Potencia de Fuego Abrumadora - Capítulo 8
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8: Pólvora 8: Pólvora —Por desgracia, no puedo responder a esa pregunta —dijo Lucen con calma—.
Esto es algo importante para el Ducado de Stellhart.
Si quieres saber más sobre este objeto, tendrás que convertirte en uno de mis subordinados y, por supuesto, hacer un juramento vinculado con maná para no compartir nada sobre la investigación que se realiza aquí.
Lucen mostró una leve sonrisa al presentarle a Robert sus condiciones.
Por supuesto, Lucen no creía que Robert fuera a aceptar dichas condiciones y que, en su lugar, negociaría.
Justo cuando Lucen se preparaba para una negociación bastante intensa, Robert dijo algo inesperado.
—¿Quieres que haga el juramento ahora?
—preguntó Robert, con los ojos brillando con una curiosidad maníaca.
Robert respondió en un tono serio.
Lucen se quedó atónito por la rapidez y la confianza con la que Robert respondió.
El Robert que conocía del juego, a pesar de que estaba loco por la investigación y por aprender cosas nuevas, seguía siendo alguien que conocía el valor de su conocimiento.
El Robert que conocía del juego habría negociado un acuerdo mejor y habría intentado sacar todo lo que pudiera.
Lucen parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
¿Seguía siendo Robert Duskwell?
¿El Genio Loco del futuro?
¿El mismo hombre que cobraba tres monedas de oro por unas pocas pociones de maná?
«Supongo que, desde que recuperé los recuerdos de mi vida pasada, en el fondo los he estado viendo como si fueran PNJ.
Llevo doce años viviendo en este mundo, sé que no son simples personajes de un juego.
Esta gente es de carne y hueso».
Lucen recuperó rápidamente la compostura, preparándose para cobrar la pieza ahora que Robert había mordido el anzuelo.
Pero antes de que Lucen pudiera hablar, Robert se rascó la cabeza y se le adelantó.
—Ah, es verdad…
No creo que pueda ser tu subordinado.
—Mmm, ¿por qué has cambiado de opinión?
—Aunque de verdad, de verdad, de verdad quiero saber qué es esa cosa, no puedo ponerme a tu servicio sin más, porque se lo prometí al anciano.
—¿Puedes decirme en qué consiste esa promesa?
—Le prometí al anciano Thelwin que siempre formaría parte de la Torre Amarilla y que le demostraría a todo el mundo la grandeza de la alquimia.
Al ver la expresión seria y llena de sinceridad en el rostro de Robert, Lucen por fin comprendió por qué este hombre, que tanto amaba el dinero, nunca abandonaría la decadente Torre Amarilla en el futuro.
Entonces, Lucen recordó una frase que el Robert del juego le había dicho al protagonista.
Esta Torre era el sueño de un anciano que siempre creyó que podría volver a ser lo que fue.
El sueño de un anciano que creyó en un necio que no sabía nada, pero lo quería todo.
—Ya veo…
—murmuró Lucen—.
Entonces, ¿qué te parece si cambiamos un poco las condiciones?
Robert enarcó una ceja, curioso pero cauteloso.
—Te escucho.
—No serás mi subordinado —dijo Lucen, cruzándose de brazos—.
En cambio, serás un colaborador.
Independiente.
Mantendrás tu lealtad a la Torre Amarilla, pero para todo lo que desarrollemos juntos, harás un juramento de secretismo vinculado con maná.
—Así que me convierto en algo más parecido a un socio que a un subordinado.
—Robert se quedó mirando fijamente a Lucen unos segundos antes de continuar—.
Las condiciones parecen demasiado ventajosas para mí.
¿Tú qué ganas con esto?
—¿Qué más podría ser?
Consigo que el genio de la Torre Amarilla me ayude a crear cosas nuevas que cambiarán este mundo.
Una amplia sonrisa apareció en el rostro de Lucen.
En cuanto Robert oyó la respuesta de Lucen, no pudo evitar echarse a reír.
—¡Jajaja!
Por supuesto, era de esperar, ¿no?
Supongo que hasta un mocoso de la nobleza como tú tiene lo suyo.
De acuerdo, acepto el trato con una condición.
—¿Qué condición?
—Si alguna vez creamos algo que pueda venderse, quiero una parte.
¿Qué tal un diez por ciento?
¿Te parece justo?
La sonrisa en el rostro de Lucen se ensanchó.
No se imaginaba que un avaro como Robert le ofreciera solo un diez por ciento.
Lucen le tendió la mano.
—Por una gran colaboración.
Robert no dudó más, tomó la mano de Lucen y se la estrechó.
…
Una vez cerrado el trato, Robert hizo un juramento de secretismo vinculado con maná.
Extendió la mano, y un tenue hilo dorado de maná se enroscó entre ambos, tensándose como un contrato vinculante a medida que las palabras salían de su boca.
Lucen entonces le explicó a Robert qué clase de objeto era el Arcabuz.
Robert, que ahora sostenía el Arcabuz, lo estaba inspeccionando.
—Así que esta cosa es un arma.
¿Puedes enseñarme cómo funciona?
—Por desgracia, es un producto incompleto.
Ahí es donde entras tú.
¿Puedes decirme si has oído hablar de alguno de estos materiales?
Lucen procedió a explicarle las características del Salitre, el Azufre y el Carbón.
Aunque Robert ya tenía carbón a mano, Lucen se lo describió igualmente.
Cuando Robert oyó la descripción de los artículos que Lucen necesitaba, puso cara de confusión.
—¿No te referirás a la Ceniza de Vidente, el Polvo de Azufre y la Cáscara de Brasas?
