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PENTRIX "El camino del heroe" - Capítulo 1

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  3. Capítulo 1 - 1 Prólogo - El santo de la ciencia
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1: Prólogo – El santo de la ciencia.

1: Prólogo – El santo de la ciencia.

La enigmática doctora Celestine y su belleza etérea recorre los pasillos asépticos del laboratorio donde trabaja.

Se aleja de los gritos de júbilo de sus colegas, quienes celebran el nacimiento de los ocho bebés excepcionales que acaban de llegar al mundo.

Su bata ondea suavemente mientras avanza, y los tacones de sus zapatos marcan un eco rítmico en el silencio del lugar.

Al llegar frente a una puerta, desliza su llave electrónica por la cerradura; el mecanismo cede con un leve clic.

Entra en la sala de descanso, pero se dirige de inmediato hacia el balcón.

Afuera, la noche ha caído y el aire se siente fresco.

A lo lejos brillan las luces de la ciudad, mientras que en el horizonte apenas se distinguen las siluetas de unas montañas ocultas tras el bosque oscuro.

Gracias a esa penumbra, las estrellas adornan el cielo con un fulgor intenso.

Ella levanta la mirada, apoya las manos en el barandal y pronuncia un susurro: —Las semillas han germinado y, con ello, comienza el juicio tortuoso que la humanidad no espera.

El fin del ciclo se acerca y, con él, el final de los tiempos.

El sonido de la puerta abriéndose interrumpe su soledad.

Unos pasos se aproximan detrás de ella.

El doctor Müller se acerca al mirador y se detiene a su lado.

—Felicidades, doctora.

La incubación de los ocho Productos ha sido un éxito.

—¿Productos?

—Replicó ella, sin apartar la vista del cielo nocturno—.

Dígame, doctor Müller, ¿qué es lo que ve allá arriba?

El hombre se aproxima aún más y, con una sonrisa de suficiencia, responde: —Veo materia oscura, galaxias, quizá un agujero negro, nebulosas, cúmulos lejanos y estrellas que posiblemente ya estén muertas, cuya luz tal vez sea lo último que nos alcance.

Perdone, doctora, pero soy un hombre de ciencia; no creo en Deidades, solo en las matemáticas y la física que la religión jamás comprenderá.

La mujer escucha sin interrumpirlo y luego comenta: —¿Sabía, doctor Müller, que la ciencia también tiene a su propio “Hombre Santo”?

El hombre arquea una ceja, mirándola con incredulidad y cierta ofensa.

Ella prosigue: —La religión nos enseña que ese “Santo” puede caminar sobre el agua, revivir a los muertos y sanar leprosos con solo tocarlos.

Para convencernos, nos muestra óleos y frescos creados por grandes artistas.

La ciencia, en cambio, tiene agujeros negros que ralentizan el tiempo, consumen la luz sin dejarla escapar e incluso funcionan como portales hacia otras regiones del universo.

Y para convencernos, nos ofrecen simulaciones y fotografías generadas por complejos programas computacionales.

La doctora hace una pausa antes de continuar: —Nadie sabe cómo es ese “Hombre Santo”.

Algunos creen que tiene piel clara y ojos azules; otros lo imaginan con piel bronceada y ojos marrones o quizá es un hombre rechoncho y sonriente.

Del mismo modo, la ciencia desconoce la forma de su propio “Santo”: unos aseguran que es un agujero, otros una esfera o, simplemente, tiene una forma de dona.

Müller intenta replicar, pero finalmente baja la mirada y deja escapar una risa nerviosa.

La doctora Celestine se da la vuelta para marcharse.

Él intenta tomar su delicada mano, pero en el instante en que sus dedos rozan la piel de ella, Müller recibe un destello en su mente.

El contacto lo obliga a retirar la mano de golpe, como si el roce le hubiera provocado una descarga insoportable.

Se queda sosteniendo su propia mano, con la respiración agitada y el rostro pálido.

En ese preciso momento, otro investigador aparece por la puerta.

—Doctores, lamento interrumpirlos, pero ya tenemos el listado de nombres de nuestros huéspedes.

Doctora Celestine, la esperan.

Doctor Müller, la grabadora de audio está lista.

La mujer abandona la habitación con paso firme.

Mientras tanto, el doctor, confundido y tembloroso, sigue sosteniendo su mano, tratando de comprender qué fue lo que vio en aquel destello.

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