PENTRIX "El camino del villano" - Capítulo 8
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8: Capítulo 7.
Día de compras 8: Capítulo 7.
Día de compras En un campo de entrenamiento improvisado, junto a un viejo barracón militar —la base de los héroes Xtream—, Elektrobyte se erige frente a un conjunto de objetos apilados: troncos, latas, llantas y bombillos, alineados como blancos de guerra.
Su mirada, fija y penetrante, recorre cada objetivo con cálculo meticuloso, midiendo tiempos y distancias como si trazara un mapa invisible en el aire.
Con una coreografía feroz y precisa, inicia el ataque.
La energía eléctrica se condensa en sus puños con furia: zumbidos que vibran como enjambres, chispazos que desgarran la penumbra, ráfagas que iluminan el entorno con destellos casi sobrenaturales.
Uno tras otro, los blancos sucumben sin resistencia: arden, se fragmentan, se desintegran en un espectáculo de luz y destrucción.
Con agilidad sorprendente, corre hacia el último objetivo.
Su puño lo atraviesa con un golpe seco y definitivo.
Permanece inmóvil, en una pose heroica, como estatua viviente.
Su respiración es agitada, la piel perlada de sudor, la mirada intensa y desafiante.
El blanco, tras un instante de silencio expectante, estalla y se consume en un destello cegador que tiñe el aire de un resplandor efímero.
Junto al barracón, Rook, Kage y Réflex observan en silencio, aguardando su turno para el entrenamiento diario.
La intensidad de Elektrobyte los deja completamente impresionados.
Kage, la joven ninja, rompe el silencio con un susurro cargado de inquietud: —¿Qué le ocurre a nuestra querida jefa?
Los tres, que la conocen bien, perciben que algo la incómoda por la fiereza con la que entrena.
Rook responde, encogiéndose de hombros: —No lo sé… lleva así desde hace un par de semanas.
Réflex, con una expresión pensativa, añade: —Quizá sea por el incidente en el centro de datos.
Creo que aún sigue molesta por eso.
(Capitulo 3).
Kage, intentando suavizar el ambiente, se gira hacia sus compañeros con una sonrisa traviesa y comenta en tono de broma: —O quizá solo está en su “día D”.
Rook arquea una ceja, intrigado: —¿Día D?
Kage sonríe con ironía: —Día difícil.
Los tres se miran y sueltan unas risas discretas, como un alivio momentáneo.
Pero en ese instante, ven a Elektrobyte acercarse al grupo.
La risa se corta de inmediato y el silencio se impone.
Ella avanza con paso firme, vestida con un conjunto deportivo ajustado que resalta su físico atlético, músculos definidos y una mirada intensa que parece atravesar el aire.
Su presencia impone respeto, como si la energía que aún chisporrotea en su piel electrificara el ambiente.
La chica ninja, todavía con esa picardía en el rostro y sin poder resistirse, lanza un comentario juguetón respecto a su físico: —Jefa, quizá debería comer menos proteínas.
Pese a la broma, Elektrobyte los ignora por completo, perdida en sus pensamientos, y se adentra en el humilde barracón.
La ninja, al notar el mal humor de su líder, susurra al resto del equipo con tono cómplice: —¿Lo ven?
¡Sí está en su día D!
Mientras Elektrobyte se seca el sudor con una toalla, el veterano Coronel Soul —fundador del equipo— entra con una sonrisa dibujada en el rostro.
Su voz resuena con energía: —Chicos, buenas noticias.
Finalmente llegaron los recursos.
¡Hora de ir al supermercado!
El anuncio provoca un estallido de júbilo entre los presentes.
Todos festejan, menos Elektrobyte, que permanece indiferente, inquieta, atrapada en su propio malestar.
Soul, sin perder el entusiasmo, entrega un montón de cupones a Rook.
—Tú y Lía —dice, usando el nombre real de Elektrobyte— serán los encargados.
El resto, sigan entrenando.
Lía refunfuña, hace un gesto de fastidio; su mal humor es evidente, casi palpable.
—Coronel, mande a Kage en mi lugar.
