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PENTRIX "El camino del villano" - Capítulo 23

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23: Capítulo 22.

La mirada 23: Capítulo 22.

La mirada En un edificio propiedad de la corporación, varios asistentes y doctores avanzan con rapidez, empujando a Andreas Benedictus I en una silla de ruedas por un pasillo aséptico.

El rostro del anciano permanece expuesto: su mirada se pierde en un punto distante, extraviada, mientras repite en un murmullo constante: —No es humano…

no es humano.

El doctor que encabeza la unidad, con urgencia en la voz, ordena: —¡Vamos!

Despejen la entrada, no estorben.

Finalmente, ingresan en un consultorio interno de la corporación, donde el veterano es rodeado de inmediato por más personal médico que comienza a revisarlo con premura.

Colocan aparatos de medición clínica, mientras el doctor extrae una pequeña linterna y examina sus ojos.

El anciano insiste, ahora con un tono más desesperado: —No es humano…

no es humano.

El médico, consciente del profundo estado de shock en el que se encuentra, le pregunta: —Señor, ¿me escucha?

¿Señor, me oye?

La única respuesta es el balbuceo repetitivo: —No es humano…

no es humano…

Ahora, de sus ojos comienzan a brotar lágrimas, surcando las arrugas de su rostro.

Más personal llega con paso apresurado, rodeando a una mujer mayor cuya postura autoritaria revela que es otro miembro de los Doce: Ioahnnes Benedictus III.

Mientras atraviesa el mismo pasillo y alcanza el lugar donde atienden al hombre traumatizado, pregunta con una urgencia contenida al personal que acompaña a Andreas: —¿Está bien?

¿Está herido?

—No, señora —responde uno de los acompañantes, con la voz apenas audible—.

Parece que está bien físicamente, pero su estado mental es… preocupante.

Está en un profundo shock.

La sala donde el anciano permanece rodeado se llena de tensión.

Los doctores, con un respeto casi reverencial, se apartan para dejar pasar a la mujer.

Ella se acerca y observa la mirada perdida de su compañero, sus ojos vidriosos y distantes.

Lentamente, solo alcanza a escuchar el murmullo repetitivo, cargado de un terror incomprensible: —No es humano…

no es humano.

La mujer no puede creer lo que ve.

Andreas Benedictus I, líder innato de la Ordo Benedictorum, el mejor estratega, la mente maestra fría y calculadora detrás de innumerables operaciones, ahora reducido a este estado de shock y balbuceos.

Una pregunta silenciosa, helada y aterradora se forma en su mente: ¿Qué clase de ente pudo haber hecho esto?

La mujer se hinca, poniéndose frente al anciano.

Sus ojos se cruzan con la mirada perdida y en shock de su compañero, mientras el resto del personal observa en silencio.

—Dime qué pasó —pregunta con voz grave, intentando atravesar la barrera de su trauma.

Pero el anciano solo responde con el mismo murmullo vacío: —No es humano…

La mujer, con la paciencia agotándose y la urgencia creciendo, lo toma por los hombros y lo sacude ligeramente: —¡Dime qué pasó!

—insiste, su voz ahora más fuerte.

La respuesta es idéntica, un eco atrapado en el bucle del horror: —No es humano.

Desesperada por obtener respuestas, la mujer lo sacude con más fuerza, su grito resonando en la sala: —¡DIME QUÉ PASÓ!

Andreas reacciona al grito; sus ojos, antes vacíos, se cruzan con los de la mujer.

Un silencio tenso se apodera de la sala.

Todos observan horrorizados el momento.

—No es humano…

no es un Evo —responde el anciano, su voz ahora un murmullo escalofriante—.

El terror emergió de “Él”…

devoró todo a su alrededor…

el resplandor azul…

cielo…

infierno…

Pude ver el fondo de su mirada…

no hay ira…

no hay serenidad…

no hay bondad…

ni maldad…

humanidad…

inhumanidad…

luz…

oscuridad.

Continúa balbuceando, su mente fragmentada por la experiencia: —Vacío…

todo…

hombre o dios…

monstruo o salvador…

todo ahí dentro…

Ioahnnes, viendo el estado de su compañero, interrumpe y se dirige al doctor: —¿Le ha puesto algún medicamento?

—Señora, no hemos administrado nada en lo absoluto —responde el doctor, con la voz temblorosa.

El anciano prosigue, sus palabras cada vez más incoherentes, como un oráculo roto: —Nada es comprensible…

materia…

tiempo…

vida…

muerte…

vacío…

energía…

contradicción…

Con los ojos fijos en un punto invisible, continúa hablando; sus palabras se entrelazan con el eco de la destrucción: —Su mirada, mi mirada, me hizo ver cómo arrasaba todo en apenas unos segundos…

ángeles, demonios, deidades…

creación…

final…

Su mensaje: “Acabaré con todos ustedes, no importa dónde se oculten.

Pagarán por el mal que han hecho a la humanidad.” Y prosigue balbuceando, su voz apenas un hilo: —Odio…

amor…

felicidad…

decepción…

castigo…

perdón…

orden…

caos…

viejo ciclo…

nuevo ciclo…

Finalmente, su voz se extingue en un último y desgarrador susurro: —¡NO ES HUMANO!

La mujer se levanta lentamente, su mirada fija en el anciano que sigue balbuceando: —No es humano.

Voltea hacia el doctor con una orden clara y concisa: —Medíquelo ahora.

El doctor responde de inmediato: —Sí, señora, de inmediato.

Se apresura a cumplir la orden, mientras la mujer abandona la sala.

De fondo, el eco perturbador persiste: —No es humano…

no es humano…

La mujer se dirige a una oficina adyacente.

