Otros Invocan Dragones, Yo Invoco Caballeros Legendarios - Capítulo 295
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Capítulo 295: Desmesura
Los tres se miraron durante un rato antes de que Godfrey rompiera el silencio. —¿Podemos quedarnos a pasar la noche?
Snow pasó a su lado, sacó una llave y la introdujo en la cerradura. —Será mejor que vengan a mi casa, a Rowana le encantará tenerlos por allí.
—Rowana. ¡¿Estás saliendo con Rowana?! —Los ojos de Isaac se agrandaron. Aunque Tyla ocupaba el primer puesto en cuanto a belleza, el carácter dulce de Rowana la convertía en la favorita de muchos estudiantes.
A Isaac le parecía extraño que alguien como Snow pudiera salir con una chica tan amable como ella. Eran polos opuestos.
—Sí. ¿Te parece extraño? —Snow enarcó una ceja mientras abría la puerta y entraba en la tetería.
Isaac miró a Godfrey.
—¿No estaba colada por ti cuando aún estábamos en la escuela? Oí que intentó ligar contigo en una tetería como esta. ¡Podría ser que por tu culpa ella…!
Godfrey le tapó la boca a Isaac. Este miró en la dirección que Godfrey le indicaba y vio la gélida mirada de Snow.
Los ojos de Isaac se agrandaron.
—Está celoso —dijo Godfrey con cara de póquer. Las mejillas de Isaac se hincharon mientras Snow bufaba—. Sabes que no eres más guapo que yo. De hecho, ni te le acercas. Isolde fue una bendición, no te la merecías.
Le espetó.
Isaac se estremeció. ¡¿Acaso Snow estaba loco?! ¿Por qué había mencionado a Isolde? Godfrey estaba de buen humor ahora, pero mencionar a su difunta compañera podría hacer que volviera a su fría actitud.
Entrecerró los ojos, completamente desconcertado, cuando Godfrey se frotó los ojos.
—¿Qué te trae por aquí? —le preguntó a Snow, que con toda naturalidad procedió a marcar el número de Rowana. ¡¿Qué estaba pasando?! Isaac estaba confundido.
—Se me olvidó algo —respondió Snow antes de hablar con Rowana por teléfono. Cuando terminó, se giró hacia ellos.
—Está preparando algo. Parecen un par de vagabundos, así que deben de tener hambre —les dijo Snow, y luego ladeó la cabeza hacia Isaac.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó, refiriéndose a su pelo.
—Es una larga historia.
—Larga historia o no, al menos tu aspecto ha superado al de Godfrey. —El comentario de Snow hizo que Godfrey se riera entre dientes.
—¿Todavía resentido? —Su sonrisa serena hizo que los ojos de Snow se crisparan.
***
De vuelta en casa de Snow, Rowana estaba en la cocina cuando oyó gritos. Hizo una pausa y luego salió lentamente de la cocina, dirigiéndose directamente a la sala de estar.
Oyó el sonido de vehículos que pasaban a toda velocidad por la carretera, seguido de un estruendo y de los gritos de pánico de la gente, esta vez mucho más cerca de su casa.
El corazón le dio un vuelco. Este barrio había sido relativamente tranquilo, aunque había aparecido una puerta azul a bastante distancia, y había policías armados vigilándola.
No podía ser que se hubiera vuelto negra debido a los inusuales cambios globales que se estaban produciendo por el pico de maná. Había visto las noticias antes sobre una ciudad donde las bestias del zoo habían sufrido mutaciones repentinas y habían destrozado el lugar.
Antes eran grandes, pero ahora se habían convertido en monstruosidades.
Se perdieron vidas; de hecho, había muchas noticias de ese tipo por todo el mundo.
Exhaló lentamente, se acercó a la ventana, apartó la cortina y echó un vistazo. La sangre abandonó su rostro cuando vio a hombres lobo, de dos metros y medio de altura, con garras de metal tan largas como las de un ave de rapiña, saltando por los tejados y moviéndose por la calle, atacando a gente cuyas invocaciones no eran rival.
El maná que emanaba de estas criaturas era mucho más fuerte que cualquiera al que se hubiera enfrentado. Era evidente que los policías habían caído. Probablemente un gremio intervendría pronto, pero ya se habían perdido vidas y esas cosas estaban alrededor de su casa.
