Rebelión contra el Cielo - Capítulo 232
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Capítulo 232: El eco de la carne en el Grand Place
La lluvia en Bruselas no era simplemente agua que caía del cielo; era un velo espeso de ceniza líquida que se pegaba a los adoquines centenarios, asfixiando las luces de neón de los distritos modernos y arrastrando la mugre hacia las alcantarillas. En una era donde el mundo entero miraba hacia arriba, aterrado por la existencia de dragones anacrónicos y dioses que caminaban entre los mortales disparando energía solar, la vieja Europa había decidido mirar hacia abajo. Mirar hacia la tierra, hacia la humanidad.
El Inspector Elias Van den Berg conducía su viejo sedán negro a través de las calles desiertas del distrito de Sablon. Los limpiaparabrisas rascaban el cristal con un ritmo monótono, casi hipnótico. Elias era un hombre de cincuenta y dos años, con una gabardina de lana húmeda que parecía pesar más que su propio cuerpo cansado, y un rostro surcado por arrugas que contaban historias de noches sin dormir y autopsias imposibles.
Elias era un “Puro”. Un humano sin la más mínima traza del gen metahumano. En un mundo dominado por las seis generaciones de poder, ser un humano ordinario en las fuerzas de seguridad podría parecer una sentencia de muerte. Sin embargo, en Bélgica, la dinámica era distinta. Tras los desastres políticos internacionales causados por héroes y villanos de altas generaciones, las naciones europeas habían instaurado una regla de oro: la ley penal civil solo podía ser administrada y ejecutada por aquellos que no tenían poder.
Los humanos normales eran respetados y temidos no por su fuerza física, sino por su imparcialidad. Un detective con poderes siempre sería visto como un juez parcial, alguien que podía alterar la evidencia con un chasquido de dedos o intimidar a un testigo con su aura. Pero un hombre como Van den Berg representaba el peso inquebrantable de la humanidad. Su autoridad no emanaba de la destrucción, sino del intelecto, la paciencia y un coraje frío forjado en la consciencia de su propia mortalidad.
El comunicador del coche emitió un chasquido de estática antes de que la voz de la despachadora llenara el habitáculo. —Unidad 4, Van den Berg. Tenemos un código negro en la Grand Place, detrás de la Maison du Roi. El equipo forense ha solicitado su presencia inmediata. Se niegan a procesar la escena. —Entendido, control. Estoy a tres minutos —respondió Elias con voz ronca, tomando un cigarrillo de la guantera.
No encendió el tabaco de inmediato. Sabía lo que significaba un “código negro”. Significaba que las leyes de la física habían sido profanadas. Significaba que un Generacional había cruzado la línea, no en un combate épico de superhéroes, sino en las sombras de la psicopatía urbana.
Aparcó el sedán frente al cordón policial de cinta amarilla que ondeaba violentamente bajo el viento helado. Una docena de oficiales de la policía federal, algunos de ellos con ligeras mejoras de Primera Generación —mejoras fisícas, músculos tensos y miradas depredadoras—, patrullaban el perímetro. Sin embargo, en cuanto vieron a Elias salir del coche, los uniformados se apartaron, abriéndole paso con un respeto casi religioso. Sabían que el hombre de la gabardina era el único capaz de lidiar mentalmente con lo que había en ese callejón.
Junto a una estatua de bronce erosionada por el tiempo, lo esperaba la detective Clara Maes. Clara era joven, no pasaba de los veintiocho años, pero tenía una mente tan afilada como un bisturí. También era una “Sin Poderes”. Vestía un abrigo de cuero oscuro y sostenía una tableta holográfica que proyectaba una luz azulada sobre su rostro pálido.
—Buenas noches, Inspector. Siento haberlo sacado de la cama —dijo Clara, aunque su tono delataba que ella tampoco había dormido en días. —La cama estaba fría de todos modos, Clara. Dime qué tenemos para que los peritos estén temblando bajo los toldos —Elias encendió finalmente su cigarrillo, protegiendo la llama con la mano ahuecada.
Clara tragó saliva y desvió la mirada hacia la oscuridad del callejón. —Los escáneres de frecuencia residual acaban de confirmar el nivel de energía. Es un Cuarta Generación.
