PAKNEY - Capítulo 33
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Capítulo 33: Sombras en la calle
Suspiró, acomodando su cabello con un gesto distraído mientras observaba la calle. Pero algo en su mente no dejaba de darle vueltas…
—(Oye, Ersod).
—(¿Ahora sí me vas a dejar hablar?) —respondió, con una pizca de molestia en su tono.
—(¿De qué hablas?) —La duda recorrió su mente.
—(Olvídalo… ya sé que te encanta pasar pena).
—(¿Qué? —Elizabeth frunció el ceño, captando sus pensamientos fugaces—. Ah, lo dices por la chica robot).
—(Sí, pero ya pasó. ¿Qué quieres decirme?)
Elizabeth se mordió el labio inferior antes de soltar lo que le rondaba en la mente.
—(¿Sería homosexual si me gustaran los hombres… teniendo un cuerpo de hombre?)
Un silencio incómodo se extendió hasta que Ersod soltó un bufido mental.
—(… ¿Para eso me llamas? ¡Yo qué séee! Soy un espíritu y, aun así, me gustan las mujeres).
Elizabeth sonrió nerviosa.
—(Es que… se me hace raro sentir cierta atracción, aunque no es tan fuerte).
—(El cuerpo que llevas ahora es distinto al que conoces. Estás transformada en hombre, pero no tienes los órganos formados del todo… eres como un muñeco).
—(Oh, cierto… la transformación no se completa a menos que yo lo desee).
—(Exacto. Tal vez si te pusieras los órganos masculinos completos, podría cambiar lo que sientes… pero eso no te haría lesbiana, sería lo normal. ¿Y por qué carajos me tienes hablando de esto?)
Elizabeth rió por dentro, apretando los labios para no hacerlo en voz alta.
—(Hmm… bueno, ya no le daré más vueltas. Es hora de volver a Ogan).
Ersod guardó silencio, aunque Elizabeth podía sentir la mezcla de fastidio y resignación flotando en su interior…
Justo cuando Elizabeth se disponía a cruzar, algo en la acera opuesta tiró de su atención. Entre la marea de transeúntes distinguió un rostro conocido: Zonia, aquella secretaria con mirada fría. Pero no estaba sola. Dos figuras altas —músculos tensos, porte amenazante— la escoltaban demasiado cerca.
En un instante uno de ellos la sujetó del brazo con fuerza. Zonia forcejeó; su rostro se tensó como si quisiera morder. Elizabeth apretó el paso y mientras caminaba hacia el lugar alzo su voz.
—¡Zonia! ¿Todo bien? —saludó, esperando que la presencia de alguien familiar bastara para disuadirlos. Efectivamente el sujeto la soltó, Zonia dio unos pasos atrás.
El hombre que la sujetaba habló por ella, ladeando la cabeza como quien posee una verdad incuestionable: —Ella es mi novia, ¿no es cierto, Zonia?
La dama bajó la mirada, el ceño fruncido en un gesto que decía más que mil palabras. Por dentro pensó: <>. No dijo nada.
—Vamos, Zonia, dilo —intervino el otro, un tipo con un ojo robótico—. Dile la verdad.
—¡Ya déjenla! Yo vi todo: ustedes la seguían y este le metió la mano con demasiada fuerza.
Los dos se miraron, sonrieron con suficiencia, uno de ellos escupió la burla como quien lanza una advertencia: —¿Y qué vas a hacer, enano? No sabes con quién te metes. Mejor vete. Ven, Zonia.
Cuando el hombre alzó la mano para llevarla, Elizabeth se adelantó—un empujón seco—y plantó su cuerpo entre la mujer y el agresor.
—No dejaré que se la lleven —dijo firme.
El tipo del ojo robótico se río, bajando la guardia con desprecio.
—Oye, Franck, creo que un mosquito habló. —Miró a su compañero—. Hay que darle un buen golpe a ver si se calla.
—Zonia apártate un momento. —Indico Elizabeth.
Zonia, da un paso atrás, observó con los ojos muy abiertos. (Si en verdad es tan fuerte como dice, esto será fácil), —pensó.
—¡Ja, ja! —se burló Franck, mirando desafiante—. Mira que quiere enfrentarte, Billtes.
—Te voy a dejar en el suelo, agonizando —gruñó su compañero.
—Ya veremos —respondió Elizabeth, clavando la mirada.
Billtes lanzó el primer golpe, seco y directo a la cara. Elizabeth, lo esquivó con un giro ágil y, en una contra rápida, le descargó un puñetazo en el estómago. Billtes dobló el torso con violencia; la sangre le brotó por la boca y cayó de bruces al pavimento.
Zonia, que observaba no muy lejos, contuvo el aliento; la escena la sorprendió. Su compañero se quedó inmóvil unos segundos, la incredulidad estampada en el rostro; las gotas de sudor le perlaban la frente mientras se decía a sí mismo: <>. Y, sin más ceremonia, se alejó precipitadamente.
Cuando el otro sujeto se marchó, Zonia se volvió hacia Elizabeth.
—Gracias por tu ayuda. —inclino levemente su cabeza.
