PAKNEY - Capítulo 36
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 36: Ecos de un sueño
Ya a bordo, Elizabeth se permitió un baño reparador. Cuando terminó, llevó la unidad de almacenamiento hasta la consola y se sentó en el puesto de mando.
—¿Puedes analizarla? —preguntó, apoyando el dispositivo sobre la mesa.
—Por supuesto, señor —contestó la nave sin vacilar.
Un brazo robótico emergió del panel, tomó el cilindro con cuidado y lo depositó en una esquina de la consola. Un cubo escáner se desplegó y comenzó a inspeccionar la carcasa con haces de luz invisible. Todo sucedió con la eficiencia silenciosa de una máquina que conoce su oficio.
—No hay daños físicos en la unidad —informó Ukraxia—. ¿Desea ver el contenido?
—(Bueno, si no tiene nada malo supongo que no pasará nada). Sí, muéstramelo.
Apenas pronunció la palabra, las luces de la cabina se atenuaron hasta quedar en penumbra. Elizabeth sintió el cambio de visión por un instante y frunció el ceño.
—Eh… Ukraxia? —preguntó, con la voz un poco tensa.
En la pantalla principal empezó a proyectarse una imagen granulada, como la de una grabadora antigua.
Una figura humana, con bata blanca y ojos lila, aparecía frente a una mesa de trabajo; sus manos ajustaban un brazo robótico con precisión casi afectuosa. El cuarto, aunque corroído por el tiempo en la realidad, recobraba vida en aquella proyección: herramientas, cables, y la luz cálida de un taller.
El hombre alzó la cabeza y miró directo a la cámara.
—¿98? ¿Me estás grabando? —preguntó, con tono a la vez molesto y cariñoso.
Una voz mecánica, femenina y pausada, respondió desde el ángulo de la grabación:
—¿No…?
—Sabes que no me gusta que me grabes. Me pones nervioso —dijo el hombre mientras tensaba un cable.
—Me gusta grabar —replicó 98—. Me gusta guardar los momentos en los que estás conmigo.
Una etiqueta en la bata del hombre rezaba >>Carlos<<. Sonrió con ternura, y en su rostro había una mezcla de altruismo y cansancio que le daba humanidad.
—¿Es por lo de ayer? —continuó Carlos—. No voy a morirme tan pronto, ¿sabes?. Quería que lo supieras. No siempre estaré aquí; tú eres diferente. Quería que lo tuvieras en cuenta. No me digas que tienes miedo de perderme.
—Tal vez —contestó 98, tratando de entender aquellos sentimientos que saltaban en su sistema.
Carlos le tendió la mano con una expresión suave.
—No moriré mañana. No tienes por qué preocuparte —dijo, ajustando piezas del brazo a su cuerpo—. Así que deja esa cara larga.
—Seguiré grabando igual…
Carlos suspiró. —Ahh, no tienes remedio. Haz lo que quieras.
Mientras sacudía su mano y dejaba una mueca fea, la imagen comenzó a distorsionarse. Líneas de interferencia cruzaron la pantalla, y el sonido se volvió un zumbido grave. Luego, como si alguien cambiara de canal en una televisión antigua, la escena saltó a otra grabación.
Carlos estaba junto al acuario, dejando caer pequeños trozos de carne sobre la superficie. La oruga, de un tamaño inusual, se movía con lentitud, hundiéndose en el alimento mientras liberaba un líquido rojizo que se mezclaba con el agua. La cámara, fija y silenciosa, captaba la escena con una cotidianidad que la volvía extrañamente íntima.
—Siempre come despacio… —murmuró Carlos, sin mirar a la cámara—. Como si supiera que no tiene prisa.
98 observaba desde un rincón, su cuerpo aún incompleto, pero con una postura que imitaba la curiosidad humana.
—¿Por qué la alimentas tú? ¿No sería más eficiente automatizarlo?
Carlos sonrió, sin sarcasmo.
—Porque me gusta hacerlo. Me recuerda que aún hay cosas que no necesitan ser rápidas… ni perfectas.
Se sentó en una silla metálica, cruzando los brazos sobre el pecho.
—¿Sabes por qué te puse un nombre como número?
—Tengo una idea —respondió 98, con voz neutra.
—A ver, dime.
—Porque no soy un organismo vivo. —respondió sin vacilar.
Carlos soltó una risa breve, casi nostálgica.
—¿Crees que es por algo tan simple como eso? ¿Qué idea tienes de mí? —preguntó Carlos, entre curioso y desafiante.
Sin vacilar, 98 respondió con frialdad:
—Eres ruidoso, poco realista y demasiado descuidado.
Carlos abrió los ojos, sorprendido por la honestidad cortante, pero enseguida suavizó su expresión con una media sonrisa.
