Punto de vista del Joven Maestro: Un día desperté como un villano en un juego - Capítulo 260
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- Capítulo 260 - 260 Templo de la Primera Rebelión 3
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260: Templo de la Primera Rebelión 3 260: Templo de la Primera Rebelión 3 —Vaya, esto…
no era lo que esperaba —dijo Michael, asombrado.
—¿En serio?
—fingí sorpresa—.
¿Quieres decir que no esperabas un templo antiguo en medio de una jungla de pesadilla?
Puso los ojos en blanco.
Habíamos seguido a Kang hasta el lugar donde había encontrado algo que, según él, debíamos ver.
Lo que encontramos fueron las ruinas de un enorme templo que sobresalía de la jungla.
Y déjenme decirles que, en un lugar donde la naturaleza se había vuelto salvaje, algo así hecho por el hombre parecía ridículamente fuera de lugar.
Las enredaderas se aferraban a la piedra desgastada, gruesas raíces habían partido columnas otrora majestuosas y pétalos gigantes caían de flores cercanas que olían demasiado dulce.
Esto me daba muy mala espina.
—Entonces, ¿entramos?
—preguntó Michael.
—¿Acaso tu madre te dio alguna medicina sospechosa cuando eras pequeño, Michael?
—le espeté—.
¡Porque me niego a creer que nacieras así de estúpido!
—¡¿Qué?!
—replicó, ofendido.
—¡¿Cómo que qué?!
—estallé—.
¡Es un templo antiguo en medio de una jungla de pesadilla!
¿Por qué mierda querrías entrar?
—Vale, dos razones —dijo, levantando un dedo—.
Primero, ¿no quieres explorar y ver qué pasa con él…?
—Nop —lo interrumpí.
—Y segundo —continuó, sin inmutarse—, todo el mundo está agotado.
Hacer guardia en nuestro estado sería peligroso.
Sería más inteligente no acampar a la intemperie si podemos evitarlo.
¡Así que digo que es una bendición divina que nos hayamos topado con un templo!
Gruñí.
Pero por mucho que quisiera abofetearlo por pronunciar las palabras «bendición divina», no podía rebatir su lógica.
Estábamos todos cansados.
Y sería más seguro evitar dormir a la intemperie esta noche.
—Pero…
¿y si hay algo peligroso dentro?
—intenté una última contraargumentación.
Michael empezó a invocar una Carta.
—Entonces lo exploramos primero.
—Ya he asegurado el perímetro —intervino Kang, dirigiéndose a Michael sin siquiera mirarme.
—Bien —dijo Michael mientras la Carta terminaba de materializarse sobre su cabeza.
Sus ojos se iluminaron al instante—.
Y no veo ningún ser vivo dentro con mi visión de rayos X.
—Yo tampoco veo nada —añadió Alexia.
Tanto Juliana como yo nos giramos hacia ella, con cara de póker y para nada divertidos.
Probablemente sintió el peso de nuestra decepción combinada y soltó una carcajada.
—Quiero decir que no detecto el aura de nadie dentro.
Ray nos miró, perplejo.
Entonces, como si por fin se diera cuenta, dio una palmada.
—¡Ahhh, ya pillo el chiste!
¡Que ella viera no tenía sentido porque es ciega!
Resistí el impulso de llevarme la mano a la cara.
Este tipo nunca se libraría de la fama de cachas sin cerebro.
—Bueno —continuó Ray—, yo también creo que deberíamos entrar.
Recuerden que no hay mucha información sobre los Páramos de Noctveil porque están en gran parte inexplorados.
Podríamos ser los primeros en documentar algo que valga la pena aquí.
Je, ya me imagino la cantidad de visitas que conseguiré.
—Ah, sí —refunfuñé—.
Porque la popularidad es obviamente más importante que la supervivencia.
—Exacto —asintió Ray, sin captar el sarcasmo en absoluto.
Vince masculló: —Me da igual si entramos, pero juro que perderé los estribos si a alguno se le ocurre decir «separémonos para explorar».
—Tranquilos —dijo Michael—.
Desenvainen sus armas, todos.
Alexia y yo iremos en cabeza.
Como la mayoría ya ha gastado demasiada Esencia, no usen sus Cartas de Origen.
Si tenemos que luchar, Samael y yo nos encargaremos.
Tenía sentido.
De todos nosotros, solo Michael y yo éramos Rango B, lo que significaba que deberíamos tener mucha más Esencia de sobra que el resto…
al menos en teoría.
En realidad, la mayor parte de mi reserva de Esencia ya estaba agotada.
Apenas me quedaba para unas pocas transmutaciones pequeñas, nada más.
Aun así, seguía en mejor forma física que nadie en el grupo; excepto Michael, por supuesto.
Así que, sí.
Tenía sentido que él y yo fuéramos los que nos enfrentáramos a cualquier amenaza.
Todos hicieron lo que se les dijo y sacaron sus armas.
Todos menos yo.
Me quedé allí de pie, con indiferencia.
Michael se volvió hacia mí.
—¿Qué haces?
He dicho que desenvaines tu arma.
—No te preocupes por mí, colega —le dediqué una sonrisa de medio lado y me di unas palmaditas en los brazos—.
