Propiedad del Rey Multimillonario de la Mafia - Capítulo 249
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Capítulo 249: Capítulo 249: La sorpresa
Jaxon
Leí el periódico, feliz de ver que no había nada sospechoso, nada que pareciera que fuera a llevar a un informe terrible de Antonio o de cualquiera de mi gente. Sorbí mi café y me apoyé en la encimera. Solo levanté la vista cuando Sara bajó las escaleras. Su gran barriga asomó primero, y estaba claro que sus pantalones de chándal apenas podían contenerla.
—Buenos días, preciosa, ¿cómo te sientes? —pregunté.
Frunció el ceño y me puso una cara de enfado que daba pena.
—No sé, me duele la espalda —se quejó—. No creo que haya dormido bien. Me he levantado a hacer pis un montón de veces. Es como si el bebé se hubiera colocado sobre mi vejiga.
La atraje hacia mí y la abracé con fuerza.
—Lo siento, cariño, pero acabará pronto. Has hecho un trabajo increíble —respondí—. Es decir, oye, hoy es tu fecha prevista de parto, así que no puede faltar mucho.
—Hoy —refunfuñó.
Le dediqué una sonrisa comprensiva.
—Es posible, pero la mayoría de las mujeres no dan a luz justo en su fecha prevista. Es solo una estimación —expliqué.
Me lanzó una mirada asesina. —Más le vale a este bebé salir de mí hoy. No creo que pueda soportar mucho más estos dolores. Es que siento como si el dolor de espalda se moviera y, de vez en cuando, se vuelve muy intenso. Siento como si se extendiera hacia las caderas.
Enarqué una ceja.
—¿Con qué frecuencia tienes esos dolores más intensos? —pregunté, un poco más preocupado. Me di cuenta de que Sara podría ser uno de esos raros casos en los que una mujer da a luz en su fecha prevista. Sara se encogió de hombros y pareció un poco frustrada.
—En realidad no estoy llevando la cuenta, pero al menos una cada hora —respondió. Entonces abrió mucho los ojos y separó un poco las piernas. Sus mejillas empezaron a sonrojarse y parecía tanto nerviosa como confundida. Miré hacia abajo y vi un charco húmedo debajo de ella.
—¡Sara, estás de parto! ¡Acabas de romper aguas! Eso que sientes son contracciones. Acerqué una silla y la hice sentarse mientras cogía nuestras bolsas del hospital. Llevé el coche a la entrada, volví a por ella y la acompañé hasta el coche.
—¿Y el suelo? —preguntó ella.
—Eso no es lo que importa ahora. Ya me encargaré de eso más tarde. Tenemos que llevarte al hospital. Arranqué el coche y conduje tan rápida y prudentemente como pude hasta el Hospital General Memorial, que estaba cerca. Me sentí como un manojo de nervios mientras la registraba y la sentaba en una silla de ruedas. Sara esperaba cómodamente, frotándose la barriga.
—¿Cada cuánto tiene las contracciones? —preguntó la enfermera mientras nos instalábamos en la sala de preparto.
Sara se subió a la cama tambaleándose, sonriendo a través del dolor de la contracción.
—Parece que ahora son cada veinte minutos, no he comprobado cuánto ha dilatado —respondí. Sara me miró sorprendida y confundida.
—Está bien, puedo hacerlo ahora. —La enfermera ayudó a Sara a levantar los pies e hizo algunas pruebas, incluyendo comprobar su dilatación. Observé con ansiedad mientras Sara se recostaba, algo incómoda. Estaba sorprendido e impresionado por lo bien que lo estaba llevando todo.
—Vale, está de unos ocho centímetros, eso es genial. Está progresando. Volveré en una hora para ver cómo va —dijo la enfermera con calma.
Sara asintió y yo me senté a su lado.
—Lo estás haciendo genial, cariño, solo relájate y sigue respirando —dije mientras tomaba su mano entre las mías.
—¿Puedes creerlo? ¡Vamos a tener una niña! —exclamó entre lágrimas. Sonreí y le besé la mano—. Todavía no tenemos un nombre para ella…
Hice una pausa, pensativo, y los dos pasamos la siguiente hora diciendo un nombre tras otro, intentando decidir cómo llamar a nuestra hija. De vez en cuando, Sara se detenía y gritaba de dolor por las contracciones. Estaba claro que eran cada vez más seguidas. Cuando empecé a contar, solo había unos diez minutos entre ellas. Seguimos hablando de nombres a pesar de todo; Sara parecía decidida a elegir uno antes de que naciera nuestra hija. Todavía estábamos en ello cuando la enfermera volvió para ver cómo estaba.
