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Ojos Del Vacío-Camino del Invencible - Capítulo 2

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  3. Capítulo 2 - 2 CAPÍTULO 2 EL PRECIO DE NO TENER NOMBRE
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2: CAPÍTULO 2: EL PRECIO DE NO TENER NOMBRE 2: CAPÍTULO 2: EL PRECIO DE NO TENER NOMBRE La mañana después de su primer contacto con el Qi, Wei Wugen hizo algo que cualquier observador habría considerado completamente desconectado de los eventos de la noche anterior: fue a trabajar en el campo del Señor Zhou.

No porque lo necesitara —técnicamente Cao Feng le había anunciado que perdería su cabaña, lo que en la lógica del Joven Señor Zhou probablemente significaría que también perdería el derecho a trabajar en sus campos.

Pero Wei tenía una regla: nunca asumir las consecuencias antes de que llegaran.

Actuar hasta que el camino estuviera efectivamente bloqueado.

El campo de soja del Señor Zhou cubría tres acres al sur de la aldea.

Doce trabajadores, incluyendo a Wei, se presentaban al amanecer y trabajaban hasta el atardecer por dos monedas de cobre diarias —una cantidad que apenas cubría comida básica, pero que en la Aldea Gris era lo que había.

Wei trabajó en silencio.

Mientras sus manos arrancaban malezas con el ritmo mecánico que desarrollas cuando has hecho lo mismo durante años, su mente estaba en otra parte: revisando las sensaciones de la noche anterior, catalogando lo poco que había percibido del Qi, comparándolo con las descripciones teóricas del libro sin portada.

El libro describía el primer paso del cultivo —la Apertura del Primer Punto Espiritual— como algo que solo podía ocurrir si el Qi fluía naturalmente a través de la Raíz Espiritual hacia el cuerpo.

Sin Raíz, no había flujo.

Sin flujo, no había apertura.

Pero Wei había sentido algo la noche anterior.

Pequeño, sí.

Casi imperceptible.

Pero real.

Lo que significaba que quizás la teoría del libro tenía una grieta.

¿Qué pasaba si no necesitabas que el Qi fluyera hacia ti?

¿Qué pasaba si en cambio podías extender algo desde dentro de ti hacia el Qi exterior y hacer contacto tú mismo?

No era una pregunta que pudiera responder en un día.

Ni en un mes, probablemente.

Pero Wei Wugen era, ante todo, paciente.

— —Oye, Sin Raíz.

La voz llegó desde su derecha.

Sin dejar de trabajar, Wei giró la cabeza levemente.

Era una chica de su misma edad —doce años, quizás trece.

Se llamaba Ming Yao, hija de un leñador viudo que trabajaba también en los campos del Zhou.

Era de esas personas que tenían el tipo de amabilidad práctica que no necesita anunciarse: siempre trabajaba duro, siempre tenía los ojos abiertos para ver cuándo alguien necesitaba una mano extra.

—He oído lo de anoche —dijo, bajando la voz para que el capataz no la escuchara—.

Lo de Cao Feng.

¿Perdiste la cabaña?

—La dejé antes de que pudieran quitármela.

Ming Yao frunció el ceño.

—Eso no es mejor.

¿Dónde dormiste?

—En el bosque del norte.

Tengo un lugar.

Ella lo miró durante un momento con esa expresión que Wei había aprendido a leer en ella: una mezcla entre genuina preocupación e incredulidad ante su manera de manejar las cosas.

—Mi padre dice que hay bestias en ese bosque.

—Las hay.

Un lobo gris a dos li al noreste y probablemente una serpiente de cuernos cerca del arroyo.

He visto sus rastros.

Los evito.

Otra pausa.

—¿Cuántas veces has dormido ahí?

—Esto fue la primera.

Pero lo había planeado hace meses.

Ming Yao sacudió la cabeza lentamente, como alguien procesando información que desafía su comprensión del mundo.

—Eres muy raro, Wei Wugen.

—Ya lo sé.

—Mi padre dice que si alguna vez necesitas…

—comenzó, y se detuvo.

Lo replanteó.

—Que si alguna vez hay algo que podamos hacer, sin que sea problema, lo haría.

Wei no respondió de inmediato.

Ese tipo de oferta era complicada para él.

No porque la rechazara —el leñador Ming y su hija eran personas genuinamente buenas, de esas que escaseaban en la Aldea Gris— sino porque aceptar apoyo creaba deudas, y las deudas creaban dependencias, y las dependencias creaban cadenas.

—Gracias —dijo finalmente—.

Si llega ese momento, lo diré.

