Rebelión contra el Cielo - Capítulo 233
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Capítulo 233: El coleccionista de pesadillas
La lluvia en Bruselas no había cesado desde el arresto de Julien Vasseur; de hecho, parecía haber empeorado, convirtiéndose en un diluvio frío y constante que lavaba la mugre de las calles solo para arrastrarla hacia los oscuros canales subterráneos de la ciudad. En el cuartel general de la Policía Federal, el ambiente era igual de opresivo que el clima. El aire olía a café rancio, sudor frío y tabaco barato.
El Inspector Elias Van den Berg estaba sentado en su escritorio, repasando un informe de balística con la mirada perdida. Su compañera, Clara Maes, había sido reasignada temporalmente a un grupo de trabajo en Amberes, dejándolo sin apoyo en la división de Crímenes Especiales. El Comisario le había prometido un reemplazo, alguien que estaba buscando su ascenso a detective. Elias no era un hombre de mentores ni de paciencias, pero sabía que en su línea de trabajo, caminar solo era una invitación a la morgue.
La puerta de doble hoja de la división de homicidios se abrió. Elias levantó la vista, esperando ver a un joven fornido, quizá algún exmilitar arrogante buscando gloria. En su lugar, vio entrar a un hombre que no superaba el metro con treinta centímetros de estatura.
El nuevo agente llevaba un traje gris que, aunque de buena confección, evidenciaba las alteraciones necesarias para ajustarse a su condición de acondroplasia. Llevaba un maletín de cuero gastado que parecía demasiado grande para él y su rostro, de facciones afiladas e inteligentes, estaba tenso. Sus ojos, de un azul pálido, escaneaban la sala con la cautela de una presa entrando en una guarida de lobos.
Se llamaba Leo Peeters. Era uno de los analistas de datos más brillantes del departamento, pero su sueño siempre había sido el trabajo de campo. Quería la placa de detective.
El silencio en la comisaría duró solo un segundo antes de que comenzaran los murmullos. La Policía Federal tenía una cuota de oficiales de Primera Generación: mejoras genéticas que los hacían más rápidos, más fuertes y, a menudo, más crueles.
Uno de ellos, el Sargento De Vries, un hombre inmenso de casi dos metros con reflejos aumentados y una arrogancia proporcional a su tamaño, se interpuso en el camino de Leo.
—Vaya, vaya —dijo De Vries, bloqueando el pasillo con su enorme torso—. Creo que el departamento de objetos perdidos envió a un niño explorador por error a la división de homicidios. ¿Te perdiste de camino a la guardería, enano?
Un par de oficiales soltaron carcajadas ásperas. Leo se detuvo en seco. Sus nudillos se pusieron blancos al apretar el asa de su maletín. Elias notó cómo el pequeño hombre tragaba saliva, intentando mantener la compostura, acostumbrado a este tipo de veneno diario.
—Sargento De Vries, tengo órdenes del Comisario para reportarme con el Inspector Van den Berg —respondió Leo, su voz era profunda y firme, contrastando con su tamaño—. Por favor, apártese.
—¿”Por favor”? —De Vries se inclinó hacia adelante, su sombra cubriendo por completo a Leo. El oficial de Primera Generación exhaló el humo de su cigarrillo directamente en el rostro del analista—. Los “Puros” ya son bastante inútiles en este mundo, pero tú eres una maldita broma de la genética. Si te envío al campo, un pandillero de tercera te va a usar como balón de fútbol. Vuelve a tu escritorio, gnomo.
De Vries levantó una mano enorme, no para golpear, sino para empujar a Leo de manera humillante por el hombro.
Antes de que la mano tocara el traje gris de Leo, un cilindro metálico golpeó con un chasquido seco contra la muñeca del Sargento. De Vries gruñó, retrocediendo un paso. Elias estaba de pie junto a ellos, sosteniendo su pesada linterna táctica de acero como si fuera un garrote. La expresión del viejo Inspector era tan fría como el invierno en las afueras de la ciudad.
—La próxima vez que intentes ponerle una mano encima a mi nuevo compañero, De Vries, te voy a destrozar la rótula con esto —dijo Elias, su voz rasposa cortando el aire de la comisaría como una cuchilla—. Y me importa un carajo si tus genes de Primera Generación pueden curarla en un mes. El dolor te va a durar lo suficiente para que aprendas modales.