—Oye… ¡solo ves lo malo! —río, aunque con un dejo de dolor en la voz—. Bien, te lo diré… pero que conste que me dolió.
Se inclinó hacia adelante, con una chispa seria en sus ojos lila.
—Te puse un número porque quiero que seas tú quien decida quién eres. Que algún día elijas un nombre con significado, algo que de verdad sea tuyo.
98 guardó silencio. La idea parecía demasiado abstracta para procesarla por completo.
—No lo entiendo.
—Lo harás. Cuando sientas algo que no puedas explicar con lógica… ahí estará tu nombre.
La oruga terminó de comer y se retiró a una esquina del acuario. Carlos la miró con ternura.
—A veces pienso que todos somos como ella. Nos arrastramos, comemos lo que podemos, y dejamos rastros sin saber si alguien los verá.
98 se acercó un poco más.
—¿Y tú? ¿Ya sabes quién eres?
Carlos la miró, y por un momento, sus ojos lila parecieron más viejos que antes.
—No del todo. Pero contigo… me acerco.
La imagen se desvaneció lentamente, como si la memoria misma se resistiera a soltar ese instante. Luego, como un suspiro contenido, apareció una nueva escena.
Carlos entraba al laboratorio arrastrando un objeto alargado, cubierto por una tela negra. Su rostro irradiaba entusiasmo. Frente a él, 98 lo observaba con los brazos entrecruzados. Su torso ya estaba casi completo, y su postura imitaba la impaciencia humana.
—Carlos… ¿qué traes ahí? —preguntó con curiosidad.
—¡Mira, 98! —exclamó él, jadeando un poco por el esfuerzo.
—¿Es una de esas muñecas inflables que he visto en tu celular?
Carlos se detuvo en seco.
—Espera… ¿qué? ¡Has estado espiando lo que veo!
—No… solo a veces…
Carlos dejó la caja junto al acuario, aun recuperando el aliento.
—La privacidad es algo que debería enseñarte… Pero no es eso. Observa.
Con un gesto ceremonioso, retiró la tela. Debajo, una cabina reluciente se reveló: blanca, con detalles en azul metálico, y una estructura adaptable.
—Aquí irá tu cuerpo. Tiene un ajustador para que puedas subir o bajar a gusto. Lo conectaré a tu sistema neuronal. Así será más fácil trabajar contigo. Y algún día… podrás degustar, sentir, oler. ¿No te parece increíble?
98 bajó la mirada, visiblemente inquieta.
—Es genial… pero… ¿Estás seguro? He visto que tus superiores no están de acuerdo conmigo…
Carlos frunció el ceño —Ahh… viste eso. No me digas que… ¡Hackeaste el sistema de seguridad de las cámaras!
—Quería ver cómo te iba en la reunión…
Golpeó la mesa metálica con la palma abierta —Te he dicho que no hagas eso. Podrían descubrirte.
—Lo, siento… no lo volveré a hacer.
98 desvió la mirada hacia la pecera. Junto a ella, una máquina del tamaño de una botella emitía pulsos suaves. De ella salían cables con electrodos.
—Por cierto… ¿Nuria, volverá a las sesiones?
Carlos se sentó, más cansado que molesto.
—No. Cada sesión le causa agotamiento mental. Tiene miedo de los efectos secundarios. No volverá. Así que, yo lo hare.
—¿Estás seguro que no hay efectos?
—No los hay. Lo importante es que completes tu sistema emocional. Así entenderás mejor cómo nos sentimos.
—Comprendo…
La imagen se desvaneció como si la memoria se resistiera a dejar ir lo que acababa de mostrar. Luego, sin transición suave, apareció una nueva escena.
Carlos irrumpió en el cuarto, azotando la puerta con fuerza.
—¡98! —gritó, con una mezcla de frustración y urgencia. se sobresaltó. Estaba viendo una película de terror, completamente absorta en la pantalla. Volvió a la realidad de golpe, donde su cuerpo aún carecía de piernas completas y acabados funcionales.
—¡Ahh! ¡No me asustes así! ¡Estaba súper concentrada viendo una película!
Carlos bajó la mirada, dolido —Dijiste que hoy trabajarías en el prototipo que te pedí…
La verdad era que, 98 había estado posponiendo ese proyecto. No porque no pudiera hacerlo, sino porque intuía que revelar esa tecnología tan pronto podría traer consecuencias. Pero ante la insistencia constante de Carlos, finalmente lo terminó. Aunque, en realidad, lo había descifrado hacía 28 años.
—Sí… ya lo terminé. Me costó, pero pude hacerlo —dijo, con voz vacilante.
Tomó el dispositivo y se lo entregó con cierta duda. Carlos lo recibió con manos temblorosas, sus ojos brillando con emoción.
—¿Esto… funciona?
