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PENTRIX "El camino del villano" - Capítulo 7

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7: Capítulo 6.

El Proyecto Inquisidor 7: Capítulo 6.

El Proyecto Inquisidor En la televisión, la imagen de un noticiero rompe la calma matinal.

Con tono solemne, el reportero anuncia una noticia que sacude al mundo: —En un acto de violencia sin precedentes, el héroe conocido como Mr.

Justice ha muerto.

Un hombre que sobrevivió a una antigua guerra, que salvó incontables vidas, un ser de voluntad inmensa y heroica, que inspiró a otros a convertirse en defensores… ahora ha caído.

El presentador prosigue: —“Un humano le disparó simplemente porque el héroe se negó a registrar sus habilidades en una base de datos” para Evos.

El homicida ya fue detenido y permanece recluido en una prisión de máxima seguridad.

El noticiero especula, sin confirmarlo, que este mismo gesto de resistencia podría estar vinculado con la destrucción de la base de datos ocurrida semanas atrás.

La pantalla se apaga, dejando un silencio denso en la comunidad.

La muerte de un héroe como Mr.

Justice, a manos de un simple humano, ha transformado el mundo para siempre.

En un silencioso pasillo de un edificio corporativo, la figura de PRETZELMAN avanza, impulsada por su secretaria.

El suave sonido de las ruedas resuena en los pisos de mármol.

Justo antes de una puerta de acero, el hombre anciano de cabello blanco lo intercepta.

—Hola, John, bienvenido.

Te estábamos esperando.

Los Doce ya estamos reunidos.

Al mismo tiempo que pronuncia la frase, el anciano le entrega una carpeta a la secretaria.

Pretzelman no puede tomarla debido a su condición, pero sus ojos se fijan en el título.

Escrito en mayúsculas y con una tipografía ominosa, se lee: “TOP SECRET: Proyecto INQUISIDOR”.

Los tres, con la carpeta en mano, se introducen en la sala.

La puerta se cierra detrás de ellos, dejando al pasillo en un silencio denso.

El mundo de La Corporación y el de Los 12 acaban de congregarse.

Las doce figuras se encuentran reunidas en la penumbra.

Una enorme pantalla ilumina la sala con una luz blanca y uniforme.

Los recién llegados se acomodan, mientras la secretaria se detiene junto a la silla de Pretzelman.

Una voz, sin un origen claro, resuena en la gran sala: —Caballeros, todos tienen una copia del archivo.

Damos inicio a nuestra reunión.

Gracias, Teniente John, por su presencia.

La pantalla, que hasta entonces había permanecido en blanco, cobra vida con una grabación.

En ella aparece una persona con signos visibles de tortura, sentada en una silla detrás de un espejo de doble vista.

La figura, demacrada y rota, alza la mirada y fija sus ojos en la cámara, sosteniendo la mirada en el lente que lo filma.

Su bata blanca revela que parece ser un doctor.

Su rostro sangra; moretones y cortes visibles marcan la violencia que ha sufrido.

En el video, una voz invisible confirma: —Doctor Charles Müller, experto en genética biológica, háblenos un poco del Proyecto.

El doctor, demacrado y con la mirada perdida, responde con voz apagada: —Respecto al pedido de la división de genética de la Corporación, se incubaron con éxito ocho de los ocho productos.

Productos entregados por la doctora Celestine.

La pantalla muestra brevemente una fotografía de la Doctora Celestine, una mujer de belleza impactante casi etérea.

Un murmullo recorre la sala de los Doce.

—¿Ella es la doctora?

Parece más una modelo —susurra uno de los miembros.

El Doctor Müller continúa, impasible: —Días después, uno de los productos, desafortunadamente, murió.

Sus restos fueron conservados para su posterior análisis.

La voz invisible vuelve a preguntar: —¿Qué pasó después con los productos sobrevivientes?

El doctor responde sin dudar: —Se desarrollaron como lo haría cualquier producto sometido a una atención constante, con la nutrición adecuada y los cuidados precisos; las tallas y los pesos resultaron proporcionales, mientras que sus sistemas inmunológicos se fortalecían día tras día, mostrando una evolución firme y controlada.

La voz dentro de la grabación se vuelve amenazante: —Continúe, doctor.

El doctor prosigue, su voz cargada de un miedo imposible de ocultar: —Los siete productos mostraban un estado de salud impecable.

En los estudios realizados notamos que eran inmunes a enfermedades, toxinas e incluso a la radiación.

Se perfilaban como la nueva esperanza de la humanidad, la respuesta largamente esperada, tan cercana y al alcance de nuestras manos.

Y lo más sorprendente: no había rastros de genética Evo en ellos.

Con el paso del tiempo, respondían de manera satisfactoria a todas nuestras directrices, consolidando la impresión de que estábamos frente a un logro sin precedentes.

Una pausa tensa llena la grabación.

El doctor duda.

La voz lo interrumpe con impaciencia: —¿Qué, doctor?

El doctor suspira y continúa.

La siguiente revelación recorre la sala de los Doce como un escalofrío: —Al cumplir el mes, se produjeron cambios radicales, una metamorfosis inesperada.

Los siete bebés comenzaron a manifestar habilidades extraordinarias, poderes que solo los Neoevos o Evos adultos y más poderosos podían dominar.

Sus cuerpos infantiles adquirieron un peso inusual, junto con una fuerza y resistencia que superaban cualquier expectativa.

Lo más inquietante: parecían poseer conciencia… y comunicarse entre ellos de una manera que desafiaba toda explicación.

La grabación se detiene.

El silencio es ensordecedor.

El doctor ha revelado la verdad sobre el proyecto… y sobre el origen de los poderes de Pentrix.