De Vries apretó los dientes, sus músculos mejorados tensándose bajo la camisa. Podía destrozar a Elias físicamente, pero golpear a un Inspector Jefe de la división de “Puros” significaba consejo de guerra y prisión militar en La Haya.
—Solo estaba bromeando, Inspector —masculló De Vries, retrocediendo y escupiendo en el suelo antes de alejarse con sus matones.
Elias no guardó la linterna. Miró a Leo hacia abajo. El pequeño hombre lo miraba con una mezcla de gratitud y vergüenza.
—No necesitaba que me defendiera, Inspector —dijo Leo en voz baja, ajustándose la corbata—. Llevo lidiando con idiotas como él toda mi vida. Sé cómo resistir.
—Ese es tu primer error, Peeters —respondió Elias, dándose la vuelta y caminando hacia su escritorio, haciendo una seña para que lo siguiera—. No estás aquí para “resistir”. Si solo resistes, eventualmente te van a quebrar. Tienes un metro treinta de estatura, huesos frágiles y ninguna habilidad metahumana que te salve el trasero. Para ellos eres una presa. ¿Entiendes eso?
Leo asintió lentamente, sentándose en la silla frente al escritorio de Elias. —Lo entiendo. La sociedad valora el poder físico y la intimidación. Yo no poseo ninguno.
—La sociedad es idiota —sentenció Elias, encendiendo un cigarrillo—. Escúchame bien, Peeters. Los monstruos de las Generaciones Superiores, las familias poderosas con familiares de quinta o sexta generación, los dioses, e incluso los simios de Primera Generación como De Vries, todos tienen una debilidad fundamental: dependen de sus músculos o de sus poderes. Cuando su poder falla, sus mentes colapsan. Son perezosos. Tú no tienes el lujo de ser perezoso. Tienes que ser diez veces más inteligente, diez veces más observador y cien veces más cruel mentalmente que ellos. Tu tamaño no es una debilidad si lo usas para que te subestimen. Cuando un gigante te mira desde arriba, deja expuesto su estómago.
Elias exhaló una densa nube de humo y le arrojó una carpeta gruesa de color rojo sobre el escritorio.
—Quieres ser detective. Quieres la placa. Bien. Te la vas a ganar en el infierno. Abre la maldita carpeta. Tenemos un código negro, y esta vez, me temo que es mucho peor que el loco de los ladrillos.
El trayecto en el viejo sedán negro de Elias fue silencioso. La lluvia golpeaba el techo con violencia. Leo iba en el asiento del copiloto, leyendo la carpeta roja a la luz de una pequeña linterna de lectura. A pesar de los años que llevaba revisando expedientes criminales grotescos desde su escritorio, el contenido de este archivo lo hizo palidecer. Sus manos, pequeñas pero de dedos ágiles, temblaban ligeramente al pasar las fotografías.
—Esto es… esto es inconcebible —murmuró Leo, ajustándose las gafas de montura fina—. Siete víctimas en las últimas dos semanas. Todos menores de edad. Niños de entre seis y nueve años. Las autopsias preliminares dicen que… ¿murieron de miedo?
—Falla cardíaca masiva inducida por un pico de estrés neuroquímico letal —corrigió Elias, manteniendo la vista en la carretera empapada—. Sus glándulas suprarrenales explotaron. Sus corazones bombearon tanta sangre por el terror que, literalmente, estallaron dentro de sus pechos.
—Pero no hay signos de violencia externa —señaló Leo, analizando las fotos del forense—. No hay contusiones, no hay rastros de drogas psicotrópicas, no hay armas. Solo… las expresiones faciales.
Elias apretó el volante. Él ya había visto las fotos. Los rostros de los niños estaban congelados en rictus de terror absoluto. Las bocas abiertas en gritos silenciosos que habían dislocado sus propias mandíbulas, los ojos reventados por la presión sanguínea, y en la mayoría de los casos, el cabello de los niños se había vuelto completamente blanco por el shock nervioso.
—Llegamos —anunció Elias, deteniendo el coche frente a un imponente edificio de ladrillo oscuro en el distrito de Schaerbeek. Era el Orfanato Estatal de Saint-Josse, un refugio para niños que habían perdido a sus padres en los daños colaterales de las guerras metahumanas.
