Propiedad del Rey Multimillonario de la Mafia - Capítulo 123
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123: Capítulo 123: ¿Larry, Moe o Curly?
123: Capítulo 123: ¿Larry, Moe o Curly?
Jaxon
Hacer volar el garaje de ese gilipollas fue jodidamente fantástico.
Apreté el detonador yo mismo y sonreí con suficiencia mientras veía cómo todo explotaba.
«¿Cómo SE ATREVE a joderme?», pensé.
Ese cabrón tenía prisionera a mi mujer, el amor de mi vida, quizá incluso la madre de mi hijo si alguna vez descubría qué pasaba con esas pruebas de embarazo.
Iba a recuperarla, y él iba a pagar, y muy caro.
Esa pequeña hoguera en el patio trasero era solo el principio.
Mientras las llamas lamían los costados del edificio, fantaseaba con asar malvaviscos sobre las ruinas de sus cosas favoritas….
—Jaxon, tenemos que movernos —gritó Sam por encima del alboroto—.
Ha sido una buena distracción, pero tenemos que hacer más si queremos encontrar a Sara.
Sus hombres deben de estar en camino.
Sam tenía razón.
Necesitábamos otra distracción si queríamos hacer esto bien.
Activé la segunda carga, conectada al invernadero de Marino, y estalló en una satisfactoria lluvia de cristales y humo.
Me hizo sonreír.
—Vale, esa es una forma de hacerlo —dijo Sam, y examinó los escombros—.
Recuérdame que nunca te haga cabrear.
Asentí y salimos disparados en dirección a la casa.
Un gilipollas con un traje barato corrió a nuestro encuentro e intentó bloquearnos el paso.
Craso error.
—Atrás —dijo el gilipollas, apuntándome al pecho con su Glock—.
Nadie pasa de aquí.
Este cabrón… Estaba hasta los cojones de las mierdas de Marino.
¿Que nadie pasaba de ÉL?
¿Un tipo cualquiera?
Estaba claro que no sabía con quién hablaba.
Saqué mi propia Glock y le disparé allí mismo, dos veces, en el corazón.
Estaba muerto antes de tocar el suelo.
Fue culpa suya.
Se equivocaba de medio a medio.
Nadie iba a pasar de MÍ.
—Venga, vamos —le dije a Sam, y pasé por encima del cuerpo sin vida del gilipollas—.
Nadie jode a mi chica.
De camino a la puerta, vi una de las posesiones más preciadas de Marino.
El Aston Martin.
Para ser justos, era un clásico.
Como estaba aparcado en la entrada, de algún modo había sobrevivido al bombardeo.
Era precioso.
Impecable.
Estaba dispuesto a apostar que amaba esa puta cosa más que a su propia vida.
Perfecto.
Miré a Sam y supo exactamente lo que estaba pensando.
Ambos levantamos las armas y disparamos al depósito de gasolina hasta que también estalló en una bola de fuego.
Eso hizo que Marino saliera de la casa.
Sabía que lo haría.
Adoraba esa cosa.
Tenía que admitir que me sentía bastante satisfecho con todo el asunto.
—Mi coche, mi precioso coche —se lamentó Marino, y pensé que se iba a poner a llorar.
Qué pobre diablo.
Se lo merecía por dar más importancia a un trozo de metal que a las personas de su vida.
Los hombres de Marino lo rodearon, así que no tenía un tiro limpio a su cabeza.
Eso me cabreó de cojones.
Estaba harto de sus mierdas y solo quería matarlo de una vez.
La buena noticia era que, aunque todavía no podía dispararle, estaban distraídos.
Sam y yo pasamos justo a su lado y nadie se dio cuenta.
Estaban demasiado ocupados intentando calmarlo.
Todo el lugar era un caos.
La mitad de la propiedad estaba en llamas por toda la mierda que habíamos volado, y sus hombres corrían de un lado a otro intentando apagar el fuego.
Cuando nos acercábamos a la puerta, justo empezaba a pensar que era demasiado fácil cuando tres tipos vinieron hacia nosotros.
