Otros Invocan Dragones, Yo Invoco Caballeros Legendarios - Capítulo 296
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Capítulo 296: Saludamos a Su Majestad
Snow frunció el ceño al ver las heridas de Rowana. Un destello negro y verde emanó de su cuerpo y la sumió en una ilusión.
Se despertó en una cama mullida con Snow sentado a la vera, observándola con atención.
Parpadeó y se miró el cuerpo. No tenía ninguna herida en la piel. Justo en ese momento, unas ondas de luz se dispersaron y Rowana se dio cuenta de que estaba en el suelo, en brazos de Snow, pero sus heridas estaban completamente curadas.
Godfrey miró su hogar. —Parece que todos nos hemos quedado sin hogar.
—Podríamos quedarnos en mi casa —dijo Rowana, poniéndose en pie con la ayuda de Snow.
—¿Dónde? —Isaac se metió las manos en los bolsillos de la sudadera con capucha.
***
—Bienvenidos a mi modesto apartamento —dijo Rowana radiante mientras abría la puerta y los chicos entraban. Era pequeño, una sala de estar, una cocina y un dormitorio.
—Es un lugar acogedor —sonrió Isaac mientras se bajaba la capucha y miraba a su alrededor.
Rowana encendió la luz. —Debería tener algo de picar. Enseguida vuelvo.
Cuando se fue, los tres se sentaron en los sofás. Snow exhaló con fuerza y luego se volvió hacia Isaac. —¿Te importa contarnos esa larga historia?
—Oh, eh…, me poseyó un dios araña al que Adam mató.
—¿Adam? ¿El primer invocador? —Godfrey enarcó una ceja.
—El único e inigualable. Está vivo, anda por ahí y está sembrando el caos entre otras razas de forma bastante indiscriminada. Neila vino a por venganza, intentó consumir mi espacio del alma, pero le salió el tiro por la culata y ahora estamos en una especie de extraña relación de invocador e invocación. Todavía estamos resolviendo las cosas, pero hice algunas que no se podían arreglar, así que tu padre y el Capitán Arian me dijeron que viniera a buscarte.
dijo Isaac, mirando fijamente a Godfrey.
—No tenía ni idea de que estaríais buscando un sitio para dormir —murmuró.
Snow hizo una mueca. —Ha sido una experiencia dura.
—Lo fue al principio, pero… —Isaac liberó a Neila de un portal. Llevaba una falda acampanada blanca, aparentemente hecha de hilo de seda y maná. También llevaba un top sin mangas del mismo material.
Hacía juego con su pelo de un blanco puro. La visión de Neila dejó atónitos a Godfrey y a Snow.
Cuando oyeron hablar de una araña, una mujer como Neila era lo último que se esperaban.
Godfrey resopló, mirando a Isaac con sorna. —Debí de estar muy equivocado cuando mencioné a Lucy.
Snow estuvo de acuerdo.
Neila los miró con frialdad, con sus ojos carmesí brillando peligrosamente. Pero se inmutó un poco cuando sintió el sutil aura que emanaba de Godfrey, y también había algo salvaje en Snow.
—¿Has terminado de exhibirme? —le siseó a Isaac, que se encogió.
La retiró rápidamente. —Es la primera vez. Siempre está ansiosa por atacar y robar los recuerdos de la gente. Con vosotros ha estado bastante contenida.
—Bueno, es una diosa. No es una bestia estúpida. Sabe que somos tus amigos —replicó Snow, reclinándose en el respaldo del sofá.
—Ahora está debilitada. Solo es un Paragón por el momento —dijo Isaac rascándose la nuca.
—Tienes que fortalecerla. Tienes ventaja para la siguiente fase de nuestro mundo, no la desperdicies. Como ahora estáis unidos, ella tiene que protegerte. Tu muerte significa la suya, así que no hay nada que temer —añadió él.
Isaac se rio entre dientes. —La primera parte le ha gustado, pero no lo que has dicho después. —Mientras hablaba, Rowana regresó con aperitivos y bebidas en lata.
Todos cogieron una. Snow abrió una lata y miró a Godfrey. —¿Cómo está Isolde?
Isaac se quedó de piedra con esa pregunta. Solo podía significar una cosa. ¡Isolde estaba viva!
Sus ojos desorbitados se clavaron en Godfrey, esperando su reacción.
—¡¿Está viva?!
Godfrey respondió asintiendo. Le dio grandes tragos a su bebida en lata. ¿Quién sabía qué le pasaba a Isolde por la cabeza?
A decir verdad, no se sentía muy bien. Normalmente no le afectaba, pero ver a Snow con Rowana y luego la aparición de Neila le hizo echar de menos a su Isolde.
