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PENTRIX "El camino del heroe" - Capítulo 7

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7: Capítulo 31.

El ataque a la sucursal central 7: Capítulo 31.

El ataque a la sucursal central En un bar de luz tenue, varias personas toman tragos, charlan, bailan y se ríen, sumergidas en el bullicio de las conversaciones, el tintineo de los vasos de cristal y el pulso constante de la música.

En un rincón discreto, una pequeña televisión emite un noticiero en voz baja.

En la pantalla, un reportero relata con tono grave el suceso del día anterior: —“Un villano conocido como Gravity Wave provocó daños materiales por varios millones.

El héroe Maxman intervino, pero terminó derrotado, al igual que otros héroes.

Finalmente, el día fue salvado por un tercer grupo de jóvenes…” De pronto, la pantalla estalla en una lluvia de fragmentos de vidrio, chispas y humo denso.

Un hombre ebrio ha lanzado una botella con furia mientras grita: —¡Héroes inútiles!

¡Perdí mi casa!

¡Mi auto!

¿Para qué carajos sirven los héroes?

Algunos clientes se aproximan para calmarlo, pero el borracho se resiste y comienza a forcejear con ellos: —¡Suéltenme, idiotas!

¡Me las van a pagar!

En cuestión de segundos lo reducen.

Lo levantan entre varios y lo arrastran a través de la pista de baile, sorteando cuerpos que siguen moviéndose al ritmo, hasta llegar a la puerta.

Con un último empujón, lo arrojan a la calle.

El hombre intenta incorporarse, pero el alcohol lo traiciona.

Apenas logra arrastrarse hasta una pared cercana, apoyarse en ella y, con la cabeza gacha, romper en sollozos ahogados.

Llora en silencio, lamentando la ruina de su vida.

Lejos de ahí, una camioneta negra —de diseño robusto y sigiloso, típico de los cazadores recolectores— avanza a gran velocidad por las calles de la ciudad.

Aunque su actividad ha mermado en los últimos tiempos, en medio de la escalada de enfrentamientos entre héroes y villanos, la fragilidad de la justicia y la sombra siempre presente de “ÉL” (Pentrix), estos cazadores han conseguido un trofeo excepcional: han capturado a un evo.

No se trata de un villano ni de un héroe, sino de un ciudadano común con un don raro y extremadamente valioso: la Tecnopsiquia, la habilidad de comprender y comunicarse con cualquier computadora.

Con el evo de tan alto valor para los propósitos de la Corporación —confundido, sedado y atado como un animal—, la camioneta se adentra en callejones estrechos y bulliciosos, girando con agilidad en cada esquina, zigzagueando deliberadamente para evitar cualquier ruta predecible.

Se mueve con la astucia de una presa que esquiva a su depredador.

En la base del equipo Xtreme, el coronel Soul recibe la alerta urgente de Body (Pretzelman).

Cada palabra resuena en la quietud de la sala como un golpe seco.

El evo capturado, con su poder de Tecnopsiquia, podría poner en jaque al mundo entero si la Corporación logra descifrar su habilidad o lo fuerza a usarla en exceso.

Body informa que lo están trasladando a la sucursal más grande y mejor protegida de la Corporación.

Soul se queda inmóvil, el rostro marcado por una profunda preocupación.

Sabe que la misión que se avecina es de un peligro extremo.

Conoce los riesgos: sus chicos, a pesar de sus habilidades, podrían ser neutralizados con facilidad.

Esta vez necesita a alguien capaz de desatar su poder de forma contundente y sin titubeos.

El coronel se acerca a Elektrobyte y le expone la situación con voz grave y firme.

—Lo necesitamos en esta misión —afirma con convicción—.

Solo él puede manejar una operación de esta magnitud.

La líder se opone de inmediato, la inquietud brillando en sus ojos.

—Él podría masacrar a todos —advierte, la voz tensa y cargada de temor.

El coronel asiente, comprendiendo perfectamente su miedo.

—Solo hay alguien que podría controlarlo si las cosas se salen de control —responde.

