Proyecto: Almas Cosechadas - Capítulo 3
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3: El Bosque 3: El Bosque “El bosque es un abrazo que puede ahogar” -Libe Gloze A-12 La noche era fría y húmeda, con una atmósfera casi tropical por la profusión de árboles.
Sin embargo, el frío era intenso, una contradicción climática que hacía el lugar único.
Con cada respiración que exhalaba, su vaho era visible, como si su alma, consciente del final inminente, intentara escapar de su inevitable destino.
La única luz en aquel bosque ensombrecido provenía de la luna llena, cuya brillantez se realzaba por la oscuridad reinante, además del destello de las armas de los guardias.
Ella se guiaba por sus siluetas, esquivando balas que rasgaban la inocente naturaleza.
Al darse cuenta de su posición, los guardias intensificaron su persecución.
Entonces, otras figuras emergieron de distintas direcciones, huyendo, una tras otra: un total de doce siluetas en desesperada huida.
Cada grupo de guardias se dividió en cincos, desprendiéndose para seguir a cada figura, con la intención de acabar con sus vidas ¿Qué estaba pasando aquí?
¿Un juego?
¿Una actuación?
¿Una persecución?
¿Por qué?
Lo sabremos después.
Pero algo es claro: estas figuras que huyen de los guardias son solo chicos y chicas, corriendo por sus vidas, por la anhelada libertad con la que han soñado y deseado.
Una de esas chicas era rápida, moviéndose ágilmente para evitar los árboles y sus raíces protuberantes.
Pero un dolor palpitante la hizo quejarse mentalmente; algo la había golpeado.
No se detuvo a identificarlo, simplemente se lo arrancó rápidamente sin ver qué había impactado en su brazo izquierdo.
Sumado a su agonía estaban sus pies descalzos, fuentes innegables de dolor.
¿Y cómo no iban a serlo?
Corría lo más rápido que podía, sin importar si lo hacía sobre el suelo húmedo, sobre algunas rocas inevitables, o sobre las raíces nudosas de los árboles que amenazaban con torcerle los tobillos.
Además, su vestimenta no la favorecía: pantalones grises, rotos, desgastados y sucios, que dejaban los tobillos al descubierto.
La parte superior no era mejor: la blusa, vieja y deshilachada, mostraba agujeros y estaba manchada de polvo y costras rojas secas visibles en la espalda.
Su cabello, largo y enredado, era un desastre.
Pero nada de eso le importaba; solo significaba alejarse del infierno del que había logrado escapar junto a los demás.
— ¡Abran fuego!
¡El suero hará efecto por unos diez minutos!
-gritó un guardia a lo lejos, un alarido que le caló los huesos de puro terror-.
¡No los dejen vivos!
Los sonidos de disparos estallaron, llenándola de pánico y adrenalina, lo que la impulsó a correr más rápido.
Solo quería escapar, junto con sus hermanos.
Quería ser libre, vivir una vida lejos de laboratorios y pruebas que amenazaban con arrebatarles la vida a cada hora.
Las luces de las armas de los guardias pasaban a su lado, en parte ayudándola a ver dónde pisar para evitar caer.
Pero luego, cuando una luz iluminó el suelo justo a su lado, algo impactó violentamente la tierra, haciendo que trozos de tierra y raíces volaran por los aires.
Si uno de esos impactos llegaba a darle, sería su fin.
Y todo lo que ella y sus hermanos habían planeado y sufrido sería en vano.
— ¡A-10 ha caído!
-anunció un guardia a solo dos metros a su derecha.
El aviso fue como un latigazo, no en su espalda como siempre, sino directo al corazón.
“¡NO!
¡Hermano!” Su hermano, una parte de su familia, había sido asesinado; uno de ellos no lo había logrado.
No estarían todos para cumplir y seguir su sueño.
— ¡A-01 ha caído!
-anunció otro guardia.
De nuevo, otro dolor azotó su corazón.
“¡Hermano!
¡No!
No…
Por favor.