Elias detuvo el cigarrillo a medio camino de sus labios. —Un Cuarta Gen. Esa gente aplasta tanques, levanta tsunamis o destruye bases militares. No se esconden en callejones a las tres de la mañana. —Este sí, Inspector. Y el patrón… no es un ataque colateral. No es un arrebato de ira destructiva. El sujeto que hizo esto es un artista. O al menos, cree que lo es.
Elias asintió lentamente, soltando el humo bajo la lluvia, y cruzó la cinta policial.
El callejón detrás de la Maison du Roi era un pasadizo estrecho, con paredes de ladrillo rojo y piedra cobriza que databan del siglo XV. Los potentes focos halógenos instalados por la policía forense iluminaban la pared derecha con una luz blanca y clínica, revelando una aberración que desafiaba cualquier descripción racional.
Elias se detuvo a tres metros de la pared, sintiendo cómo el estómago se le encogía. Había visto víctimas de la Primera Generación hechas pedazos por fuerza bruta, y víctimas de la Tercera Generación calcinadas o congeladas. Pero esto era diferente.
El cuerpo de una mujer joven no estaba colgado de la pared; estaba fusionado con ella.
El asesino no había utilizado cuerdas, clavos ni cemento. Había alterado la estructura molecular de la materia. El torso de la chica estaba hundido en la mampostería, de tal forma que los ladrillos parecían haber crecido alrededor de ella como una enredadera de piedra. Su brazo izquierdo emergía de la pared de manera natural, como si fuera una rama saliendo del tronco de un árbol. Las texturas de la tela de su vestido, su piel pálida y la arcilla cocida del ladrillo se mezclaban en un degradado imposible.
Su rostro era la pieza central de aquella locura. Estaba congelado en una expresión de dolor absoluto y asfixia, sobresaliendo de la pared como un bajorrelieve gótico en una catedral de pesadillas. Sus ojos, abiertos y vacíos, miraban fijamente hacia la nada.
—Dios misericordioso… —susurró el médico forense principal, un hombre corpulento que estaba temblando visiblemente, con un escáner en la mano—. Inspector Van den Berg, no hay sangrado. No hay una sola gota de sangre en el pavimento. —¿Cómo es posible? —preguntó Elias, acercándose a la pared hasta casi rozarla con la nariz. El olor a humedad de la piedra antigua se mezclaba con un sutil aroma a ozono quemado. —Densidad molecular y cohesión atómica —respondió Clara, leyendo los datos de su tableta—. El asesino tiene la capacidad de descomponer y recomponer la materia inerte y orgánica a nivel subatómico. Alteró la frecuencia vibratoria de la pared para volverla intangible por una fracción de segundo, incrustó a la víctima viva, y luego devolvió la piedra a su estado sólido original. —La selló por dentro —comprendió Elias, sintiendo un escalofrío—. Cada vaso sanguíneo se cortó y fue taponado instantáneamente por el ladrillo. Murió por asfixia y compresión masiva de órganos.
Elias sacó una linterna de pequeño tamaño y apuntó al rostro de la chica. No era un acto aleatorio. La disposición de las extremidades, el ángulo de la cabeza… todo seguía un patrón estético macabro, como una escultura del Renacimiento llevada a un extremo de locura.
Justo en la frente de la víctima, Elias notó un detalle. Había una fisura milimétrica en la piedra que bordeaba su cráneo, formando una espiral perfecta. Una firma.
—En los foros de la red profunda de la Asociación, han empezado a llamarlo “El Arquitecto de Bruselas” —informó Clara, poniéndose al lado del Inspector—. Ya van tres víctimas en el último mes. La policía metropolitana intentó ocultarlo, pero ya no pueden. Dicen que el Arquitecto busca la unión perfecta entre la materia inerte y la carne humana. Lo ve como una evolución. —No es un arquitecto. Es un depredador —gruñó Elias, apagando la linterna—. Alguien con el poder de un Cuarta Generación que necesita exhibir su obra de esta manera es alguien que tiene un complejo de inferioridad masivo. Sabe que la Asociación de Héroes no se involucra en crímenes civiles a menos que haya un incidente internacional. Sabe que la policía común no puede atravesar su piel si decide aumentar su propia densidad. Está jugando con nosotros.