Esas cosas no son tan difíciles de encontrar.
Ya tengo conmigo un poco de Polvo de Azufre y Ceniza de Vidente.
En cuanto a la Cáscara de Brasas, se consigue con bastante facilidad.
—No te preocupes, ya tengo una buena cantidad a mano —respondió Lucen.
—Ya que tenemos todos los materiales y estamos aquí, en este laboratorio, ¿no podemos terminar esa cosa que llamas Arcabuz?
—dijo Robert con evidente emoción.
Lucen no pudo evitar esbozar una sonrisa ladina al oír la voz emocionada de Robert y ver la chispeante expectación en sus ojos.
«Esto hace que uno se pregunte quién de los dos es el niño».
—Por supuesto, podemos hacerlo aquí y ahora.
La habilidad Conocimiento de Pistolas le otorgó a Lucen los conocimientos instintivos para fabricar pólvora.
Tras arremangarse, se acercó al laboratorio bien equipado que su padre había preparado: un espacio provisto de mortero y maja, filtros, balanzas de latón y gruesas botellas de cristal encantado.
Sus ojos recorrieron los ingredientes que Robert y él habían extendido antes: Polvo de Azufre, Ceniza de Vidente y escamas de Cáscara de Brasas.
Cogió cada botella, inspeccionando la textura y la consistencia con esmero.
Robert se inclinó a su lado, con una curiosidad que le brillaba en los ojos.
—¿Dijiste que estos tres ingredientes harán funcionar el arma?
¿Qué es exactamente lo que piensas hacer?
Lucen no respondió, pues estaba concentrado en la tarea que tenía entre manos.
Abrió las botellas una por una, con sus manos moviéndose con una precisión metódica.
Empezó a pesar los ingredientes con una balanza de latón que no ofrecía mucha precisión, pero era lo mejor que la tecnología actual del mundo podía ofrecer.
—Ceniza de Vidente, setenta y cinco partes —murmuró Lucen, mientras echaba con cuidado el polvo suave, casi plumoso, sobre una bandeja plana con una cuchara.
—Polvo de Azufre, quince.
—Lucen intentó ser lo más preciso posible.
—Y Cáscara de Brasas, diez.
Robert, que observaba desde un lado, sentía una gran curiosidad por lo que ocurriría con semejante combinación.
—Estos tres juntos…
—masculló Robert—.
He trabajado con ellos por separado, pero nunca se me ocurrió mezclarlos.
Y mucho menos en esas proporciones.
Se acercó más, olfateó ligeramente y retrocedió de inmediato.
—Huele como si quisiera explotar.
Lucen sonrió con suficiencia.
—Buen olfato.
Se supone que tiene que hacer exactamente eso.
—Vaya, eso es muy interesante.
¿Qué potencia tendrá la explosión?
Ahora los ojos de Robert brillaban de verdad.
Normalmente, cuando trabajaba con el Polvo de Azufre, este ya se habría convertido en humo; ver que esta combinación no tenía ese efecto despertó aún más su curiosidad.
—Lo bastante potente para lo que quiero que ocurra —respondió Lucen, y un destello de satisfacción cruzó su rostro.
Se encorvó sobre el mortero y vertió primero la Ceniza de Vidente.
El polvo se asentó como nieve recién caída.
Con una presión suave y uniforme, sus manos molieron la ceniza con una precisión rotunda; un instinto que no nacía de la experiencia en esta vida ni en la anterior, sino de la habilidad Conocimiento de Pistolas.
Esta lo guiaba como si fuera memoria muscular: la presión exacta, el grado de fineza perfecto, el orden correcto y la forma de evitar la peligrosa acumulación de estática.
Robert observaba en silencio, con el ceño fruncido, intentando comprender lo que Lucen hacía.
—¿De verdad eres un mocoso de doce años?
Con tu nivel de habilidad, no creo que necesites un maestro; ya pareces un buen alquimista.
—Tengo mucho que aprender, es solo que llevo mucho tiempo pensando en esto.
—¿Cuánto tiempo podría tener un niño de doce años para pensar en esas cosas?
—Créeme, de verdad necesito que me enseñes más sobre alquimia, porque solo sé sobre esto y unas pocas cosas más.
—Si tú lo dices.
Mientras Lucen hablaba, sus manos no dejaban de moverse.
Pasó entonces al Polvo de Azufre, que molió hasta obtener una consistencia más fina con una maja nueva para evitar la contaminación cruzada.
Cuando estuvo satisfecho, dio unos golpecitos al mortero sobre una segunda bandeja, y el polvo amarillento cayó formando hileras uniformes.
Por último, la Cáscara de Brasas.
Esta era un poco más aceitosa, así que Lucen tuvo un cuidado especial: la secó ligeramente extendiéndola en una capa fina sobre un pergamino y dejándola reposar cerca de una fuente de calor bajo e indirecto.
Cuando estuvo lista, repitió el proceso de molienda sin que su mano vacilara en ningún momento.
El sonido de una notificación no dejaba de sonar, informándole de que su resistencia y su destreza habían aumentado.
Tras moler y medir cuidadosamente cada componente, Lucen los mezcló lenta y constantemente en un cuenco de madera, removiendo los polvos con un movimiento rítmico en forma de ocho hasta que se combinaron por completo.
Robert, que observó todo el proceso desde un lado, sintió que estaba presenciando un momento histórico al contemplar el polvo negro que se había creado.
Lucen había creado la pólvora en este mundo de fantasía medieval.
Una sonrisa de aspecto feroz apareció en el rostro de Lucen mientras contemplaba su creación.
Esta era la pólvora negra que cambiaría el destino del Norte.
No, no solo del Norte, sino del mundo entero.
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