En su mente tiene a Rook para acompañarlos, pero la chica, consciente del peligro inminente, se ofrece de forma inesperada: —No, coronel.

Yo iré con ustedes.

Así, el coronel Soul, Pentrix y Elektrobyte (Lía) parten rumbo a la misión, avanzando hacia la instalación con la incertidumbre y el peligro acechando en cada curva del camino.

Dentro de la instalación, los cazadores conducen al evo inmovilizado.

Aunque no representa amenaza en términos de fuerza física, está completamente sometido: porta un dispositivo inhibidor de poderes y esposas en manos y pies que impiden cualquier intento de fuga.

El cautivo, pálido y asustado, es guiado por pasillos tenuemente iluminados.

Implora en voz baja, casi un susurro: —Déjenme ir, por favor… solo quiero volver a casa.

Los cazadores lo ignoran con una indiferencia gélida.

Finalmente llegan a lo que parece un laboratorio avanzado.

Allí, varios investigadores con batas blancas trabajan en perfecta coordinación.

El evo es recostado en una camilla y asegurado de pies y manos, mientras el personal médico comienza a examinarlo: colocan sensores, aparatos de medición y, por último, un dispositivo electrónico en su frente que lo anula por completo.

Habiendo perdido su transporte táctico en la feroz batalla contra el villano magnético Gravity Wave (capítulo 30), ahora el coronel Soul conduce un automóvil modesto y anodino, de esos que pasan desapercibidos en cualquier calle.

Dentro del vehículo reina una calma tensa.

Pentrix observa el paisaje urbano desfilar por la ventanilla, sumido en sus pensamientos, mientras Elecktrobyte (Lía) ajusta nerviosamente las mangas de su traje, un gesto repetitivo que delata su inquietud.

Ella rompe el silencio con voz baja: —¿De verdad crees todo lo que Gee (Kage) te cuenta sobre mí?

Pentrix gira la cabeza hacia ella, intrigado.

—¿Sobre qué?

—responde con calma.

Lía alude a “las continuas bromas” con las que la traviesa ninja la hace sufrir.

Pentrix contesta con naturalidad, sin rodeos: —Kage solo habla de ti como si fueras su hermana mayor.

Ella se queda sorprendida, los ojos abiertos de par en par.

—¿En serio?

—pregunta, incrédula.

Él asiente y añade con sinceridad: —Desde que llegué a Xtream, Kage no para de contarme lo mucho que te admira, cómo la proteges, cómo te preocupas por ella… Te considera mucho más que una simple amiga; casi como una hermana de verdad.

Lía esboza una sonrisa tenue, apenas perceptible, pero cargada de emoción contenida.

Las palabras la conmueven en silencio.

El, con una expresión de genuina confusión, pregunta: —¿De qué otras cosas crees que me habla sobre ti?

Lía se incomoda de inmediato; un rubor sutil le sube al rostro y se remueve en el asiento.

Aunque intenta disimularlo, una pequeña sonrisa traicionera se le escapa, mezcla de nervios y algo más cálido.

En ese instante, el coronel los interrumpe con voz grave y autoritaria, cortando el aire cargado de intimidad: —Nos acercamos al punto designado —anuncia.

La líder, retomando su rol con firmeza, expone el plan sin rodeos: —El coronel y yo iremos directo a la subestación eléctrica.

Provocaré un cortocircuito controlado; habrá un apagón breve, de apenas unos minutos.

Esa será tu señal para entrar.

Pentrix, fiel a su desparpajo habitual, suelta con una media sonrisa: —Solo es cuestión de entrar por la puerta principal.

Lía lo mira con incredulidad absoluta, pero él levanta las manos en son de paz y aclara rápidamente: —Es broma.

Entendido.

Ella saca un casco de su mochila y se lo tiende sin dar pie a discusiones.

Pentrix lo observa con escepticismo evidente.

—¿Y esto?

—pregunta, alzando una ceja.

—Casco táctico con visión nocturna —responde Lía, tajante, sin dejarle opción a réplica.