Elias miró a Clara. —¿Tenemos identificación de la víctima? —Elise Fournier. Veinte años. Estudiante de historia del arte en la Universidad Libre de Bruselas. —Arte… siempre el maldito arte. Clara, quiero que cruces la base de datos de psiquiatría de Amberes, Lieja y Bruselas. Quiero nombres de pacientes que hayan manifestado habilidades de manipulación molecular y que hayan sido rechazados por la Academia de la Asociación de Héroes por inestabilidad mental grave en los últimos cinco años. Alguien con una obsesión enfermiza por la escultura clásica, la permanencia o el estatismo.
—Inspector —la voz de Clara tembló ligeramente—, si logramos encontrar su nombre… ¿qué haremos? Es un Cuarta Generación. Nuestras armas de fuego de 9mm son como balas de papel contra alguien que puede compactar sus moléculas para volverse más duro que el titanio. No tenemos un escuadrón táctico de metahumanos asignado.
—Esa es la razón por la que nos encomiendan este trabajo, Clara —respondió Elias, dándose la vuelta y caminando hacia la salida del callejón—. Porque no necesitamos ser dioses ni tener el poder de regenerarnos para cazar a los monstruos. Los monstruos de este tipo siempre tienen un ego desmesurado. Quieren que los miren. Y esa será su soga. Ve a la comisaría e inicia la búsqueda de datos. Yo tengo que hacer una visita no oficial.
A las cuatro de la mañana, Bruselas no dormía; simplemente escondía sus pecados bajo el sonido de la lluvia. Elias condujo hacia la zona industrial de Anderlecht, un laberinto de almacenes abandonados, fábricas de acero oxidadas y canales de aguas turbias.
Detuvo el coche frente a un edificio sin ventanas que alguna vez fue un matadero. No había letreros, solo una puerta metálica corroída. Elias bajó del coche, se subió el cuello de la gabardina y golpeó la puerta tres veces, seguidas de dos golpes rápidos. Una rendija se abrió, un par de ojos lo escudriñaron, y los pestillos pesados se deslizaron.
El interior olía a tabaco barato, cerveza rancia y pólvora. Era un bar clandestino donde los mercenarios de baja categoría, los contrabandistas de tecnología y los informantes se reunían. Elias no sacó su placa; aquí adentro, un pedazo de latón del gobierno no valía nada. Caminó directamente hacia la trastienda, apartando a un tipo de Segunda Generación que intentó bloquearle el paso con un truco mental débil que Elias ignoró por pura fuerza de voluntad.
Bajó unas escaleras estrechas hasta llegar a un cuarto subterráneo, pobremente iluminado por una lámpara colgante. En el centro de la habitación, sentado detrás de una mesa de madera masiva, se encontraba un hombre inmensamente gordo. Vestía un traje de tres piezas que parecía a punto de reventar en las costuras, y sobre su rostro llevaba una máscara intrincada de plumas oscuras y ojos grandes: La máscara de un Búho.
Elias sabía lo que era. Los “Búhos” no eran una sola persona, eran una red masiva y colmena de informantes. Sabían absolutamente todo lo que ocurría en el submundo, desde los movimientos de la familia Valmorth hasta los pasos del héroe Aurion. Formaban una inteligencia colectiva aterradora.
Inspector Van den Berg… —habló el Búho, con una voz profunda y resonante que parecía salir de todas direcciones—. Qué inusual ver a un sabueso humano de su calibre bajando a mi madriguera. Supongo que los ladrillos de la Grand Place le están dando dolores de cabeza. —No tengo tiempo para acertijos hoy —Elias se sentó en la silla de metal frente a la mesa, apoyando los antebrazos sobre la madera—. El Arquitecto. Sabes quién es. El Búho soltó una carcajada gutural que hizo temblar su papada bajo la máscara. —Lo sé todo. Pero la información es un río, Inspector, y los ríos necesitan oro para fluir. —¿Oro? ¿Para un monstruo que está asesinando a estudiantes y usándolas como argamasa? —Elias sacó un sobre grueso de su bolsillo y lo arrojó sobre la mesa. Eran fondos de emergencia del departamento, imposibles de rastrear—. Toma el dinero y dame un nombre. Un Cuarta Generación no aparece de la nada.
