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Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 26

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Capítulo 26: XXVI

—Y tú ¿qué quieres hacer? —me preguntó Katya mientras checaba aburrida su teléfono. En ese momento estábamos desayunando en algún centro comercial y traíamos un chingo de bolsas con ropa que ella se había comprado.

De repente, ella me agarró el hombro y me empezó a jalar.

—Sí es cierto. Aquí está el Big Flags. Vamos.

—Y eso ¿qué es? —le pregunté.

—Ay, no te hagas. Es el parque con un montón de montañas rusas.

—Ah… Yo nunca me he subido a esas.

Ella me dejó de jalar el hombro y se me quedó viendo sorprendida.

—¿Qué querías? Era pobre —le dije, y ella se paró y me jaló del brazo.

—Vamos —me dijo—. Tenemos que ir ahorita para que no haya tanta gente.

—Bueno, pero llévate tus cosas. Yo no te voy a cargar nada —le dije, y justo en ese momento la hija de la chingada de soltó.

—Deja busco un taxi que nos lleve — la culera fingió que no me oyó y se fue y me dejó con todas esas pinches bolsas que llenaban las sillas y casi toda la mesa en la que estábamos. No era la primera vez que me hacía eso, la hija de la chingada, y no iba a ser la primera vez que me valía verga y dejaba sus cosas ahí. Pero ella siempre se emputaba conmigo y se regresaba por sus bolsas. Casi nunca seguían ahí, y por más que le preguntábamos a la gente, nadie había visto nada, y mucho menos los guardias de seguridad, que al parecer su única chamba era vigilar que yo no me robara nada.

Una desventaja más de ser moreno.

El caso es que ella se hacía la ofendida y me dejaba de hablar por varios días.

Pinche cínica.

Pero bueno, en ese momento pensé que sería mejor pasar el día en el Big Flags que aburridos en el hotel porque ella ya no quiere hacer nada, así que agarré las bolsas y me fui también.

—¿Ves? No es tan difícil —me dijo la pinche cínica cuando me vio salir con sus bolsas. Ella ya había parado a un taxi, que subió las bolsas a la cajuela—. Ya nomás me debes lo de las cosas que perdiste.

—Pinche cínica. Yo no te perdí nada. Tú siempre dejabas las cosas ahí.

—No, yo te dejaba a ti con mis cosas, y tú las dejabas ahí. Tú me las debes.

—Yo nunca dije que te las iba a cuidar —le dije—. No mames.

—Pero tampoco me dijiste que las ibas a dejar ahí.

—Claro que sí. Yo siempre te dijo eso —le reclamé porque yo siempre le decía eso y ella siempre fingía que no me oía.

—Ya súbete —ella ya se había subido al taxi—. Si no ahí te vamos a dejar ahí.

Pinche niña chiquiada. Me subí al taxi y fuimos al Big Flags ese. Había un chingo de fila para entrar y el sol nos pegaba en la puta cara.

—No pues chingón tu parque, eh —le dije.

—Ay, ahorita entramos —dijo ella—. Tienen juegos, la casa del terror y muchas montañas. Yo una vez me subí a la Exxtreme!! y sí sientes que te vas a morir.

—Nah, tú luego eres bien exagerada —le dije porque luego sí era bien pinche exagerada—. Siempre que nos persigue la policía andas grite y grite.

Ella se enojó y me empujó.

—Ay, ya casi ni grito, y de seguro tú vas a andar llorando cuando nos subamos a la Exxtreme!!

—Nah, pinche montañita me la va a pelar.

Después de un chingo de tiempo, llegamos a la taquilla y compramos los pases VIP. Ya adentro primero fuimos a un juego donde te dan un rifle de juguete y les tienes que disparar a unas botellas que están hasta el fondo.

—Tienen 10 tiros —dijo el encargado del local.

Yo agarré el rifle y, aunque yo casi nunca usaba armas porque con un hechizo me los chingaba a todos, sí sabía cómo usarlo.

—Si le atino a todas, entonces ya no te debo nada —le dije a Katya no porque le debiera algo, sino para que ya me dejara de estar chingando con eso.

Antes de que me dijera que no, yo le disparé a las botellas.

Pero fallé.

Katya se rio, y yo me le quedé viendo a las pinches botellas. ¿Por qué no le di?

Y en ese momento lo entendí. No estaba acostumbrado a dispararle a cosas que no se movieran.

Cargué el rifle y le disparé a las latas una y otra vez, y ya no volví a fallar. Nos dieron un peluche como premio.

—Pues fallaste el primer tiro —me dijo, y yo le di un empujoncito.

—Cállese, pinche niña chiquiada.

Después comimos algodón de azúcar. Estaba muy bueno, pero me empalagué bien rápido y la boca me quedó toda plegostiosa.