Solo podía rezar para que no se fijaran en ella. Rowana volvió corriendo a la cocina a por su teléfono, y luego regresó a la ventana, observando con respiración entrecortada mientras manipulaba el teléfono para llamar a Snow.
De repente, un hombre lobo se detuvo frente a su casa, se irguió sobre sus dos poderosas patas digitígradas y olfateó mirando hacia la puerta; luego, su cabeza giró bruscamente hacia la ventana.
Rowana se agachó tan rápido como pudo, con la respiración tan fuerte que le retumbaba en los oídos. El corazón le tembló al oír los pesados pasos del hombre lobo hacia la puerta.
Sonaron otros fuertes golpes, un sonido que le indicó que otros hombres lobo también se estaban interesando por su casa.
El aura opresiva de varios hombres lobo de Nivel Rey casi la asfixiaba.
***
En la tetería, Snow vio la llamada de Rowana y contestó.
—Adonis… ¡ayúdame! —La voz de Rowana apenas se registró cuando el sonido de la puerta abriéndose de golpe y su grito abrupto le inundaron los oídos.
Los ojos de Snow se agrandaron. Salió disparado de la tienda, atravesando la calle a toda velocidad. Godfrey e Isaac lo siguieron, manteniendo su ritmo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Godfrey.
—Es Rowana. La están atacando.
—Guíame —ordenó Godfrey mientras los tres desaparecían en un destello violeta; reaparecieron cientos de metros más adelante, dieron un par de pasos y volvieron a desaparecer, aún más rápido que la última vez.
Los tres, bajo la habilidad de Godfrey, eran como balas que surcaban la calle a una velocidad que dejaba enormes ráfagas de viento más altas que los edificios.
Mientras tanto, Rowana entró corriendo en su dormitorio, donde su invocación manifestó una barrera detrás de la puerta. Justo entonces, una luz blanca brilló a su espalda.
Rowana se giró, con los ojos desorbitados al ver una puerta blanca. Corrió hacia ella, pero justo cuando estaba a punto de atravesarla, la puerta se desvaneció.
Sus ojos se agrandaron. Justo en ese momento, la mano de un hombre lobo atravesó la puerta y la barrera.
Procedió a arrancar la puerta de sus goznes antes de abalanzarse sobre ella. Antes de que pudiera clavarle los colmillos a Rowana, la mano de otro hombre lobo atravesó la ventana, la agarró de la camiseta y la sacó a la fuerza.
El cristal se hizo añicos mientras ella se estrellaba contra el asfalto. Gimió de dolor.
Los hombres lobo se reunieron a su alrededor, más de una docena, hambrientos de su carne, pero en ese momento el estruendo de tres hombres cuya velocidad rompía la barrera del sonido hizo que los hombres lobo levantaran la vista.
Isaac disparó dos telarañas directamente a las caras de dos hombres lobo, y luego disparó un hilo de telaraña a otro, al que atrajo hacia sí de un tirón.
Godfrey pasó a toda velocidad junto al hombre lobo que volaba hacia Isaac, manifestando en sus manos unas espadas Eco del Solsticio mientras se movía como un espectro espadachín.
Todos los hombres lobo que rodeaban a Rowana perdieron la cabeza mientras Snow se agachaba ante ella.
Exhaló lentamente, sosteniéndola en sus brazos mientras Godfrey se movía por los alrededores, decapitando a todos los hombres lobo de las inmediaciones. Isaac atrapaba con sus telarañas a los que estaban a punto de escapar y los arrastraba de vuelta.
Ahora los lobos eran los cazados. El miedo desfiguraba sus rostros, pero las telarañas de Isaac eran ineludibles y sus cuellos estaban destinados a encontrarse con las espadas de Godfrey.
Snow frunció el ceño al ver las heridas de Rowana. Un destello negro y verde emanó de su cuerpo y la sumió en una ilusión.
Se despertó en una cama mullida con Snow sentado a la vera, observándola con atención.
Parpadeó y se miró el cuerpo. No tenía ninguna herida en la piel. Justo en ese momento, unas ondas de luz se dispersaron y Rowana se dio cuenta de que estaba en el suelo, en brazos de Snow, pero sus heridas estaban completamente curadas.
Godfrey miró su hogar. —Parece que todos nos hemos quedado sin hogar.
—Podríamos quedarnos en mi casa —dijo Rowana, poniéndose en pie con la ayuda de Snow.
