PENTRIX "El camino del villano" - Capítulo 22
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22: Capítulo 21.
La trampa 22: Capítulo 21.
La trampa En un moderno laboratorio tecnológico de la corporación, un científico, acompañado por varios asistentes, se encuentra de pie frente a un grupo de ejecutivos expectantes y emocionados.
Sobre la mesa, un objeto cubierto con una tela negra aguarda el momento de ser revelado.
El hombre da un paso al frente y, con orgullo, inicia la presentación.
—Este producto representa uno de los avances más significativos que hemos logrado hasta ahora —declara con voz firme.
Se detiene un instante, permitiendo que sus palabras reverberen en la sala—.
Este dispositivo es fruto del esfuerzo conjunto de investigadores y especialistas.
Les presento la corona mejorada: “Neuro-restrictor RTM-850”.
Con un gesto teatral, retira la tela que cubría el objeto.
El halo, más robusto que los modelos anteriores, contiene dos cápsulas llenas de un líquido rojo de aspecto seconal.
El científico prosigue con su exposición: —Este nuevo dispositivo no solo ataca ambos hemisferios del cerebro mediante los habituales campos magnéticos pulsantes transcraneales, anulando cualquier poder que el portador posea, sino que además, gracias a esas ampollas, inyecta una descarga rápida y a presión del anestésico.
Su diseño mejorado permite ser disparado desde cualquier arma, mientras que su avanzada tecnología de I.A.
rastrea la cabeza de cualquier Evo o Neoevo.
Según las pruebas realizadas, es capaz de neutralizar incluso a un poderoso Evo de nivel 5.
Los ejecutivos, impresionados, comienzan a aplaudir, llenando de júbilo la sala donde se lleva a cabo la presentación.
Sin embargo, no todos comparten el entusiasmo.
En una sala apartada de control, iluminada por un tenue resplandor azul, el anciano —uno de los enigmáticos Doce, (el hombre del cabello blanco) de nombre Andreas Benedictus I— observa la demostración del halo anulador en una pantalla holográfica.
Su rostro, marcado por profundas arrugas, acaricia levemente su blanca cabellera, sin mostrar emoción alguna.
A su lado, un joven ejecutivo, visiblemente ansioso por la aprobación de su superior, se mantiene erguido.
—¿Evo de nivel 5?
—pregunta el anciano.
Su voz, apenas un susurro, destila un escepticismo cortante.
—Sí, señor —responde el joven, con una sonrisa confiada que intenta disimular su nerviosismo—.
Las pruebas fueron un éxito total.
La corona primero restringió los poderes del cautivo y, después, el sedante actuó, dejándolo completamente indefenso.
En pocas palabras, totalmente “manejable”, señor.
El misterioso anciano, sin apartar la mirada de la pantalla, formula una pregunta que congela el aire en la sala: —¿Crees que esta tecnología funcione contra “Él”?
El ejecutivo no duda y sonríe con arrogancia calculada.
—El problema no sería ese, señor, sino lograr que “Él” se exponga voluntariamente.
El anciano queda pensativo, la mente de un estratega veterano trabajando a máxima velocidad.
Tras unos segundos, la solución se revela.
Una sonrisa pícara se dibuja en su rostro.
Toma un respiro y dicta una orden: —Anuncien el dispositivo…
y seguramente él se expondrá.
El joven ejecutivo, asombrado por la astucia del plan, aplaude con una sonrisa de admiración.
—¡Excelente plan, señor!
Semanas después, en la base del Frente Unido, Víctor Kurikov observa desde su oficina un comercial televisivo enfocado en la seguridad ciudadana.
En la pantalla aparece el nuevo aparato: “Neuro-restrictor RTM-850”, anunciado para ser presentado en una expo tecnológica de la ciudad.
Víctor duda un instante; la preocupación se refleja en su rostro.
Sabe que este dispositivo representa una amenaza grave para toda la comunidad de Evos y Neoevos.
Consciente de que la corona anuladora será exhibida en un evento público, y de que necesitan a alguien capaz de infiltrarse sin levantar sospechas en un espacio reservado únicamente para humanos, deciden enviar a Pentrix a la misión.