La policía ya había acordonado el lugar. Madres sustitutas y cuidadoras lloraban en las escaleras, envueltas en mantas térmicas bajo la lluvia. Elias y Leo bajaron del coche. La diferencia de estaturas era cómica para los oficiales de la periferia, pero la mirada gélida de Elias silenció cualquier comentario antes de que se pronunciara.
Ingresaron al edificio, subiendo por las amplias escaleras de madera hasta el tercer piso: el dormitorio de los niños menores.
El pasillo olía a orina, sudor frío y miedo crudo. Los técnicos forenses estaban trabajando en total silencio, como si temieran despertar a algo maligno que acechara en las sombras. Elias cruzó la puerta de la habitación número 304, seguido de cerca por Leo.
En el interior, había cuatro camas infantiles. En tres de ellas, los cuerpos de tres niños yacían en posiciones antinaturales, sus espaldas arqueadas por la rigidez cadavérica, sus pequeñas manos convertidas en garras agarrotadas sobre las sábanas, intentando aferrarse a algo, o intentando alejar algo que solo ellos podían ver. Sus rostros eran máscaras de pesadilla.
Leo se acercó a la cama más cercana. Tuvo que ponerse de puntillas, apoyándose en el barrote de metal de la cama. El forense principal, el Dr. Verhoeven, asintió hacia Elias.
—Lo mismo que los casos anteriores, Inspector —susurró el médico, frotándose los ojos—. Ocurrió entre las dos y las tres de la madrugada. Las cámaras de los pasillos no muestran a nadie entrando o saliendo. Las ventanas estaban cerradas por dentro. Es como si el asesino fuera un fantasma.
—No hay fantasmas, Doc —gruñó Elias—. Solo monstruos con genética alterada.
Leo, desde su posición baja, no miraba el rostro del niño. Su estatura, que otros veían como una desventaja, le daba una perspectiva visual diferente. Su línea de visión natural estaba a la altura de los bajos de las camas y los zócalos. Mientras los adultos buscaban pistas en las sábanas o en las paredes a la altura de los ojos, Leo notó algo debajo del catre.
Con agilidad, el pequeño hombre se arrodilló en el suelo de madera, sacó su linterna táctica y alumbró el espacio bajo la cama.
—Inspector, necesito una pinza de recolección y una bolsa de evidencia estéril —pidió Leo, su voz carente de cualquier titubeo.
Elias le entregó el material. Leo utilizó la pinza para extraer algo del polvo y lo dejó caer en la bolsa transparente. Elias se agachó a su lado para observar.
Dentro de la bolsa de plástico había una pequeña bola de pelo oscuro, como si fuera de un animal, pero al examinarla más de cerca, no era pelo. Eran hebras de una sustancia fibrosa, casi gelatinosa, que brillaba débilmente con un tono violáceo bajo la luz de la linterna.
—¿Qué demonios es eso? —preguntó el forense, acercándose. —Residuo ectoplásmico neuronal —respondió Leo, levantándose y limpiándose el polvo de las rodillas del pantalón—. Lo he leído en los archivos teóricos de la División de Control Metahumano. Cuando un usuario de Segunda Generación: utiliza su poder a niveles extremos para penetrar en los sueños y alterar la arquitectura cognitiva de una víctima, su propia energía mental se condensa y se “derrama” en el entorno físico. Como el humo que deja un disparo.
Elias miró a Leo, genuinamente impresionado. —Un Segunda Generación. Alguien con la capacidad de manipular la mente.
—Exacto —continuó Leo, su mente analítica trabajando a toda velocidad—. El asesino no necesita entrar por la puerta. Solo necesita estar dentro del rango telepático, quizá a cincuenta o cien metros del edificio. Se infiltra en los sueños de los niños durante la fase REM. Convierte sus sueños en realidades virtuales de terror puro. Los atrapa en bucles de pesadillas donde son perseguidos, despellejados o devorados por sus mayores miedos. El cerebro del niño no puede distinguir la ilusión de la realidad y reacciona físicamente al trauma. Mueren aterrorizados en su propia mente.
—Pero ¿por qué? —preguntó Elias, mirando los pequeños cadáveres—. Los crímenes de las Generaciones suelen tener un motivo. Poder, venganza, fanatismo, ego. ¿Qué gana un Segunda Generación torturando niños en sus pesadillas?
