Privilegios - Capítulo 28
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
28: Capítulo 28 28: Capítulo 28 Con una capa verde ondeando levemente y ropa negra ajustada que resaltaba su figura, la mujer rubia dirigió una mirada entre traviesa y despectiva hacia Kaellid.
Luego, desplazó los ojos con lentitud hacia Torni, que permanecía aturdido en el suelo, procesando el impacto.
Velenala y Selena se acercaron a él con cautela, aunque los ojos carmesíes de la princesa no dejaban de lanzar miradas de reojo hacia Kaellid, quien comenzaba a recomponerse con una parsimonia irritante.
Con un tono que rozaba el aburrimiento, la instructora rompió el silencio.
—Um…
niño Vularis —soltó una risa corta, casi inaudible—.
Eres igual a los otros dos que pasaron por aquí hace años.
Impulsivos, sin duda.
Debe ser genética, supongo.
Hizo una pausa breve, dejando que el peso de su crítica se asentara, antes de añadir con un deje burlón: —Aunque es tierno ver que aún hay hermanos que se preocupan por sus pequeñas hermanitas en apuros.
Instintivamente, giró la cabeza hacia Kaellid.
Al verlo ya de pie, a pesar del golpe que habría dejado a cualquier otro sin aliento durante minutos, soltó una carcajada genuina y despreocupada.
—¿Qué pasa, niño?
¿Acaso no eres capaz de soportar un simple golpe al hígado?
—Una carcajada genuina y despreocupada escapó de ella antes de que pudiera contenerse—.
¿Cómo te llamaban?
¿Kaellid?
¿Corven?
—Arrugó la nariz en desdén teatral—.
Qué estúpido apellido, debo decir.
Kaellid terminó de incorporarse.
Se sacudió el polvo de la ropa con una calma exasperante, sin prisa, como si el mundo entero pudiera esperar.
Cuando finalmente levantó la vista para enfrentarla, en su rostro no había dolor ni sumisión.
Solo esa sonrisa soberbia que parecía devorarse el aire alrededor.
—¿Ah?
—soltó con una naturalidad pasmosa, dejando que el silencio trabajara un segundo antes de continuar—.
Bueno…
debo decir que mi apellido es bastante mejor que…
Sus ojos dorados se deslizaron con una lentitud calculada hacia la cicatriz que cruzaba el rostro de lo que parecía ser una instructora.
—…eso.
Lo que vino después nadie lo esperaba.
La instructora hizo una mueca de disgusto.
Breve.
Casi imperceptible.
Y luego se rio a carcajadas.
Una risa genuina, desbordada, como si llevara años esperando que alguien tuviera el descaro de decirlo en voz alta.
Nadie en aquella generación nueva, y mucho menos alguien venido de Falleid, se había atrevido jamás a nombrar lo que ella veía cada mañana en el espejo.
Aquella marca traída de una traición o quizás del capricho cruel de alguien a quien había amado.
—Bien, bien.
—Alzó las manos con un gesto que rozaba la rendición teatral—.
Lo admito.
Tienes las bolas bien puestas, chico.
Pero antes de que la última palabra terminara de salir de su boca ya era una flecha.
Se abalanzó hacia Kaellid con una rodilla disparada directamente hacia su centro como una flecha.
Kaellid abrió los ojos y logró cubrirse en el último instante, cruzando los antebrazos frente a él.
El impacto llegó de todas formas.
No como un golpe.
Como una pared moviéndose.
Kaellid salió disparado hacia atrás, arrastrado por la fuerza del bloqueo, sus pies raspando contra la piedra fría hasta detenerse, el sonido del arrastre cortando el silencio del campo.
Sus brazos temblaban.
No de miedo.
De algo mucho más interesante que el miedo.
Aquel impacto no era normal.
Era como si un objeto imparable se hubiera materializado de repente frente a él.
Detrás de la instructora, Velenala, Torni y Selena observaban la escena en silencio.
Conocían los rumores sobre ella.
Pero verla lanzarse así sobre un estudiante de primer año, y ver a ese estudiante aguantar el impacto en lugar de quedar inconsciente en el suelo, era otra cosa completamente.
—Vamos a ver si le haces honor a esa boca con la que tanto te burlas de los demás —dijo ella, sin haber movido un solo cabello de su trenza.
Kaellid se reincorporó despacio.
Sus brazos procesaban todavía la vibración del golpe.