Tiempo después, Anya lo acompaña hasta la salida del edificio, donde un coche de lujo ya lo espera.
—Te estaré esperando, Pempi —le dice ella, con los ojos cargados de inquietud y determinación.
Se despiden tomándose de las manos, un gesto silencioso de apoyo y cariño.
Pentrix asiente: —Estaré bien, no te preocupes.
Nos veremos pronto.
Sube al auto, que arranca de inmediato rumbo al gran evento.
El vehículo después de unas pocas horas finalmente se detiene frente al edificio, donde cientos de personas ya ingresan.
Pentrix desciende y, entre pasos y murmullos de la multitud, se pierde disfrazado como un simple empleado: camisa blanca impecable, corbata, anteojos discretos y un gafete de entrada, simulando ser un entusiasta de la tecnología.
Dentro de la expo, agentes cazadores ocultos en distintos stands permanecen en posición, aguardando el momento esperado.
Mientras tanto, los pasillos se abarrotan de visitantes maravillados con las exhibiciones.
Pentrix se mezcla hábilmente entre ellos, un rostro más en el océano de asistentes.
De repente, por los altavoces dentro del edificio se anuncia que la presentación del nuevo dispositivo comenzará en pocos minutos.
Pentrix se dirige al baño y, asegurándose de que no haya nadie, habla a través de su intercomunicador: —Estoy en posición.
El evento está por comenzar.
Solo faltan unos minutos más.
La puerta del baño se abre y un joven, vestido con playera y pantalón negro, pasa a espaldas de Pentrix, que se encuentra frente a los lavabos y el espejo.
Pentrix lo sigue con la mirada mientras el muchacho se introduce en uno de los sanitarios.
Finalmente, la música estalla a todo volumen dentro del evento, anunciando el inminente inicio de la presentación del dispositivo.
Algunos agentes cazadores, nerviosos e impacientes, reciben órdenes a través de sus intercomunicadores: —Agentes, estén listos.
Tomen sus posiciones.
Está a punto de comenzar.
Los cientos de personas se congregan frente al stand, expectantes.
Entre un espectáculo de luces deslumbrantes y música vibrante, un presentador carismático emerge en el escenario.
La multitud se aglomera aún más, expectante.
Con voz entusiasta, inicia su discurso sobre las innovadoras características del misterioso dispositivo, todavía cubierto.
—¡Bienvenidos a la expo de tecnología de la rama de seguridad pública de la organización!
Hoy verán lo nuevo… De repente, entre un estallido de chispas y una lluvia de papeles de colores, la corona Neuro-restrictor RTM-850 se revela finalmente al público, brillando bajo los focos.
Pero, en ese instante, la sala de exposición se sacude con una interrupción violenta.
Una parte del escenario estalla y el polvo, junto con los escombros, se dispersa por todas partes.
Algo que no estaba en los planes de nadie.
La irrupción repentina de unos villanos desata el caos y la incertidumbre en cuestión de segundos.
Gritos de pánico retumban mientras la multitud corre despavorida, empujándose frenéticamente en busca de una salida.
Los agentes, ya estratégicamente posicionados, entran en acción: no solo neutralizan a los intrusos, sino que también buscan con urgencia a su objetivo designado entre la multitud.
En otro lugar, en lo alto de un edificio cercano que domina la escena del evento, Andreas Benedictus I —líder estratega de la Ordo Benedictorum— escucha el radio con una mezcla de confusión y creciente frustración.
En la pantalla de su oficina, las cámaras de circuito cerrado muestran un torbellino de imágenes borrosas: personas huyendo, empujándose y corriendo.
Gritos y órdenes ininteligibles resuenan por el intercomunicador: —¡Villanos!
¡Atrápenlos!
¡Que no escapen, maldita sea!
¡Ahí, ahí!
—¿Qué pasa?
—pregunta el anciano con severidad—.
Mantengan el control… apéguense al plan.
Su voz denota impaciencia, incapaz de distinguir algo coherente en medio del pandemónium.
Pero, de repente, en la sala del anciano se oye un mensaje claro a través del intercomunicador: —Señor, hemos capturado a dos de los villanos.
Otros dos lograron escapar… y también atrapamos a dos chicos.
—¿Cómo son esos chicos?