Todos con trajes malos y pistolas grandes.
A mí me parecieron los tres chiflados.
Suspiré cuando nos apuntaron con sus armas.
—Suelta el arma, Jaxon —ordenó el primer chiflado—, o te mato aquí mismo.
Eso también me cabreó de cojones.
¿Este tipo sabía quién era y AÚN ASÍ creía que podía decirme lo que tenía que hacer?
Jodidamente increíble.
—Sabes, esto es una puta mierda —le ladré, harto de esta mierda—.
¿Quién coño eres?
¿Larry, Moe o Curly?
El chiflado, a quien decidí llamar Curly, pareció confundido.
Mientras intentaba averiguar de qué estaba hablando, Eli se deslizó por detrás de él y le disparó en la nuca.
Larry y Moe se quedaron paralizados, lo que nos dio a Sam y a mí la oportunidad de abatirlos también.
Un gilipollas y tres chiflados menos.
—Buen tiro —le dije a Eli, quien asintió y se unió a nosotros para asaltar la casa.
Entonces la vi: pelo de un intenso rojo fresa.
Sara.
Estaba delante del ventanal, discutiendo con un tipo enorme en la cocina.
Esa era mi chica.
Ese tipo podría partirla como una ramita, y a ella le importaba una mierda.
Parecía que le estaba diciendo que se fuera a la mierda.
Por supuesto, eso significaba que tenía que entrar antes de que él se cabreara lo suficiente como para INTENTARLO, pero aun así admiraba sus agallas.
—¡Sara!
¡Ya vamos!
—grité, y cuando sus ojos se encontraron con los míos fue eléctrico.
Matar a esos gilipollas no había acelerado mi corazón ni un ápice.
Pero cuando me miró, lo juro por Cristo, el corazón me latió con tanta fuerza que parecía una de esas caricaturas en las que se le sale del pecho al personaje.
Dios, la amaba.
Hacía que la vida valiera la pena.
—¡Apártate!
¡Voy a entrar!
—grité, y ella asintió y se quitó de en medio.
Vacié cinco balas en el ventanal, haciendo que los cristales volaran por todas partes.
Entré trepando, intentando evitar los fragmentos rotos sin quitarle el ojo de encima a mi chica.
Por supuesto, para cuando entré, ella ya no estaba, y en su lugar tenía delante al tipo enorme con el que había estado discutiendo.
—¿Pero qué coño?
—gruñó, y miró las ruinas de la cocina—.
¡Marino me va a matar!
¿Quién coño eres tú?
—En lugar de perder el tiempo respondiendo, le disparé en la cabeza.
Cayó delante del frigorífico y pasé por encima de él de camino al vestíbulo.
Corrí por el pasillo con Sam y Eli pisándome los talones.
—Sara, ¿dónde estás?
—grité mientras corría por el pasillo, confundido por su aparente desaparición—.
¡Estamos aquí!
¡Hemos venido a rescatarte!
¡Sal!
Fue una mierda muy rara.
No había nadie alrededor.
Y de repente, todo el mundo estaba allí.
Joder.
Tres tipos más se materializaron de la nada.
Todos llevaban armas y todos parecían cabreados.
Nos rodearon.
Fue un ataque coordinado.
—Bajen las armas —dijo el más alto, y su voz me resultó familiar.
Era el Oficial Shepherd, uno de los policías a sueldo del Jefe Price.
Marino lo había comprado.
Me pregunté cuánto tiempo llevaba trabajando para el otro bando—.
Bajen las armas despacio y nadie saldrá herido.
¿Nadie saldrá herido?
¿Estaba de puta coña?
No solo iba a matarnos, sino que además haría que pareciera otra cosa ante la ley.
Luego mataría a Sara y ayudaría a Marino a apoderarse de mi negocio.
Y una mierda.
Nada de eso iba a pasar.
—Vaya, me encantaría, oficial, pero, ¿no está un poco fuera de su jurisdicción?
