Propiedad del Rey Multimillonario de la Mafia - Capítulo 122
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- Capítulo 122 - 122 Capítulo 122 El beso
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122: Capítulo 122: El beso 122: Capítulo 122: El beso Sara
Miré el arreglo floral del día y me estremecí: rosas de un rojo sangre.
Suspiré y miré por la ventana.
La vista abarcaba los jardines de la parte trasera, el garaje de Antonio y una gran parte de la valla que rodeaba mi prisión.
La valla era alta y, aunque estaba en el último piso, no podía ver nada más allá.
Necesitaba salir de ese lugar.
Simplemente, no tenía ni idea de cómo iba a hacerlo.
Mientras pensaba en mi falta de opciones, un golpe característico en la puerta anunció la llegada de mi captor.
—Buenos días, preciosa —dijo Antonio, y abrió la puerta sin esperar mi respuesta.
Nunca lo hacía; se daba por sentado que no tenía por qué.
Las rosas, la valla y su inoportuna presencia en mi habitación me llenaron de pavor.
Antonio no pareció darse cuenta y esbozó su sonrisa más encantadora mientras cruzaba la habitación hasta donde yo estaba.
Mientras me entregaba una taza de café, su mano rozó la mía y no creo que fuera un accidente.
El corazón se me aceleró con el contacto, pero de miedo en lugar de atracción.
—Eh…
gracias, Antonio —dije, y di un paso atrás, agarrando la taza.
Fingí mirar por la ventana para disimular mi intento de poner algo de distancia entre nosotros—.
¿Cómo estás hoy?
¿Qué tienes en tu agenda?
A Antonio le encantaba hablar de sí mismo.
Ya había intentado usar eso para sacarle información sobre la organización, pero era demasiado listo para caer en eso.
Las cosas en las que solía centrarse tenían más que ver con él como persona.
La cuestión era que no tenía ningún interés en él como persona, pero sí tenía un gran interés en seguir viva.
Así que le devolví la sonrisa y fingí que me estaba encandilando.
—Reuniones esta mañana, compromisos sociales más tarde —dijo, y se sentó en la cama con una sonrisita de superioridad—.
Ya sabes cómo es, son negocios.
Ojalá tuviera más tiempo para pasarlo con gente que me hace feliz.
Como tú, Sara.
Eso no era bueno.
Cuanto más me alejaba, más se acercaba él.
Me preguntaba cómo iba a sacarlo de la habitación cuando recibió un mensaje de texto.
Antonio lo miró, suspiró y se puso de pie.
—Los negocios llaman —dijo, y me lanzó una mirada de decepción—.
¿Quizás podamos continuar esta conversación más tarde?
¿Durante la cena?
He mandado traer langosta de Maine para esta noche.
Al menos, si cenábamos juntos habría una mesa entre nosotros.
Le devolví la sonrisa e intenté que no se notara mi inquietud.
Él estaba al mando, lo había dejado muy claro.
No podía rechazar su invitación sin que hubiera consecuencias.
—Por supuesto —le dije, con un entusiasmo que desde luego no sentía—.
La esperaré con ganas.
Salió y yo solté un suspiro de alivio.
No sabía cuánto tiempo más podría seguir con esto.
También me preguntaba por qué Jaxon no había venido a por mí todavía.
Me quedé mirando por la ventana y vi cómo el coche de Antonio salía del complejo.
Fue bueno que lo hiciera, porque así fue como me di cuenta del humo, seguido de una explosión que sacudió toda la casa.
Me quedé boquiabierta, en shock, ante la escena que se desarrollaba.
El garaje había explotado, lanzando piezas de coches por todo el jardín.
Jaxon había venido a por mí…
Oí a los hombres gritar fuera y, con vacilación, abrí la puerta.
Por primera vez, no estaba vigilada.
Había estado bajo vigilancia veinticuatro horas al día desde que llegué.
No podía creerlo.
Avancé por el pasillo, lo más sigilosamente posible.
No había nadie.
Los gritos de fuera continuaron y oí otra explosión.
Esta fue incluso más fuerte que la anterior.
La gente chillaba.
