Potencia de Fuego Abrumadora - Capítulo 7
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7: Fortaleza de Hierro 7: Fortaleza de Hierro Vardon había informado a Lucen de que la Torre Amarilla iba a enviar a un genio alquimista, el más joven en alcanzar los cuatro círculos antes de cumplir los treinta años.
El nombre del alquimista era Robert Duskwell.
Cuando Lucen oyó el nombre de la persona que venía, se sorprendió bastante.
En el juego original, cuya trama empezaría dentro de más de una década, la Torre Amarilla ya no existía.
La mayoría de los alquimistas de la Torre Amarilla se unieron a su torre rival, la torre gris.
El resto se dispersó por sus lugares de origen o desapareció por completo.
Solo uno permaneció entre las ruinas de la torre olvidada: el llamado Genio Loco, Robert Duskwell.
Robert era un PNJ con nombre propio que ayudaba al grupo del héroe, sobre todo vendiendo pociones, baratijas extrañas y artilugios inestables.
Una de sus creaciones más conocidas era una granada improvisada llamada Flor de Azufre.
No era tan destructivo como un hechizo de fuego de tercer círculo, pero tenía una ventaja importante: cualquiera podía usarla.
Tuviera Maná o no, fuera noble o plebeyo, hasta el personaje de apoyo más frágil podía lanzar una y provocar una explosión considerable.
Eran algo caras, sí, pero se podían comprar al por mayor, y les daba a los personajes no combatientes una forma de contribuir de manera significativa en una pelea.
El Robert del juego era la personificación de la palabra «excéntrico».
Otra cosa que Lucen recordaba era que Robert era muy tacaño y siempre encontraba la manera de conseguir dinero para sus experimentos.
«Si no recuerdo mal, su trasfondo decía que la Torre Amarilla cayó por la ruina financiera.
Por eso se obsesionó tanto con el dinero, para poder continuar con su investigación a toda costa.
Pero ahora… viene aquí antes de que todo eso ocurra.
Me pregunto si seguirá siendo la misma persona».
…
Robert Duskwell, un hombre enjuto de descuidado cabello violeta oscuro y guantes manchados de tinta, bajó del carromato con un quejido.
Llevaba una abultada bandolera colgada al hombro, atiborrada de pergaminos enrollados, viales de pociones y muchos otros materiales.
Robert Duskwell exhaló ruidosamente y masculló: —Por fin.
Si hubiera tenido que soportar una milla más de esa maldita rueda chillando como un alma en pena, la habría transmutado en polvo.
Dejó la bolsa en el suelo con un golpe sordo y luego se estiró un poco mientras contemplaba la escena que tenía ante él.
Fortaleza de Hierro.
La ciudad fortaleza de los Thorneharts se erguía sobre las llanuras del norte como un bastión tallado en los mismísimos huesos de la tierra.
Sus enormes murallas se alzaban imponentes, grabadas con runas alimentadas por piedras de maná que activaban los hechizos protectores para fortificar la estructura.
A simple vista, se podía ver a un buen número de soldados patrullando la zona.
—Una vista bastante impresionante, como cabría esperar de la ciudad fortaleza que ha protegido al reino de todos los invasores.
A sus espaldas, el conductor del carromato tosió con torpeza.
Robert parpadeó y luego se giró.
—Cierto, todavía estás aquí.
—Rebuscó en su bandolera y le entregó al conductor unas cuantas monedas de plata.
En cuanto el conductor recibió el dinero, sonrió.
Robert volvió a agarrar la bolsa, gruñendo por el peso, y se dirigió con paso resuelto hacia la puerta.
Mientras avanzaba con dificultad, sus botas crujían sobre la escarcha endurecida que cubría la grava.
La nieve espolvoreaba el camino como si fuera tiza en polvo, dejando un rastro tras cada uno de sus pasos.
El viento era como una cuchilla que le cortaba la cara a pesar de la gruesa bufanda de lana que llevaba enrollada al cuello.
Exhaló, y su aliento formó densas nubes blancas.
—Frío —masculló, ajustándose el abrigo—.