Pentrix protesta con fingida resignación: —No lo necesito.

Lía insiste sin ceder.

Él suspira, exasperado en apariencia: —Además de soportar este incómodo traje, ¿ahora un casco tonto?

El auto se detiene a más de un kilómetro de la instalación.

El crepúsculo ya se cierne sobre el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados profundos y morados intensos.

Pentrix se coloca el casco con desgana; Lía se acerca y, con cuidado, le ajusta las correas para que quede perfecto.

—Suerte —susurra ella, la voz apenas un hilo.

Pentrix asiente en silencio.

Lía lo detiene un segundo más, agarrándolo suavemente por el borde del traje.

—Promételo —le dice, seria.

Él inclina ligeramente la cabeza, como preguntando a qué se refiere.

Lía, sin apartar la mirada, aclara con gravedad: —Ya sabes de qué hablo.

Pentrix mueve la cabeza en un gesto sutil que ella interpreta como una promesa firme.

Sin más palabras, comienza a caminar hacia el lugar apartado, fundiéndose poco a poco entre la vegetación que rodea la instalación, hasta desaparecer en la penumbra creciente.

Elektrobyte observa cómo su compañero se pierde entre el follaje denso y, con una mezcla de ansiedad y determinación férrea, sube de nuevo al auto.

—¡Vamos, coronel, acelere!

—exclama, la voz cortante por la urgencia.

Tras unos minutos de trayecto tenso, ambos divisan la subestación eléctrica que alimenta la instalación de la Corporación.

Un poco alejados, abandonan el humilde vehículo y lo camuflan apresuradamente con ramas y vegetación para que pase desapercibido.

El coronel ajusta su traje de héroe —una versión más clásica y robusta que los del equipo Xtream verde y negro, con el peso de la experiencia en cada costura.

Lía lo observa y pregunta con un matiz de preocupación genuina: —¿Seguro que quiere hacer esto, coronel?

Él la mira y responde con una sonrisa confiada, casi pícara: —Lía, no te burles de mí —replica—.

Soy algo viejo, pero aún puedo patearles el culo a estos infelices.

Ella asiente, una pequeña sonrisa se dibuja en sus labios a pesar de todo, y saca dos cascos de visión nocturna más.

Se los colocan rápidamente, con movimientos precisos y silenciosos.

El dúo avanza sigilosamente hacia la instalación.

Sus uniformes negros y los cascos tácticos los convierten en sombras casi invisibles bajo la noche que ya ha caído por completo.

Dos guardias de la Corporación patrullan la zona con la rutina de quien cree que nada puede ocurrir.

El coronel actúa primero.

Se oculta tras la reja perimetral y, cuando uno de los guardias pasa justo frente a él, lo atrapa por detrás en un movimiento fluido.

Lo asfixia con precisión quirúrgica hasta dejarlo inconsciente, sin un solo gemido.

Lo arrastra hacia la oscuridad en segundos.

Elektrobyte se acerca al segundo guardia.

Este gira de pronto y se topa de frente con una figura irreconocible bajo el equipo táctico.

Antes de que pueda gritar o sacar su arma, ella posa la mano en su hombro.

Un destello eléctrico azul recorre el contacto en un instante; el guardia se convulsiona levemente y cae al suelo, incapacitado al momento.

Ambos corren hacia el interior de la instalación sin perder tiempo.

Localizan con rapidez el punto clave: el panel principal de alimentación.

Lía se detiene, respira hondo para centrarse y extiende el puño hacia la línea.

De su mano surge una descarga eléctrica potente y controlada que impacta de lleno en el circuito.

El cortocircuito estalla con violencia: un fogonazo cegador ilumina la noche por un segundo, seguido de un chasquido seco y el apagón total que envuelve todo en tinieblas absolutas.

Pentrix, agazapado entre la vegetación, espera la señal como un depredador al acecho, listo para saltar sobre su presa.

De repente, las luces parpadean con violencia y todo se sumerge en una oscuridad absoluta.

Es el momento.