—Mira: esa es la Exxtreme!! —Katya señaló la montaña rusa más grande de todas—. Pero primero vamos a esta otra, que esa te va a dar miedo.

—¿Cuál pinche miedo? Vamos a la Exxtreme!! —la agarré del brazo, y nos metimos a esa—. Es más: si no me asusto, ya no te debo nada.

Los que trabajaban ahí nos pusieron en las primeras filas del carrito. Cuando se llenó, empezó a ir bien lento y de subida, cuando llegó hasta el punto más alto bajó mucho más rápido e iba para un lado y para otro, pero la verdad a mí se me hacía bien aburrido, se me hacía como las veces en las que la policía nos perseguía, pero sin el peligro de que nos atraparan, y aquí nadie nos disparaba. Me volteé a ver a Katya, y ella estaba casi tan aburrida como yo. Ella también ya se estaba acostumbrando a los robos y a las persecuciones y a todo eso.

Al final, subimos hasta la parte más alta de toda la montaña y nos quedamos ahí unos segundos. El carrito apuntaba hacia el cielo, y luego se fue para atrás y nos fuimos así hasta el principio. Todos los del carrito menos Katya y yo se pusieron a gritar como si se estuvieran muriendo. Pendejos. No aguantan nada.

Nos bajamos del carrito.

—Ahí está —le dije a ella—. Tu pinche montañita me la peló. Ya no te debo nada.

—No, yo nunca dije que sí —me respondió—, y aparte ya estaba bien aburrida, y de seguro cerraste los ojos —de repente me agarró del brazo—. Es más: este sí te va a asustar —me llevó a la casa de los sustos.

Llegamos a un pasillo oscuro, y al final entramos a un cuarto donde había cuerpos de plástico colgados y pintura roja por todas partes. En el fondo había dos robots, uno era un asesino que fingía partir en dos al otro con una sierra eléctrica mientras este se retorcía en una mesa. Se oían gritos y risas grabadas.

De repente sentí que Katya me agarró del brazo bien fuerte.

—¿A poco esto le da miedo a la gente? —pregunté porque yo ya había estado en muchos cuartos así y ya había visto escenas como esa varias veces (y no, yo nunca maté a alguien así porque yo casi nunca usaba armas. Ya te lo había dicho, ¿no?)—. Se ve falsísimo. Además, lo peor de los cuartos de tortura es el olor a mierda, sangre y todo lo demás, no los gritos ni lo que llegas a ver. El olor es lo que más se queda. Y por eso yo siempre me llenaba de perfume cuando salía de esos cuartos.

—¡Sigues tú! ¡Acércate! —dijo el robot que parecía asesino, y yo me acerqué.

Pensé que iba a salir alguien para asustarnos, pero no podía sentir ningún aura en ese cuarto excepto la nuestra, por lo que no había nadie más ahí.

—¡Acércate! —repetía el robot verguero, así que me acerqué más y más. Katya me agarraba el brazo más y más fuerte y se escondía detrás de mí. Casi la llevaba arrastrando. El robot asesino movía la sierra eléctrica para arriba y para abajo una y otra vez. Se quedaba hasta arriba unos segundos y luego bajaba y se quedaba ahí unos segundos y subía otra vez. Temblaba un poco cuando llegaba hasta arriba o hasta abajo.

Cuando llegué al rincón donde estaba el robot, este dejó de moverse. Yo estaba seguro de que me iba a tratar de asustar en cualquier momento, pero me la iba a pelar, así que me le acerqué un poco más y hasta le puse la mano en su cabeza de plástico.

—¿Cómo me van a asustar estas chingade… —de repente, el otro robot, el que se retorcía, se levantó y me gritó casi en la cara. Yo no esperaba eso, pero no me asustó. Yo nomás reaccioné como lo haría alguien que tiene que estar al pedo siempre. Si te duermes, te mueres, y si alguien o algo te quiere sorprender así, tú le avientas un hechizo para que no se ande pasando de verga. Y eso hice: lo acabé destrozando a él, al otro robot y a la pared que había atrás.

Y nomás por eso nos vetaron del Big Flags.

Ya afuera, Katya pidió en una app un coche que nos regresara al hotel, y nos quedamos esperando en la banqueta.

—Si sacaste mis bolsas del taxi, ¿verdad? —me preguntó ella.

—Ni eran mis bolsas. Yo ¿para qué las iba a andar sacando? —le respondí, y la pinche cínica se hizo la ofendida y me dio la espalda—. Si se te olvidaron fue tu culpa. Aquí sí yo no las perdí, ¿eh? Tú las dejaste en el taxi. Y aparte yo no me asusté ni en la montaña ni en la casa esa. Yo ya no te debo nada, para que ya no me vuelvas a chingar con eso, pinche niña chiquiada —yo le dije, pero ella ni me volteó a ver ni me volvió a hablar en todo el día.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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