Maldita vieja.
Estudió el movimiento en su cabeza.
Sus ojos se movían a medida de todo el cuerpo de aquella mujer.
La velocidad.
El ángulo.
La forma en que canalizó el ALCO en esa fracción de segundo.
Su ALCO es como el de mi maestro hace algunos años.
Esta mujer es una prodigio.
Pero aún tiene hábitos…
Sus ojos dorados se detuvieron en un detalle específico.
La curvatura de su brazo izquierdo desde el codo era más débil que el derecho.
Una debilidad pequeña.
Casi invisible.
Pero estaba ahí.
Algo que al parecer aún no había corregido a pesar de los años.
Kaellid esbozó un gesto pequeño.
Casi imperceptible.
Una sonrisa que no pedía permiso.
Y entonces empezó a moverse.
De derecha a izquierda.
Lento al principio, como si estuviera siguiendo una música que solo él podía escuchar.
Sus piernas trazaban un ritmo hipnotizante, fluido, completamente ajeno a cualquier postura de combate que los presentes hubieran visto antes.
Una mano descendió hacia la piedra fría del suelo con una naturalidad desconcertante, y lo que siguió fue algo entre una patada y un giro, entre un baile y una amenaza silenciosa.
Velenala frunció el ceño sin darse cuenta.
Torni entornó los ojos intentando encontrarle sentido.
La instructora lo observó desde donde estaba.
Un segundo.
Dos.
Y lo descartó completamente.
Una carcajada genuina explotó de ella antes de que pudiera contenerse.
—Niño…
—dijo entre risas, señalándolo con un dedo—.
¿Acaso te dejé sin oxígeno para el cerebro?
La mujer se acercaba a paso lento, observando con una mezcla de lástima y diversión lo que parecía ser el colapso mental de un joven con buena cara.
Para ella, Kaellid simplemente estaba peleando contra el aire o bailando para sí mismo en un delirio de pánico.
Sin dejar de avanzar, gritó hacia los tres que permanecían petrificados atrás: —¡Espada de madera, mocosos!
Selena reaccionó al instante.
Salió corriendo, impulsada por un miedo eléctrico; sabía que la instructora era sádica, pero no una asesina de niños, y una espada de práctica era la única forma de que esto no terminara en un funeral.
Regresó jadeante, con los nervios a flor de piel, y le entregó el arma de madera.
La mujer sopesó la espada con una mano mientras se detenía frente a Kaellid.
Lo observó directamente y, por un segundo, su sonrisa burlona flaqueó.
Vio los ojos dorados del joven.
Rebosaban un brillo perceptible solo para los guerreros más experimentados.
Kaellid no estaba asustado; sonreía con una confianza que rozaba lo insultante.
La instructora alzó una ceja, preparándose.
En su mente, él no era más que un muchacho sin futuro, material para ser un esclavo de favores oscuros.
Lanzó un tajo horizontal fulminante desde la derecha.
Pero lo que encontró no fue carne, sino aire.
Kaellid se hundió, apoyando las manos en la piedra fría mientras su cuerpo inferior giraba hacia el cielo.
Parecía un trompo humano; el movimiento fue tan feroz que rozó la mano de la instructora con una precisión milimétrica.
—Maldito lunático…
—masculló ella, chasqueando la lengua.
Frustrada, indujo su ALCO en su brazo y descargó un golpe vertical devastador desde arriba.
El impacto habría partido el suelo, pero Kaellid ya no estaba allí.
Con una destreza que desafiaba la gravedad, se desplazó hacia el flanco izquierdo de la mujer.
Era su zona ciega.
Su punto débil.
Antes de que ella pudiera corregir su postura, Kaellid lanzó una patada giratoria con la inercia de un torbellino.
El impacto de la planta de su pie conectó de lleno en el costado izquierdo de la instructora, rompiendo por fin su guardia invicta.
Kaellid no solo buscaba golpear; buscaba confirmar su teoría.
En el momento en que su pie encontró el hueco en el codo de la instructora, su rostro se iluminó.
— ¡Ajá!—solo se escucharía un grito de Kaellid desde la zona izquierda de aquella mujer que salió un poco desorbitada hacia su derecha.
— ¡PEDAZO DE MIERDA!
— Si, con ese golpe Kaellid saco de sus casillas a aquella mujer que parecía divertida hasta hace unos pocos minutos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com