Lo prometimos.” Sintió cómo sus fuerzas disminuían, cómo su velocidad bajaba.
Cada hermano y hermana que caía le robaba la valentía y la fuerza para seguir adelante.
¿Por qué ellos?
¿Por qué les tocó esta vida?
Aquella chica no tenía una respuesta, y las fuerzas para buscarla se estaban agotando.
Otro impacto pasó peligrosamente cerca de sus piernas, lo que la asustó.
Se debatía si seguir o rendirse a su final.
¿De qué le serviría vivir si no era con sus hermanos?
— ¡Detente, A-12!
-gritó uno de los guardias que la perseguía-.
¡Stop!
-añadió a todo pulmón-.
¡Es suero no hizo efecto, no la neutralizo!
“Está empezando a gritar las palabras.
¡Debo darme prisa y llegar al final antes de que me despierten!” El grito del guardia no tuvo efecto en la chica, y varias palabras empezaron a escucharse.
Diferentes idiomas, pero con el mismo significado.
Aquella chica agradeció que ninguna de esas palabras la afectara.
Siguió corriendo, hasta que de pronto, todas las luces de las armas la apuntaron, proyectando su sombra en el suelo.
La sombra se distorsionaba gracias a la naturaleza, revelando una figura monstruosa.
Y entonces lo supo, supo lo que vendría después.
“Este…
es mi final” Estaba lista para su final, sin miedo, despojada de ansiedad y desesperación.
Cerró los ojos, recordando sus momentos felices con sus hermanos y hermanas, pero en un reflejo rápido se ocultó detrás de un árbol.
Varios disparos impactaron justo donde había estado segundos antes.
“¿Por qué?
¿Por qué no puedo rendirme?
Estoy…
tan cansada.
Cansada de todo.
Luchar ya no vale la pena.
¿Pero qué me mueve a seguir luchando?
¿La fuerza de voluntad?
¿La desesperación?” La chica se tapó los oídos al sentir cómo sus tímpanos dolían al escuchar los disparos pasar a centímetros de ella o cómo impactaban en el mismo árbol que la cubría.
Miró a su alrededor y observó que sobre ella había ramas viejas y delicadas.
“¿Lo lograré?
¿Podré hacerlo?” Alzó sus manos y las bajó de golpe.
Al mismo tiempo, se movió de ese lugar y siguió corriendo mientras los guardias se le acercaban.
Esas ramas cayeron sobre ellos, pero solo lograron herir a unos pocos.
Pero esto le dio el tiempo necesario para ganar una distancia considerable.
Una figura se acercó a ella por su izquierda.
A-12 estaba lista para atacar, pero al reconocerla, detuvo sus movimientos y siguió corriendo.
— ¡Ocho!
-lo llamó ella.
El chico la vio y se acercó.
“¡Está vivo!” — ¡¿Que no te habían dado?!
-preguntó Ocho, sorprendido de verla correr a su lado.
— ¡No a mí!
¡Bueno, no sé!
¡Pero a los demás sí!
-Ocho frunció el ceño.
Su ira era notable, pero también su confusión.
— ¡Estamos cerca, el río está cerca!
-anunció, tomándola de la muñeca y arrastrándola con él A-08, o simplemente Ocho, era un chico de altura ventajosa, lo que le permitía dar zancadas largas y amplias.
Aprovechó esto para arrastrar a A-12, también conocida como Doce, junto a él y en memoria de sus ahora fallecidos hermanos y hermanas.
— ¡¿Cuántos te siguen?!
-preguntó Ocho, mirando de reojo hacia atrás, cegado levemente por las linternas que apuntaban por todas partes.
— ¡Creo que todos, pero les lancé unas ramas!
— ¡Bien hecho!
-Su voz denotaba el orgullo que sentía por su hermana menor.
Algo apareció frente a ellos: un guardia los estaba esperando.
¿Cómo había logrado llegar tan rápido?
¿Cómo sabía dónde estarían?
Eso no importaba ahora; lo crucial era deshacerse de él.
A-12 no dudó.