El veterano responde con una sonrisa irónica y mirando hacia la ventana: —Por la gran cantidad de escombros humeantes en nuestro patio de entrenamiento, diría que es suficiente por hoy.
Vamos Lía, necesitas un gran respiro.
Sin otra opción, la líder acepta.
Un poco más tarde, Rook y Elektrobyte se dirigen a una misión que parece sencilla.
Dentro de la vieja camioneta, Rook conduce en silencio.
El aire de la cabina es tan denso como el incómodo silencio entre ambos.
Él la observa de reojo, hasta que finalmente se atreve a romperlo: —Lía, ¿es por lo del chico de aquella vez en el centro comercial?
(capitulo 4).
Ella, con los brazos cruzados y el rostro aún endurecido por la ira, hace un gesto evasivo con la mano.
Finalmente responde con un tibio: —No, Rook.
—Vamos, nos conocemos desde hace años.
Quizá quieras contárselo al viejo y simpático Rook —dice con una sonrisa, aunque en realidad tienen la misma edad.
Lía suspira, cede, y deja escapar la pregunta que la ha atormentado por semanas: —¿Cuántos años llevamos siendo héroes, derrotando villanos, mientras aparecen más y más héroes?
¿No te has preguntado si realmente estamos haciendo el bien?
Rook, consciente de que la duda de Lía está directamente ligada a lo que Pentrix les dijo en el centro comercial (Capítulo 4), se siente incapaz de abordar dilemas tan profundos.
Con afecto y sencillez responde: —Vamos, Lía.
¡Por favor!
Hacemos lo mejor que está en nuestras manos.
Somos héroes, y ayudamos lo mejor que podemos.
Luego, con una sonrisa que intenta aligerar el ambiente, añade: —Además, te haré un buen estofado.
Olvidarás hasta tu famoso “día D”.
Lía lo mira con una mezcla de diversión y exasperación en los ojos, y le da un golpe juguetón en el brazo.
Por primera vez en días, una pequeña sonrisa se dibuja en su rostro.
La camioneta se pierde en el camino, rumbo a la tienda de comestibles, mientras el horizonte parece abrirse ante ellos como una pausa en medio de sus batallas.
En la tienda de víveres, Rook, con la sonrisa más grande que su rostro le permite, corre como un niño, empujando su carrito con entusiasmo de un lado a otro.
Agarra cada caja, cada producto, y los amontona sin orden junto a sus demás compras, como si estuviera en un juego.
Detrás de él, Lía cuenta los cupones con precisión, calculando costos y ajustando cada gasto.
Su gesto refleja disciplina y practicidad, un contraste absoluto con la euforia despreocupada de Rook.
Tras un rato y varios carritos llenos, salen de la tienda y se dirigen al estacionamiento, donde su vieja y fiel pickup los espera.
Cargan las provisiones en la parte trasera, listos para partir.
De pronto, un sonido ensordecedor sacude el ambiente.
Los cristales de la tienda vibran y el eco los detiene en seco.
Bajan apresuradamente y, a unas calles de distancia, una explosión tiñe el cielo de un naranja brillante, seguido de un espeso humo negro que se eleva como una herida abierta en la ciudad.
Sin dudarlo, los héroes se dirigen al lugar.
Un incendio ha hecho estallar la tubería de gas de un edificio de apartamentos.
La escena es dantesca: llamas que devoran las paredes, gritos que se mezclan con el rugido del fuego.
Lía se vuelve hacia Rook con tono de mando: —Encárgate de las personas que tengan una salida segura.
Rook asiente con firmeza: —De inmediato, Lía.
Corre hacia la pared del edificio y, con un golpe de su poderoso puño, abre un agujero en el costado.
El concreto se quiebra y se convierte en un camino de escape.
Rook guía a las personas con voz fuerte y clara: —¡Salgan por acá y aléjense lo más que puedan!
Uno tras otro, los habitantes comienzan a salir apresuradamente.
Algunos tosen, otros cargan niños en brazos, y varios ayudan a los ancianos a avanzar.
El caos se transforma en un flujo de supervivencia, mientras el humo y las llamas siguen creciendo.
Mientras tanto, Lía corre a toda velocidad hacia la azotea.