—¿Dónde? —Isaac se metió las manos en los bolsillos de la sudadera con capucha.
***
—Bienvenidos a mi modesto apartamento —dijo Rowana radiante mientras abría la puerta y los chicos entraban. Era pequeño, una sala de estar, una cocina y un dormitorio.
—Es un lugar acogedor —sonrió Isaac mientras se bajaba la capucha y miraba a su alrededor.
Rowana encendió la luz. —Debería tener algo de picar. Enseguida vuelvo.
Cuando se fue, los tres se sentaron en los sofás. Snow exhaló con fuerza y luego se volvió hacia Isaac. —¿Te importa contarnos esa larga historia?
—Oh, eh…, me poseyó un dios araña al que Adam mató.
—¿Adam? ¿El primer invocador? —Godfrey enarcó una ceja.
—El único e inigualable. Está vivo, anda por ahí y está sembrando el caos entre otras razas de forma bastante indiscriminada. Neila vino a por venganza, intentó consumir mi espacio del alma, pero le salió el tiro por la culata y ahora estamos en una especie de extraña relación de invocador e invocación. Todavía estamos resolviendo las cosas, pero hice algunas que no se podían arreglar, así que tu padre y el Capitán Arian me dijeron que viniera a buscarte.
dijo Isaac, mirando fijamente a Godfrey.
—No tenía ni idea de que estaríais buscando un sitio para dormir —murmuró.
Snow hizo una mueca. —Ha sido una experiencia dura.
—Lo fue al principio, pero… —Isaac liberó a Neila de un portal. Llevaba una falda acampanada blanca, aparentemente hecha de hilo de seda y maná. También llevaba un top sin mangas del mismo material.
Hacía juego con su pelo de un blanco puro. La visión de Neila dejó atónitos a Godfrey y a Snow.
Cuando oyeron hablar de una araña, una mujer como Neila era lo último que se esperaban.
Godfrey resopló, mirando a Isaac con sorna. —Debí de estar muy equivocado cuando mencioné a Lucy.
Snow estuvo de acuerdo.
Neila los miró con frialdad, con sus ojos carmesí brillando peligrosamente. Pero se inmutó un poco cuando sintió el sutil aura que emanaba de Godfrey, y también había algo salvaje en Snow.
—¿Has terminado de exhibirme? —le siseó a Isaac, que se encogió.
La retiró rápidamente. —Es la primera vez. Siempre está ansiosa por atacar y robar los recuerdos de la gente. Con vosotros ha estado bastante contenida.
—Bueno, es una diosa. No es una bestia estúpida. Sabe que somos tus amigos —replicó Snow, reclinándose en el respaldo del sofá.
—Ahora está debilitada. Solo es un Paragón por el momento —dijo Isaac rascándose la nuca.
—Tienes que fortalecerla. Tienes ventaja para la siguiente fase de nuestro mundo, no la desperdicies. Como ahora estáis unidos, ella tiene que protegerte. Tu muerte significa la suya, así que no hay nada que temer —añadió él.
Isaac se rio entre dientes. —La primera parte le ha gustado, pero no lo que has dicho después. —Mientras hablaba, Rowana regresó con aperitivos y bebidas en lata.
Todos cogieron una. Snow abrió una lata y miró a Godfrey. —¿Cómo está Isolde?
Isaac se quedó de piedra con esa pregunta. Solo podía significar una cosa. ¡Isolde estaba viva!
Sus ojos desorbitados se clavaron en Godfrey, esperando su reacción.
—¡¿Está viva?!
Godfrey respondió asintiendo. Le dio grandes tragos a su bebida en lata. ¿Quién sabía qué le pasaba a Isolde por la cabeza?
A decir verdad, no se sentía muy bien. Normalmente no le afectaba, pero ver a Snow con Rowana y luego la aparición de Neila le hizo echar de menos a su Isolde.
No habían pasado más que unas pocas horas, pero sentía como si no hubieran hablado en días. ¿Qué le pasaba?
Solo rezaba para que esto no afectara a ciertas… actividades.
Ojalá.
La mayoría de las veces, ella solía ser la que llevaba la iniciativa en ese aspecto y a él ni se le había pasado por la cabeza, pero justo ahora, por primera vez, estaba pensando en ello e Isolde no estaba.