—¡Vale, genial! Ya está en diez centímetros, vamos a llevarla al paritorio. La enfermera llamó a algunas personas más y empezaron a llevar a Sara en la silla de ruedas hacia el paritorio.
Sara gritaba y gemía con su última contracción. Caminé rápidamente con ellos, manteniendo mi mano en la de Sara mientras ella respiraba con dificultad.
Me puse el pijama quirúrgico y los seguí a la sala. Era extraño oírla gritar como una loca y suplicarme ayuda mientras, al mismo tiempo, me maldecía. Hice todo lo posible por aplicar lo que habíamos aprendido en las clases de preparación al parto. La ayudé a respirar mientras los médicos hacían su trabajo. Todo parecía suceder muy deprisa, aunque supuse que Sara no sentiría lo mismo. Gritó y se agarró con fuerza al armazón de la cama.
—Ya casi está, el bebé está llegando —dijo el médico. Había empezado a mirar un poco más lo que estaba haciendo, pero no era una visión agradable, así que volví a mirar a Sara.
—¡Lo estás haciendo genial, cariño! Lo estás haciendo muy bien. ¡Sigue empujando! —le susurré. Me miró con una expresión extraña y pasó a agarrarme el brazo en lugar del armazón de la cama—. Ya casi has terminado. ¡Sigue empujando!
—Ya veo la cabeza, ya casi está, Sara —dijo el médico con mucha más calma que yo.
Sara gritó e hizo fuerza hasta que finalmente oímos un pequeño quejido. Miré y vi a un bebé diminuto en los brazos del médico. Era perfecta y preciosa.
La enfermera se la llevó para limpiarla y yo me volví hacia Sara. Le aparté el pelo de la cara. Estaba sudorosa y acalorada. Parecía como si acabara de correr una maratón. Me imaginé que así era probablemente como se sentía.
—Lo has conseguido, cariño. Está bien. Está sana —susurré. Le besé la frente a Sara.
Sonrió y respiró profundamente, mirándome.
—¿Lo he conseguido? Quiero verla. Quiero cogerla en brazos —dijo Sara con voz entrecortada.
Asentí. —Lo sé, pronto. Solo la están limpiando y luego te la traerán. Espera un poquito. Además, creo que he pensado en un nombre…
Sara me miró con los ojos brillantes.
—Estaba pensando en Camilla. ¿Te gusta?
A Sara se le volvieron a aguar los ojos y asintió.
—Me encanta, es precioso. —Era evidente que apenas podía pronunciarlo. No estaba seguro de si estaba de acuerdo porque estaba muy sensible en ese momento o porque realmente le gustaba. No iba a insistir. Teníamos un nombre, y nuestra hija había nacido y estaba sana.
La enfermera regresó con nuestra hija envuelta en mantas y ya limpia. Ahora dormía y se la veía tan tranquila y perfecta.
***
Sara seguía dormida y Camilla dormía en la sala de neonatos. Yo estaba apoyado en el borde de la cama, cabeceando. Tanto Sara como Camilla estaban limpias y ambas se encontraban felices y sanas. Me sentía muy afortunado y en paz.
—Hola —murmuró Sara con voz somnolienta.
Me giré para mirarla. —¿Hola, cómo te encuentras? —pregunté, tomando su mano entre las mías.
—Estoy bien, estoy mejor —respondió—. ¿Dónde está Camilla?
—Está durmiendo en la sala de neonatos. Cuando la enfermera vuelva y vea que estás despierta, seguro que la trae para que empieces a darle el pecho. Mientras tanto, quiero hablar contigo de una cosa.
La expresión de Sara se tornó seria e hizo lo que pudo por incorporarse en la cama.
—Vale, ¿qué es?
—La sorpresa secreta que tenía, ¿todavía quieres saber de qué se trata? —pregunté en tono juguetón.
Abrió los ojos como platos.
—¿Ahora? ¿Este es el momento? —preguntó.
—Creo que ahora es un momento tan bueno como cualquier otro, si estás lista —repliqué.
Sara asintió enérgicamente.
No pude evitar reírme entre dientes. —James me ha estado ayudando a establecerme en algunas empresas tecnológicas. Estoy haciendo algunas inversiones para que nunca tengamos que preocuparnos por el dinero, incluso si algo le pasa a la editorial.
—Espera, ¿«empresas tecnológicas»? —preguntó, con un tono escéptico.
—Empresas tecnológicas legítimas. Todo esto es legal y transparente. Te lo prometí, se acabaron las actividades ilegales. Son inversiones reales con empresas reales, sin trampas. Pero con la forma en que están configuradas, obtendremos una alta rentabilidad y estaremos cubiertos de por vida. Camilla nunca tendrá que preocuparse.
