Privilegios - Capítulo 27
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27: Capítulo 27 27: Capítulo 27 De repente, Kaellid sintió a alguien a su espalda.
Una presencia que se acercaba a una velocidad cegadora.
Reaccionó por puro instinto.
Un tajo sibilante cortó el aire, pasando a milímetros de su cuerpo.
Logró esquivarlo por milímetros, lo justo para ver el destello de una espada real.
Esta vez no era madera o un acero desgastado.
Era acero fino y afilado.
A diferencia de los ataques de Velenala, este golpe llevaba talento.
Era directo.
No tenía una pizca de duda.
Kaellid se giró y reconoció al agresor al instante.
Era el hermano de aquella mujer.
Compartían el mismo cabello negro con vetas plateadas; eran fáciles de identificar.
El recién llegado mostró una breve chispa de impresión.
No esperaba que Kaellid pudiera esquivar un ataque letal estando de espaldas.
Con una gracia sarcástica, el joven se apoyó la espada en el hombro.
Una sonrisa soberbia dibujó su rostro mientras clavaba la mirada en Kaellid.
—¿Te atreves a hacer llorar a mi querida hermanita?
—preguntó, mientras chocaba la hoja de la espada suavemente contra su hombro derecho en un gesto rítmico.
Mantenía la otra mano apoyada en la cadera, en una postura de absoluta relajación.
—A falta de talento, resultados bochornosos salen de ello —soltó Kaellid, su voz cortando el aire como el acero que el otro sostenía —.
Y a falta de visión, la arrogancia es lo único que les queda para cubrir su debilidad.
El hermano de Velenala apretó el agarre de su espada.
La sonrisa sarcástica flaqueó por un milisegundo.
—Debo admitir que, para simular ser un mago, eres bueno —continuó, ladeando la cabeza con desprecio—.
Pero también debo decir que eres algo…
rústico.
¿Usar artes marciales sin una espada?
Soltó una risa breve, cargada de veneno.
—Vaya idiota.
Kaellid ni siquiera parpadeó ante el insulto.
Mantuvo esa mirada dorada, fija y pesada, que parecía leer cada fibra del cuerpo de su oponente.
—Bueno…
depender de un arma externa a ti es algo mimoso.
¿Acaso te gusta agarrar demasiadas cosas que tengan forma de empuñadura?
O tal vez venga de familia.
Kaellid soltó las palabras con un descaro absoluto, llevándose una mano al mentón.
Observaba al oponente como si sus provocaciones no pudieran tener consecuencia alguna, como si estuviera comentando el clima y no desafiando a un noble armado.
El hombre chasqueó la lengua con un desdén profundo.
Su paciencia se evaporó.
Se colocó en una posición impresionante: su cuerpo entró en una sincronía perfecta, transformándose en una flecha humana.
La punta de su acero apuntaba directamente al corazón de Kaellid, firme y letal.
Kaellid solo bufó, divertido por la exhibición de técnica académica.
—¿Es que acaso un noble no acepta dos o tres bromas?
—añadió, provocándolo con descaro pleno.
Acto seguido, Kaellid cambió su centro de gravedad.
Cruzó sus antebrazos frente al torso con las palmas abiertas, formando una “X” defensiva.
Sus ojos dorados se afilaron, sus piernas se abrieron en una forma defensiva esperando el ataque.
—¡TORNI, PARA AHORA MISMO!
El grito de Velenala desgarró el silencio del campo.
Seguía en el suelo, sostenida por aquella vasalla llamada Selena, pero su voz cargada de urgencia detuvo el aire entre los dos hombres.
Le pedía, casi como un favor desesperado.
—¿Qué?
¿Acaso le vas a hacer caso?
¿Eres su perro?
Espero que no ladres más de lo que muerdes.
Kaellid soltó la provocación con una mueca descarada, buscando quebrar la última pizca de autocontrol del noble.
Sin embargo, por dentro, su mente trabajaba a otra velocidad: “En verdad este chico tiene talento”, pensó.
“Puede que yo no sea un experto como mi maestro, pero esa postura está muy bien definida.
Al parecer, la aristocracia todavía tiene mucho que mostrar.
Varde me advirtió sobre esto”.
Un curveo de labios, casi imperceptible, se asomó en sus labios mientras un susurro escapaba de ellos: —Que emoción…
A diferencia de la furia ciega de su hermana, Torni lo observaba con una fijeza letal.
Sus ojos cafés, afilados y calculadores, no se perdían en el rostro de Kaellid; marcaban puntos vitales: el pecho, la base del cuello.
Kaellid no lo pasó por alto.