Alzó su mano derecha y, deteniéndose en su carrera junto a Ocho, lanzó por los aires a aquel guardia.
Su cuerpo impactó contra un árbol lejano, dejándolo inconsciente.
“¡Maldición!
¡¿Habrá más adelante?!
¡¿Escucharon nuestro plan?!
¡¿Estamos huyendo para nada?!” Ocho notó la batalla mental que libraba su hermana menor, por lo que tomó su rostro entre sus manos y la obligó a verlo.
Debía calmarla.
— ¡No temas, Doce!
-trató de tranquilizar Ocho-.
¡Lograremos huir!
Doce pensó que era muy amable de su parte.
Estaban corriendo a ciegas por el bosque, las plantas de los pies les dolían, les faltaba el aire, aún los perseguían y varios de sus hermanos, si no es que todos, no habían logrado seguir corriendo o viviendo.
Pero Ocho seguía dándole esperanza y fuerza.
“¿En serio lo lograremos?
¿En serio?” Pero algo impactó la pierna de Ocho, haciéndolo caer.
Soltó a tiempo a Doce para evitar que ella cayera con él.
Doce se arrodilló de golpe, quedando al lado de Ocho, quien se quejaba por un ardor en su pierna.
Ambos miraron la herida: el impacto de una bala.
La sangre comenzó a brotar.
Ocho palideció y miró a Doce.
“No… tú no.
Por favor…” — ¡Te llevaré conmigo!
-Doce alzó su mano, lista para cargarlo, pero Ocho negó con la cabeza.
Las lágrimas de Doce comenzaron a caer.
Su corazón, si no es que su alma, se estaba destrozando pedazo a pedazo.
— ¡Vete!
¡Vete y sé libre por todos!
-Doce se negó a su pedido, y el cuerpo de Ocho comenzó a levitar.
— ¡No te dejaré aquí, Ocho!
¡Eres mi único hermano ahora!
-Ocho miró con una profunda tristeza a Doce.
Sentía su dolor, su miedo, su ansiedad.
Pero Ocho volvió a negar con la cabeza.
—Ya estoy sangrando, me rastrearán, lo sabes.
—No te dejaré, Ocho.
No lo haré.
“No me pidas que te deje… jamás” Doce comenzó a correr con el cuerpo de Ocho levitando, pero debido a esto, el cuerpo de Ocho chocaba con las ramas de los árboles.
Doce tenía que evitar golpearlo y también evitar caer.
Pero las luces de los guardias los apuntaron cada vez más seguido; estaban cerca, ya los habían descubierto.
—Doce… -rogó Ocho con voz queda, logrando romper aún más el corazón de Doce.
—Ocho… -ella sabía lo que le iba a pedir, pero se negó rápidamente-.
No… —Déjame, es una orden de tu hermano mayor -dijo Ocho.
Doce se detuvo.
Había jurado respetar a sus hermanos mayores, y en este caso, a su último hermano mayor.
Sabía muy bien que Ocho tenía razón: los rastrearían, y entonces, ¿Para qué todo este esfuerzo?
Doce bajó a su hermano.
Al dejarlo recostado contra un árbol, rodeó su cuello con los brazos y lo abrazó, dejando su corazón y alma destrozados junto a él.
Junto a sus demás hermanos.
Junto a lo único que le quedaba.
—Ocho, te extrañaré, a todos.
Siempre serán mi familia, la única, no lo olvidaré -sollozó Doce.
—Fue un gusto vivir estos catorce años siendo tu hermano mayor -la mano de Ocho se acercó al cabello de Doce y lo acarició-.
Jamás te cortes el cabello, es lindo, a Cinco le encantaba trenzarlo -el llanto de Doce se intensificó con sus palabras y Ocho hizo una mueca burlona-.
Tú y tu sentimentalismo, no seas así cuando empieces una nueva vida o se aprovecharán de ti.
—Nunca lo haré -las luces la cegaron de nuevo y luego Ocho la empujó, alejándola de él.
—Vete, vete y vive, Doce -en vez de sonar como una orden, sonó más como una súplica.