—le pregunté, mientras intentaba pensar en mi siguiente movimiento—.
Quiero decir, no puede estar aquí a título oficial.
Parece que quizá está un poco fuera de lugar, ¿me equivoco?
Shepherd bufó y mantuvo el arma apuntándome.
Miré por la habitación, intentando encontrar una salida.
Vi la lámpara de araña.
Esa cosa era jodidamente enorme y me dio una idea.
—Me parece que el que está fuera de lugar aquí eres tú, Jaxon —respondió Shepherd con una sonrisita que me hizo hervir la sangre—.
Te tenemos rodeado.
¿Por qué no te rindes y ya está?
Quizá si vienes tranquilamente, Marino incluso te deje vivir.
—Ni en esta vida —gruñí, y antes de que pudiera reaccionar, vacié un cargador en la lámpara de araña que colgaba sobre su cabeza.
Cayó justo encima de él en una lluvia de cristales, y se desplomó con fuerza.
Le quité el arma de una patada y le metí dos balas en el pecho, por si acaso, mientras Sam y Eli se encargaban de los otros dos.
Fue entonces cuando la oí llamarme.
—¡Jaxon, ayuda!
—oí gritar a Sara desde lo que sonaba como la parte de atrás de la casa—.
¡Por favor, ayuda!
Esos cabrones.
Me detuve a recoger un fragmento de cristal largo y afilado de la lámpara y corrí en la dirección de sus gritos.
Cuando llegué allí estaba tan cabreado que creí que me iba a explotar la puta cabeza.
Tres de esos cabrones la habían rodeado y ella intentaba defenderse de ellos con un cuchillo de cocina.
Lo blandía bastante bien, pero eran mucho más grandes que ella, así que no era una pelea justa.
Esos gilipollas.
—¡Alejaos de ella, joder!
—ladré, corriendo hacia ella—.
¡Esta es vuestra última advertencia!
¡Os voy a matar, cabrones!
Uno de esos gilipollas la agarró por la cintura y la arrastró por el pasillo mientras ella gritaba.
Eso fue todo.
Su grito me arrancó el corazón, y perdí los putos estribos.
Ya no tenía el control.
Corrí tras ellos, enfurecido.
Estaba de espaldas a mí, y lo agarré por los hombros, atrayéndolo hacia mí.
No la soltó, así que le pasé el brazo por el cuello y le hice una llave.
Le costaba respirar, y cuando tiró de mi brazo para intentar liberar su cuello, perdió el agarre sobre Sara.
Ella se soltó y se quedó allí, aturdida, por un momento.
Noté que quería ayudarme.
Era tierno, pero tenía que largarse de allí de una puta vez.
—Corre —le dije, mientras asfixiaba al gilipollas—.
Te encontraré.
¡Te lo prometo!
Asintió y corrió por el pasillo.
Eli y Sam estaban luchando con los otros dos, lo cual era bueno.
Porque ese gilipollas era MÍO.
Había puesto sus manos sobre mi mujer.
Tenía que pagar.
Lo bajé al suelo y saqué el cristal afilado como una navaja.
Intentó lanzarme un puñetazo y se lo clavé en el cuello.
Supongo que podría haberme detenido ahí, pero la rabia se apoderó de mí.
«¿Cómo SE ATREVE a joder a mi mujer?», pensé.
Se lo saqué del cuello y lo apuñalé una y otra vez.
Sentía cómo mi rabia crecía con cada movimiento, y la sangre brotaba de él como si lloviera.
Me cubrió, y me gustó.
Me gustó mucho.
Quería volver a matarlo.
—Jefe, ¿estás bien?
—me preguntó Sam, y parecía preocupado.
Tenía sentido.
Estaba cubierto de sangre y probablemente sonreía como un maníaco—.
Nos hemos encargado de los otros dos, pero vienen más en camino.
¡Cojamos a Sara y larguémonos de aquí de una puta vez!
Sí, estaba bien.
Y eso era exactamente lo que íbamos a hacer.
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