PENTRIX "El camino del villano" - Capítulo 3
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3: Capítulo 2.
Padre e Hija 3: Capítulo 2.
Padre e Hija Esta gran perla azulada es nuestro hogar.
Gira lenta y serena sobre su eje, en la inmensidad del cosmos, ignorando por completo al tiempo.
El astro rey la envuelve con su luz, las estrellas engalanan sus cielos y su luna, en su eterna danza, la contempla orgullosa desde la distancia: el único planeta del sistema solar capaz de albergar vida compleja.
Desde sus profundos océanos hasta las regiones más inhóspitas, desérticas y frías, bajo su atmósfera y sus nubes, se extiende la superficie habitada por la humanidad a lo largo de las eras.
Antiguas culturas florecieron, se desvanecieron y otras lograron predominar; sin embargo, la civilización actual atraviesa una transformación acelerada.
La sociedad ha creado toda clase de mitos y especulaciones a lo largo del tiempo, quizá reales o falsas, nadie parece saberlo con certeza.
Lo que sí es un hecho es que una sola entidad ha encabezado esta metamorfosis, introduciendo nuevas tecnologías, avances médicos, métodos educativos innovadores y conocimientos inéditos que, en apariencia, benefician a la sociedad.
Esa fuerza —conocida simplemente como La Corporación— y aunque nadie lo sabe, está dirigida por la enigmática Ordo Benedictorum, “la Orden de los Bendecidos”, también llamada Los Doce.
Según las leyendas que los rodean, ellos controlan los pilares fundamentales del mundo: política, salud, comunicaciones, ciencia, economía, agricultura, seguridad, energía, tecnología, educación, religión y desarrollo.
Realidad o ficción, solo el tiempo lo decidirá.
Pero no sería la única evolución sorprendente que la humanidad haya visto emerger.
La variable más disruptiva llegó cuando aparecieron ellos: los individuos con habilidades casi divinas.
Durante años fueron apenas un susurro, una historia para asustar o maravillar a los niños, un secreto enterrado en laboratorios, trincheras o archivos olvidados.
Y, aun así, terminaron por revelarse ante el mundo.
Científicos, especialistas y medios de comunicación crearon sus propias teorías.
Algunos culpan a las guerras que marcaron generaciones; otros aseguran que es “la evolución intentando abrirse paso”.
Hay quienes responsabilizan a los contaminantes vertidos sin reparo, y también están los más temerarios: aquellos que susurran teorías sobre experimentos prohibidos… secretos que jamás debieron ver la luz.
Sea cual sea su origen, hoy existen dos tipos de estos seres.
Los Neoevos, los llamados “Nuevos Evolucionados” —una suerte de equivalentes a los superhumanos de otros mundos, aunque forjados bajo reglas muy distintas— aparecieron primero como rumores en laboratorios y pasillos estériles.
No nacieron con sus dones: los obtuvieron mediante métodos artificiales, científicos o tecnológicos.
Suelen tener cuerpos casi esculpidos, de músculos firmes y miradas tensas.
Pero cada poder acarrea un costo.
Sus cuerpos jamás estuvieron destinados a contener lo que ahora circula por sus venas.
Muchos cargan enfermedades que avanzan en silencio: cánceres, tumores, fallas que se vuelven visibles para cualquiera que ose mirar de cerca.
Su grandeza, paradójicamente, es también su condena.
Los Evos, “los Evolucionados” —comparables a los mutantes o metahumanos de universos lejanos, aunque moldeados por un origen mucho más primario— parecen la respuesta natural del mundo a un futuro incierto.
Nacen con ese poder o lo despiertan con el tiempo.
Son más fuertes, más resistentes, más preparados que cualquier humano común.
Y aunque su biología les da más estabilidad, incluso ellos conocen el límite.
Ese poder primordial que los define también puede quebrarlos.
Usarlo en exceso los consume, los drena… y, a veces, los mata.
Pese al miedo y la desconfianza, muchos de estos Neoevos y Evos son, en su mayoría, personas comunes que trabajan, aman, anhelan y buscan un futuro honesto para ellos o sus familias.
