Propiedad del Rey Multimillonario de la Mafia - Capítulo 132
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- Capítulo 132 - 132 Capítulo 132 Nada puede separarnos
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132: Capítulo 132: Nada puede separarnos 132: Capítulo 132: Nada puede separarnos Sara
Me sentía fatal por haber discutido con Jaxon por culpa de Antonio.
Jaxon solo intentaba mantenerme a salvo.
Y cuanto más lo pensaba, más me daba cuenta de que, en realidad, Antonio no era un buen tipo.
Me había mantenido secuestrada.
Había matado a Cynthia.
Y aunque Cynthia no era precisamente una de mis personas favoritas, eso no significaba que mereciera morir.
Probablemente también estuvo mal por mi parte ponerme celosa por Cynthia.
Es que a veces no podía evitarlo, por todo lo que había pasado con ella.
Decidí que le prepararía la cena para disculparme.
No era la mejor cocinera del mundo, así que pedí ayuda.
Resultó que Teddy, además de ser un hacker de talla mundial, también era un cocinero gourmet.
Sinceramente, no sabía de dónde sacaba el tiempo.
Pero desde luego que estaba agradecida por la ayuda.
—Lo que tienes que hacer con los tomates es asegurarte de usar sal —dijo Teddy, mientras cortaba uno para la ensalada—.
Saca su sabor.
No demasiada, solo la suficiente para sazonarlos.
Ese era el tipo de cosas que yo no sabía.
Pero ¿a quién quería engañar?
No sabía nada de cocina.
Jaxon era un marido tan estupendo que se comía lo que yo a veces cocinaba, aunque no siempre saliera tan bien.
—Voy a necesitar que peles estas para el puré de patatas —dijo, y añadió algún tipo de especia al pollo—.
Yo me encargo de sazonar esto.
No te ofendas, pero todavía no estás a ese nivel.
—No me ofendo —le aseguré con alivio—.
Créeme, sé que no estoy a ese nivel, para nada.
King entró despreocupadamente en la cocina y se sentó delante de mí.
Sabía lo que quería.
Le lancé un dadito de queso, que atrapó y se tragó en un solo movimiento.
Me recompensó con una sonrisa que dejaba ver sus dientes.
A King nunca le importó que yo no supiera cocinar, cosa que yo agradecía.
Le dije que era un buen chico, pero solo resopló y se fue contoneándose de vuelta al salón.
Creo que ni él quería verme intentar cocinar.
Suspiré y cogí el pelador.
—Entonces, ¿qué pasa contigo y Jaxon?
—preguntó Teddy.
Noté una preocupación genuina en su voz—.
No quiero entrometerme, pero si de verdad estás intentando cocinar, no puede ser bueno.
Tenía razón, no era bueno.
Había dicho y hecho cosas de las que me arrepentía.
Jaxon solo intentaba protegerme y yo le había devuelto el favor cuestionando su lealtad hacia mí.
Estaba enfadada conmigo misma.
¿Qué demonios me pasaba?
Toda mi vida había deseado que alguien se preocupara por mí, que se asegurara de que estuviera a salvo.
Alguien por fin lo hacía y yo lo fastidiaba todo.
Suspiré y ataqué la patata con el pelador.
Se me resbaló de las manos, pero la atrapé y lo intenté de nuevo.
—Le dije a Jaxon que quizá debería considerar un tratado con Antonio —respondí, con vacilación—, y que a lo mejor Antonio no era tan malo.
Ahora está enfadado conmigo y cree que no confío en él.
Pero sí que confío.
Y nunca debería haber dicho esas cosas.
Ahora sé que solo intentaba ayudarme.
Y tengo que compensárselo de alguna manera.
Así que pensé….
—Sabía que estabas enfadada, pero, Cristo, estás cocinando.
¿Significa eso que intentas matarme?
—me preguntó Jaxon con una sonrisa.
Ni siquiera lo había oído entrar.