Con un gesto firme, abre las cortinas de un gran ventanal para dejar pasar un poco de sol, buscando un respiro en medio de la oscuridad.

Se acerca a su escritorio y enciende su computadora portátil: en la pantalla aparecen los otros miembros de la Ordo, sus rostros tensos por la espera.

—“Él” lo destruyó —informa con urgencia Ioahnnes, su voz grave y sin un atisbo de emoción—.

Está completamente en shock.

Nuestro líder está medicado y será trasladado para su tratamiento.

Una de las voces en el ordenador, cargada de inquietud, pregunta: —¿Es el mismo mensaje que “Él” ha dejado en otras ocasiones?

La mujer responde con una confirmación que congela el aire: —Sí, es el mismo.

Solo se escucha el murmullo de los demás miembros, un murmullo que se disipa lentamente.

Las voces se apagan y, finalmente, otra pregunta emerge: —¿Qué haremos?

¿Cómo enfrentaremos esto?

Ioahnnes no contesta.

Cierra la tapa del ordenador, su mente agotada.

El silencio que la rodea resulta más elocuente que cualquier palabra.

Mientras busca una respuesta a la pregunta que resuena en la oficina, su mente regresa a las palabras incoherentes del anciano.

Un murmullo incesante se forma en su cabeza: Nuevo ciclo…

viejo ciclo…

vacío…

materia…

tiempo…

energía…

vida…

muerte…

contradicción…

Con un gesto de determinación, abre la tapa de su ordenador.

Las yemas de sus dedos teclean las palabras exactas que el anciano había balbuceado, en una búsqueda desesperada por comprender el sinsentido.

Mientras espera, pensativa, aparece en la pantalla una página de un archivo histórico que hace referencia a las antiguas culturas mesoamericanas.

Se levanta del escritorio y, con una voz cansada, ordena a su ordenador: —Leer documento.

Una voz artificial, sin emociones, comienza a leer la página.

Es una voz familiar para la mujer: —“Las antiguas culturas mesoamericanas no creían en una sola deidad como en la actualidad.

Su creencia radicaba en siete.

Cada Dios aportó algo de su esencia para crear el universo que conocemos: vacío, materia, energía, tiempo, contradicción, vida y muerte.

Esta antigua leyenda habla del inicio y del final de los ciclos…” —¡Alto!

—interrumpe la mujer, su voz resonando con un eco de fatiga.

Todo lo que está ocurriendo la ha agotado.

Se vuelve hacia la ventana, donde los rayos del sol de la tarde se reflejan en el agua del lago, creando un brillo cegador que ilumina su rostro preocupado.

El doctor toca la puerta de la oficina con una discreción que apenas es un murmullo.

La mujer, aún de pie junto a la ventana, hace un gesto con la mano para que entre.

—Señora, el paciente está sedado y descansando —informa el doctor con voz profesional y calmada—.

Ya se están haciendo los preparativos para su traslado.

¿Hay algo más que pueda requerir?

—No, es todo —responde Ioahnnes, su mirada fija en el sol que se refleja en el lago.

El doctor se da la vuelta para marcharse, pero antes de hacerlo, la mujer lo detiene: —¿Doctor?

—Sí, señora —responde él, girándose.

Ioahnnes, con una voz que revela una profunda búsqueda, pregunta: —¿Cree usted en Dioses?

El doctor, sorprendido, duda por un momento antes de responder, esforzándose por mantener la compostura: —Señora, soy un doctor.

Yo…

yo creo en la ciencia y la medicina.

—Pero si creyera que los Dioses existen, ¿cómo cree que serían?

—insiste la mujer, su pregunta ahora más filosófica que literal.

El doctor, pensativo, responde: —Lejanos…

inalcanzables…

imponentes en el cielo.

—Gracias, doctor —dice la mujer, cerrando la conversación.

El médico asiente y abandona la oficina, dejándola sola con sus pensamientos.

Mientras la mujer permanece pensativa, observa el reflejo del sol sobre el agua.

La escena se desvanece, dejando su incertidumbre flotando en el aire.

Lejos de allí, en la base del Frente Unido, Víctor espera en el lobby con la mirada fija en la pantalla de su computadora portátil.

Lee la noticia difundida sobre el ataque a la exposición: villanos y miembros de la corporación han sido capturados, una cortina de humo mediática para ocultar lo que realmente sucedió.

Él, sin embargo, conoce la verdad.

De repente, el teléfono sobre la mesa comienza a vibrar.

Es un mensaje de BODY (Pretzelman): “Golpe devastador.” En ese instante, un auto se detiene frente a la puerta principal.

El chofer desciende y abre la puerta.

Surge la imponente figura de Pentrix, que avanza directamente hacia donde lo espera Víctor.

Víctor se levanta, la preocupación marcada en su rostro: —¿Tuviste algún problema?

—pregunta.

Pentrix lo mira fijamente: —No, todo salió bien —responde, y de una mochila extrae el dispositivo intacto que el chico de la exposición llevaba en su frente.

Se lo entrega a Víctor.

De pronto, una voz alegre interrumpe: —¡Pempi!

¡Te he estado esperando!

—exclama Anya.

Víctor, tomando el artefacto tecnológico, su laptop y guardando su Smartphone en el bolsillo, se retira sonriendo, dejando al par de jóvenes en su momento.

Anya lo abraza, mirando directamente a los ojos de Pentrix, buscando algo en su profundidad.

Él le sonríe cálidamente, como siempre, y dice: —¿Vamos a comer algo?

Ella lo toma del brazo y juntos se pierden en el lobby, mezclándose entre la multitud que entra y sale del lujoso edificio del Frente Unido.

✦ Fin de capítulo ✦

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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