Otros, en cambio, han adoptado un papel más visible: la necesidad —y en ocasiones la propia sociedad— los ha empujado a convertirse en “héroes”… y, lamentablemente, a algunos en “villanos”.
Mientras tanto, en distintos rincones del mundo, emigrantes abandonan sus países o poblados en busca de una vida mejor.
Algunos huyen de conflictos y persecuciones; otros simplemente ansían un lugar donde pertenecer.
En medio de este mundo fracturado, entre los que huyen y los que luchan por esconderse, está la historia de Víctor Kurikov.
Llegó con la esperanza de encontrar una oportunidad real de crecimiento y, en cierta medida, lo consiguió.
Sin embargo, como tantos emigrantes, jamás alcanzó una estabilidad verdadera.
Pasó de un trabajo a otro, persiguiendo ese “paraíso” prometido que siempre parecía alejarse justo cuando creía tenerlo al alcance.
Aun así, Víctor poseía algo que pocos podían reclamar: también era un Evo, y su poder era la manipulación eléctrica.
Gracias a esta habilidad, fue reclutado por las fuerzas armadas, específicamente por el Ejército Privado de La Corporación.
Durante su servicio participó en misiones dentro y fuera del país, e incluso en territorios extranjeros.
Fue testigo directo del ascenso de la Organización, observando cómo se extendía hasta convertirse en el conglomerado dominante y poderoso que es en la actualidad.
Mientras Víctor prestaba servicio en el Ejército Privado de La Corporación, conoció a dos compañeros que marcarían su vida para siempre.
A uno lo llamaban Soul, al otro Body, y junto a ellos Víctor recibió el nombre clave de Mind.
Los tres formaban un equipo imparable, una unidad tan sincronizada en combate como en estrategia.
Más que camaradas… eran hermanos forjados en la guerra.
Pero el mayor triunfo de Víctor no lo obtuvo en los campos de batalla, sino en el mundo civil.
Allí conoció a la mujer de sus sueños.
Se enamoró con una intensidad que jamás creyó posible y, por primera vez, vislumbró lo que significaba construir un hogar.
Para él, aquello valía más que cualquier medalla, ascenso o reconocimiento militar.
Consciente del riesgo que implicaba seguir en servicio activo, tomó la decisión más difícil de su vida: abandonar el ejército privado para entregarse por completo a la familia que apenas comenzaba a formar.
Poco después, la felicidad del matrimonio creció con la llegada de una niña: Anya Kurikova.
Para Víctor, ella lo era todo.
Seis años después.
Anya aparece en la recámara.
—¡Mira, papá!
—exclama con una risa infantil—.
¡También puedo hacer magia como tú!
De sus pequeñas manos brotan chispas y destellos eléctricos que iluminan el cuarto.
—A mamá le va a gustar —añade, orgullosa.
Víctor permanece inmóvil, con los ojos muy abiertos, contemplando a su hija mientras la energía danza en el aire.
Más tarde, la discusión estalla entre él y su esposa.
—Cariño, por favor… no puedes tomar una decisión tan drástica —suplicó Víctor, tratando de alcanzarla con la mirada.
—¿Y cómo se supone que deba reaccionar?
Mi familia… son… son… —su voz tiembla.
—¿Monstruos?
—pregunta él, con un nudo en la garganta.
Ella baja la mirada.
Guarda silencio.
Finalmente murmura: —“Evos”… Víctor, ¿por qué no me lo dijiste?
—Cariño, por favor.
He intentado ser una persona normal, por ti… y por nuestra hija —responde él, con desesperación contenida.
—No quiero ser señalada, ni juzgada.
No podría vivir así —dice ella mientras toma una maleta y se dirige a la puerta.
Víctor la sigue, intenta detenerla con una mano en el hombro, pero ella se aparta.
Afuera la espera un taxi.
La puerta se cierra, el motor enciende y el vehículo se aleja lentamente.
Víctor se queda mirando cómo el vehículo desaparece calle abajo.
Detrás de él, una voz pequeña rompe el silencio: —Papá… ¿somos monstruos?
¿Por eso mamá tiene miedo?
Víctor se vuelve de inmediato, se inclina y la abraza fuerte, cargándola contra su pecho.
Mientras disimula una lágrima en su mejilla, responde: —No, mi amor.
