Puedo Copiar Y Evolucionar Talentos - Capítulo 796
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Capítulo 796: Rata Ingeniosa
La puerta se entreabrió con un chirrido. Un hombre alto, de músculos definidos y una perilla prominente, se asomó por la rendija y su aguda mirada se posó en Hao.
Hizo un seco asentimiento antes de abrir más la puerta para dejarlos entrar. Hao le devolvió el gesto y guio a Northern al interior del ayuntamiento.
El lugar bullía de movimiento. Había mesas esparcidas por todo el salón y grupos apiñados enfrascados en conversaciones en voz baja, con los rostros marcados por una oscura y lúgubre determinación. La tensión presionaba contra las paredes, tan densa que asfixiaba.
El ayuntamiento en sí mismo contrastaba notablemente con el ambiente: una amplia estructura laminada, bañada por el suave resplandor de la luz blanca de unas ornamentadas lámparas que colgaban del techo. Las paredes, aunque de ladrillo, estaban cubiertas con gruesas cortinas azules rematadas con bordes dorados y adornadas con la insignia de la ciudad, una clara declaración de su papel como centro de comercio.
Era sorprendentemente mejor de lo que Northern se había esperado. Sin embargo, aunque la luz del día ya daba paso a la tarde, la ciudad tras sus murallas permanecía sumida en la sombra.
Este lugar no era muy distinto del exterior, pero al menos, se aferraba a un aire de esperanza. La gente de aquí era diferente. Eso era obvio.
De hecho, no costaba mucho deducir lo que había ocurrido. Esta gente —estos Drifters— había recibido refugio, protección y privilegios que a los civiles de fuera se les habían negado.
Northern había visto algo así antes. Una vez, en el Continente Oscuro. Solo que allí había sido a una escala mucho mayor.
La ciudad había tomado una decisión: sus recursos se destinarían a los Drifters, aquellos a quienes se consideraba capaces de defender lo que aún mereciera la pena salvar.
A los civiles —los humanos corrientes— se les había dejado lo poco que sobraba.
Que los Drifters aceptaran esa decisión o la detestaran era algo enterrado en lo más profundo de sus corazones, tácito pero siempre presente en sus acciones.
Pero, por lo que Northern estaba viendo ahora…, no lo estaban disfrutando en absoluto.
La desesperación se aferraba al aire como una niebla, densa y sofocante. Cada rostro con el que se cruzaba mostraba la misma expresión: desolación, horror y las cenizas agonizantes de la esperanza.
Y, sin embargo, a pesar de todo, se negaban a desmoronarse.
Esa determinación, esa rotunda negativa a entregarse a la desesperación, tocó una fibra sensible en lo profundo de Northern.
Una extraña luz desgarró su alma; no era algo tangible, sino un destello de emoción tan cruda que casi lo dejó sin aliento.
Esta vez no era una oscura diversión.
Era asombro.
Un reflejo de la chica medio muerta que llevaba en brazos resonaba en cada una de estas personas.
Se movían con urgencia, sus rostros ajados y cansados, sus cuerpos forzados más allá de lo razonable, pero sus ojos… sus ojos aún albergaban fuego.
Y, extrañamente…
Lo admiraba.
Hao se detuvo un momento, estudiando el rostro de Northern antes de hablar.
—Cada alma está quemando sus últimas brasas para evitar que esta ciudad se desmorone; reparando las grietas con sudor y plegarias. Las murallas, nuestros frágiles huesos, aún resisten, pero ¿y el río? Ese abismo líquido es una boca abierta que susurra una perdición que aún no podemos ver. Nos aferramos a una cuerda que se deshilacha y cada tirón debilita los nudos. La marea no está cambiando a nuestro favor.
Chasqueó la lengua con disgusto y su mirada volvió a Northern.
—En cuanto al sanador…
Se detuvo a media frase, entrecerrando los ojos al percibir el rápido cambio en la expresión de Northern. No era ira, sino otra cosa: un agotamiento mezclado con recelo, una quietud hostil que se instalaba en su mirada.