—pregunta el anciano, con un tono que revela un súbito interés.
El agente responde: —El primero es un joven vestido con pantalón negro y playera oscura.
El segundo lleva camisa blanca, corbata y un gafete clonado.
Pero lo importante es que ese segundo chico logró detener a los dos Evos.
El anciano, reaccionando con rapidez, da una orden concisa: —¿Dices que ese chico detuvo a los villanos?
—Sí, señor —se oye en el comunicador.
—Entonces llévenlos a la sucursal norte —ordena el veterano estratega.
Y, con una pregunta de seguimiento crucial, indaga: —¿Todos tienen los nuevos halos anuladores?
El agente responde con un “Así es Señor” rotundo, confirmando que los capturados llevan los dispositivos.
El joven ejecutivo, que ha estado escuchando con atención, dirige la mirada hacia el anciano; una sonrisa de satisfacción se dibuja en sus labios, comprendiendo la jugada maestra de su superior.
Rápidamente, tres camionetas blindadas, con ventanillas polarizadas y motores rugientes, abandonan el lugar de la exposición llevando en su interior a todos los prisioneros capturados.
Tras un viaje de aproximadamente una hora, llegan a la imponente sucursal norte de la organización, un edificio discreto pero fortificado en las afueras de la ciudad.
Los cazadores, con rostros imperturbables, sacan uno a uno a los prisioneros del interior de las camionetas, arrastrándolos con brusquedad hacia las instalaciones.
Pocos minutos después, el anciano y el joven ejecutivo arriban en una limusina negra, pulcramente lustrada.
El personal de la sucursal, con una eficiencia casi robótica, les abre las puertas y los conduce de inmediato a la sección donde mantienen a los prisioneros.
En el interior, la escena es sombría: murmullos distantes, agitación, pasos apresurados.
Los prisioneros están atados de pies y manos, esposados a una estructura metálica fijada a la pared, lo que les impide cualquier movimiento.
Aunque los rehenes permanecen casi adormilados, aún se percibe el miedo en sus rostros.
Mientras tanto, los cazadores que los capturaron los vigilan con una expresión gélida de satisfacción, conscientes de su victoria.
Finalmente, el joven ejecutivo, Andreas y el personal de la sucursal llegan y observan a los prisioneros con una mirada fría y calculadora.
El anciano no se detiene a inspeccionar a todos; se dirige directamente hacia el chico de camisa blanca y corbata, cuya cabeza cuelga pesadamente.
Sobre su pecho, la señal es clara: el somnífero ha hecho efecto, aunque no lo haya doblegado por completo.
Andreas lo observa con ojos agudos, recorriéndolo de arriba abajo, y pregunta con una voz que exige la verdad: —¿Es este el chico que detuvo a los Evos?
No parece ser uno de ellos… más bien parece un simple humano.
Un cazador, el mismo que lo capturó, da un paso al frente con el pecho inflado de orgullo.
—Sí, señor —responde con firmeza—.
Lo vi lanzar un rayo azul contra ambos Evos; los derribó con una sola ráfaga de energía.
Yo estaba cerca y, aprovechando el caos, le disparé la neuro-corona.
Así quedó anulado.
El anciano, vencido por la curiosidad, se acerca al chico y, con un dedo enguantado, intenta levantar su rostro.
Pero el cazador lo detiene con una advertencia urgente: —Señor, yo no haría eso.
Andreas lo voltea a ver, su expresión cargada de impaciencia.
El agente traga saliva y explica: —Su cuerpo está resistiendo el anestésico.
Los otros cayeron casi de inmediato, pero este chico… aún está consciente.
La sorpresa cruza el rostro del anciano por un instante, pero pronto se transforma en una sonrisa de satisfacción profunda y escalofriante.
Su plan ha funcionado.
Lentamente, se acerca al chico, contemplando su rostro oculto, sabiendo que finalmente tiene en sus manos al esquivo y poderoso “Él”.
Se inclina; sus ojos, antes fríos y calculadores, ahora arden con un odio personal y visceral.
—Por fin te tengo, malnacido —sisea con voz rasposa—.
Nos has costado cientos de millones y has amenazado la existencia de nuestra organización.