Todos tenemos un monstruo dentro… tú, yo… todos.
Pero nosotros sabemos mantenerlo lejos del corazón.
Hace una pausa, respirando hondo.
Luego, con una firmeza que nace del dolor: —Sé cómo infiltrarme en una instalación.
Sé manejar equipo táctico.
Pero por ti… me convertiré en el mejor padre del mundo, Anya.
No te dejaré.
Pase lo que pase… ¿Entiendes?
Yo siempre voy a estar aquí.
Víctor y su hija viajaban en una camioneta familiar, cargando apenas unas cuantas pertenencias.
Avanzaban con lentitud entre el tráfico denso de la ciudad.
Víctor sonreía al observar a la niña por el retrovisor.
—Anya, te va a gustar nuestro nuevo hogar —le decía—.
Es un edificio alto, irás a la escuela y tendrás amigos.
La pequeña, bien sujeta con el cinturón, respondió con entusiasmo: —Sí, papá.
Ya quiero conocer nuestra nueva casa.
Decidió hacer una parada en una tienda para comprar alimentos.
Al salir, junto a otro cliente que cargaba una bolsa de papel llena, aparecieron unos niños, un poco mayores que Anya.
Uno de ellos chasqueó los dedos frente al rostro del hombre, generando un destello que lo dejó cegado y desconcertado.
Otro aprovechó para arrebatarle la bolsa y salir corriendo.
Víctor los vio perderse entre las calles, pero no intervino.
Simplemente regresó a la camioneta y siguió su camino.
Anya, que había visto todo desde el asiento trasero, preguntó: —Papá, ¿por qué esos niños le robaron las cosas al señor?
—Solo tienen hambre —respondió él, con serenidad.
Un par de calles más adelante, Víctor volvió a verlos: los mismos niños, ahora desesperados intentando abrir una lata.
Detuvo el auto y los observó.
Eran cuatro, sucios, con ropa rota y algunos descalzos.
Bajó de la camioneta con un abrelatas y unas bebidas que acababa de comprar.
Los pequeños retrocedieron, desconfiados, al verlo acercarse.
—No teman —dijo Víctor con una sonrisa tranquila—.
No voy a hacerles daño.
Les ofreció el abrelatas y las bebidas.
Los niños, después de dudar un momento, aceptaron.
—¿Por qué viven en la calle?
—preguntó.
Uno de ellos respondió en voz baja: —Vivíamos en un orfanato para niños evos… pero escapamos porque nos maltrataban.
Víctor bajó la mirada, sin palabras.
Luego volvió a ver a su hija, que lo observaba desde la camioneta.
Aunque no tenía grandes recursos, Víctor contactó a viejos compañeros del ejército privado y logró convertir su nuevo hogar en un refugio.
Los primeros en llegar fueron aquellos niños.
Después, mujeres y adultos.
A todos les ofreció lo que el mundo les negaba: un poco de esperanza.
Y lo más importante: todo, fuera del alcance de la Corporación.
Pese a todo, había algo que no podía darles: la certidumbre del futuro.
La Corporación cazaba y capturaba evos.
Los rumores decían que experimentaban con ellos, los estudiaban para desarrollar nueva tecnología, armas o incluso nuevos medicamentos.
Víctor, junto a sus contactos militares, decidió enfrentar la amenaza.
Así nació el Frente Unido de Evos (F.U.E.).
Algunos evos lo eligieron como líder.
Y aunque la lucha contra la Corporación no era una guerra abierta, sí era una defensa constante de sus derechos.
La sociedad, y la misma Corporación, los señalaban como simples villanos.
Con el paso del tiempo, Anya se convirtió en una joven atractiva, impulsiva e insegura.
No por su apariencia, sino por la herida que dejó su madre al abandonarla.
Ahora veía el mismo patrón repetirse en su padre: en su rol de líder del refugio, él comenzaba a transmitirle esa misma impulsividad e inseguridad.
Quizá por esos motivos terminó cayendo en manos del escuadrón de cazadores-recolectores conocido como los Reapers.
Quizá el futuro ya estaba escrito.
O quizá aún estaba por decidirse.
✦ Fin de capítulo ✦
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