su mano derecha —sobre la cicatriz— había algo que nunca antes había estado ahí.
Un único punto de calor.
Tan pequeño que podría haber sido imaginación.
No lo era.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Kamilo_gonz En un mundo donde el destino se decide por la fuerza… él nació sin nada.
Sin familia.
Sin respaldo.
Sin talento… o eso creían todos.
Pero hay cosas que no pueden medirse con simples ojos humanos.
Y cuando el mundo finalmente lo note… será demasiado tarde para detenerlo.
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