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PENTRIX "El camino del heroe" - Capítulo 2

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2: Capítulo 26.

Un día en “el Casillero” 2: Capítulo 26.

Un día en “el Casillero” Amanece en la prisión de máxima seguridad, una fortaleza conocida simplemente como “El Casillero”.

El jefe de guardias, García, acompañado de dos celadores y con una lista en mano, pasa revista a los internos, en especial a los evos más peligrosos, hacinados en sus celdas.

Un poco más tarde, tres guardias se detienen frente al cubículo transparente de Pentrix.

Lo observan despierto y lo llaman por su código de expediente: —A0005 épsilon.

Dé un paso al frente.

El chico asiente con la mirada.

La puerta de la celda se abre y los guardias lo conducen al patio, donde ya se encuentran varios prisioneros evos y Neoevos, todos con uniforme anaranjado.

Pentrix, sin embargo, el de él es blanco.

Bajo el sol de la mañana, el aire fresco recorre el amplio patio, rodeado por rejas metálicas opresivas.

Los demás cautivos observan al joven humano con desconcierto, preguntándose qué hace un simple chico vestido de blanco en aquel lugar.

Pentrix avanza en busca de un lugar, pero todo está ocupado.

Pasa junto a grupos peligrosos en las gradas y cerca del gimnasio, donde se concentran varios internos.

Muchos lo miran con desdén, pero él, protegido por la serenidad que transmite su uniforme blanco, los ignora por completo.

Finalmente, descubre un espacio sin pavimento: una enorme roca rodeada de grava, que a nadie parece importarle.

Se dirige hacia ella, se sienta sobre ella y comienza a meditar.

El patio entero queda sorprendido por la actitud de un “humano” que atraviesa con calma a los prisioneros más temibles sin mostrar miedo.

La población carcelaria presiente que algo extraño ocurre con este muchacho.

Tras unas horas, el silbato de un guardia rompe la quietud: es la señal para la hora de la comida.

Todos forman fila para recibir sus alimentos, entre conversaciones apagadas, miradas curiosas y una tensión contenida.

Pentrix, con la charola en las manos, observa que la mayoría de las mesas ya están ocupadas.

Sin embargo, distingue una vacía y se dirige hacia ella.

el resalta a la vista en medio de los evos con uniformes naranjas, todos portando su dispositivo anulador.

Uno de los internos, apodado Willboy, líder de un grupo de reclusos, lo ve pasar y comenta con desdén: —¿Qué demonios pasa con ese chico?

¿Por qué lleva un uniforme distinto al nuestro?

¿Acaso es hijo de algún ricachón?

¿Por qué lo tratan diferente?

Los demás responden: —No sabemos qué lo hace distinto.

Solo sabemos que llegó ayer y está aislado en máxima contención.

Suponemos… algunos creen que es demasiado peligroso.

El líder criminal replica con desprecio: —¿Peligroso?

¿Bromean?

Solo es un mocoso humano.

Intrigado, Willboy se levanta y se dirige hacia Pentrix, que come con tranquilidad.

Con una pose intimidante, se planta frente a él: —Hola, ¿cómo estás?

—Dice el villano, buscando provocar una reacción—.

Veo que estás vestido de gala; como verás, aquí no abundan las princesas educadas.

El chico lo ignora, concentrado en su comida.

El evo, contrariado por no recibir respuesta, insiste: —Sabes, muchacho, parece que no te enseñaron modales.

¿No sabes contestar un “hola”?

Yo podría instruirte en esas cuestiones de buena educación.

Pentrix, sin levantar la vista de su charola, responde con voz serena: —Haz lo que planeas hacer y deja de lloriquear de una vez… o regresa a tu chiquero.

Willboy queda incrédulo, desconcertado por la respuesta.

La táctica que tantas veces le funcionó no surte efecto; aprieta los puños y su respiración se acelera.

El villano tarda en reaccionar, su mente procesando la inesperada firmeza del muchacho.

Mientras tanto, García, Smith, Turner y otros celadores, que observan desde lo alto, perciben la tensión en el comedor y se preparan para intervenir.

Sin embargo, García, intrigado, les ordena: —No, aún no.

Esperen.

Veamos qué pasa.

Quiero observar cómo reacciona ese chico.

Los demás guardias, sonriendo, entienden el mensaje.

El villano, sintiéndose desafiado y cada vez más agresivo, intenta intimidar al que cree un simple humano: —¿Qué demonios pasa contigo, mocoso?

¿Por qué llevas ese maldito uniforme distinto al nuestro?

—y, con desprecio, añade—.

Ya que eres un maleducado hijo de puta, me debes esta bebida.

Extiende la mano para tomarla de la charola de Pentrix.

Pero, a escasos centímetros del vaso, el evo queda completamente inmóvil, como una estatua: ojos fijos en la bebida, mano extendida, incapaz de moverse.

El comedor entero observa la escena con una mezcla de curiosidad y tensión.

Nadie comprende lo ocurrido.