Me pregunté cuánto tiempo llevaba allí de pie y cuánto habría escuchado.
Cruzó la habitación, me quitó el pelador de la mano y me besó apasionadamente.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí de pie?
—le pregunté cuando nos separamos—.
¿Y has hecho esa broma porque me has visto intentar pelar esa patata?
Porque puedo hacerlo, ¿sabes?
¡Puedo!
Definitivamente, me había costado pelar esa patata, pero al final lo habría conseguido.
Sé que lo habría hecho.
—Lo suficiente para saber que yo era el gilipollas de esta ecuación —dijo, y se rio entre dientes—.
No pasa nada.
No te estaba escuchando antes.
Es decir, ahora sí, pero no cuando estábamos discutiendo.
Eso estuvo mal por mi parte.
Y no, en realidad no creo que pudieras matarme con tu comida.
La patata era una gilipollas.
¡Lo vi!
Tuve que reírme.
Solo mi marido llamaría gilipollas a una patata.
Bueno, eso fue un alivio, en todos los sentidos.
Teddy se despidió con la mano desde la puerta para darnos algo de espacio, y Jaxon examinó el pollo con ojo crítico.
Supongo que le pareció bien lo que vio, porque después de añadir una pizca de pimentón, asintió y lo metió en el horno.
—Esa parte la ha hecho Teddy, ¿verdad?
—preguntó con una sonrisa, y le di una palmada juguetona como respuesta—.
No digo que esté preocupado, pero ya sabes, el pollo puede ser complicado.
Realmente tienes que…
Lo silencié con un beso, y él gimió mientras se movía contra mí.
Pasó las manos por mi pelo y me olvidé del maldito pollo.
Me olvidé de todo menos del contacto de su piel contra la mía.
—De verdad que tienes que subirle el sueldo a Teddy —le dije, e intenté recuperar el aliento.
Ese hombre sabía cómo besar.
Me costó más esfuerzo apartarme de él del que estaba dispuesta a admitir, quizá incluso a mí misma—.
Ese chico se ha pasado hoy por los dos.
Lo sabes, ¿verdad?
—Sí, claro que lo sé —respondió mi marido, y me agarró la mano—.
Casi siempre lo hace.
Por eso es tan importante para mí.
Pero no tan importante como tú.
Nadie es tan importante como tú.
Te quiero, Sara.
Te quiero más que a nada.
Lo sabes, ¿verdad?
Rompí a llorar al oír sus palabras, y él me rodeó con sus brazos.
Ni siquiera sabía por qué lloraba.
Es que estaba tan frustrada.
No quería estropear lo que teníamos.
Y a veces me preguntaba si yo era capaz de tener una relación normal y sana.
—Yo también te quiero —le dije entre lágrimas—.
¡Te quiero más que a nada!
Lo siento, Jaxon.
Lo siento mucho.
Sé que solo intentabas protegerme.
Mi lealtad es para ti, y punto.
No sé si te das cuenta, pero es verdad.
Y nunca te haría daño intencionadamente, jamás.
Estamos en guerra.
Ahora lo entiendo.
Mi prioridad tiene que ser apoyarte, y punto.
Y si eso significa que tenemos que acabar con los Marino, pues eso es lo que haremos.
Me abrazó con suavidad y me susurró que no pasaba nada y que me quería.
Pensé que no me lo merecía, y darme cuenta de eso solo me hizo llorar con más fuerza.
—Eh, eh.
Tranquila, cariño.
Lo entiendo —susurró suavemente, acariciándome el pelo—.
Solo intentabas ayudar.
Pensaste que si podíamos llegar a un acuerdo, quizá no tendríamos que seguir luchando contra ellos.
No era una mala idea.
Entiendo por qué lo pensaste.
De verdad.
Y en otras circunstancias, podría funcionar.
Es solo que estos tíos… no se puede confiar en ellos.