Sale disparado hacia la instalación, su figura convertida en una sombra veloz que se funde con la noche.

En la subestación eléctrica, el coronel y Lía corren de regreso al auto sin perder un segundo, dejando atrás un silencio sepulcral roto solo por los dos guardias inconscientes tendidos en el suelo.

Han cumplido su parte del plan con precisión quirúrgica, sin generar más ruido que el destello inicial del cortocircuito.

Dentro de la sucursal, sumida en tinieblas totales, resuena una voz masculina cargada de fastidio: —¡No, otra vez, maldita sea!

—exclama desesperado—.

Con este ya van tres apagones.

A este paso no terminaremos de reparar los vehículos, y no quiero quedarme más tiempo extra.

¡Quiero irme a casa temprano!

De pronto, se escucha un golpe seco seguido de un quejido ahogado: —¡Uuummm!

—¿Qué pasa?

—pregunta la primera voz, alerta.

Alguien responde entre dientes: —Nada, me caí.

Tropecé con esos cables que tienes ahí tirados.

La primera voz replica con autoridad: —No se muevan de su lugar mientras esté oscuro.

Hay demasiada herramienta y cables por el suelo.

La segunda voz, irritada, protesta: —¡Y me lo dices ahora, idiota!

La primera solo suelta una risa ronca: —¡Jajaja, tú eres el idiota, jajaja!

De repente, las luces comienzan a parpadear con titubeos y, poco a poco, regresan por completo, bañando el lugar en una iluminación fría y fluorescente.

Se revela un taller mecánico amplio, lleno de vehículos en reparación: camionetas blindadas, vehiculos modificados y equipo de los cazadores recolectores.

El hombre de la primera voz exhala aliviado: —¡Gracias a Dios!

A trabajar, chicos.

Pero al notar que uno de ellos se aleja hacia el fondo, lo detiene: —¿A dónde vas?

—Voy al baño —responde el otro con naturalidad.

—¡Deja la careta!

—le grita, refiriéndose al casco de soldar o máscara de protección que aún lleva puesta.

El que se dirige al baño contesta sin detenerse: —Voy rápido, no te preocupes.

Dentro de la instalación, en una sala fría iluminada por luces fluorescentes y repleta de equipo electrónico de laboratorio, un investigador se queja con hastío: —Estos malditos apagones… Aquella lluvia de hace días debió joder algo en el sistema.

No importa, sigamos trabajando ahora que el apagón terminó.

Tenemos pendiente al sujeto A.R.325-S.

Sobre la camilla, el evo —aún nublado por el sedante— murmura con voz débil y entrecortada: —Déjenme ir, por favor… El investigador lo corta de inmediato, con frialdad absoluta: —Cállate.

El cautivo, desesperado, insiste en un hilo de voz quebrada: —Por favor… por favor… solo quiero ir a casa… no le diré a nadie, lo juro… Mitch, conocido entre los suyos como “el cruel”, se acerca con pasos deliberados y se inclina sobre él.

Su tono es duro, casi siseante: —Ya no saldrás de aquí, métetelo bien en esa cabeza.

Tu poder es único e increíble, y descifrarlo nos va a dejar una suma muy jugosa.

Sigan con las pruebas —ordena a los demás sin apartar la mirada del evo.

De pronto, nota la ausencia de uno de los técnicos y frunce el ceño: —¿Dónde diablos se metió Roy?

Seguramente fumando en el baño, como es su costumbre.

Steven responde con naturalidad, sin dejar de calibrar un instrumento: —Se fue por un café antes del apagón, ¿no lo recuerdas?

Mitch exhala, recordando al instante.

—Ah, sí, es cierto.

Lo olvidé.

Prosigan con las pruebas.

Terminemos de una vez.

De regreso en el taller, el trabajo prosigue sin pausa.

Golpes rítmicos de martillo resuenan contra el metal.

El chirrido agudo de la cortadora eléctrica corta el aire una y otra vez.

Uno de los mecánicos, concentrado en su tarea, sostiene una pistola de soldar mientras fija una placa reforzada al chasis de un gran camión blindado.