Doce, con todo el dolor del mundo, lo abandonó.
Empezó a correr, un torrente de lágrimas desbordándose de sus ojos hinchados.
En el fondo, sabía que podía haberlo salvado, que los dos podían haber escapado con vida.
Sin embargo, también era consciente del riesgo inminente de ser encontrados, sin importar la distancia.
Pudo salvar a su hermano, pero el acto de dejarlo en aquel bosque frío y oscuro no solo la estaba matando, sino que la había aniquilado.
Había perdido absolutamente todo, ya no le quedaba nada.
“¿Por qué?
¿Por qué es así la vida?
¿Por qué ellos?
¿Por qué no otros?” Logro llegar a la orilla de aquel bosque observando un rio con una corriente feroz, el salto era alto.
Pero luego escucho un disparo.
Y por un segundo sintió cómo dejaba de sentir su cuerpo para dar paso a un inmenso dolor en el pecho.
Lo había dejado, lo había abandonado, lo había dejado morir.
Eso era lo que la torturaba, pero también él le había dicho que viviera.
Así que ese dolor sería su tortura constante.
Sin pensarlo dos veces, saltó.
No tenía miedo.
No tenía nada que perder, porque ya lo había perdido todo.
Por unos segundos, sintió cómo su cuerpo flotaba, como si fuera un ave al fin liberada de una jaula, lista para volar libre y elegir cómo vivir.
¿Pero a qué costo?
“Todo..
” ¿Por qué tuvieron que fallar los experimentos?
¿Por qué decidieron deshacerse de ellos?
¿Por qué los crearon desde un principio si sabían que serían fallidos?
¿Por qué el mundo era así de cruel?
La gravedad hizo su trabajo y la dejó caer al río de espaldas.
En el momento en que cayó al agua, sintió un frío extremo que la ayudó a despertarse y despejar su mente, como si su cuerpo fuera pinchado por miles de agujas, una sensación familiar, lamentablemente.
Subió a la superficie nadando, pero no tuvo en cuenta que la corriente era más fuerte que ella.
Trató de nadar a favor de la corriente, pero no funcionó y solo lograba hundirse.
Sentía que se ahogaba, le faltaba el aire desde que empezó a caer, y ahora que era arrastrada por el agua, era peor.
Sentía que era absorbida por aquella oscuridad a la que siempre le había temido.
Antes, tenía a sus once hermanos y hermanas mayores para protegerla, pero ahora no había nadie.
Debía luchar por su propia vida, luchar contra sus miedos.
Pero, por favor, si te quedas congelado cuando tienes miedo, ¿Cómo puedes luchar en ese estado?
Cada vez que lograba estar en la superficie, aunque fuera por cortos segundos, intentaba guardar la mayor cantidad de aire posible en sus pulmones y dejarse arrastrar por la corriente, que iba disminuyendo poco a poco.
Dentro de pocos minutos saldría a la superficie, dentro de poco tocaría tierra, dentro de poco todo cambiaría.
Una vez que sintió cómo la corriente se debilitó lo suficiente, subió a la superficie y llenó sus pulmones de aire.
Agitó sus brazos, aún con temor a volverse a hundir.
Trató de calmar su pánico, pero este solo aumentó al escuchar cómo algo caía al agua cerca de ella.
¿Un guardia?
¿Un oso?
¿Qué había caído?
¿La mataría?
Doce volvió a sumergirse en el agua, pero gracias a la débil luz de la luna, logró observar una figura que nadaba hacia ella.
“¿Ocho?” “Ocho… ¿Lograste sobrevivir?
¿Vivirás conmigo?
¿No me odiarías por escapar del bosque?
¿No dejarás de ser mi hermano?
Dime que no… por favor.
Lo necesito” No sabía qué pensar.
¿Ocho había logrado huir de aquellos guardias?
Nadó para acercarse a la figura, pero al diferenciar los rasgos, notó que eran distintos; no era Ocho, lo que aumentó su culpa y dolor.
Pero entonces, ¿quién era?