—¿Cómo fue eso posible, doctor?

—pregunta la voz.

El doctor responde, exhausto, con un tono quebrado: —Aún no lo sabemos.

Tal vez se trató de un fallo en la cadena de ADN, un detalle que pasamos por alto y que jamás estuvo contemplado.

Hasta ahora, nuestra ciencia no ha logrado ofrecer una explicación convincente, y cada intento de respuesta se convierte en una incógnita más profunda.

—¿Qué hicieron con los siete productos fallidos?

—pregunta la voz de nuevo.

—No creo que hayan sido fallidos —responde el doctor con firmeza—.

Los siete productos se rebelaron y destruyeron el complejo; incluso la seguridad fue aniquilada como si nunca hubiera existido.

Doctores, especialistas y genetistas perecieron en el incidente.

Años de investigación y datos se desvanecieron en cuestión de minutos.

Yo tuve la fortuna de escapar… aunque esa misma fortuna es la que me condena ahora.

En la sala, el silencio es absoluto.

La pantalla sigue mostrando al doctor moviéndose.

El doctor continúa: —Después de aquella brutal demostración de poder, los productos lograron escapar, dejando únicamente destrucción a su paso.

Perdimos su rastro y jamás volvimos a saber de ellos.

La voz pregunta: —¿Y la doctora Celestine?

El genetista toma un sorbo de agua antes de responder, con un temblor en la voz: —La Dra.

Celestine, la llamada “madre del Proyecto Inquisidor”… nunca más fue vista.

No existe información sobre ella, no aparece en ningún registro.

Es como si todo lo que conocíamos de su existencia hubiera sido borrado, como si jamás hubiera formado parte de nuestra realidad.

La voz, con una última pregunta, insiste: —Díganos, doctor, ¿por qué cree que no fueron un fallo?

El doctor se arma de valor y responde: —Cuando la doctora Celestine nos mostró por primera vez a los ocho especímenes, venían en una cápsula cristalina, suspendidos dentro de un líquido vital.

—No entiendo, doctor, ¿a qué se refiere con eso?

—pregunta la voz.

El hombre agacha la mirada y responde, su voz ahora apenas un susurro: —Toda la vida orgánica que conocemos —animal o humana— requiere de algo tan simple y esencial como “nacer”.

No existe tecnología presente ni futura capaz de crear vida orgánica dentro de un frasco.

La tecnología de la doctora Celestine es, sencillamente, imposible.

La grabación termina en ese instante con un estallido de ruido blanco, envolviendo la sala en un silencio escalofriante.

La pantalla se vuelve blanca otra vez.

La revelación trastoca todo lo que creían saber: los “productos” no fueron creados… fueron entregados.

Con más preguntas que respuestas, los miembros de la enigmática Ordo Benedictorum abandonan la sala por una puerta distinta.

La secretaria empuja la silla y lo deja por un momento.

Pretzelman queda solo, su silla de ruedas frente al gran ventanal.

El cielo azul, ahora cubierto por nubes errantes, se convierte en un espejo de su tormento interior.

Mientras las observa, un recuerdo doloroso lo invade.

Se ve a sí mismo, con el cuerpo intacto y el uniforme militar, un arma en la mano.

A su lado, varios soldados forcejean con Pentrix en un pueblo, intentando capturarlo.

De pronto, una mujer se interpone entre ellos, desesperada por protegerlo.

En un intento por apartarla, —el mismo teniente John que ahora recuerda— la empuja.

El arma en su mano se dispara accidentalmente.

La mujer cae al suelo, sus manos sobre el vientre, la sangre extendiéndose como una mancha implacable.

El grito de Pentrix se ahoga en el recuerdo, mientras un poder azul se desata violentamente en su mente.

Es un instante que se prolonga como una eternidad.

La tragedia, el horror y el pánico se condensan en ese momento.

El teniente John contempla con espanto, sintiendo el dolor desgarrador cuando sus manos y piernas comienzan a retorcerse bajo los poderes de Pentrix.

Y recuerda aquellas palabras, grabadas como un juramento: —No te mataré, pero sentirás mi dolor cada día que despiertes, que vivas, que respires.

A cada hora, a cada minuto… ese será tu castigo.

El recuerdo de la tragedia se rompe de golpe cuando la voz del anciano de cabello blanco lo saca de su trance.

—John, no te preocupes.

Resolveremos esto de alguna manera —dice, con un tono que intenta ser reconfortante—.

Agradecemos tu presencia.

Nuestros médicos están haciendo lo mejor por ti.

El anciano mira a su alrededor, como si se atreviera a pronunciar la verdad en voz alta: —Fue un error nuestro, el asunto de los Evos y Neoevos.

Un error querer remediarlo.

Pero gracias a ellos, los tratamientos médicos han avanzado, alcanzando un nuevo nivel de medicina.

Al final, eso te ayudará a ti.

Nos vemos, John.

El anciano se levanta y abandona la sala.

La secretaria de Pretzelman empuja la silla de su jefe hasta la salida.

Varios sujetos ayudan a subirlo a su vehículo.

Su fiel secretaria lo acompaña hasta un auto de lujo.

Una vez dentro, con el motor en marcha, la voz del hombre en silla de ruedas, dificultosa y silbante, se escucha en el interior: —¡Tómalo!

Su secretaria extrae un dispositivo de grabación oculto en su silla.

—Capitán, ¿qué pasará con esto?

—Huye —responde el hombre deformado, con una voz que, pese a su condición, suena firme—.

No dejes que te atrapen.

Y mándalo a la dirección que te di.

El auto se pierde en el horizonte, cargando consigo un secreto que podría cambiarlo todo.

✦ Fin de capítulo ✦

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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