Al agacharse para ajustar un tornillo en la parte inferior, su mirada se detiene en algo extraño: un par de piernas desnudas asomando bajo el vehículo.

Baja la vista por completo y, con un escalofrío de horror, reconoce el cuerpo inerte de su compañero.

Alguien ha despojado al hombre de su uniforme de mecánico.

El pánico lo invade al instante.

Sin pensarlo dos veces, sale corriendo despavorido hacia el panel de alarmas más cercano.

En el laboratorio, todo sigue su curso con la frialdad habitual.

De pronto aparece el investigador ausente, enfundado en su bata blanca y portando un casco extraño que no encaja con el entorno.

Mitch lo observa con desdén evidente: —¿Para qué demonios es el casco?

Las pruebas de termografía ya terminaron —reprocha, y luego añade con impaciencia—: ¿Qué pasó con el café?

El recién llegado responde con voz monótona y carente de emoción: —La máquina se descompuso por el apagón.

Nadie pudo repararla.

Mitch, irritado, le ordena con brusquedad: —Quítate esa porquería de la cabeza y ponte a trabajar de una vez.

No tenemos toda la noche.

Esto no podría ir peor.

Antes de obedecer, el “investigador” pregunta con aparente curiosidad: —¿Ya sabes qué tipo de poderes tiene el evo?

Mitch esboza una sonrisa cruel, casi satisfecha: —Sí.

Controla cualquier computadora.

¿No es genial eso?

El hombre se quita lentamente el casco, revelando el rostro de Pentrix.

Se planta frente a Mitch, mirándolo fijamente y dedicándole una sonrisa serena y afilada.

Mitch, atónito, comprende todo en una fracción de segundo.

Sus ojos se abren de par en par, el color abandona su rostro.

En ese preciso instante, una alarma estridente irrumpe por toda la instalación, un aullido mecánico que perfora el silencio y anuncia el caos.

Finalmente, el coronel y Lía llegan a las inmediaciones de la instalación.

Desde la distancia, las alarmas resuenan con estrépito desde el interior, mientras el personal comienza a salir en tropel, evacuando el lugar en un pánico desorganizado y caótico.

El coronel observa la escena con una sonrisa satisfecha.

—Ahhh, justo a tiempo —murmura, casi complacido.

Pero en ese momento, un haz de luz azul intenso se eleva desde el corazón de la instalación, perforando la noche con un fulgor sobrenatural y pulsante.

Ambos héroes se miran de inmediato, comprendiendo la gravedad de lo que está ocurriendo.

Sin dudarlo, conducen hacia el complejo.

El personal huye en todas direcciones, sin orden ni sentido.

Sin embargo, un agente cazador —enorme, físicamente imponente y con una presencia que impone respeto— detecta a los intrusos y se planta frente a ellos, bloqueándoles el paso con su masa colosal.

Electrobyte dispara una ráfaga de energía eléctrica directa hacia él, pero el agente salta por encima de la descarga con una agilidad sorprendente para su tamaño, esquivándola sin esfuerzo.

Acto seguido, agarra el auto abandonado que usaron para llegar y lo levanta como si fuera un juguete, preparándose para lanzarlo como arma o usarlo de barricada improvisada.

Lía, sin perder la calma, le indica al coronel con voz firme: —Vaya por atrás, yo me encargo de este inútil recolector.

El coronel asiente y se desvía rápidamente, recorriendo el perímetro hasta encontrar la entrada del taller.

Allí, un mecánico presa del pánico lo detecta al instante.

Toma una gran llave inglesa y se abalanza sobre él con desesperación.

El coronel lo esquiva con la fluidez de un combatiente curtido y le grita con autoridad: —¡Debes huir, idiota!

En ese preciso instante, un temblor violento sacude el suelo y un estruendo ensordecedor retumba desde el interior de la instalación.

El mecánico, aterrorizado, suelta la herramienta pesada —que se estrella contra el piso con un clang metálico— y sale corriendo sin mirar atrás, dejando al coronel solo.