—Hao… —la voz de Northern era suave, pero tenía peso—. El sanador del que hablabas…
Hao siguió la línea de su mirada y giró la cabeza lentamente, directo hacia el centro del salón.
Un joven de pelo verde caminaba hacia ellos.
—… ¿Es él? ¿Braham?
Hao asintió con un gesto lento y sombrío.
—Es una rata muy ingeniosa… y la única persona que puede sanar esa pieza que te falta. Te sugiero que no…
Se quedó helado.
Se le cortó la respiración al ver cómo la expresión de Northern se volvía impasible. El agotamiento, el recelo… habían desaparecido. Lo que quedaba era una calma fría e impasible, como si nada de eso hubiera existido jamás.
Hao masculló entre dientes, más para sí mismo que para nadie.
—Eso es inesperado… Pensé que sería más inmaduro con sus emociones.
Incluso para Hao, ver de nuevo la cara de rata de Braham era una prueba de autocontrol. Los recuerdos aún estaban frescos: los de ese bastardo usando a la gente, robándole y oprimiéndolo cada vez que tenía la oportunidad.
El resentimiento nunca se desvaneció.
Pero a la realidad no le importaban los rencores. Y aceptar esa realidad… bueno, le había llevado tiempo. Mucho tiempo.
Algo que no ocurrió de inmediato.
Hao pasaba de los cuarenta, con la edad suficiente como para esperar que un chico joven como Northern fuera imprudente y estallara. Pero, sorprendentemente…
El chico no lo hizo.
Braham llegó a su altura, con un andar lento y una expresión vacía y absolutamente indiferente. Sus agudos y calculadores ojos recorrieron a Northern, pero no hubo reconocimiento. Ni curiosidad. Ni interés.
Northern no significaba nada para él.
Estaba allí por una razón. Por Hao.
Una sonrisa torcida, ensayada y poco sincera, se dibujó en sus labios. Entonces, habló.
—Vamos a necesitar la ayuda de tu chico otra vez. Ha habido un cambio en la corriente… sospechamos que habrá un ataque en unos minutos.
Una mueca sombría se instaló en el rostro de Hao. Exhaló bruscamente, y su expresión se endureció al encontrarse con la mirada de Braham.
—Antes de eso, necesito tu ayuda… urgentemente.
Braham enarcó una ceja y su mirada saltaba de Hao, al joven a su lado y a la pálida chica que este acunaba en sus brazos.
Entonces, cayó en la cuenta.
—Oh… oh. Ya veo, ya veo. Una curación.
Por primera vez, Braham observó a Northern con detenimiento, recorriéndolo con la mirada con una curiosidad desapegada. Luego, con una ligera inclinación de cabeza, habló.
—Sígueme.
Dio un paso antes de detenerse y su mirada volvió a Hao.
—El pago será ese, ¿verdad?
Hao suspiró, con el peso del momento oprimiéndolo. Asintió una sola vez.
—Solo asegúrate de que viva.
Braham puso los ojos en blanco y se dio la vuelta; su voz resonó mientras se alejaba.
—Claro que vivirá. Tú solo envía al chico.
Northern no dijo nada.
Simplemente lo siguió, con Roma aún en brazos.
Su mirada recorrió el salón, absorbiendo la energía cambiante a su alrededor. En el momento en que Braham habló, el ambiente se había vuelto más pesado. El aire estaba erizado de expectación, cargado de una tensión tácita.
Se afilaban armas y el chirrido del acero contra la piedra resonaba en la sala. Destellos de luz parpadeaban mientras la gente invocaba diversos objetos, con sus manos moviéndose con una urgencia experta.
Se avecinaba una tormenta.
Pero Northern permaneció concentrado, siguiendo a Braham mientras doblaban una esquina y entraban en una larga habitación en penumbra.
En el momento en que entró, el olor lo golpeó.
Una mezcla penetrante de enfermedad y algo… terroso. Húmedo. Casi como el bosque después de una fuerte lluvia.
Pero no había nadie a la vista.
Ni pacientes. Ni sanadores.
Solo hileras de ataúdes de madera, cuidadosamente dispuestos en la habitación.
«… ¿Ataúdes? ¿Por qué ataúdes?»
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