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Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 27

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Capítulo 27: XXVII

La perra de mi mamá casi no me hablaba. Esto casi seguro de que ella sabía que yo había matado a mi papá porque nomás se quejaba de que él ya no venía. Yo le había pintado la casa, la había arreglado, le había comprado muebles, una tele y hasta una lavadora (porque el pendejo de mi papá nunca le había comprado una).

Y ella nomás hablaba de él.

—Es que ¿para qué lo hiciste enojar, si ya sabes cómo es? —de las pocas veces que me hablaba, casi siempre me decía esto.

—Ni que nos hiciera falta —yo le decía y le ofrecía unos cuantos billetes porque yo la mantenía; ella nunca trabajó.

—No —siempre lo rechazaba—; tu papá se enojó por eso la otra vez. Él es el que trae el dinero a la casa, no tú.

—Ya ni va a volver —le decía.

—¡Cállate, cállate! —gritaba y se metía a su cuarto.

Yo me emputaba que fuera tan pinche malagradecida. Yo le daba una vida mucho mejor que el pendejo ese, había ahorrado por años para comprarle todo eso (porque ni Darius ni ninguna pandilla paga tanto como te promete. De hecho, pagan mucho menos de lo que esperarías), y ella nunca me dio las gracias. A veces hasta me daban ganas de decirle que él ya estaba muerto, que yo lo había matado, pero entonces me acordaba del hoyo en la cara que le había dejado y toda la sangre que escurría de ahí, de cómo se lo llevaron arrastrando.

Nunca le dije nada, nomás le dejaba el dinero en la mesa, y ella al final siempre lo agarraba. Me encerraba en mi cuarto y veía mis libros de magia para distraerme. Casi todos eran de hechizos, pero había empezado a comprar algunos con armaduras y artefactos mágicos, y todos estos decían que el más poderoso de todos era armadura legendaria XyzqvqzyX.

Ni uno de esos pinches libros decía nada del poder de la amistad.

Aunque si lo hubiera dicho, lo hubiera visto como una pendejada.

Pasaban las horas, y yo seguía despierto. A veces escuchaba algún ruido afuera y estaba seguro de que eran los contras o los policías o algún traidor que ya me había localizado. Muchos de mis compañeros murieron así, y ya te conté varias veces cómo nos metíamos en la casa de algún contra para chingárnoslo.

En esos momentos miraba las cámaras que había instalado, y casi siempre el ruido era por el viento, un mapache o algún vagabundo. Pero a veces sí había policías o contras que pasaban por ahí. Lo más seguro es que habían localizado la casa de alguien más e iban por él.

A veces pasaban varias veces, y yo estaba seguro de que ellos nomás iban y venían para torturarme, porque ellos sabían que yo los estaba esperando.

Siempre que los veía me daban ganas de salir y chingármelos antes de que ellos me mataran a mí, así los agarraba por sorpresa. Y si no ellos venían por mí, sus compañeros iban a venir para vengarse, y yo ya no los tenía que esperar tanto, porque eso era lo que más te jodía, el esperar noche tras noche que llegaran.

La verdad esa era la peor parte de estar en una pandilla. Poco a poco el estrés y la falta de sueño te chingan. Yo a veces, cuando no podía con el sueño y me estaba quedando dormido, oía disparos o susurros. Miraba las cámaras, y nada. Iba al baño y me mojaba la cara. Me veía todo jodido en el espejo. Y eso era por su culpa. A veces golpeaba las paredes y deseaba que ellos vinieran de una vez, para matarlos o que me mataran, pero ya acabar con todo.

Al estar en una pandilla, aprendes a ver la muerte no con miedo, sino como el descanso de todo. Y por eso nunca nos burlamos de nuestros compañeros que se mataron: no es que no soportaran vivir, sino que tuvieron los huevos de acabar con todo. Nosotros éramos los cobardes por aferrarnos a la vida, por robarle a la muerte cada día un día más.

A veces caminaba por mi casa en medio de la noche para distraerme. Veía a mi mamá durmiendo en su cuarto, la sala, el comedor y todo lo que había comprado. Darius diría que todo eso era gracias a la pandilla, pero hasta él sabía que eso no era cierto; todo era gracias a la muerte. Mi lugar en la pandilla, el miedo que los demás me tenían, todo eso lo gané matando.

Por eso mi pandilla se llama Muerte, por eso mis hombres se pintan de calavera, porque somos lo que somos por la muerte.

Y pensar cosas así me ayudaba a distraerme esas noches. Algunos de mis compañeros se metían quién sabe cuántas cosas para aguantar el estrés, pero a mi me gustaba estar en mis cinco sentidos para saber cómo reaccionar cuando ellos llegaran.

En esas noches, a veces alcanzaba a dormitar un poco, pero siempre me levantaba más cansado. Ya cuando amanecía, me iba de mi casa. Salía a la calle y miraba a todos lados para estar seguro de que nadie me hubiera visto salir, que nadie me hubiera reconocido o localizado.

Pero yo sabía que tarde o temprano eso iba a pasar, y de hecho pasó. Un día unos contras fueron a mi casa. De seguro me tenían miedo porque fue a la mitad del día, cuando yo no estaba.

Me enteré poco después, cuando uno de nuestros halcones nos avisó que los contras habían quemado una casa en esa zona. Llegué ahí lo más rápido que pude, pero ya estaba todo quemado. Me metí y vi cómo las paredes, los muebles, la lavadora, todo lo que había comprado había valido verga. Pero en medio de todo estaba mi mamá amarrada a una silla y con la piel toda achicharrada.

Lo más chistoso es que cuando la vi no sentí nada. A un criminal, la muerte le da todo, pero de un momento a otro te lo quita. Todos lo sabíamos.

Salí de mi casa, y Darius me marcó. Lo más seguro es que uno de los halcones me vio entrar a la casa.

—¿La casa que quemaron los contra era tuya?

—Sí. Mi mamá estaba ahí —no sé por qué le conté eso, no sé por qué mostré debilidad frente a él, pero lo hice.

—Eso que te hicieron, no fue una burla hacia ti, sino a toda la pandilla. Hay que encontrar a esos hijos de su puta madre.

Y eso hicimos. Con las grabaciones de las cámaras de mi casa, buscamos por muchos lados, torturamos a mucha gente, y al final dimos con esos hijos de su puta madre. Darius los tenía en una de sus casas de seguridad y me ordenó que fuera ahí y que me vengara. Entré y vi a unos niños amarrados a unas sillas y con las cabezas tapadas. Ellos eran más jóvenes que yo, y no sentí lástima por ellos, pero tampoco los odié; ellos hicieron lo que tenía que hacer.

A uno lo agarré a golpes hasta matarlo, a otro le aventé hechizos muy débiles para que gritara de dolor mientras poco a poco se le quemaba la piel, al tercero le dejé conectados los huevos a una batería de coche hasta que le salió humo y al último lo llené de gasolina y le prendí fuego.

No sentí nada. Nomás lo hice para que en mi pandilla no pensaran que me había hecho débil.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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