Afuera, Electrobyte libra una lucha feroz contra el recolector, que resulta mucho más hábil y ágil de lo que su corpulencia sugería.

El cazador levanta el auto por encima de su cabeza y lo lanza hacia ella como un proyectil mortal.

Lía no titubea: corre directo hacia el vehículo en movimiento, se desliza en una barrida perfecta por el suelo y el auto pasa rozándola apenas, sin tocarla.

Aprovechando el impulso de la maniobra, se pone de pie en un salto y, con una patada precisa y brutal, impacta la espinilla del agente.

Este pierde el equilibrio y cae de rodillas con un gruñido.

La heroína se acerca en un parpadeo, toma la cabeza del cazador con ambas manos y descarga una corriente eléctrica devastadora que lo atraviesa por completo.

El agente se convulsiona y queda paralizado al instante, inconsciente.

Al ver caer a su mejor guardia, el resto del personal entra en pánico absoluto y se dispersa entre la vegetación circundante, huyendo despavoridos de la instalación.

El coronel irrumpe en el taller y ve a Pentrix aproximándose: carga al evo sedado sobre un hombro y arrastra a Mitch —inconsciente y magullado— con la otra mano.

Elektrobyte llega corriendo desde el exterior, jadeante, y al ver la escena comenta con desdén y frustración: —Ese inútil agente destruyó nuestro vehículo.

No hay forma de salir de aquí.

Pentrix señala el camión recién reparado que encontró en el taller, su chasis aún caliente por el trabajo reciente.

El coronel busca con rapidez entre las mesas desordenadas y las cajas de herramientas, hasta dar con las llaves del vehículo.

Pentrix ayuda a subir al evo cautivo —aún sedado y frágil— y, con un gesto firme, le indica a Lía: —Esposa al de la bata.

Lo entregaremos también.

Mitch, inconsciente y magullado, es colocado sin miramientos en la parte trasera del camión junto al evo.

Elektrobyte sube al vehículo, pero nota que Pentrix se aleja de nuevo, dirigiéndose hacia la instalación con paso decidido.

Ella lo interpela, la voz teñida de inquietud: —¿A dónde vas?

Pentrix responde con firmeza, sin volverse: —A terminar el trabajo.

Luego añade, con tono que no admite réplica: —En la instalación ya no queda nadie más.

Aléjense.

El coronel Soul, comprendiendo al instante la gravedad de lo que se avecina, ordena a Lía con urgencia: —¡Vámonos!

El camión arranca con un rugido grave y avanza unos metros, saliendo del perímetro de la sucursal.

Al mirar hacia atrás, ambos observan cómo destellos azules intensos brotan del edificio, reduciendo a escombros la orgullosa estructura de la Corporación.

Desde la distancia, contemplan atónitos cómo un enorme domo de energía se forma sobre todo el complejo, envolviéndolo por completo.

El edificio comienza a retorcerse violentamente, como si una fuerza invisible lo aplastara desde dentro, hasta convertirse en un lago de magma hirviente y brillante.

El espectáculo de luz azul y roja se extingue poco a poco en la noche, dejando solo un tenue resplandor rojizo sobre el suelo ardiente y humeante.

Momentos después, bajo la pálida luz de la luna, Pentrix emerge de las sombras y sube al camión que lo esperaba con el motor en marcha.

Su figura se desvanece en la cabina.

Elektrobyte, con la preocupación aún marcada en el rostro, atiende al evo sedado: revisa su pulso, ajusta su posición para que respire mejor y se asegura de su bienestar.

El coronel, con una expresión que mezcla satisfacción profunda, alivio y la tensión latente de la misión recién concluida, acelera y conduce con pericia por la carretera desierta.

El camión avanza con rapidez, sus luces traseras brillando como puntos fugaces que se pierden en la vasta oscuridad de la noche.

En su interior no solo viajan la victoria, los cautivos y la adrenalina residual, sino también los secretos de una nueva y peligrosa misión que acaba de concluir.

✦ Fin de capítulo ✦

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