—Ahh, no hay de qué… —Ladeó la cabeza—. ¿Qué hacías por aquí?
—Vine a comprar comida, pero ellos ya me seguían desde hace un par de calles —respondió Zonia, antes de mirar al tipo que yacía en el suelo—. ¿Estará bien?
—Él… sí, estará bien. No creo que eso lo haya matado —dijo, aunque en su voz se notaba una inseguridad que no podía disimular.
Se agachó para comprobarle el pulso. Sus ojos se abrieron un instante y luego volvieron a la normalidad, diciendo: —Está muerto…
Elizabeth sintió un vuelco en el estómago. —¿¡Muerto!? ¡¿En serio?!. (¡Cómo es posible, Si trate de darle suave! ¡Y ahora que apenas conseguí mi primera nave, terminaré encerrada en una celda sin poder disfrutarla!)
Soltó un suspiro, como si ya hubiera vivido esto antes.
—No te preocupes. Mi jefe puede ayudarnos a encubrir esto.
—¿Se… segura? —La miro reclinada sobre el suelo.
Zonia observo el cuerpo aun, para luego decir: —¿Prefieres ir a prisión?
—No… pero, no me parece correcto. —Dijo apenas desviando su mirada hacia el suelo.
La miró con una mezcla de indiferencia y dureza. —Eres muy blando. Este universo te devorará si sigues pensando así.
Observó con desconfianza. —(Y tú… tú estás demasiado tranquila. ¿Cómo puedes estar tan fría ante esto?) Y tú estás muy serena.
—Yo no lo maté —respondió Zonia, levantándose, y tomando su Xuio con elegancia—. ¿Quieres ayuda o no?
Elizabeth dudó por un segundo, pero la realidad la golpeó como un meteorito. No iba a dejar que este inconveniente frenara su ida a Ogan.
—(¡Tiene razón!) Sí… Por favor…
Zonia esbozó una sonrisa apenas perceptible y marcó a su jefe. Le explicó lo sucedido con precisión. Minutos después, una ambulancia llegó acompañada de un equipo que parecía más forense que médico. Hablaron entre ellos, murmurando que el cuerpo estaba débil, que había sufrido un colapso… nada que coincidiera con lo que realmente había pasado.
Varias razas se habían reunido alrededor, observando con curiosidad, sus rostros iluminados por las luces intermitentes. Pero cuando el equipo se marchó, llevándose el cuerpo y dejando tras de sí una versión manipulada de los hechos, la multitud se dispersó. La normalidad volvió, como si nada hubiera ocurrido.
—Quién diría que tendrías tanta suerte —comentó Zonia, guiñándole un ojo con picardía—. Si ese Niñerira no hubiera estado debilitado por esa enfermedad, estarías muerto.
Elizabeth tragó saliva, mientras la verdad se asentaba en su mente como una piedra: habían sobornado para alterar el informe. Todo había sido una farsa bien pagada.
—Oh, sí… qué suerte —respondió con una sonrisa tensa—. ¿Son tan fuertes?
—Se podría decir que sí. Un Niñerira tiene la fuerza equivalente a dos millones de humanitos promedio. Es la séptima raza más poderosa registrada en la red Uny.
—Ya veo. Dile a Popurino que le agradezco su ayuda.
Zonia soltó una risita.
—Le debes 1b Oz. No es fácil sobornar sin una buena suma de por medio.
—¡¿1b Oz?! —Abrió sus ojos en par en par.
La sonrisa de Zonia se ensanchó.
—Es mentira. El señor Popurino dijo: <>
—Ahh… ya veo. Gracias.
—Solo asegúrate de que la próxima vez que intentes ayudar a una dama en apuros, no le revientes la cabeza al agresor.
—Sí, claro… —Elizabeth desvió la mirada, incómoda pero divertida. Aunque pensativa, su fuerza era algo que tenia que aprender a controlar….
Zonia se giró para marcharse, pero se detuvo un instante.
—Me despido, tengo cosas que hacer… Oh y, antes de que se me olvide —sacó un pequeño papel y se lo entregó—. Si algún día quieres charlar.
—Está bien…
—Adiós, Pakney —dijo mientras se alejaba entre las luces parpadeantes de la calle, su silueta fundiéndose con la noche.
En ese momento, Ersod salió disparado de la conciencia de Elizabeth, como si no pudiera contenerse.
—(¡Increíble! ¿Cómo conseguiste su número tan rápido?)
—(Lo voy a quemar…) —murmuró Elizabeth, entrecerrando los ojos mientras observaba el papel.
—(¡No! ¡Es hermosa!)
—(¿No que no era buena idea meternos con ese tal Popurino?)
—(Es un pequeño riesgo… ¡Digo! ¡Ella es la secretaria, podría sernos útil!)
—Hmm… no sé. (Yo solo veo que quieres verla, pero lo guardaré por si acaso estamos en apuros) —dijo mientras doblaba el papel y lo guardaba.
—(Bien…)
—(Eres un mujeriego) —Dijo arrugando la nariz.
—(¡¿Qué?! ¡Yo no dije nada!)
—
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