No habían pasado más que unas pocas horas, pero sentía como si no hubieran hablado en días. ¿Qué le pasaba?
Solo rezaba para que esto no afectara a ciertas… actividades.
Ojalá.
La mayoría de las veces, ella solía ser la que llevaba la iniciativa en ese aspecto y a él ni se le había pasado por la cabeza, pero justo ahora, por primera vez, estaba pensando en ello e Isolde no estaba.
Algo no andaba bien en él. Y ni siquiera podía contactar con ella en ese dominio; dependía de su estado de ánimo. Cuando le apeteciera, volvería.
Esta no podía ser la vida de un hombre casado. Aún era muy joven.
—¿Qué tal el paraíso? —le lanzó una pregunta a Isaac solo para que la conversación siguiera, pero su mente ya estaba muy lejos.
Tras despejar la puerta verde, Isolde absorbió el núcleo y subió de 26.0 a 27.2. La puerta hacia el Alquimista estaba ahora desellada.
Quizá era el momento de hacer una visita, el momento de que se dirigieran a él como rey.
Un buen rato después, todos se fueron a descansar. Él se tumbó en el sofá de la sala de estar, con los ojos cerrados. Su alma apareció primero en la cámara de Isolde. Desde allí era el único modo de llegar a la siguiente cámara, pero sus ojos se posaron en el trono de ella y estaba vacío.
Godfrey se acercó a las enormes puertas. En ellas estaban grabados diez Alquimistas y, detrás de cada uno, altos Apóstoles Reales.
Abrió la puerta de un empujón y entró en el pasillo. Era el vestíbulo más grande que había visto desde que obtuvo el Castillo.
El techo era abovedado, con candelabros de velas que colgaban de él. Había antorchas colgadas en las paredes; parecía que el vestíbulo estuviera hecho para gigantes.
Fue directo a la siguiente puerta. Justo delante de ella había un monumento.
[Tras estas puertas yace el corazón y el núcleo de la Orden Dorada, creadores y guardianes de la Orden. Existencias por encima del juramento dorado, seres cautivados por las maravillas del árbol de maná y bendecidos por su rocío. Más allá yace el ejemplo fallido del árbol de maná, reliquias del pasado. ¡Alquimistas de la Orden Dorada!]
Godfrey hizo una pausa. Eso era todo, no había nivel.
Tras respirar hondo, Godfrey abrió la puerta de un empujón y una brillante luz dorada le inundó los ojos; se hizo más y más brillante, hasta engullir todo el vestíbulo.
El cuerpo de Godfrey en la Tierra se desvaneció y se encontró de pie en el rellano de una gran escalinata de marfil.
Godfrey parpadeó y miró a su alrededor. Estaba ante un castillo de marfil en ruinas. Por todas partes había restos rotos de altas estatuas de caballeros, y árboles y hierba habían crecido por todo el lugar, pero esta magnífica estructura, abandonada durante incontables años, aún resistía el paso del tiempo a pesar de su aspecto roto y desgastado.
Era una estructura grandiosa, con varias murallas, la mayoría de ellas derruidas. Se dio cuenta de que aquello había sido el corazón palpitante de los Pathanis.
¡Este era el Castillo de la Orden Dorada, el de verdad!
Él… ¡estaba en Pathan!
Godfrey miró hacia arriba. El enorme sol dorado construido para flotar sobre el castillo se había caído y hundido hasta la mitad del tejado.
Las nubes eran grises. No estaba completamente oscuro, pero tampoco había luz.
Godfrey empujó las enormes puertas de madera hacia dentro y entró en un vasto salón con imponentes pilares.
Al fondo de este salón increíblemente grande había una alta escalinata que conducía a la cima de un estrado. Allí no había ningún trono, solo diez Alquimistas petrificados y, detrás de cada uno de ellos, enormes Apóstoles Reales, también petrificados.
Con cada paso que daba, la piedra se desprendía de sus cuerpos. Cuando empezó a subir la escalinata, la piedra de sus rostros se desprendió lentamente.
Cuando Godfrey por fin se plantó en lo alto del estrado, todos los Alquimistas y los Apóstoles Reales se habían despetrificado. Permanecían allí, en toda su gloria.
El Alquimista Jefe hincó una rodilla en el suelo. No se suponía que debiera hacerlo, pero aquel muchacho le había dado al Mundo Pathan una segunda oportunidad.
Los demás se unieron. Luego, los Apóstoles Reales, estimados Maestros de la Espada, se arrodillaron, desenvainaron sus espadas y clavaron la punta en el suelo.
—¡¡Saludamos a Su Majestad!!
….
N/A: Fin del volumen VI: El Rey
Gracias por leer hasta aquí. Quizá algún día pueda convertirse en un Rey de Reyes, es decir, un Emperador.
Quién sabe…
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