Allí encuentra el tanque de agua que surte al edificio; su mirada se fija en la única oportunidad de contener las llamas.
El humo se arremolina alrededor, el calor es sofocante, el oxígeno se consume y cada respiración se vuelve un esfuerzo.
El rugido del fuego amenaza con devorarlo todo.
Lo que parecía una misión sencilla se transforma en una prueba de vida o muerte.
Sin embargo, la evacuación ha sido exitosa: la gente ya está a salvo.
De pie en la azotea, Lía se concentra, buscando el ángulo perfecto para dirigir el agua.
Abajo, un presuroso Rook se abre paso entre las llamas.
Encuentra la tubería de gas y, con sus propias manos, aplasta los tubos, cerrando el flujo.
—¡Ahora, Lía!
—grita desde abajo.
Ella cierra los ojos, respira profundamente y concentra su poder.
Un relámpago de energía estalla desde sus manos y perfora el tanque.
El impacto abre un boquete, liberando una avalancha de agua que desciende por los pisos como un torrente implacable.
Las llamas se apagan en cuestión de segundos, sofocadas por la fuerza del caudal.
El humo blanco se eleva, señal de que el fuego ha sido vencido.
Finalmente, los bomberos llegan al lugar, pero el trabajo ya está hecho: los héroes han salvado el edificio y a su gente.
Lía y Rook salen del edificio juntos, alejándose unos metros de la escena para permitir al personal de rescate trabajar.
Desde la distancia, observan a las personas que acaban de salvar.
Aunque no hay heridos, las familias muestran en sus rostros una mezcla de tristeza e incertidumbre: sus hogares han quedado reducidos a cenizas.
Algunos lloran desconsolados, otros se abrazan buscando consuelo en medio del desastre.
Varios permanecen inmóviles, mirando lo que queda de sus viviendas, preguntándose a dónde irán ahora.
El silencio que envuelve a los héroes es distinto al del fuego extinguido: es un silencio cargado de humanidad, de preguntas sin respuesta.
Lía aprieta los labios, consciente de que salvar vidas no siempre significa salvar esperanzas.
Rook, con el ceño fruncido, observa a los niños que se aferran a sus padres, y por primera vez su sonrisa habitual se desvanece.
La misión ha sido cumplida, pero la escena les recuerda que ser héroes no basta para borrar el dolor de quienes pierden todo.
Rook mira a Lía con seriedad.
—Hablabas de esto, ¿cierto?
Lía devuelve la mirada, pero no responde.
Su expresión refleja cansancio y derrota.
—Vámonos —susurra con voz apagada—.
Ya no hay nada que podamos hacer.
El silencio entre ambos se convierte en un eco de la tragedia: salvar vidas no siempre significa salvar esperanzas.
Horas después, en el viejo barracón, todo el equipo se reúne alrededor de la mesa.
El aroma de un estofado casero llena el aire, impregnando el ambiente con una calidez que contrasta con la dureza del día.
Rook aparece orgulloso de su obra, con guantes de cocina y un delantal, cargando una olla humeante de la que emana un delicioso olor.
Réflex inhala profundamente, con una sonrisa satisfecha.
—Mmm, eso huele muy bien, Rook.
Mucho mejor que las asquerosas raciones MRE del coronel.
El veterano, sentado en una esquina, responde con falsa indignación: —¡Heeeyyy!
Las risas se mezclan con el sonido de los platos al servirse.
El grupo comparte el momento, dejando atrás por un instante la tensión del día.
Lía come en silencio, observando a sus compañeros charlar animadamente, como si la normalidad pudiera reconstruirse en torno a una mesa.
De repente, Kage, con una sonrisa traviesa, le roba un trozo de carne del plato.
—Jefa, las proteínas son malas si quiere impresionar al chico lindo —dice, en clara referencia a Pentrix.
Pero en lugar de una respuesta verbal, Kage recibe un trozo de pan directo a la cara, lanzado con precisión sorprendente por Lía.
Por primera vez en días, una leve sonrisa se dibuja en su rostro.
El grupo estalla en carcajadas, y en ese instante, la pesadumbre se disuelve, reemplazada por la complicidad y la fuerza de la unión.
✦ Fin de capítulo ✦
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