Un brazo rodeó su cintura, asustándola, pero observó que la figura que la había sujetado también aferraba a aquel chico que se había lanzado al agua.
Segundos después, sintió cómo la llevaban a la superficie y llenó de nuevo sus pulmones de aire.
Se quitó el agua del rostro y observó a aquellas personas.
Un hombre mayor los sujetaba a ambos y nadaba hacia la orilla, donde una mujer los esperaba.
Miró al chico, que tosía, ahogándose.
“¿Acaso este pensaba salvarme sin saber nadar?
Qué genio…” — ¡Por Dios, cariño, lo lograste!
-La mujer tenía toallas secas listas para todos.
Primero, el hombre le entregó al niño a la mujer, quien lo envolvió con una toalla.
Luego, el hombre, sin esfuerzo alguno, sacó a ambos del agua.
El aire gélido chocó con el cuerpo de Doce, haciéndola tensarse para contrarrestar el frío que la abrazaba, aunque igualmente la hizo temblar.
“Si los guardias no me mataron, la hipotermia lo hará” La mujer tomó otra toalla y se la entregó al hombre, dejando a Doce para el final.
Bueno, existen prioridades.
Si ves a una niña desconocida ahogándose en el río y tu familia va a salvarla, ¿A quién proteges del frío primero?
¿A la niña desconocida?
¿O a tu familiar?
La situación puede cambiar dependiendo del familiar, el clima, la situación.
Pero en este caso, ninguna favorecía a Doce.
Pero, sin esperarlo, algo rodeó su cuerpo: una toalla.
Aquel chico le ofreció una toalla.
Doce la tomó y se cubrió con ella; al menos, el frío era menor ahora.
— ¡Jared!
¡No vuelvas a hacer eso!
¡No sabes nadar!
¡Casi te perdemos!
-regañó la mujer que era su madre.
El cambio de perspectiva y la luz que los rodeaba ayudaron a Doce a ver su entorno.
La mujer llevaba un vestido y muchos suéteres para cubrirse, lo que hacía que su vientre muy abultado resaltara demasiado.
El hombre se acercó a su esposa y también regañó a su hijo, pero a la vez ambos lo abrazaron.
Sin embargo, el chico no despegaba su mirada de Doce, una mirada llena de angustia y preocupación.
Doce miró a su alrededor, tratando de calmar los temblores de su cuerpo gracias al frío.
Un auto, cajas, cosas de supervivencia.
Y a lo lejos, otras familias, mirando la escena asustadas.
Luego, miró un letrero: “Zona libre para acampar”.
“Un campamento, qué suerte” Ahora todo tenía sentido.
Personas lejos de la ciudad, en una zona rural, apartadas de la civilización humana.
Aunque esto la salvó del frío.
La familia, después de asegurarse de que su hijo estuviera bien, se acercó a Doce.
— ¡Por Dios, nena!
¡¿Cómo te caíste al río?!
-preguntó la mujer, frotando la toalla en sus brazos tratando de crear calor.
— ¡¿Dónde están tus padres?!
-preguntó el hombre, mirando a su alrededor, esperando que alguna familia se acercara a ellos.
Doce no respondió nada; no sabría qué decir.
Mentir no sería de gran ayuda.
La familia se desesperó al notar su silencio.
—Tal vez no habla español -comentó el niño cuyo nombre era Jared-.
¿Cómo era esa frase en clase de inglés?
¿Are you… ok-obey?
-preguntó, no tan seguro de la pronunciación o la frase.
“Obey…” “Obey, obey…” “Obey, obey, obey…” Esa palabra resonó en la cabeza de Doce.
De pronto, se sintió ligera, y luego una sensación eléctrica recorrió todo su cuerpo.
Su respiración se volvió pesada.
Su corazón latía de una manera irreal.
Podía sentir cómo su cuerpo se volvía ajeno.
Se sentía extraño.
Una sensación que jamás había sentido.
Ni siquiera en los experimentos.
“¡¿Qué carajos?!” Algo había pasado…
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