Era lo más cercano a una apertura emocional que Wei Wugen ofrecería a nadie en este período de su vida.

Ming Yao pareció entenderlo, porque asintió y regresó a su trabajo sin presionar más.

— A mediodía, cuando los trabajadores descansaron para comer, llegó un jinete.

Era un hombre con la túnica del Clan Zhou —azul oscuro con el signo del clan bordado en plata, una calidad de tela que ningún trabajador del campo podría permitirse en toda su vida.

Fue directo al capataz, intercambió unas palabras breves, y el capataz buscó con la vista entre los trabajadores hasta encontrar a Wei.

—Wei Wugen.

El Joven Señor Zhou quiere verte.

El campo quedó en silencio.

Todos miraban.

Wei se limpió las manos en la ropa y siguió al jinete.

— El edificio principal del Clan Zhou en la Aldea Gris no era gran cosa comparado con las mansiones de los clanes mayores, pero en el contexto de la aldea era una declaración de poder: dos plantas, muros de piedra, un jardín interior con árboles ornamentales.

El Joven Señor Zhou Pei tenía dieciséis años y había comenzado a cultivar a los nueve —su Raíz Espiritual era de Tierra, nivel medio, nada extraordinario, pero suficiente para ponerlo en una categoría completamente diferente a los mortales que trabajaban en sus campos.

Lo que Zhou Pei poseía, más allá del cultivo, era ese tipo particular de crueldad que nace no del odio sino de la indiferencia.

No odiaba a Wei Wugen.

Simplemente no lo consideraba relevante como ser humano.

—Así que eres el que golpeó a Cao Feng anoche —dijo Zhou Pei desde su sillón, mirando a Wei con el desinterés de alguien examinando un insecto.

—No lo golpeé.

Esquivé y lo empujé.

—Semántica.

—Zhou Pei apoyó los codos en las rodillas.

—El problema no es lo que hiciste.

El problema es que lo hiciste donde otros pudieran verlo.

Cao Feng es el hijo del administrador, y yo permito que los administradores mantengan autoridad porque eso facilita el orden.

Cuando un Sin Raíz humilla a un hijo de administrador en público, el orden se debilita.

Wei no dijo nada.

—Tienes dos opciones —continuó Zhou Pei—.

Primera: te vas de la aldea.

No te echaré formalmente porque no vale la pena el papeleo.

Simplemente dejamos de ofrecerte trabajo y ya no eres bienvenido en ninguna propiedad del Clan Zhou.

Dado que el Clan Zhou posee prácticamente todo en cinco li a la redonda, eso equivale a lo mismo.

—¿Y la segunda?

Zhou Pei sonrió.

Era una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Te conviertes en trabajador interno.

Ganas el doble —cuatro monedas diarias.

Pero trabajas el doble de horas, vives en los cuartos de servicio de esta propiedad, y cuando Cao Feng necesite recuperar cara, me aseguro de que haya un contexto donde pueda hacerlo.

—Una pausa.

—Algunos llamarían a eso una segunda derrota pública.

Yo lo llamaría el precio de la estabilidad.

Era un trato diseñado para ser una trampa.

La primera opción era el exilio.

La segunda era la sumisión formalmente disfrazada de trabajo.

Wei Wugen lo miró durante un momento largo.

Luego preguntó: —¿Puedo hacer una pregunta?

Zhou Pei parecía levemente sorprendido de que un Sin Raíz le pidiera hablar, pero asintió.

—¿Por qué un Joven Señor con Raíz Espiritual, dinero, recursos y clan está usando su tiempo en manejar personalmente a un huérfano de doce años sin nada?

El silencio que siguió fue incómodo.

No porque la pregunta fuera ofensiva —sino porque era, de alguna forma difícil de articular, completamente exacta.

Y Zhou Pei, que no era estúpido aunque sí era arrogante, lo notó.

—Porque el orden —dijo finalmente, con menos certeza en la voz que antes— se mantiene en los detalles.

—Entiendo.

—Wei se puso de pie.

—Me voy de la aldea.

—¿En serio?

—La sorpresa en la voz de Zhou Pei era genuina.

Nadie en la aldea había elegido el exilio cuando se le ofrecía la alternativa de quedarse.

—La segunda opción no es una opción —dijo Wei, moviéndose ya hacia la puerta—.

Y la primera tampoco la veo como exilio.

La veo como que ya no necesito permiso para vivir donde quiera.

Salió antes de que Zhou Pei pudiera formular una respuesta.

— Afuera, en el camino de tierra que corría frente a la mansión Zhou, Wei Wugen se detuvo un momento.