Leo miró la bolsa con el residuo brillante. —No es venganza, Inspector. Es alimento. Los Moldeadores de Mentes de nivel oscuro sufren de degradación cognitiva. Su cerebro se quema a sí mismo por el exceso de poder. La única forma que tienen de estabilizar sus propias redes neuronales y evitar la locura total es “beber” la energía límbica pura de otros. Y la emoción humana más pura, más intensa y fácil de cosechar…
—Es el terror infantil —terminó Elias, sintiendo un profundo asco. —Tenemos a un parásito psíquico en la ciudad. Un vampiro de pesadillas.
Regresaron a la comisaría a primera hora de la mañana. La noticia de las muertes en el orfanato ya se había filtrado a la prensa y los teléfonos del departamento de homicidios no dejaban de sonar. El pánico se extendía como la pólvora. Si tus puertas blindadas no pueden proteger a tus hijos de ser asesinados en sus camas, la civilización empieza a resquebrajarse.
Elias cerró la puerta de su oficina, aislándolos del ruido. Leo ya había desplegado múltiples mapas topográficos y diagramas de red en la pizarra de cristal, moviéndose rápidamente a pesar de sus piernas cortas, utilizando un taburete para alcanzar las partes altas del tablero. Su agilidad mental compensaba cualquier barrera física.
—He cruzado las coordenadas de los siete asesinatos anteriores y los cuatro de esta noche en el orfanato —explicó Leo, trazando líneas rojas con un rotulador—. Si asumimos que este Segunda Generación tiene un rango de transmisión telepática funcional de máximo doscientos metros para mantener ilusiones letales múltiples, significa que tuvo que estar físicamente presente en un radio cercano durante los crímenes.
—Un tipo en un coche aparcado en la calle a las tres de la mañana llamaría la atención —observó Elias, sirviéndose un café doble.
—Por eso no estaba en la calle. Estaba en la red de subterráneos o en edificios contiguos —Leo marcó varios puntos de intersección en el mapa—. Hay un patrón de zonificación. Todos los ataques ocurrieron cerca de antiguos túneles de servicio del metro abandonados en los años noventa. El asesino se mueve bajo tierra.
—Bien, Peeters, tenemos su ruta. Ahora necesitamos su nombre. Los Moldeadores de Mentes no son comunes. Y alguien con el poder de reventarle el corazón a cuatro niños al mismo tiempo tiene que estar registrado o haber sido paciente de psiquiatría.
Leo asintió, tecleando furiosamente en su terminal conectada a la base de datos de salud nacional. —Estoy aplicando el filtro del Doctor Sasayaki sobre perfiles neuropsicológicos aberrantes. Busco individuos con historial de Segunda Generación, expulsados del sistema por tendencias parasitarias o sociopatía grave.
La pantalla comenzó a descartar cientos de perfiles hasta que se detuvo en un expediente clasificado con un sello rojo de “Peligro Biocognitivo”. Leo abrió el archivo y la fotografía de un hombre apareció en la pantalla.
Era un individuo de unos cuarenta años, extremadamente demacrado. Su cabeza era calva, llena de venas palpitantes que parecían a punto de estallar bajo la piel traslúcida. Tenía los ojos inyectados en sangre y hundidos en unas ojeras negras que le daban el aspecto de un cadáver andante.
—Silas Vane —leyó Leo en voz alta, su tono volviéndose sombrío—. Antiguo psiquiatra infantil. Despertó sus poderes de Segunda Generación tardíamente, a los treinta y cinco años. Intentó usar la telepatía para curar traumas en niños, pero su cerebro no soportó la carga del poder puro. Se volvió adicto a las neurotoxinas emocionales. Empezó a inducir miedos en lugar de curarlos. Le retiraron la licencia hace cinco años y desapareció del radar. Lo llamaban “El Sastre de Mentes”, porque tomaba los miedos más pequeños de sus pacientes y los cosía hasta convertirlos en monstruos.
—Vane… —Elias memorizó el rostro del hombre—. Es él. La escoria está alimentándose de los niños de la ciudad para frenar su propia muerte cerebral. Peeters, cruza los túneles abandonados cercanos al orfanato con las propiedades registradas a nombre de Vane o de sus antiguos pacientes. Este adicto necesita una guarida, un lugar donde pueda tejer sus ilusiones y esconderse de la luz del sol.