El Búho tomó el sobre con dedos gruesos, sintiendo el peso, y asintió. —Toda generación de gran poder deja un rastro clínico. Tu chico se llama Julien Vasseur. Hace tres años, era considerado el mayor prodigio de la Facultad de Arquitectura de Gante. Un purista. Pero su mente se fracturó cuando sus poderes despertaron. Empezó a ver a las personas no como seres vivos, sino como “material de construcción imperfecto”. Intentó aplicar para la Asociación de Héroes, pero en las pruebas psicológicas falló de manera catastrófica. —¿Qué hizo? —preguntó Elias, anotando el nombre en su mente. —Fusionó las piernas del psiquiatra evaluador con la silla de acero del consultorio porque consideraba que el doctor “se movía demasiado al hablar”. Lo expulsaron, lo sedaron y lo metieron en una instalación de máxima seguridad psiquiátrica. Pero hace dos meses, Julien logró alterar la estructura molecular de los muros de su celda y se fue caminando. Desde entonces, ha estado buscando su “obra maestra”.
—¿Dónde está ahora? —inquirió Elias, inclinándose hacia adelante. El Búho se reclinó en su silla, entrelazando las manos sobre su vientre. —Julien no se esconde como un criminal común. Él necesita un estudio. Un espacio grande, lleno de materia inerte, donde la ciudad no lo moleste. Busca en los viejos talleres de restauración de piedra en las afueras, cerca del canal. Allí es donde la piedra llora. Y, Inspector… un consejo gratis. Ese chico no solo cambia la densidad de los objetos. Puede desestabilizar la energía atómica del aire. Si te toca, tus órganos se volverán de granito en menos de dos segundos. No intentes jugar a ser un héroe.
Elias se levantó, se abotonó la gabardina y le dirigió una última mirada fría al informante. —Yo no soy un héroe. Soy la policía. Y con eso, abandonó el subterráneo, dejando atrás al Búho envuelto en sus propias sombras.
A las seis de la mañana, el cielo de Bruselas empezó a clarear, tomando un color gris sucio. En el cuartel general de la Policía Federal, la sala de operaciones estaba en silencio. Clara Maes había impreso los planos de la ciudad y fotografías de Julien Vasseur, pegándolas en una pizarra de cristal iluminada.
Elias entró con dos tazas de café negro humeante. Le entregó una a su compañera y miró la fotografía de Julien. Era un joven de unos veinticinco años, de rasgos afilados, piel extremadamente pálida y ojos de un gris tan claro que parecían carecer de pupilas. Tenía un aire de fragilidad aristocrática que contrastaba violentamente con la brutalidad de sus crímenes.
—El Búho tenía razón —dijo Clara, señalando un expediente en la tableta—. Vasseur. Encontré su perfil psicológico filtrado del manicomio de Gante. Julien sufre de una disociación psicótica ligada a su propio poder. Como puede controlar la cohesión molecular, su cerebro procesa la realidad a través del prisma de la estática. Odia el movimiento. Odia el caos humano, las emociones, el envejecimiento. Para él, estar vivo es estar podrido y ser caótico. —Y convertir a la gente en piedra o fundirlas en muros es su forma de “purificarlas” —dedujo Elias, dando un sorbo al café amargo. —Exacto. Él llama a su proceso “La Elevación”. Cree que está otorgando la inmortalidad a sus víctimas.
Clara cambió la imagen de la pantalla táctil para mostrar un mapa topográfico de las afueras de la ciudad, cerca del canal industrial. —Buscando en los registros de propiedades abandonadas que coincidan con el perfil de un taller de piedra, encontré esto: el antiguo Taller de Restauración y Talla ‘Sainte-Chapelle’. Quebró hace diez años. Está aislado, tiene techos de diez metros de altura y un suministro industrial de bloques de mármol y caliza. Es el estudio perfecto.
Elias dejó la taza sobre la mesa con un ruido sordo. Revisó el cilindro de su arma reglamentaria y se la guardó en la sobaquera. —Ese es el lugar. Pide apoyo, pero que mantengan un perímetro de quinientos metros. No quiero que envíen agentes novatos para que los convierta en estatuas de sal. Entraremos tú y yo. —¿Solos? —los ojos de Clara se abrieron de par en par—. Inspector, sé que tenemos tecnología, pero… —Si entramos con un equipo SWAT táctico, Julien lo considerará una ofensa militar. Aumentará su densidad a nivel 4, la zona se volverá un búnker molecular y nos aniquilará a todos para defender su “arte”. Si entramos solos, sin armaduras pesadas, como dos simples humanos curiosos, su ego de Cuarta Generación le impedirá matarnos de inmediato. Querrá hablar. Querrá que admiremos su trabajo.