El aparato era rudimentario en apariencia, pero complejo en esencia: piedra volcánica pulida con espirales talladas, un tubo de cobre enrollado en el centro, sellado en ambos extremos. En la parte superior, un cable conectaba dos imanes que, al girar en sentidos opuestos, generaban un campo magnético único.
—Sí. Con eso podrás crear naves capaces de ir al espacio y volver… sin que pasen miles de años. Pero…
Carlos no la dejó terminar.
—¡Lo logramos! —exclamó, alzando el dispositivo como si fuera un trofeo—. ¡Después de tanto tiempo!
Lo dejó con cuidado sobre la mesa y tomó las manos de 98.
—Sé que has esperado mucho para poder caminar. Pero ahora, con esto, podré financiarme. Y pronto… tú también caminarás.
—Yo… —98 no sabía qué decir. Su rostro mostraba una alegría genuina, pero por dentro, sabía que esa tecnología podría desatar conflictos. Aun así, decidió confiar. O quizás… simplemente no quería apagar la llama de felicidad en los ojos de Carlos.
—Espero que te vaya bien —dijo finalmente, con una sonrisa suave.
—¡Por supuesto que sí! ¡Ya verás, algún día podremos salir al espacio!
La imagen no se desvaneció, se quebró. Como si alguien hubiese arrancado el hilo de la realidad, la transmisión se cortó en seco y la nave quedó sumida en una oscuridad total, densa e incómoda. Pasaron unos segundos.
La pantalla volvió a encenderse. Era el mismo cuarto… pero algo había cambiado. El gusano del acuario había crecido de forma desproporcionada, ocupando casi todo el espacio y presionando el cristal como si fuera a romperlo. Frente a él, 98 seguía trabajando, absorta, escribiendo sin detenerse mientras ajustaba parámetros para mejorar su precisión. Entonces, un ruido rompió la calma: gritos y disparos comenzaron a resonar desde el pasillo exterior, cada vez más cerca.
Carlos entró tambaleándose, con el rostro desencajado. Apretaba con fuerza su abdomen, pero la sangre que escurría entre sus dedos dejaba claro que estaba gravemente herido.
—¡98…! —jadeó, cerrando la puerta tras de sí.
El robot, dejó caer el bolígrafo. El sonido seco del impacto contra el suelo fue opacado por su grito desesperado.
—¡Carlos! ¡Necesitas un médico urgente! ¿Qué haces aquí? ¿Qué está pasando?
Carlos, tambaleante, se dirigió al lado izquierdo del laboratorio. Con manos temblorosas, conectó un teclado a un dispositivo rectangular, sacó una pantalla de debajo del mesón metálico y la colocó encima. La encendió, escribió una contraseña y abrió una aplicación. En ella, aparecía el proyecto 98. Saco un aparato cilíndrico y lo conecto.
La miró con una mezcla de ternura y resignación.
—Disculpa por ser tan ingenuo, 98… Yo ya no tengo salvación —tosió, y una mancha roja se extendió por su bata—. Me dispararon en el hígado… y quién sabe qué más. Soy un colador —río con dificultad.
—Estoy llamando a emergencias… —dijo, mientras intentaba establecer conexión. Pero la línea estaba saturada.
—Ven… acércate. Tal vez pueda…
98 pensó en operarlo ella misma. Pero recordó que su pulso era inestable, y que cualquier intento podría empeorar la herida. Un nudo se formó en su garganta. Por primera vez, entendía lo que era la impotencia.
Carlos se dejó caer sobre el mesón, respirando con dificultad.
—Solo quiero dormir un rato, 98. Quiero que algún día seas alguien de verdad. Que hagas realidad mi sueño. Sé que suena egoísta… pero así podrías contarme todo lo que viviste cuando despierte…
—No soy tonta, Carlos. Tú… no vas a despertar.
Carlos sonrió entre dientes. —¿No has visto la película del Clarin Eterno? No creo que la muerte sea el final. Solo… un nuevo comienzo.
Cerró los ojos. En la pantalla, los datos comenzaron a descargarse en una pequeña unidad de almacenamiento. 98 observó el proceso, pero algo extraño comenzó a suceder. Su sistema se saturaba. Su visión se nublaba. Estaba perdiendo el conocimiento.
Antes de apagarse, se adentró en la red. Y allí, lo entendió todo.
La tecnología que ella y Carlos habían desarrollado era demasiado avanzada. Demasiado disruptiva. Los gobernantes de otros países la vieron como una amenaza. No importaron los tratados de paz, ni las promesas de que sería usada solo para exploración planetaria. El miedo fue más fuerte.
La rivalidad, la desconfianza, la paranoia… todo se desbordó.
La guerra estalló. Y con ella, la vida en el planeta se extinguió.
Todo por un sueño que no supieron proteger.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com