Verte aquí, colgado como la basura que eres, es un placer que he esperado por años.
Pero ahora que eres nuestro, te cortaremos y estudiaremos hasta el último rincón de tu ser… y recuperaremos cada centavo que nos has arrebatado.
El joven ejecutivo, con una sonrisa cruel y arrogante, se aproxima.
Con un gesto de desprecio, lanza un puñetazo directo al rostro del chico, pero el golpe no logra siquiera moverle la cabeza.
El impacto resuena con un golpe seco, como si hubiera golpeado una pared de granito.
Se soba la mano, intentando disimular el dolor.
Sorprendido por la ineficacia de su ataque, el ejecutivo se ríe; su voz retumba en la sala.
—No cabe duda de que eres “Él”.
Eres fuerte, pero esa fuerza no te servirá ahora.
Ahora eres nuestro.
Felicidades, señor… su plan ha sido un éxito.
Los miembros de la sucursal, que observaban la escena, comienzan a aplaudir con entusiasmo, como si presenciaran el clímax de una obra teatral.
El eco de celebración por la captura de “Él” se expande por la sala, envolviendo el momento en una atmósfera de triunfo oscuro.
En medio del aplauso y las risas de los cazadores, el chico de la camisa y corbata comienza a susurrar algo, apenas audible, su voz arrastrada y entrecortada por el potente anestésico.
El joven ejecutivo, con una sonrisa de suficiencia, se inclina para escucharlo mejor.
—¿Qué murmuras?
—pregunta, burlándose de su debilidad.
—Yo…
yo…
—balbucea el chico, con un esfuerzo sobrehumano.
Nuevamente, el ejecutivo se burla con una risa cruel y estridente: —¿Ruegas por tu vida ahora que sabes que no podrás escapar?
¡Jajajaja!
¿Quieres misericordia?
Tu destino ya está marcado, maldito.
Pero entonces, el chico, con una voz que, a pesar de su debilidad, resuena con extraña claridad, logra articular una frase completa que congela la risa del ejecutivo y detiene el aplauso de la sala en seco: —Y…
yo no soy el que… ustedes buscan.
Un silencio sepulcral cae sobre la sala, tan denso que parece cortarse con un cuchillo.
En ese preciso instante, un sonido metálico y seco —el inconfundible chasquido de unas esposas rompiéndose— estalla en el aire.
Todas las miradas se dirigen al chico vestido de negro.
Con una fuerza inesperada, se libera de sus ataduras y da un paso al frente, su figura ahora imponente y amenazante en medio del silencio atónito.
Un destello azul, como un latigazo de energía cósmica, irrumpe en el espacio, derribando a todos al suelo con una fuerza implacable.
El joven ejecutivo, con el rostro crispado por el pánico al reconocer a Pentrix, se levanta rápidamente e intenta impulsarse hacia adelante en un desesperado intento de escapar.
Apenas ha dado tres pasos cuando un círculo de energía azulada se forma en el suelo.
Al pisar dentro del círculo, cientos de delgadas ráfagas se disparan hacia arriba, atravesando su cuerpo.
Un instante después, su figura se desintegra en una lluvia grotesca de sangre y fragmentos, salpicando el suelo y las paredes con un horror indescriptible.
El antes orgulloso cazador, con el rostro bañado en restos sanguinolentos, se limpia con asco un pequeño trozo de piel adherido a su mejilla.
El temblor que recorre su cuerpo no proviene solo del repulsivo contacto, sino de la comprensión visceral de que su propio fin está terriblemente cerca.
El ambiente cambia de repente: un miedo denso, emanado del chico, llena la sala.
Los vellos se erizan, las respiraciones se vuelven profundas, mientras la energía azul rodea su figura.
El anciano intenta levantarse, pero Pentrix aparece a sus espaldas, como una sombra silenciosa.
El cuerpo del anciano comienza a temblar incontrolablemente al sentir su presencia.
Un líquido amarillento se desliza por su pierna, formando un charco bajo sus zapatos antes impecablemente lustrados.
Sin volverse, el anciano escucha la voz de Pentrix, que resuena con una calma inquietante: —Así que eres uno de ellos —dice, su voz como una sentencia.