Elias caminó hacia su escritorio y sacó un maletín metálico. Lo abrió con un código numérico y extrajo dos objetos. El primero era un pequeño dispositivo en forma de disco oscuro; el segundo, una pistola inyectora de grado médico cargada con un líquido plateado y espeso. —Toma el emisor sónico —le dijo Elias a Clara, entregándole el disco—. Tecnología experimental recuperada de los viejos arsenales anti-Generacionales. Emite una frecuencia de disonancia a nivel micro-molecular. No lo lastimará, pero si lo activas cerca de él, interrumpirá su concentración durante unos tres o cuatro segundos. Sus átomos se desestabilizarán y perderá la inmunidad física. —¿Y usted usará el inyector? —preguntó ella, guardando el disco.
—Este compuesto de carbono estabilizado fue diseñado para detener el flujo de energía cruda de la Cuarta Generación. Si logro clavárselo en el cuello mientras tú interrumpes su escudo, sus poderes se apagarán como una bombilla fundida. Será humano por diez minutos. Más que suficiente para ponerle unas esposas.
El Taller Sainte-Chapelle parecía el esqueleto de una catedral olvidada. Situado a orillas de un canal cuyas aguas negras reflejaban la lluvia matutina, el inmenso galpón de ladrillo y cristal roto se alzaba en soledad.
Elias y Clara aparcaron a un kilómetro de distancia y avanzaron a pie, cubriéndose bajo la lluvia, sin hacer ruido. La puerta de carga estaba entreabierta. No había sistemas de seguridad electrónicos; Julien Vasseur no los necesitaba. Él mismo era el arma de defensa perfecta.
Al cruzar el umbral, el olor del interior los golpeó con una fuerza nauseabunda. Era una mezcla de polvo de mármol seco, ozono y un hedor dulzón a sangre estancada y químicos conservantes. El interior del taller era un caos organizado de bloques de piedra a medio tallar, andamios oxidados y lonas de plástico cubiertas de polvo blanco.
Caminaron lentamente, con las armas desenfundadas y las linternas tácticas barriendo las sombras. Cada crujido de sus botas sobre los escombros de piedra les parecía una explosión en el silencio sepulcral del lugar.
De repente, el haz de luz de Clara iluminó algo en el centro de la nave. —Inspector… por el amor de Dios… —murmuró ella, sintiendo que una oleada de bilis le subía por la garganta.
No era una estatua común. Apoyado sobre un pedestal de madera reforzada, había un “boceto” grotesco. Era un perro, un gran pastor alemán. La mitad posterior de su cuerpo era de carne y hueso, con el pelaje enmarañado y sucio. Pero a partir del torso, el tejido se transmutaba de forma aberrante en piedra caliza sólida. La transición era perfecta, biológicamente imposible. La piel se volvía áspera, los músculos se convertían en vetas de mármol y la cabeza del perro estaba petrificada con las fauces abiertas en un aullido eterno.
Lo más aterrador era que el animal aún estaba vivo. Su ojo izquierdo, el único que no había sido completamente transformado, se movía lentamente, mirando a los detectives con una agonía muda, atrapado en una prisión de su propia carne mutada.
—No lo toques —ordenó Elias en un susurro, sintiendo una ira fría y asesina burbujear en su pecho—. Su sistema nervioso debe estar en shock masivo. Esta es la mente de un artista frustrado.
—Veo que han encontrado a “Argos” —resonó una voz melódica y suave desde las sombras del segundo piso, donde había una antigua oficina con ventanales de vidrio.
Elias y Clara apuntaron sus linternas hacia arriba. Julien Vasseur estaba allí, de pie al borde de una pasarela metálica. Vestía un impecable traje de lino blanco, inmaculado, sin una sola mota de polvo de piedra, como si caminara levitando sobre la suciedad. Sus ojos grises sin pupilas brillaban con una fluorescencia letal en la semioscuridad.