—Cuando te tuvo encerrada en su casa, perdí la cabeza —admitió, y se pellizcó el puente de la nariz—.
Me volví loco.
No estoy orgulloso de ello, pero lo hice.
Tenía miedo de perderte y no podía soportarlo.
Puedo soportar muchas cosas.
He visto muchas mierdas muy locas y, por lo general, no me afectan.
Pero la idea de que te pasara algo… No podía con ello.
No puedo con ello.
No puedo perderte.
Eres mi corazón.
Mi vida.
Eres mi mundo.
Así que haré lo que tenga que hacer para mantenerte a salvo.
Aunque te cabree, aunque quieras matarme, joder, voy a hacer lo que tenga que hacer para mantenerte a salvo.
No puedo hacer esta mierda sin ti.
¿Tiene sentido?
Asentí y lo abracé con más fuerza.
Sí que tenía sentido.
Tenía todo el sentido del mundo.
Solo había estado pensando en mi propia perspectiva.
En mi cabeza, no había sido para tanto.
Antonio no me hizo daño.
Me asustó un poco y odié estar separada de Jaxon, pero no me hizo daño.
Sobreviví, salí de allí.
Jaxon me rescató, y sabía que lo haría.
Nunca se me ocurrió cómo debió de ser para él.
Con razón odiaba a Marino a muerte.
Si nuestras posiciones se hubieran invertido, yo también lo habría odiado.
—Eso tiene todo el sentido del mundo —le dije, y le miré a sus tormentosos ojos grises—.
Yo también te quiero.
Te quiero mucho, Jaxon.
Por supuesto que no quieres llegar a un acuerdo con él.
Después de lo que nos hizo pasar, tiene suerte de seguir vivo.
—Sí, la tiene —respondió mi marido, y me dio un beso en la mejilla—.
De hecho, quise eliminarlo el día que fui a por ti.
Había demasiados de sus hombres cerca, así que no disparé.
Estaba llorando por su coche.
Me reí a carcajadas ante la idea de Antonio llorando por un coche.
Era demasiado gracioso, no pude evitarlo.
—¿Llorando por su coche?
—pregunté, y me reí de nuevo—.
¿En serio?
¿Eso es lo que le molestaba?
—Sí, así era —dijo mi marido con una sonrisa de suficiencia—.
El Aston Martin.
Max y yo lo volamos por los aires.
Y se volvió puto loco.
Fue divertidísimo.
Estaba gritando: «¡Mi coche!
¡Mi coche!».
Eso es lo que le importa a ese gilipollas: un trozo de metal.
Tiene esposa y dos novias, y le preocupaba su puto juguetito.
Eso fue lo que le afectó.
No voy a mentir.
Fue difícil tomarlo en serio después de esa mierda.
El hombre que me había secuestrado, aterrorizado e intentado seducir, se había quedado reducido a eso por un coche.
Mi marido tenía razón.
No era alguien con quien tuviéramos que llegar a un acuerdo.
—Vale, entiendo lo que quieres decir —le dije a mi marido, conteniendo la risa—.
Quiero decir, es bastante patético, ¿no?
—A mí me lo pareció —dijo Jaxon.
Se rio a carcajadas al recordarlo—.
Yo temía no llegar a ti a tiempo.
Me preocupaba perder al amor de mi vida.
¿Y a él le preocupaba perder un coche?
En serio, ¿de verdad?
El amor de su vida… Acababa de llamarme el amor de su vida.
Jaxon era el amor de mi vida, pero nunca me había permitido ni siquiera soñar con ser eso para él.
—¿Así que soy el amor de tu vida?
—le pregunté mientras le miraba a los ojos—.
¿De verdad?
¿Estás seguro?
—Por supuesto que lo eres —dijo con una sonrisa que hizo que me temblaran las rodillas—.
¿No lo sabes ya?
No lo sabía, en realidad.
Pero ahora que lo sabía, iba a asegurarme de que nada volviera a separarnos, nunca más.
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