Algo no andaba bien en él. Y ni siquiera podía contactar con ella en ese dominio; dependía de su estado de ánimo. Cuando le apeteciera, volvería.
Esta no podía ser la vida de un hombre casado. Aún era muy joven.
—¿Qué tal el paraíso? —le lanzó una pregunta a Isaac solo para que la conversación siguiera, pero su mente ya estaba muy lejos.
Tras despejar la puerta verde, Isolde absorbió el núcleo y subió de 26.0 a 27.2. La puerta hacia el Alquimista estaba ahora desellada.
Quizá era el momento de hacer una visita, el momento de que se dirigieran a él como rey.
Un buen rato después, todos se fueron a descansar. Él se tumbó en el sofá de la sala de estar, con los ojos cerrados. Su alma apareció primero en la cámara de Isolde. Desde allí era el único modo de llegar a la siguiente cámara, pero sus ojos se posaron en el trono de ella y estaba vacío.
Godfrey se acercó a las enormes puertas. En ellas estaban grabados diez Alquimistas y, detrás de cada uno, altos Apóstoles Reales.
Abrió la puerta de un empujón y entró en el pasillo. Era el vestíbulo más grande que había visto desde que obtuvo el Castillo.
El techo era abovedado, con candelabros de velas que colgaban de él. Había antorchas colgadas en las paredes; parecía que el vestíbulo estuviera hecho para gigantes.
Fue directo a la siguiente puerta. Justo delante de ella había un monumento.
[Tras estas puertas yace el corazón y el núcleo de la Orden Dorada, creadores y guardianes de la Orden. Existencias por encima del juramento dorado, seres cautivados por las maravillas del árbol de maná y bendecidos por su rocío. Más allá yace el ejemplo fallido del árbol de maná, reliquias del pasado. ¡Alquimistas de la Orden Dorada!]
Godfrey hizo una pausa. Eso era todo, no había nivel.
Tras respirar hondo, Godfrey abrió la puerta de un empujón y una brillante luz dorada le inundó los ojos; se hizo más y más brillante, hasta engullir todo el vestíbulo.
El cuerpo de Godfrey en la Tierra se desvaneció y se encontró de pie en el rellano de una gran escalinata de marfil.
Godfrey parpadeó y miró a su alrededor. Estaba ante un castillo de marfil en ruinas. Por todas partes había restos rotos de altas estatuas de caballeros, y árboles y hierba habían crecido por todo el lugar, pero esta magnífica estructura, abandonada durante incontables años, aún resistía el paso del tiempo a pesar de su aspecto roto y desgastado.
Era una estructura grandiosa, con varias murallas, la mayoría de ellas derruidas. Se dio cuenta de que aquello había sido el corazón palpitante de los Pathanis.
¡Este era el Castillo de la Orden Dorada, el de verdad!
Él… ¡estaba en Pathan!
Godfrey miró hacia arriba. El enorme sol dorado construido para flotar sobre el castillo se había caído y hundido hasta la mitad del tejado.
Las nubes eran grises. No estaba completamente oscuro, pero tampoco había luz.
Godfrey empujó las enormes puertas de madera hacia dentro y entró en un vasto salón con imponentes pilares.
Al fondo de este salón increíblemente grande había una alta escalinata que conducía a la cima de un estrado. Allí no había ningún trono, solo diez Alquimistas petrificados y, detrás de cada uno de ellos, enormes Apóstoles Reales, también petrificados.
Con cada paso que daba, la piedra se desprendía de sus cuerpos. Cuando empezó a subir la escalinata, la piedra de sus rostros se desprendió lentamente.
Cuando Godfrey por fin se plantó en lo alto del estrado, todos los Alquimistas y los Apóstoles Reales se habían despetrificado. Permanecían allí, en toda su gloria.
El Alquimista Jefe hincó una rodilla en el suelo. No se suponía que debiera hacerlo, pero aquel muchacho le había dado al Mundo Pathan una segunda oportunidad.
Los demás se unieron. Luego, los Apóstoles Reales, estimados Maestros de la Espada, se arrodillaron, desenvainaron sus espadas y clavaron la punta en el suelo.
—¡¡Saludamos a Su Majestad!!
….
N/A: Fin del volumen VI: El Rey
Gracias por leer hasta aquí. Quizá algún día pueda convertirse en un Rey de Reyes, es decir, un Emperador.
Quién sabe…
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