Ojos Del Vacío-Camino del Invencible - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 CAPÍTULO 11 LAS PUERTAS DE HONGYUAN
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11: CAPÍTULO 11: LAS PUERTAS DE HONGYUAN 11: CAPÍTULO 11: LAS PUERTAS DE HONGYUAN La Ciudad de Hongyuan olía a ambición.
Wei Wugen lo notó antes de ver sus muros: el Qi del lugar tenía esa textura específica que producen los espacios donde cientos de cultivadores con objetivos distintos coexisten bajo tensión.
Denso, mezclado, con corrientes que se cruzaban sin fundirse.
Como un río donde varios afluentes confluyen y el agua tarda kilómetros en decidir su color definitivo.
Llegó al atardecer del tercer día de camino desde Lincheng.
Había salido antes del amanecer cada día, comido lo mínimo para mantener el ritmo, y dormido cuatro horas exactas con la espalda contra árboles cuyas raíces expuestas formaban asiento natural para meditar las horas restantes.
En esas horas de meditación nocturna siguió buscando la pequeña corriente de calor en la palma derecha —el contacto tímido con el Qi que había descubierto semanas atrás— y en los tres días de camino lo encontró con mayor rapidez cada vez.
La cuarta noche tardó cuarenta minutos en lugar de cuatro horas.
El libro sin portada recibió doce páginas de anotaciones durante esas caminatas.
Los guardias de la puerta norte llevaban túnicas rojas con el dragón ascendente bordado en plata al pecho —emblema de la Secta del Dragón Carmesí.
Verificaban a todos los que entraban con cristales espirituales del tamaño de un puño que brillaban según el nivel de cultivo del examinado.
No buscaban a los débiles.
Catalogaban a los suficientemente fuertes.
Cuando el cristal rozó la muñeca de Wei, brilló en plateado pálido.
El guardia lo miró.
Luego al cristal.
Luego de vuelta a Wei.
—Segundo Estadio, Qi incoloro.
Sin afiliación.
—Leyó de la tablilla donde el cristal descargaba los datos—.
¿Motivo de la visita?
—Torneo de Selección.
El guardia selló el registro y lo dejó pasar.
Wei contó cuatro puntos de guardia en esa entrada, dos posiciones elevadas con ángulo de cobertura completo, y una formación en el suelo cuya geometría sugería diseño del Clan Mo o conocimiento equivalente en arquitectura espiritual defensiva.
Buena instalación para una ciudad que iba a recibir cuatrocientos candidatos de distintas procedencias.
El Pabellón de Registro estaba señalado con banderines visibles desde la entrada principal —el organizador sabía que muchos candidatos no conocían Hongyuan y la señalización era pura eficiencia.
Wei llegó con cuarenta minutos antes del cierre del registro y se puso en la última de las cuatro filas.
La fila de candidatos independientes.
Los observó mientras avanzaba.
Eran los más heterogéneos del grupo: un chico de doce años con manos callosas de trabajo manual, probablemente hijo de artesano con Raíz manifestada tarde.
Una mujer de dieciséis cuya ropa delataba indiferencia hacia la apariencia —la indiferencia de alguien cuya atención está permanentemente en otra parte.
Un hombre mayor, quizás veintidós, con la postura de quien recibió entrenamiento militar antes de que el cultivo llegara.
Todos con algo en común que Wei identificó al tercer minuto: la postura específica de quien ha llegado hasta aquí sin que nadie se lo pusiera fácil.
Una forma de ocupar el espacio que era simultáneamente autosuficiente y cautelosa, como animales que han aprendido que el mundo no es seguro por defecto.
Wei reconoció esa postura porque era la suya.
En el registro, el funcionario anotó los datos.
El cristal confirmó Segundo Estadio con el mismo brillo plateado de la entrada.
El funcionario escribió “independiente, sin afiliación, Qi incoloro” con la expresión de alguien marcando una anomalía menor en un día repleto de anomalías menores.
—Placa 347.
Primera prueba mañana al amanecer, Sector de Candidatos Independientes, Pabellón cuatro.
Wei tomó la placa.
La examinó: número de identificación, sector de alojamiento, instrucciones en el reverso.
Diseño eficiente.
Buscó alojamiento en el barrio sur, lejos de las posadas donde los candidatos de grandes clanes ocupaban plantas enteras con sus comitivas.
Encontró un cuarto en una pensión modesta —una moneda de plata la noche— y lo evaluó en veinte segundos: puerta con cerrojo funcional, ventana al callejón sin acceso directo desde la calle, suelo de madera sólida sin tablones sueltos.
Adecuado.
Esa noche, en lugar de practicar el esquive, se sentó con las piernas cruzadas y extendió la percepción de Qi hacia el exterior del cuarto.
Cartografió el edificio entero: cuántos cultivadores alojados, sus niveles aproximados por la firma de Qi que emanaban incluso dormidos, la posición relativa de cada habitación.
Cuando terminó, cualquier movimiento inesperado en la noche podría identificarse antes de que llegara a su puerta.
Durmió cuatro horas exactas.
