PAKNEY - Capítulo 34
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Capítulo 34: La Señal en Tutumbo
Pasaron las horas y, finalmente, regresaron por la nave. Tras verificar la factura de venta y completar los protocolos de entrega, Elizabeth fue guiada hasta el hangar donde descansaba su flamante adquisición.
Al entrar, se dejó caer sobre el asiento de mando y exhaló con satisfacción. La cabina se iluminó con suavidad al detectar su presencia.
—Resplandor Ukraxia, fija rumbo a Ogan.
—Fijando trayectoria hacia Ogan, sistema solar Oris, galaxia Texis —respondió la nave con voz clara y metálica—. ¿Alguna ciudad en particular?
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La nave vibró con un leve zumbido. En un parpadeo, se materializaron cerca de una de las lunas de Zuazmorchi. Un segundo impulso los lanzó aún más lejos y la pantalla frontal se llenó de ondas distorsionadas, como si el espacio mismo se doblara.
—Llegaremos a Ogan en aproximadamente dos horas, señor Vallet —anunció Ukraxia.
—Perfecto —murmuró Elizabeth mientras se acomodaba—. (Oye, Ersod… ¿crees que podría registrar otras formas en la nave?)
—(No te lo recomendaría. Hay quienes roban datos de las naves para rastrear a sus dueños. Imagínate que un hacker descubra tus formas registradas y te observe transformarte en tiempo real…)
—(Pensé que había sistemas de seguridad para eso).
—(Sí, los hay. Pero hoy en día hay cerebritos que rompen esas defensas como si fueran papel. Lo mejor es invertir en software de protección que se actualice constantemente y esté vinculado a servidores confiables. Con tu información… no sé si sea lo más prudente. Yo te diría que, por ahora, reserves esa habilidad).
—(Está bien…)
Treinta minutos después, la nave emitió una alerta suave y rompió el silencio:
—Señor Vallet, detectamos una señal de auxilio procedente de un planeta cercano por el que estamos transitando.
—(Hmm… no me inspira confianza. ¡He visto demasiadas películas donde esto termina mal). —Aun así, pregunto—. ¿El planeta está habitado?
—No, señor. Su ecosistema se extinguió hace mucho tiempo. Sin embargo, podría tratarse de una nave accidentada que emite la señal.
—¿Y si es una trampa?
—Es posible… pero también podría haber alguien en apuros.
—Está bien, vamos a investigar. —Dijo, no muy convencida.
—Redirigiendo al planeta Tutumbo, sistema solar Zoom.
—
Tras unos instantes, el planeta apareció frente a ellos. Desde la distancia, su superficie mostraba tonalidades lila y verdosas. La nave continuó su curso.
—La señal proviene de este sector del planeta.
La ubicación exacta apareció en la pantalla. Elizabeth observó con atención.
—¿Puedes hacer un acercamiento para ver la superficie?
—Por supuesto, señor. Cuento con la última tecnología de observación planetaria.
Ukraxia realizó un zoom impresionante y reveló con gran claridad la vegetación, similar a la de su mundo natal. Finalmente, enfocó una cueva metálica cubierta de lianas y moho.
—¿Es ahí dentro?
—Sí, señor. La señal se origina a una profundidad aproximada de veintitrés metros.
—¡Eso es prácticamente un edificio enterrado!
—¿Desea descender? Tengo cápsulas disponibles para el descenso.
—¿La atmósfera es respirable?
—Sí. Fue diseñada para albergar vida. Aunque la vida se extinguió tras una guerra termonuclear, no hay radiación presente.
—Entiendo… Supongo que puedo echar un vistazo para asegurarme. ¿No puedes mostrarme con tu super zoom, hasta el origen de la señal?
—Lo siento, señor. Mi sistema de seguridad prohíbe explorar zonas cerradas. La estructura se considera residencial según el manual de usuario.
—Ya veo. Prepara la cápsula; voy a descender.
Elizabeth se levantó y fue hacia un rincón de la nave donde había un gran hexágono incrustado en el piso. Ukraxia le indicó que se colocara sobre él. El hexágono descendió hasta otra cámara donde había dos cápsulas. Antes de que Elizabeth entrara en una,
Ukraxia habló. —Antes de partir, tome esto.
Un brazo mecánico descendió desde el techo y le entregó un dispositivo que se ajustaba al brazo. Explicó su funcionamiento:
—Hay dos indicadores en pantalla. El superior muestra la profundidad: cuando llegue a cero, habrá alcanzado el nivel correcto. El inferior indica la distancia a la señal: cuanto mayor el número, más lejos estará; cuando llegue a cero, habrá alcanzado el dispositivo.
—Entendido. Ya lo tengo.
Se metió en la cápsula. Ukraxia le habló desde la cabina:
—Señor, póngase uno de los audífonos que están a su derecha. Así podremos comunicarnos si surge algún problema.
—Ah, gracias.
Elizabeth se colocó el audífono. Mientras descendía, Ersod le aclaró sobre el sistema de seguridad de Ukraxia para evitar el husmeo en planetas.
—(Hay métodos para desactivar ese sistema de seguridad; no creas que se salvan de ser vistos).
—(¿La experiencia te lo dice, verdad?)
—(No… yo, bueno, ¡solo lo sé por información en la Red Uny! ¡Deja de malpensar de mí!)
Elizabeth río por dentro. —(Es broma, tranquilo).
—(Por cierto, que quede claro que no estoy de acuerdo con lo que estás haciendo; es muy peligroso. La mayoría de las señales en planetas deshabitados son trampas de saqueadores).
—(¿Entonces por qué no me lo advertiste antes?)
—(No puedo estar ayudándote en todo, ¿sabes? Tú también puedes pensar un poco…).
—(¿Qué quieres decir con eso?) —Dijo molesta.
—(Nada, nada; solo digo que dejes de pensar con el corazón y empieces a pensar más con el intelecto).
—(¿Y si es alguien en peligro?)
—(Es prácticamente imposible. Normalmente se llevan naves de repuesto o un robot de ayuda. Sería alguien muy descuidado para tener que pedir auxilio de esta manera).
—(Aun así, quiero ir a ver…)
—(Ves por eso no te dije nada: ¡eres una terca!)
Una sensación fría le recorrió la espalda: no sabía si estaba a punto de salvar a alguien… o de abrir la puerta a una trampa mortal.
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