Tengo dos pistolas justo aquí.
Michael me lanzó la mirada de un hombre demasiado cansado para discutir, pero también demasiado terco como para dejar pasar una idiotez.
—Por favor.
Por favor, desenvaina tu arma.
Vaya.
De verdad estaba suplicando.
Suspiré, poniendo los ojos en blanco.
—Vale, bueno…
no tengo un arma.
Michael parpadeó.
—¿Qué demonios quieres decir con que no tienes un arma?
¿Qué le pasó a esa espada tuya tan brillante?
Me encogí de hombros, impotente.
—Se quedó atrás.
Siento que viene hacia mí tan rápido como puede, pero tardará unas semanas.
Michael volvió a parpadear, esta vez lentamente.
Luego se pasó una mano por la cara y sacó una Carta de un soporte en su cinturón de herramientas.
—Podrías haber dicho eso y ya —masculló, entregándome la Carta.
Enarqué una ceja.
—¿Qué es esto?
—Una Carta de Objeto —dijo Michael secamente.
—Oh, gracias, Profesor Obvio.
Pero, ¿por qué me la das?
—Porque —suspiró Michael— no vas a entrar en un templo desconocido en medio de una jungla maldita sin algo con lo que defenderte.
Dudé un largo momento, luego tomé la Carta a regañadientes, frunciendo el ceño ante el glifo grabado en su superficie.
—Equípala —dijo.
Así que lo hice.
La Carta se disolvió en miríadas de motas de luz que inundaron mi cuerpo, absorbidas directamente en mi alma.
Cuando la volví a invocar, las motas de luz brotaron de nuevo, convergiendo sobre mi cabeza antes de solidificarse en una Carta rectangular.
Al mismo tiempo, un arma apareció en mi mano en un destello.
Era…
un hacha.
Un hacha pesada, de doble filo, que no parecía tanto forjada como tallada directamente de piedra volcánica cenicienta.
Grietas de un naranja brillante recorrían su forma ennegrecida como venas de magma pulsantes.
Los filos refulgían, lo bastante afilados como para cortar rocas y lo bastante calientes como para derretir acero.
El mango era largo y terminaba en un pomo con forma de ascua sellada.
No pude evitar admirarla en silencio.
Era simplemente hermosa: salvaje y bárbara, pero hermosa al fin y al cabo.
Entonces invoqué rápidamente mi Carta de Tasación —«Identidad»— para comprobar su rango y encantamientos.
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[Nombre]: Juramento Abrasado
[Rango]: Raro (B)
[Tipo]: Armamento
[Descripción]: Un armero solitario, despojado de todo lo que amaba, se enfrentó al sol despiadado con una determinación inquebrantable.
Donde otros se derrumbaban en la desesperación bajo la cruel mirada de un cielo sin dioses, él forjó sus armas y se abrió paso a través de cada obstáculo que el destino le ponía por delante.
Finalmente, se plantó ante el propio sol e hizo un juramento: «¡Te quemaré!
¡Te reduciré a cenizas!».
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[Encantamientos]:
1.
[Voto de Cenizas] – Cuando golpeas a un enemigo que has jurado matar, las llamas se encienden a lo largo de los filos, infligiendo daño de quemadura con el tiempo.
Cuanto más ardiente sea tu determinación, más fuerte será la llama.
2.
[Represalia Cenicienta] – Si te golpean, el hacha almacena una fracción de ese dolor como calor abrasador, liberándolo en tu siguiente mandoble en una llamarada explosiva.
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—Vaya, esta es un arma fuerte —dije, con los ojos como platos—.
¿Seguro que quieres dármela?
Porque no te la voy a devolver.
—No pasa nada —Michael simplemente hizo un gesto con la mano—.
De todas formas, yo solo uso espadas.
—Ya veo —hice girar el hacha en mi mano, calibrando su peso—.
Entonces, ¿dónde la conseguiste?
—Fue un botín de uno de los Solbraiths que maté —respondió con indiferencia, poniéndose ya en formación.
Y yo me quedé allí de pie con la boca abierta.
Este cabrón…
¡Este cabrón amado por los dioses, el favorito del cielo, el protagonista!
¡Quería estrangularlo!
Como ya he mencionado antes, las Cartas Adquiridas naturales eran raras.
Tenías que matar a cientos de bestias solo para tener la esperanza de conseguir una.
Para que conste, todavía no había recibido ni una sola Carta de ninguna de mis muertes.
¡Así de raras eran!
Pero aún más raras entre esas Cartas Adquiridas naturales eran las Cartas de Objeto.
Casi nunca oías que alguien recibiera un arma de un enemigo que había matado.
Así que no tenía duda de que una Carta como esta se vendería por millones de Créditos.
¿Y a este cabrón el destino se la había entregado en bandeja?
…Ahora que lo pienso, incluso en el juego siempre conseguía más Cartas naturales que la mayoría.
¡Y no solo él!
¡Lo mismo pasaba con los otros héroes!
Tsk.
Mi frustración se desbordó.
Supongo que, al final, hagas lo que hagas, no puedes igualar la suerte de un personaje principal.
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