Los guardias y el jefe de seguridad, perplejos, no logran explicar por qué el matón permanece congelado en una pose grotesca.

Pentrix, impasible, termina de comer.

Se levanta con una calma exasperante, deposita la charola en el contenedor de basura y se dirige tranquilamente hacia su cubículo.

Solo entonces, cuando el muchacho de blanco ha abandonado el comedor, todos se percatan de la verdadera magnitud de la situación: el villano sigue congelado en la misma posición, la mano extendida a escasos centímetros de donde estuvo la charola.

Los prisioneros que antes sonreían por la escena ahora solo susurran con temor.

Los guardias corren y bajan apresuradamente.

García se abalanza sobre el evo petrificado: —¡Oye tú, respóndeme!

¿Qué te pasa?

—grita mientras lo zarandea.

Pero Willboy permanece estático, como una estatua viviente, tan adherido al piso que parece parte de la estructura misma.

La alarma suena, indicando el fin de la hora de la comida.

Los demás prisioneros abandonan el comedor murmurando, inmersos en el chisme, mientras los guardias intentan inútilmente “despetrificar” a Willboy.

Horas después, los celadores, sudorosos, forcejean con palancas de metal intentando mover al evo, que aún permanece inmóvil en su grotesca pose.

Algunos, frustrados por la inutilidad de sus esfuerzos, arrojan las palancas al suelo con un chasquido metálico.

Tras un rato, dos guardias acompañan a García hasta el cubículo transparente de Pentrix.

Abren la puerta y el jefe entra con paso autoritario, el rostro crispado por la ira y la confusión.

—¡Qué diablos le hiciste!

—exige.

Pentrix, con una calma perturbadora, lo mira y responde: —Nada.

Tengo mi dispositivo anulador, ¿no lo ve?

—dice, señalando su frente.

El jefe de guardias, consciente de que la tecnología inhibidora debería estar funcionando, le ordena con voz dura: —¡Descongélalo ahora, muchacho!

El chico lo mira directamente a los ojos, su expresión inmutable: —Si usted hubiera actuado a tiempo, él quizá estaría en su celda tranquilo —responde con serenidad—.

Pero permitió que ese pobre infeliz actuara deliberadamente.

Entonces, todo es su culpa, ¿cierto?

García sabe que Pentrix dice la verdad.

La vena de su frente se hincha aún más; el coraje y la frustración se mezclan con el resentimiento, apretando sus labios.

—Mañana, después del almuerzo, quedará libre —continúa Pentrix, con un tono que no admite discusión—.

Si intenta mostrar ese aire arrogante frente a mí una vez más, el tipo durará más días en ese estado.

El jefe no dice nada.

Se da la vuelta furioso y abandona el cubículo junto con sus acompañantes, dejando a Pentrix solo en su prisión transparente, un enigma inquebrantable.

Al día siguiente, en el comedor, todos observan el paso de Pentrix.

Esta vez, la indiferencia ha sido reemplazada por un respeto silencioso, quizá temor; incluso se hacen a un lado para dejarlo avanzar.

Los murmullos recorren el lugar, las miradas fijas en el “humano” de blanco.

Suena la alarma que indica el fin de la comida, y los internos comienzan a abandonar el comedor.

En ese momento, los guardias observan un tenue destello azul y cómo el villano que había estado congelado se desploma al suelo y empieza a temblar.

El tiempo prolongado de inmovilidad le pasa factura: se queja de un dolor insoportable y, para horror de los presentes, pierde el control de su cuerpo, orinándose y defecándose en los pantalones, incapaz de resistir un día entero en ese estado.

García y sus acompañantes llegan para presenciar el espectáculo.

Con un gesto de frustración y asco, arroja la gorra al suelo, consciente de que ahora les tocará a ellos la desagradable tarea de limpiar el desastre.

El personal de la prisión, al contemplar el patético estado del patético malhechor, comienza a comprender la verdad.

Pentrix no está allí por ser un villano ni un criminal peligroso en el sentido tradicional.

La lección que acaba de impartir no fue solo para el reo, sino también para ellos.

Fue una advertencia clara: quien se atreva a desafiarlo no solo sufrirá las consecuencias, también las pagará.

García, al ver el miedo reflejado en los ojos de sus hombres y el desastre que ahora deben limpiar, entiende perfectamente el mensaje.

Pentrix no necesita gritar ni golpear para imponer respeto; su sola presencia basta para quebrar la arrogancia de cualquiera.

El día concluye y una extraña tranquilidad se extiende por la instalación, algo inusual en un lugar que alberga a cientos de evos y criminales peligrosos.

Cada recluso permanece en su celda, mientras los guardias cumplen sus rondas con renovada cautela, conscientes de lo que han presenciado.

Desde la amplia ventana de su oficina, el administrador observa los pasillos silenciosos.

A lo lejos, los guardias recorren las celdas, sus pasos resonando en la estructura metálica.

Una paz tensa, casi irreal, se ha apoderado de El Casillero.

✦ Fin de capítulo ✦

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