El anciano, sollozando, rompe en llanto sin poder contenerse.
—¡Maldito!
¡Nos engañaste!
—grita.
Pentrix, al verlo temblar y llorar, responde con una voz tranquila, ahora teñida de desprecio: —No te mataré, anciano.
Pero llevarás un mensaje a la Ordo y al resto de la corporación.
Mientras tanto, los demás cazadores y el personal de la sucursal permanecen tirados en el suelo, atrapados en un silencio sepulcral y un terror absoluto ante el despliegue del poder de “Él”.
Observan, impactados, cómo una de las figuras de máxima autoridad en la corporación está tan aterrada que se orina encima.
La escena es una muestra de poder absoluto, y el miedo se ha apoderado del lugar.
Más tarde, la imponente sucursal norte comienza a ser engullida por una fuerza inimaginable.
Una ráfaga de luz azul, tan intensa que rasga el cielo nocturno, se dispara desde el corazón mismo de la instalación, creando un espectáculo único y aterrador.
Los prisioneros, y el resto del personar ahora liberados y observando desde una distancia segura, contemplan con horror cómo una gran cúpula del mismo color, pulsante y vibrante, rodea por completo la gigantesca estructura.
El escudo comienza a girar violentamente, generando un vórtice devastador.
En su interior, la orgullosa instalación se retuerce, rechina, cruje y se comprime sobre sí misma, como si fuera de arcilla blanda.
El metal se funde, el concreto se desintegra y todo se convierte en una masa informe y ardiente.
Finalmente, la bóveda azul se disipa, dejando tras de sí un cráter humeante: un enorme lago de magma al rojo vivo donde antes se erigía el edificio.
Nada queda, solo fuego y vapor ascendiendo hacia la oscuridad.
A lo lejos, Pentrix se aproxima, dejando atrás el resplandeciente lago de magma.
Camina con una calma aterradora hacia el grupo de personas liberadas y hacia el anciano.
Este último, aún en el suelo, completamente horrorizado y sollozando, no se atreve a levantar la mirada.
El chico de la camisa blanca y corbata, todavía con el halo Neuro-restrictor en su frente, tirado junto al anciano adormilado.
En ese instante, el dispositivo anulador que Pentrix tenía en su frente—el que debía controlarlo— se retuerce y cae al suelo hecho pedazos.
El anciano observa cómo su máximo logro tecnológico se destruye frente a él, la imagen de su derrota clavándose en su mente como una herida irreversible.
Pentrix se inclina ligeramente y, con una voz cargada de amenaza fría y definitiva, sentencia: —Puedes irte, anciano.
Pero el resto de tus cazadores y tu personal me pertenecen ahora.
Ellos pagarán por sus crímenes.
Hace una pausa, dejando que sus palabras se graben en la mente aterrorizada del anciano: —Acabaré con todos ustedes.
Pueden esconderse donde quieran… yo los encontraré.
El conductor ayuda al anciano a entrar en la limusina.
Completamente abatido, permanece en silencio mientras el vehículo se aleja lentamente del lugar, dejando atrás el humeante cráter.
En la pequeña televisión instalada en el interior, se transmite la noticia: “Algunos villanos sabotearon la presentación en una exposición de tecnología, poniendo en riesgo a los asistentes.
Ya han sido aprehendidos por las fuerzas policiacas.” Una manipulación de los hechos, una cortina de humo para ocultar la verdadera magnitud del desastre.
A lo lejos, Pentrix, confundiéndose entre las personas que llegan atraídas por el caos, observa cómo los elementos policiacos esposan al personal de la corporación, ahora tratados como los “villanos” del incidente, junto con los verdaderos atacantes de la exposición.
La justicia, a su manera, ha encontrado su camino.
El chico de la camisa y corbata, ya sin el dispositivo anulador, finalmente se levanta aturdido, preguntándose: ¿qué ocurrió y por qué estoy vestido con esta ropa extraña, que me paso?
Su confusión es total, ajena a los eventos que lo rodearon.
Pentrix, con una mirada de satisfacción y determinación, se aleja de la escena, su misión cumplida.
En su mano sostiene con triunfo el artefacto anulador tecnológico.
✦ Fin de capítulo ✦
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