No tenía nada que recoger —sus únicas posesiones eran el libro sin portada, que llevaba siempre consigo, y la ropa que vestía.

La cueva en el bosque tenía algo de comida seca que había acumulado.

Podría sobrevivir varios días.

Después de esos días, tendría que encontrar otra solución.

Siempre la había encontrado.

Comenzó a caminar hacia el norte.

No miró atrás.

— Tres días después de dejar la Aldea Gris, Wei Wugen llegó a Lincheng —la Ciudad del Río Nebuloso, a doce li al norte.

Era el asentamiento más cercano que podía considerarse una ciudad real: mercados, gremios de artesanos, una pequeña presencia de dos sectas menores, y lo más importante para los propósitos inmediatos de Wei: trabajos que no requerían nombre de clan.

El primer día trabajó cargando cajas en el muelle del río.

El segundo día convenció a un herrero de que le dejara ayudar con el fuelle a cambio de comida y observación —quería ver cómo el herrero evaluaba el metal, cómo calculaba temperaturas, cómo transformaba la fuerza bruta en precisión.

El tercero encontró algo mejor.

En una callejuela detrás del mercado principal, un hombre mayor vendía copias de textos de cultivo básicos —reproducciones baratas de manuales que las sectas distribuían para reclutar.

No eran técnicas reales, solo introducciones destinadas a despertar el interés de jóvenes con talento y empujarlos a buscar las sectas oficiales.

Pero Wei los leyó todos en tres horas sentado en el suelo del callejón, con el viejo mirándolo con una mezcla de irritación y curiosidad.

—¿Vas a comprar algo o solo a leer gratis?

—Compraré si encuentro algo que no sepa.

—Wei levantó la vista.

—Hasta ahora no hay nada nuevo.

Pero hay algo que me interesa preguntarle.

El viejo, que se llamaba a sí mismo Boticario Chen aunque no era exactamente boticario, se cruzó de brazos.

—Pregunta.

—Los textos describen la Apertura del Primer Punto Espiritual como algo que ocurre de dentro hacia afuera cuando el Qi entra a través de la Raíz.

—Wei eligió las palabras con cuidado.

—¿Ha oído de algún caso donde ocurriera al revés?

El boticario Chen lo miró durante un tiempo largo.

—¿Cuántos años tienes?

—Doce.

—¿Tienes Raíz Espiritual?

—No.

Una pausa.

—Entonces, ¿por qué preguntas?

—Porque creo que hay una grieta en la teoría establecida.

—Wei sostuvo la mirada del viejo.

—Y porque hace tres noches sentí algo que no debería poder sentir si la teoría fuera completamente correcta.

El Boticario Chen permaneció en silencio durante tanto tiempo que Wei empezó a pensar que simplemente no iba a responder.

Luego el viejo hizo algo inesperado: soltó una carcajada corta y seca, como alguien que acaba de recordar un chiste viejo.

—Hace cuarenta años —dijo—, había un texto.

No un manual de secta.

Un texto de investigación, escrito por un cultivador excéntrico que la Secta del Dragón Carmesí eventualmente expulsó.

Se llamaba *Los Caminos Sin Raíz* y argumentaba exactamente lo que acabas de sugerir.

Que la Raíz Espiritual era una facilidad, no una necesidad.

Wei no parpadeó.

—¿Dónde puedo encontrar ese texto?

—No puedes.

La Secta del Dragón Carmesí lo quemó todo.

Al autor también, aunque eso no lo pueden admitir oficialmente.

—El viejo lo miró con algo que podría haber sido lástima, o quizás reconocimiento.

—Pero tengo notas.

Fragmentos que copié hace muchos años antes de que los destruyeran todo.

No son completos.

Son peligrosos de poseer —si la Secta supiera que existen, tendría problemas.

—¿Cuánto?

El boticario Chen lo miró de arriba abajo.

Un niño de doce años, descalzo, con ropa remendada y ojos plateados que calculaban demasiado para su edad.

—No monedas.

Tengo un cargamento que necesita llegar a la ciudad de Meishan, tres días al norte.

Las rutas por el bosque son peligrosas para alguien de mi edad y no confío en los transportistas.

Tú llevas el cargamento, yo te doy los fragmentos cuando regreses.

Wei consideró por exactamente cuatro segundos.

—Acepto.

Pero quiero ver los fragmentos antes de partir, para saber que existen.

El boticario Chen volvió a reírse.

Esta vez sin la sequedad.

—Niño —dijo—, creo que eres o el tipo de persona más inteligente que voy a conocer, o el que va a tener la vida más difícil del continente.

—Las dos cosas no son contradictorias —respondió Wei Wugen.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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