—Julien Vasseur. Inspector Van den Berg, de la Policía Federal de Bélgica —anunció Elias, su voz fuerte y clara, resonando en las paredes del taller—. Estás bajo arresto por múltiples cargos de asesinato en primer grado, mutilación y uso ilegal de poder de Cuarta Generación. Baja las manos y ríndete.
Julien soltó una risita infantil que provocó escalofríos. Saltó de la pasarela de diez metros de altura. No usó cables ni alas. Simplemente, a mitad de la caída, alteró la densidad del aire bajo sus pies, frenando su descenso como si hubiera aterrizado sobre un colchón de gelatina invisible, y tocó el suelo de piedra sin hacer el más mínimo ruido.
—”Detenido”. Qué palabra tan burda, tan humana —Julien comenzó a caminar hacia ellos, pasando las yemas de sus dedos sobre las herramientas de talla esparcidas. A su contacto, un pesado cincel de acero se derritió en un charco de metal líquido, perdiendo su forma—. Ustedes, los “sin poderes”, los “puros”, se aferran a conceptos vacíos. El código penal, las celdas, los juicios. Creen que el mundo es un lugar ordenado, pero solo es ruido. Un asqueroso y caótico ruido biológico. Yo estoy corrigiendo la partitura. —La chica en el callejón no fue una corrección —replicó Elias, manteniendo su arma apuntada al pecho del asesino—. Fue una carnicería. Y ese perro… es tortura. Eres un sádico que se esconde bajo la palabra “artista”.
La sonrisa de Julien desapareció, reemplazada por una mueca de furia purista. —¡No te atrevas a llamarlo tortura, sabueso ignorante! —gritó Julien, y al levantar la voz, las lámparas fluorescentes del techo comenzaron a parpadear y estallar una tras otra, debido a la distorsión de la energía en el aire—. ¡He perfeccionado la unión molecular! ¡He logrado lo que ni los malditos Valmorth ni los dioses de Sexta Generación pueden hacer! Ellos solo destruyen y se regeneran como bacterias glorificadas. Yo otorgo permanencia. ¿Sabe el favor que le hice a esa chica? La libré del envejecimiento, del dolor, de la podredumbre. La hice eterna en los cimientos de esta ciudad.
Julien extendió una mano hacia Clara. No hubo un rayo mágico, pero la detective sintió de inmediato cómo su pistola Glock empezaba a emitir un calor insoportable. Los átomos del polímero y el metal de su arma estaban siendo forzados a perder su cohesión a distancia. Clara ahogó un grito, soltando el arma justo a tiempo antes de que esta cayera al suelo convertida en una masa amorfa y burbujeante de metal fundido.
Elias no disparó. Sabía que si apretaba el gatillo, Julien simplemente compactaría las moléculas del aire frente a él para formar un escudo invisible que detendría las balas, o peor, volvería su propio cuerpo de la densidad del diamante.
Elias dio un paso al frente, poniéndose entre Julien y Clara, entrando deliberadamente en la “zona de muerte”, el radio de dos metros donde Julien podía transmutar materia biológica.
—Te diré lo que veo, Julien —habló Elias, su voz bajando a un tono íntimo, casi paternal, usando su experiencia como interrogador para golpear donde más dolía—. No veo a un genio incomprendido. Veo a un niño aterrado. Fuiste a la Academia de Héroes porque querías que te aplaudieran, pero te rechazaron porque vieron que estabas roto. Tu poder es masivo, sí. Eres un Cuarta Generación. Podrías mover montañas. Pero tu mente es tan pequeña y frágil que no puedes lidiar con el libre albedrío de las personas. Necesitas convertirlas en ladrillos porque los ladrillos no pueden decirte que estás equivocado. Eres un cobarde.
El silencio que siguió a las palabras de Elias fue más denso que la piedra misma.
La expresión de Julien se deformó en un rictus de odio homicida. La fachada del artista aristocrático se desmoronó, revelando al psicópata furioso debajo. El suelo bajo las botas de Elias comenzó a ondular y vibrar como si un terremoto estuviera sacudiendo únicamente la losa en la que estaba parado. El polvo flotaba en el aire, suspendido por la gravedad alterada.