Diez minutos de frenética búsqueda de datos después, Leo golpeó la tecla “Enter” con un dedo triunfante. —Lo tengo. A tres kilómetros del orfanato, conectado a la línea verde abandonada. Hay un antiguo teatro de marionetas subterráneo, “El Carrusel de Cristal”. Quebró hace décadas. Está registrado a nombre de una empresa fantasma que fue rastreada hasta una de las cuentas congeladas de Vane.
Elias comprobó su revólver. No llevaba un arma reglamentaria estándar, sino un pesado Magnum .357. —Llama a los equipos tácticos, dales la ubicación y diles que formen un perímetro a quinientos metros, igual que con Vasseur. Si un equipo SWAT entra en su rango de alcance mental, Vane los hará matarse entre ellos antes de que siquiera abran la puerta. Esto tenemos que hacerlo nosotros.
Leo se bajó del taburete y tragó saliva. Sabía la teoría de los Segunda Generación, pero enfrentarse a uno era un suicidio para mentes no entrenadas. —Inspector… yo no tengo entrenamiento defensivo telepático. Si Vane entra en mi cabeza, puede hacerme ver cosas… puede hacerme revivir…
Elias se acercó al pequeño hombre, se agachó y lo miró directamente a los ojos. —Te lo dije esta mañana, Leo. Las personas con poderes son perezosas. Vane va a buscar tu mayor debilidad psicológica y la va a usar contra ti. ¿Cuál es tu mayor miedo? ¿Que te traten como a un bicho raro? ¿Que te humillen por tu tamaño?
Leo apretó los puños, la ira y la vergüenza luchando en su rostro. —Toda mi vida he sido una burla. El miedo a no ser suficiente, a ser aplastado por el mundo. Ese es mi infierno.
—Pues cuando Vane te lance ese infierno a la cara, no huyas de él —sentenció Elias con una dureza que rozaba la crueldad—. Abrázalo. Eres un hombre que mide un metro treinta, que ha sido escupido y maltratado, y aún así, estás aquí, a punto de cazar a un metahumano que tiene aterrorizada a media policía. Tu sufrimiento es tu armadura, muchacho. No puede destruirte con ilusiones de humillación si tú ya aceptaste quién eres. Vamos a enseñarle a este parásito que el terror real no está en la mente, sino en la boca del cañón de un arma humana.
La entrada al “Carrusel de Cristal” estaba oculta tras una falsa pared de ladrillos en los túneles húmedos del alcantarillado principal. Elias y Leo forzaron la cerradura oxidada y entraron a las catacumbas del teatro.
El lugar era un laberinto de pesadillas congeladas. Antiguas marionetas de madera a tamaño real colgaban de los techos polvorientos, sus rostros pintados desfigurados por la putrefacción y la humedad. Butacas de terciopelo podrido formaban semicírculos alrededor de un escenario decrépito. El aire aquí abajo era denso, sofocante, y estaba cargado de esa misma energía violeta residual que Leo había encontrado bajo la cama de los niños.
—Mantén la mente en blanco, Peeters —susurró Elias, avanzando con el Magnum en alto—. Céntrate en tu respiración. Un, dos. Un, dos. No dejes espacio para la imaginación.
Pero un Segunda Generación como Silas Vane no necesitaba que le abrieran la puerta de la mente; él la derribaba a patadas.
El aire vibró con una frecuencia sorda, un zumbido que hizo sangrar ligeramente la nariz de Leo. De repente, las linternas tácticas de ambos parpadearon y se apagaron. La oscuridad total los engulló, pero solo por un segundo.
Cuando la luz regresó, no era la luz de sus linternas, sino un resplandor escarlata que emanaba de las paredes. Las marionetas de madera comenzaron a moverse, girando sus cuellos con un crujido espantoso para mirar a los detectives.
—Bienvenidos, defensores de la carne… —La voz no provenía de las paredes, resonaba directamente dentro de sus cráneos. Era una voz viscosa, antigua y llena de malicia—. Huelo vuestro terror. Es agrio, es maduro. Mucho más complejo que el de los niños… ¿Me permitirían probar un poco?
—¡Sal de mi cabeza, Vane! —bramó Elias, apuntando hacia el escenario, buscando el cuerpo físico del asesino—. ¡Estás bajo arresto!