—¡Oh, Jaxon, gracias! Esto significa mucho para mí. —Empezó a llorar de nuevo y extendió los brazos para abrazarme.
La atraje hacia mí y la besé. —Por supuesto, esta es nuestra familia, haré cualquier cosa por mis chicas.
Antes de que Sara pudiera responder, llamaron a la puerta. La enfermera entró con nuestra hija en brazos.
—Hola, ¿cómo estamos todos por aquí? —preguntó.
—Estamos muy bien —respondió Sara entre lágrimas. Al instante, extendió las manos hacia Camilla, y la enfermera se la entregó.
—He pensado que podríamos intentar darle el pecho, ¿qué te parece, Sara? ¿Te sientes con fuerzas? —La enfermera le dedicó una mirada tierna y maternal.
Sara sonrió y asintió. Se acomodó y siguió las instrucciones de la enfermera hasta que Camilla se agarró al pecho.
—¡Lo está haciendo! ¡Se ha agarrado! —exclamó Sara, complacida y eufórica. Sonreí y observé a este precioso bebé que habíamos traído a la vida mamar de Sara y descansar. Nunca había visto nada más perfecto y no creía que pudiera amar nada más. Me incliné y le aparté a Sara el pelo de detrás de la oreja.
—Dios mío —susurré.
—¿Qué?
—Esto es lo más maravilloso que podría haber imaginado. No puedo creer que ambas seáis mías y que pueda quedarme con vosotras para siempre. Os quiero muchísimo a las dos —repliqué.
Pequeñas lágrimas cayeron rápidamente por las mejillas de Sara mientras asentía. Me incliné y la besé.
La enfermera se fue y los tres nos quedamos sentados en silencio durante un buen rato. Era difícil creer que la vida pudiera ser mejor que esto. Por primera vez desde que tengo memoria, no tenía que lidiar con ningún negocio criminal importante. No miraba por encima del hombro ni me preocupaba por qué exaltado podría ir a por Sara a continuación. Todo era paz y calma. Sara y Camilla estaban felices, sanas y eran mías. Todo parecía perfecto.
Sara
—No puedo creer que ya tenga cinco meses. Qué rápido pasa el tiempo —susurré. Sostenía a Camilla en brazos mientras dormía y Jaxon terminaba de pedir la cena al servicio de habitaciones.
Cuando terminó, se volvió hacia Camilla y hacia mí. Le dio un beso en la frente y otro a mí en la mejilla.
—Está tan preciosa como el primer día que llegó —respondió él—. Se parece a su madre.
Sonreí. Pensé que todavía era demasiado pequeña como para parecerse a nadie. Solo parecía un bebé diminuto. Pero la quería muchísimo. Sabía que eso nunca cambiaría, sin importar el aspecto que tuviera al crecer.
—¿Crees que ha sido un error? Es que es demasiado pequeña para hacer nada o disfrutar de algo —le pregunté.
Jaxon se rio. —En realidad, esto no es para ella, aunque el doctor Welsh dice que las luces, los colores y los sonidos son buenos para su desarrollo. Esto es más bien para nosotros, para que podamos tener unas buenas vacaciones y descubrir lo que eso significa ahora que tenemos a Camilla.
Sonreí y asentí. Saqué el mapa, lo extendí sobre la cama y empecé a examinarlo de nuevo. Repasé todos los lugares e intenté ordenarlos mentalmente. Nunca imaginé que nos llevaría más de un día recorrer el parque, pero tener un bebé ralentizaba mucho las cosas.
—De hecho, estaba pensando que mañana podríamos ir a Epcot. Quizá sea un poco más fácil. Apenas hay atracciones. Es más que nada dar una vuelta y ver las diferentes culturas. ¿Qué te parece? —preguntó, sacando el otro mapa y colocándolo sobre el mío.
Sonreí y empecé a mirarlo con él.
—Suena genial. Puede ser como un pequeño recorrido por todos los países que deberíamos visitar en el futuro —respondí en tono juguetón.
La sonrisa de Jaxon se ensanchó.
Me levanté y acosté a Camilla en su moisés. La observé unos instantes antes de volver a la cama con Jaxon. Apenas llevaba un momento sentada y ni siquiera tuve tiempo de volver a centrarme en los mapas antes de que Jaxon los apartara de una manotada y tirara de mí para tumbarme sobre él.
—Qué hermosa eres, ¿sabes?
Sonreí y lo besé.
—¿Aún lo crees? ¿Todavía quieres acostarte conmigo? —bromeé.