Aquel tipo estaba preparado para matarlo.
Sabía que, en la jerarquía del mundo, él no era más que alguien de clase humilde frente a dos “cachorros” de la alta nobleza, criados entre sedas y acero fino.
Tal vez la academia les otorgaba cierta protección a sus estudiantes, pero aun así el peligro era real.
Eran dos fuerzas opuestas chocando en un campo abierto.
Torni, por su parte, sintió un escalofrío de duda.
Susurró para sí mismo, con la vista clavada en la defensa en “X” del joven: —¿Qué pasa con esa posición?…
¿Por qué siento que ya me es familiar?
Kaellid rompió el silencio con una sola palabra.
Una que erizó la piel de Torni y de las dos mujeres que observaban desde atrás.
— Olov.
La magia se afirmó en el aire con una presión física.
De los dedos del joven de ojos dorados brotaron llamas incandescentes, envolviendo sus manos en un fulgor abrasador.
No era un simple hechizo de larga distancia.
Aquella técnica permitía inducir el propio cuerpo con el elemento, una simbiosis que exigía una maestría absoluta del ALCO.
Solo un experto podía lograr que la magia fluyera de forma tan íntima con su carne sin consumirse en el proceso.
Velenala sintió que el corazón le daba un vuelco.
El nerviosismo la invadió por completo.
A pesar de lo mucho que le fastidiaba la actitud de su hermano, el aprecio que le tenía era real.
No podía soportar la idea de ser una carga; de que, por sus acciones impulsivas, Torni estuviera ahora en una situación de vida o muerte frente a un “don nadie” que ocultaba semejante maestría con él ALCO.
Había escuchado los rumores sobre lo que pasó en aquella cámara mágica.
Los susurros en los pasillos, las historias de un poder inusual que logro quebrantar el ALCO.
Pero lo había ignorado.
Pensó que era pura suerte.
Ahora, viendo las llamas de Olov lamiendo los dedos de Kaellid, la verdad la golpeaba con una fuerza brutal.
No era suerte.
Era maestría.
Y su hermano estaba a punto de lanzarse de cabeza contra ella.
De repente, Kaellid estalló en movimiento.
Indujo la mayor parte de su ALCO en sus piernas, multiplicando su velocidad y fuerza en un parpadeo.
En menos de un segundo, ya estaba sobre su objetivo.
Torni solo pudo ver una estela de llamas acercándose.
Reaccionó por puro instinto, intentando cubrir el flanco izquierdo de su tronco con el acero de su espada.
Sintió el calor del fuego rozándole la piel antes de que el bloqueo fuera total.
Chasqueó la lengua en un gesto de fastidio y salió disparado hacia su izquierda, tratando de ganar distancia.
Pero Kaellid no lo dejó respirar.
Lanzó un ataque consecutivo: una patada descendente que caía con la fuerza de un hacha.
Torni lo notó y posicionó su espada con malicia, esperando que la pierna de Kaellid se cortara al impactar contra el filo.
Sin embargo, el joven de piel trigueña fue más astuto.
Con una maestría corporal asombrosa, Kaellid alteró la trayectoria en el aire.
Su pierna engañó la guardia de Torni, esquivando el filo y conectando un impacto seco y brutal directamente en el pecho del noble.
El golpe fue devastador.
Torni salió volando hacia atrás, estrellándose con violencia contra la pared del campo de entrenamiento.
Kaellid no le dio tregua.
Se lanzó de nuevo, acortando la distancia con la intención de hundir sus manos en llamas directamente en el pecho de Torni.
Quería terminar esto.
Pero, en un pestañeo, el mundo dio un vuelco.
De un momento a otro, su vista se nubló.
El impacto no vino de frente, sino de la nada misma.
Kaellid se encontró de repente contra el suelo, con el polvo en la garganta y la mente zumbando.
No entendía qué demonios había pasado.
Sus instintos, su ALCO, su percepcion…
nada le había servido de aviso.
Buscó al culpable con la mirada, apretando los dientes.
Allí estaba ella.
Una mujer de no más de treinta años, con una cicatriz profunda cruzándole el rostro.
Tenía el cabello rubio recogido en una trenza impecable, la piel blanca y unos ojos verdes que brillaban con una intensidad peligrosa.
—Niños, no se maten —dijo ella con una sonrisa cargada de un sarcasmo gélido—.
Apenas es su segundo día.
Kaellid permaneció inmóvil, procesando el vacío en su memoria inmediata.
“¿Qué demonios me hizo esta mujer?”, pensó, sintiendo por primera vez un sudor frío recorrerle la nuca.
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