Claro que hace frío.
Este lugar tiene los inviernos más largos del reino.
—Suspiró, pensando en cuánto tiempo tendría que quedarse allí para enseñar.
La nieve no era de ese tipo suave y romántico sobre el que parlotean los poetas.
No, esta era nieve del norte: vieja, terca y cubierta por una costra de hielo.
Se amontonaba en los tejados como borrachos malhumorados que se negaran a irse a casa.
Se aferraba a la piedra y se colaba en las botas.
Incluso más allá de las murallas, se podía ver el humo que salía de las numerosas chimeneas.
El viento volvió a aullar, y Robert, por instinto, se subió más la bufanda, entrecerrando los ojos.
Ahora su voz sonaba apagada.
—¿La gente de aquí vive así?
¿Todos… y cada… uno de los días…?
Mmm… Esto me da una idea; a lo mejor puedo crear algún tipo de mecanismo de calefacción en la ropa.
Oh, qué interesante.
Quizá podría incluso añadir una función para poder refrescarse también con el calor.
Robert empezó a murmurar para sí mismo una vez más.
Uno de los guardias se fijó en él, y al ver el blasón de la Torre Amarilla en su túnica, supo que aquella persona era el alquimista que su señor estaba esperando.
—Disculpe, señor.
¿Es usted por casualidad el alquimista Robert Duskwell?
—preguntó el guardia, pero Robert no respondió; se limitó a seguir murmurando para sus adentros.
—Señor, ¿me oye?
Seguía sin responder.
Y eso que intentaron muchas otras cosas, como zarandear a Robert, gritarle e incluso amenazarlo.
Al final, los guardias optaron por cogerlo del brazo y guiarlo hacia la ciudad.
Tan absorto estaba en sus pensamientos que Robert ni siquiera se percató de que lo estaban arrastrando.
Sus pies se movían de forma automática, llevándolo en una dirección que su mente aún no había procesado.
…
Robert, que estaba sumido en sus pensamientos, sintió que alguien estaba a punto de tocarle la bolsa, por lo que se movió por instinto y detuvo la mano que iba a hacerlo.
—Si intentas robarme, usaré tu cuerpo como material.
Cuando Robert salió de su ensimismamiento, por fin se dio cuenta de que ya no estaba fuera de las murallas de Fortaleza de Hierro.
Se encontraba en un lugar parecido a su laboratorio, pero con mejor equipamiento, e incluso había algunas cosas que no reconocía.
Fue entonces cuando se percató de quién había intentado tocarle la bolsa.
Era un niño de unos nueve a doce años, de pelo plateado y ojos rojo rubí.
Aunque de complexión delgada, el niño tenía un cuerpo atlético y musculoso.
El muchacho apartó la mano e hizo una reverencia de caballero antes de hablar.
—Es un placer conocerlo al fin, Robert Duskwell, genio de la Torre Amarilla.
Soy el hijo mayor del Duque Vardon.
Mi nombre es Lucen Thornehart.
—Ya veo, así que eres el niño al que voy a enseñar.
Mmm… Qué curioso.
Oí que acababas de obtener tu núcleo de maná, pero veo que ya tienes tu primer círculo.
—Bueno, simplemente pasó —respondió Lucen, encogiéndose de hombros.
—Simplemente pasó, ¿eh?… Bueno, no me importa cómo conseguiste tu primer círculo; de todas formas, no he venido por eso.
Siento mucha más curiosidad por esa cosa de la pared.
Robert se acercó a aquel objeto de la pared y lo examinó.
El objeto en cuestión era alargado, hecho de madera oscura y hierro ennegrecido, con un único y estrecho orificio en el extremo.
No tenía hoja, ni cuerda, ni encantamientos visibles.
«¿Es esto una especie de báculo…?
No, no puede ser».
Robert se quedó mirando las partes de hierro, que a todas luces no estaban diseñadas para canalizar maná.
Incapaz de contener más su curiosidad, Robert se giró.
—¿Qué es este artilugio?
En el instante en que Robert hizo esa pregunta, Lucen sonrió.
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