—Te voy a convertir en un monumento al dolor, Inspector —susiseó Julien, sus ojos grises brillando intensamente—. Empezaré por tus huesos. Los cristalizaré lentamente mientras tus nervios siguen intactos. Comprenderás mi genio mientras te sofocas en tu propia estructura.
Julien se abalanzó hacia adelante con una velocidad aterradora, extendiendo ambas manos directamente hacia el rostro de Elias para iniciar la transmutación.
Era el momento. Elias no retrocedió. Plantó los pies en el suelo inestable.
Desde atrás, Clara extrajo el disco emisor que Elias le había dado y apretó el botón de activación con el pulgar.
Un sonido agudo, inaudible para el oído humano pero devastador para la frecuencia molecular, estalló en el taller. Para Julien, fue como si le hubieran golpeado el cerebro con un martillo electromagnético. La onda sónica chocó contra la vibración natural de su aura de Cuarta Generación, creando una disonancia brutal.
Julien soltó un alarido de agonía, llevando sus manos a la cabeza mientras su poder colapsaba momentáneamente. El suelo dejó de ondular y el polvo cayó de golpe al suelo. Su densidad corporal, que había estado a punto de volverse impenetrable, volvió a la de un hombre normal de carne y hueso.
En esa fracción de segundo de vulnerabilidad, Elias actuó. Con movimientos entrenados durante treinta años de carrera en las calles, esquivó el cuerpo desequilibrado de Julien, sacó el inyector metálico de su abrigo y lo estrelló con todas sus fuerzas contra el costado del cuello del asesino. Apretó el gatillo del dispositivo, inyectando la totalidad del compuesto de carbono estabilizador directamente en el torrente sanguíneo de la vena yugular.
Julien se convulsionó violentamente. El compuesto químico actuó como ácido sobre su gen de poder. Las venas de su cuello se hincharon y adquirieron un color negruzco temporalmente mientras la sustancia bloqueaba las conexiones neuronales que lo unían a su naturaleza de Cuarta Generación.
El joven cayó de rodillas, tosiendo, jadeando por aire, mirándose las manos que ahora temblaban como las de un mortal cualquiera. Su piel pálida se llenó de sudor frío. Intentó levantar un simple guijarro del suelo usando su mente, pero la piedra no se movió. Su magia se había esfumado. Estaba vacío.
—¡No! —gritó Julien, con lágrimas de pánico genuino brotando de sus ojos, arañándose el pecho—. ¡Qué me has hecho! ¡Mi luz! ¡Me has dejado a oscuras, maldito animal humano! ¡Me has matado!
Elias sacó unas esposas de acero endurecido y, sin ninguna delicadeza, agarró a Julien por el cuello del traje blanco, lanzándolo de bruces contra el suelo sucio. Le torció los brazos hacia la espalda, forzando las muñecas, y cerró los grilletes con un clic definitivo y satisfactorio.
—Esto solo durará unas horas, Julien. No estás muerto —dijo Elias, arrodillándose junto a su oído, respirando con dificultad por el subidón de adrenalina—. Solo te he hecho el regalo de la humanidad. Ahora eres uno de nosotros. Sentirás frío, sentirás miedo y sentirás el peso de las cadenas. Y cuando vayas a juicio frente al tribunal de La Haya, no te juzgarán como a un dios incomprendido. Te juzgarán como a un simple carnicero que fracasó con su arte.
Elias se puso de pie, secándose el sudor de la frente, mientras Julien Vasseur sollozaba patéticamente en el suelo, destrozado por la pérdida temporal de su poder.
Clara se acercó, sosteniendo su brazo magullado, y miró al monstruo neutralizado. —Lo hicimos, Inspector. Tenemos al Arquitecto. —Sí, lo tenemos —respondió Elias, mirando hacia la oscuridad del taller, donde la lluvia seguía golpeando contra el techo de hojalata—. Pero no cantes victoria todavía, Clara. El Búho fue demasiado específico y demasiado rápido en entregarnos a este chico. Alguien quería que Vasseur saliera del tablero antes de que causara más ruido en Europa. Esto no ha terminado. Solo hemos limpiado el primer escalón de una escalera muy podrida. Llama a la central. Que envíen a los equipos de limpieza y a control biológico para el perro. Es hora de volver a la ciudad.
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