Aquello sonaba a anarquía.
—Antonio va a matarnos, joder —oí decir a Esteban, uno de los guardias, al otro—.
¡Esos coches son su único y verdadero amor!
¡Preferiría perder a su mujer y a sus dos novias antes que a esos coches!
Menudo tipo.
Incluso en aquellas circunstancias, me tapé la boca para reprimir la risa ante la idea de que estaba perdiendo lo que más le importaba.
Eso, y el hecho de que lo que más le importaba eran objetos inanimados.
Continué bajando las escaleras y seguía sin ver a nadie.
Necesitaba llegar al menos a medio camino de dondequiera que estuviese Jaxon.
El problema era que no sabía exactamente dónde podía estar.
—Oye, ¿adónde crees que vas?
—preguntó Ralph con el ceño fruncido.
Ralph era el guardia de mal genio que solía seguirme en mis visitas al jardín—.
No creo que debieras estar fuera ahora mismo, dadas las circunstancias.
¿Por qué no simplemente…?
Eso fue la gota que colmó el vaso.
Ahora me hablaban como si fuera una mascota que se había escapado por accidente.
Y eso era exactamente lo que yo era para esta gente: una mascota, la mascota de Antonio.
Ya era suficiente.
No iba a desperdiciar la que podría ser mi única oportunidad de ser libre.
Furiosa por toda la situación, cogí la escultura de Rodin, una reproducción de «El beso», de una mesita auxiliar y le golpeé en la cabeza con ella.
Ralph cayó de golpe en medio del salón.
Cuanto más grandes son…
Corrí por la cocina hacia la puerta principal.
Como las explosiones eran en la parte de atrás, pensé que mi mejor oportunidad de salir era por la de delante.
Estaba cerrada con llave desde fuera, de alguna manera.
Por supuesto que lo estaba.
No iba a dejar que eso me detuviera.
Busqué en la cocina algo pesado y encontré un candelabro de latón en el armario superior.
Justo cuando iba a usarlo para romper la ventana junto a la puerta, me agarraron bruscamente por la cintura desde atrás.
Un matón con un traje de mala calidad me había puesto las manos encima.
Estaba tan enfadada que simplemente reaccioné y le pisé el pie con todas mis fuerzas.
Me soltó y me giré para enfrentarme a él.
Tenía la cabeza gacha, así que le golpeé en la cabeza con el candelabro.
Le hice sangre, pero este tipo era duro y me agarró por los hombros.
Forcejeamos y, por un momento, me preocupó que pudiera dominarme.
Ese pensamiento vino acompañado de una oleada de furia.
Le di un rodillazo en la entrepierna y él también cayó.
Bien.
—¿De verdad creías que sería tan fácil irse?
—me preguntó una voz, y me quedé helada.
Se suponía que Antonio no debía estar allí.
Me había dicho que salía por negocios.
Joder.
—De verdad creía que teníamos un acuerdo —dijo Antonio, y pude oír la decepción en su voz; real o fingida, no importaba mucho.
No iba a dejarme marchar sin luchar—.
Tú y yo tenemos tanto en común, Sara.
¿Cómo has podido hacerme esto?
¿Que cómo podía hacerle esto a ÉL?
¿A ÉL?
Ese psicópata me había tenido encerrada en su casa mientras intentaba presionar a mi marido para que hiciera lo que él quería.
¿Yo intentaba escapar y la cosa iba sobre lo que yo le estaba haciendo a él?
—Antonio, conocías el trato —le dije mientras escudriñaba la habitación subrepticiamente en busca de un arma mejor—.
Debías de tener alguna idea de que Jaxon vendría a por mí.
¿Qué creías que pasaría, que me quedaría aquí para siempre, como «una invitada en tu casa», tu prisionera?
El cuchillo…
había un cuchillo en la encimera.
Tenía que conseguirlo como fuera.
No creía que él lo hubiera visto todavía.
Tenía que cogerlo antes de que él lo viera.
—Creía que te caía bien —dijo, y de verdad que parecía sorprendido—.
O sea, con Jaxon, sabía a qué atenerme.