Abrió los ojos como platos. —¿Bromeas? ¡Claro que sí! No solo quiero, sino que me gustaría que hiciéramos una de estas un par de veces más —dijo, señalando a Camilla en su cuna.
Volví a mirarla y mi sonrisa se hizo más grande.
—¿De verdad? ¿En cuántos más estás pensando? —pregunté, mientras me inclinaba para besarle el cuello y la boca.
Gimió ante mi caricia y deslizó sus manos por mis piernas hasta meterlas bajo mi camiseta.
—Estaba pensando en al menos dos más —masculló. Bajó las manos y me apretó el culo. Empezó a meterlas por debajo de mis pantalones cortos del pijama y noté cómo me humedecía. Jaxon soltó una risita.
—Me alegra ver que tú también sigues deseándome —me susurró al oído. Gemí y volví a besarlo. Antes de que la cosa se pusiera más seria, llamaron a la puerta.
—Servicio de habitaciones —se oyó una voz educada desde el otro lado de la puerta. Jaxon refunfuñó mientras yo me levantaba para abrir. Me reí cuando intentó agarrarme de nuevo. Abrí la puerta y vi a un chico que apenas parecía tener edad para trabajar. Me hice a un lado y lo dejé pasar con la bandeja de la comida.
—Puede dejarlo ahí, sobre el escritorio, gracias —le indiqué. Hizo lo que le pedí y le entregué el billete de cien dólares que me había dado Jaxon. El chico se quedó de piedra.
—Vaya, gracias, señora —dijo al marcharse.
Me estremecí e hice una mueca mientras volvía a la cama con Jaxon.
—¿Qué? ¿No te ha gustado que te diera las gracias? —preguntó Jaxon, todavía riéndose.
—No me ha gustado que me llamara “señora”. No soy tan mayor para eso —respondí.
Jaxon se rio con más ganas.
—¿Y cómo preferirías que te llamara? “Señora” no es por la edad, es una muestra de respeto —explicó—. Y si te preocupa envejecer, no lo hagas. Tener a nuestra hija solo te ha hecho aún más hermosa. El que debería preocuparse soy yo, que te saco unos buenos veinte años.
—Pues para mí estás guapísimo —dije con sinceridad. Cualquiera que viera a Jaxon por primera vez, seguramente le costaría creer su verdadera edad.
Me levanté y fui a ver la comida que habíamos pedido. Primero abrí la caja de mi pizza y le di un bocado rápido a una porción. Debajo de la segunda tapa estaba mi hamburguesa con queso y, bajo la tercera, la hamburguesa de Jaxon. Le pasé su plato.
—No puedo creer que hayas pedido las dos cosas —bromeó.
Me encogí de hombros. —Tengo hambre. ¡Esta niña consume mucho! ¡Literalmente me está absorbiendo la energía! —dije, señalando a Camilla.
—Claro, échale la culpa a nuestra hija. Aunque a ti nunca te ha faltado boca —replicó.
Sonreí con picardía. —Y eso te encanta de mí. —Me acerqué a él con otro trozo de pizza en la mano, me acomodé en su regazo y lo besé.
—Desde luego que sí.
***
Era más fácil llevar a Camilla en el cochecito que en la mochila portabebés. A ella también parecía gustarle más. Todo Epcot era precioso y alucinante. Volví a mirar el mapa, intentando decidir a dónde iríamos después.
—¿Dónde quieres que comamos? —pregunté, dándole la vuelta al mapa. Jaxon me lo quitó de las manos y me hizo un gesto para que me fijara en el camino que tenía delante. Seguí empujando el cochecito de Camilla por el sendero mientras pasábamos junto a los cientos de turistas que había allí.
—Mmm…, ¿qué te apetece, comida china? —preguntó, sin apartar la vista del mapa.
—Suena bien. ¿Sabes lo que me apetecería un montón ahora mismo? ¡Unos langostinos en tempura!
—Eso es japonés —dijo Jaxon, un poco confundido.
—Lo sé. No hay ninguna razón por la que no podamos tomar las dos cosas.
—Tienes razón —replicó Jaxon—, al fin y al cabo, estamos de vacaciones.
Le sonreí y, justo detrás de él, vi a un hombre con traje y gafas de sol, sentado solo en un banco. Tenía un aspecto extraño, como si estuviera fuera de lugar. No dejé de mirarlo mientras caminábamos, y él también parecía estar observándome. Al final, Jaxon se dio cuenta de que me había quedado mirando algo e intentó ver qué era. Antes de que pudiera decir nada, una mujer vestida con la misma formalidad se acercó a él con dos cafés con hielo. El hombre le sonrió y perdió todo interés en mantener el contacto visual conmigo.