— Al amanecer fue al Pabellón cuatro.
La Primera Prueba —el Laberinto de Qi— comenzó con los cuatrocientos treinta y siete candidatos organizados en grupos escalonados de treinta.
Wei entró en el grupo doce.
El pabellón por dentro era más grande de lo que parecía por fuera, consecuencia de las formaciones de expansión espacial del Clan Mo cuyas placas decorativas en las paredes delataban al que sabía leerlas.
El laberinto comenzaba después de una antecámara de piedra gris donde los grupos esperaban su turno en silencio.
Los textos de cultivo describían la “sensibilidad al Qi” como la capacidad de percibir las corrientes de energía que el entorno naturalmente poseía.
En un laberinto diseñado específicamente para testear esa capacidad, las corrientes estaban deliberadamente estructuradas: fluían hacia la salida siguiendo caminos preferenciales que cambiaban lentamente a medida que los candidatos interactuaban con el espacio.
El problema para cultivadores normales era el ruido.
El Qi artificial del laberinto, concentrado y perturbado por docenas de candidatos moviéndose simultáneamente, creaba una interferencia que hacía imposible distinguir la señal guía del fondo caótico.
Era como escuchar una melodía específica en una sala donde diez personas tocan instrumentos diferentes al mismo tiempo.
Wei no escuchaba el Qi.
Lo veía.
Con el control aprendido durante el camino —la pupila en posición neutral, la percepción activa pero sin manifestación visible— sus ojos descomponían el campo de Qi del laberinto con la misma geometría analítica que aplicaba al movimiento físico.
Las corrientes guía tenían una textura de densidad diferente al ruido de fondo.
No más intensas —más coherentes, más dirigidas.
Como la diferencia entre el agua quieta de un charco y el agua en movimiento de un arroyo: el mismo material con organización interna radicalmente distinta.
Siguió las corrientes coherentes.
Las bifurcaciones las resolvía en dos segundos cada una.
En el sector central, donde las formaciones eran más elaboradas, la corriente guía se dividía en dos que parecían igualmente coherentes.
Wei se detuvo.
Extendió la percepción.
La corriente de la derecha tenía un pulso ligeramente irregular —la firma de una formación trampa que imitaba la guía con suficiente fidelidad para engañar la percepción estándar.
Tomó la izquierda.
En el sector final, donde el laberinto se estrechaba, pisó accidentalmente una formación secundaria.
El destello blanco que borró su sentido de dirección durante diez segundos lo hizo perder el hilo.
Esperó.
Reorientó.
Continuó.
Llegó a la salida en cincuenta y tres minutos.
El funcionario anotó su número sin comentario.
Pero en la plataforma elevada donde tres Ancianos observadores supervisaban la prueba, el del centro —cabellos completamente blancos, túnica del Dragón Carmesí— anotó algo en su tablilla personal y dirigió la mirada a la salida durante un momento antes de atender al siguiente candidato.
Wei ya se había movido hacia la zona de descanso.
Sentado contra la pared exterior del pabellón, con el libro sin portada sobre las rodillas, escribió durante veinte minutos: la arquitectura de las formaciones del laberinto, la naturaleza de las corrientes guía, la firma específica de las trampas, las diferencias entre los sectores.
No porque necesitara recordarlo —su memoria lo fijaba todo.
Sino porque el proceso de escribir consolidaba la comprensión de una forma que solo recordar no producía.
Al lado, alguien se detuvo.
Wei levantó la vista.
Un chico de su misma edad —quizás trece años— sentado con los ojos cerrados y la expresión de alguien recuperándose de esfuerzo real.
Cuando los abrió, Wei los catalogó de inmediato: completamente negros, no por pigmentación inusual sino por el tipo de tinte que el Qi de rayo produce cuando se concentra en los iris durante suficiente tiempo.
Cultivador de rayo.
Independiente, por la ropa sin emblema.
—¿Cuánto tiempo tardaste?
—preguntó el chico, sin abrir los ojos todavía.
—Cincuenta y tres minutos.
¿Tú?
—Cuarenta y ocho.
Me desorienté en el sector central.
Cuatro minutos perdidos.
Wei lo observó.
Qi de rayo concentrado, postura de alguien acostumbrado a funcionar en soledad, economía de movimiento.
Sin clan.
—Yan Liufeng —dijo el chico, por si la pregunta implícita era sobre el nombre.
—Wei Wugen.
Yan Liufeng asintió y cerró los ojos de nuevo.
No era descortesía —era gestión de energía.
Wei lo reconoció y regresó a su libro.
Al caer la tarde, doscientos ochenta y nueve candidatos habían pasado la Primera Prueba.
Los ciento cuarenta y ocho eliminados salieron con expresiones que Wei clasificó en tres tipos: humillación, alivio disfrazado de indiferencia, y la variante más triste, la de quienes genuinamente no entendían por qué ellos habían fallado…
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Kamilo_gonz Buenas Rregresamos con los capítulos 11 al 20 estaré subiendo de 5 a 10 capítulos al día.
Apreciaría mucho su apoyo ☺️
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com