Acaba de volar por los aires mis coches y mi invernadero.
Eso era casi de esperar.
Pero tú…
creía que eras diferente.
¿Pero qué coño, Sara?
Creía que éramos amigos.
Esto es una traición.
Estoy decepcionado contigo.
El invernadero debió de ser la segunda explosión que oí.
Me acerqué más al cuchillo.
Si podía ponerme delante de él, quizá podría cogerlo por la espalda sin que se viera.
—Antonio, debes saber que no es nada personal —dije con una sonrisa, y llevé la mano a mi espalda para agarrar el mango del cuchillo—.
Me caes bien.
Es solo que tengo miedo.
Creo que me caes demasiado bien.
Decidí apelar a su ego.
Se creía un seductor, y quizá lo era, solo que yo no le veía el atractivo después de que me hubiera tenido prisionera.
Pero él no lo sabía.
Si pensaba que yo estaba luchando con la idea de traicionar a Jaxon, entonces tal vez podría pillarlo con la guardia baja.
—Sara, ¿qué quieres decir?
—me preguntó Antonio, y se acercó más.
Apreté con más fuerza el cuchillo—.
¿Estás diciendo lo que creo que estás diciendo?
Se inclinó hacia mí y, justo cuando estaba a punto de besarlo y apuñalarlo a la vez, una tercera explosión hizo temblar la casa.
—¿Qué cojones ha sido eso?
—gritó, mirando por la ventana—.
¡Oh, Dios mío, oh, Dios mío, le han dado al Aston Martin!
Introdujo el código de seguridad y salió corriendo por la puerta principal.
Salí corriendo tras él, agarrando el cuchillo.
Antonio estaba de pie frente a los restos de su único coche que no estaba aparcado en el garaje en el momento de la explosión.
Gritó, y dos de sus guardias intentaron calmarlo.
No pareció funcionar.
—Oiga, ¿cómo ha salido de la casa?
—me preguntó Stan, mi guardia de la hora de la cena—.
Señorita Sara, ya sabe que no puede estar aquí fuera sin escolta.
No me molesté en responder.
No con palabras, al menos.
Saqué el cuchillo de mi espalda y se lo apunté a las costillas.
En realidad, no quería hacerle daño a Stan.
De todos los guardias, había sido el más amable conmigo.
Pero tenía que largarme de ese puto lugar.
—Ah, vale, no hay problema —dijo Stan mientras miraba fijamente la punta del arma y retrocedía al mismo tiempo—.
Yo solo…
iré a ayudar al señor Marino.
No la he visto, ¿de acuerdo?
¿Le parece bien?
—Me parece bien —le dije, y le dediqué lo que, por su reacción, solo puedo suponer que fue una sonrisa un poco maníaca—.
Lárgate.
Nunca te he visto.
Asintió y corrió en dirección a Antonio.
Eso era bueno.
De verdad que no había querido hacerle daño.
Por desgracia, estaba tan distraída por nuestro encuentro que no me di cuenta del hombre que estaba detrás de mí hasta que fue demasiado tarde.
No conocía a este tipo, debía de ser nuevo.
Era enorme.
Medía al menos un metro noventa y estaba cachas como un jugador de fútbol americano.
Me sujetó en el sitio con una mano y me desarmó con la otra.
El cuchillo resonó en el camino de adoquines y me cargó sobre su hombro con facilidad.
—¡Bájame, imbécil!
—le grité y le aporreé la espalda—.
¡Lo digo en serio!
Me ignoró por completo y no me bajó hasta que estuvimos de nuevo dentro de la casa.
Suspiré cuando tecleó el código de seguridad.
Joder.
Vuelta al punto de partida.
Luego se plantó delante de la puerta.
—Lo siento, pero no va a ninguna parte —dijo sin emoción—.
Órdenes del jefe.
Nadie pasa por esa puerta excepto el señor Marino.
Nadie.
Me alejé de la puerta y decidí probar suerte en otro sitio.
Estaba dispuesta a apostar que todavía había alguna puerta sin vigilancia por allí.
Solo tenía que llegar a medio camino de dondequiera que estuviese Jaxon, y sería libre.
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