Me di la vuelta y resoplé con desdén.
—¿A qué ha venido eso? —preguntó Jaxon.
Negué con la cabeza. —Nada, he tenido la extraña sensación de que ese tipo nos estaba vigilando, pero… no. Solo está aquí, como todo el mundo. Es que todavía se me hace surrealista que estemos bien. ¿Sabes a qué me refiero? —pregunté, bajando la voz.
Asintió, y se puso a mirar a su alrededor.
—Sé perfectamente a qué te refieres. Estoy tan acostumbrado a mirar por encima del hombro que es difícil dejar de hacerlo. Pero en estas vacaciones con vosotras dos, siento que por fin puedo… que por fin puedo, simplemente, disfrutar de nuestro tiempo y de nuestra vida juntos.
—¿Crees que ya podemos relajarnos? —pregunté, buscando más seguridad en sus palabras.
—Han pasado cinco meses y no hemos tenido noticias de nadie. Ni represalias ni nada. Estoy seguro de que Antonio nos habría dicho algo la última vez que cenamos con él y Bianca si hubiera algún problema. Así que sí, creo que ya podemos relajarnos de verdad y empezar a fingir que somos gente normal.
Me reí un poco por lo bajo. La idea me parecía tan ajena.
—Somos gente normal —repetí.
Él se rio y se acercó a besarme. —Eso es. No tenemos nada de qué preocuparnos ni nada que temer —respondió.
—Bueno, excepto tú si intentas interponerte entre mis langostinos en tempura y yo —repliqué con un guiño.
Se rio y volvió a besarme.
Paseamos tranquilamente y felices por el parque de atracciones, disfrutando del momento. No pensamos en nadie más que estuviera allí con nosotros, ni en si alguien nos perseguía, porque sabíamos que no era así. Disfrutamos de nuestro almuerzo de temática asiática y seguimos caminando hasta que estuve demasiado cansada para continuar.
Jaxon se encargó del cochecito mientras volvíamos al hotel y subíamos a la habitación. En cuanto abrió la puerta, entré y me desplomé sobre la cama.
—¿Quién iba a decir que tener un bebé te dejaba así? Ya ni siquiera está dentro de mí, ¿por qué estoy tan agotada? —pregunté.
—Bueno, no es solo eso. Todavía estás dando el pecho, hemos estado caminando mucho bajo el sol… Es normal que todo eso te pase factura, no te preocupes. Tómate todo el tiempo que necesites para recuperarte. Por eso estamos aquí una semana.
Me reí contra la almohada.
—A este paso no estoy segura de que una semana sea suficiente —respondí con sarcasmo.
—Pues la alargamos.
Me reí y relajé todos los músculos.
—¿Qué te parece esto? Voy a prepararte un buen baño para que te relajes. Luego, si te apetece, podemos volver a la zona de Inglaterra a por un helado. ¿Qué te parece? —preguntó mientras sacaba a Camilla del cochecito y la dejaba en su parque con unos cuantos peluches.
—Suena de maravilla, aunque no prometo que pueda caminar hasta la heladería.
—Entonces, ya veremos sobre la marcha —dijo con una risita. Se metió en el baño y yo no hice el más mínimo esfuerzo por moverme. No recuerdo haberme quedado dormida, pero lo siguiente que supe es que Jaxon me estaba sacudiendo suavemente para despertarme.
—¿Lista para tu baño, mi amor, o prefieres seguir durmiendo? —preguntó.
Negué con la cabeza y empecé a incorporarme.
—No, estoy lista. —No estaba segura de cuánto tiempo había dormido; debían de haber sido solo unos minutos, pero me sentía renovada. Me desnudé y me metí en el agua tibia de la bañera. Era enorme, más grande de lo que esperaba. Jaxon había puesto los chorros y había echado algún tipo de sales y espuma de baño para mí. Fue una grata sorpresa. Todos mis músculos empezaron a relajarse en cuanto me sumergí en el agua.
—¿Seguro que no quieres acompañarme? —le pregunté cuando empezaba a salir del baño.
Jaxon sonrió y empezó a desnudarse también. Se metió en la bañera y enroscó sus piernas suavemente alrededor de las mías. Nos quedamos mirándonos un rato, frotándonos lentamente los brazos con agua y espuma.
—¿Eres feliz, Sara? —preguntó de repente, pillándome por sorpresa.
—Sí, por supuesto. ¿Qué más podría desear? —pregunté.
Sonrió y se inclinó para besarme. Aquello era el paraíso.
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