Pero el mundo alrededor de Elias se disolvió. Leo vio con horror cómo el curtido Inspector caía de rodillas, soltando el arma, agarrándose la cabeza mientras gritaba.
Para Elias, el teatro había desaparecido. Estaba de vuelta en el callejón de hace veinte años, la noche en que no pudo salvar a su esposa de un asaltante de Tercera Generación. El fuego, el olor a carne quemada, los gritos de su mujer resonaban en su cerebro con una nitidez absoluta. Vane lo había atrapado en su trauma más profundo, paralizándolo.
Leo se quedó solo en el mundo real, aunque la realidad misma empezaba a distorsionarse. Silas Vane emergió de las sombras del escenario. Su apariencia era grotesca. Flotaba a unos centímetros del suelo, sostenido por su propia energía telequinética menor. Las venas de su calva latían con un brillo púrpura enfermizo.
Vane bajó la mirada y clavó sus ojos inyectados en sangre en la diminuta figura de Leo. Una sonrisa macabra, sin labios, se dibujó en su rostro.
—Vaya, vaya… ¿qué es esta criatura tan patética? —siseó Vane, invadiendo la mente del analista—. Eres un error de la biología. Medio hombre, media burla. ¿De verdad crees que puedes jugar a ser policía? Todo el mundo se ríe de ti, Leo. Todos te desprecian.
El suelo de madera del teatro se transformó de repente en la brillante baldosa de la comisaría. La ilusión era perfecta. Leo miró a su alrededor y vio al Sargento De Vries y a decenas de oficiales gigantescos formándose en un círculo a su alrededor. Pero no eran humanos; sus rostros estaban distorsionados en máscaras de demonios riendo a carcajadas. Eran enormes, titánicos, y Leo se sentía cada vez más pequeño, encogiéndose hasta el tamaño de un insecto bajo sus botas.
—Eres un monstruo, un enano, un chiste —las voces de los gigantes resonaban como martillazos en el cerebro de Leo, destrozando su autoestima—. Muere de vergüenza. Ríndete. Deja de latir, pequeña cosa rota… deja de latir.
El dolor en el pecho de Leo fue instantáneo. La ilusión psíquica estaba ordenando a su sistema nervioso colapsar, obligando a su corazón a bombear a una velocidad letal. Le faltaba el aire. Cayó de rodillas, ahogándose en su propio pánico. El terror de la humillación absoluta lo estaba asfixiando.
Iba a morir igual que los niños. Su mente se estaba quebrando.
Pero en medio del rugido de las carcajadas demoníacas, a través de la neblina del dolor, una voz ronca y fría cortó la oscuridad. La voz que había escuchado esa misma mañana.
“Tu sufrimiento es tu armadura. Abrázalo.”
Leo Peeters, arrodillado y a punto de sufrir un infarto, cerró los ojos. Sus manos pequeñas se aferraron a la tela de su propio traje. Dejó de intentar luchar contra las voces y, en cambio, las aceptó.
Sí, soy un enano, pensó Leo, su mente estabilizándose por pura fuerza de voluntad y desesperación. Sí, soy una burla para ellos. No tengo poder, no tengo altura, soy frágil. Todo lo que dicen es verdad. ¿Y qué? He sobrevivido a esto cada puto día de mi vida. Un fantasma de mierda en mi cabeza no duele más que la realidad.
La aceptación total de su propia naturaleza actuó como un cortafuegos en su cerebro. La mente de Leo, entrenada en la lógica fría y endurecida por años de dolor diario, se cerró como una bóveda de titanio contra la intrusión externa de la Segunda Generación.
La ilusión se hizo añicos como un cristal roto. Las risas desaparecieron.
Leo abrió los ojos. Estaba de vuelta en el teatro subterráneo. Respiraba con dificultad, sudando frío, pero su corazón se había estabilizado. Frente a él, Silas Vane flotaba en el aire, pero su rostro mostraba una genuina confusión. El asesino retrocedió, llevándose las manos a la cabeza.
—¿Qué… qué eres? —balbuceó Vane mentalmente, sintiendo el rechazo psíquico—. ¡Tu mente… tu mente no tiene grietas! ¡Deberías haber muerto de miedo!
—No puedes asustar con el abismo a alguien que nació en él, escoria —susurró Leo.
Vane, frustrado y sufriendo por el hambre neuronal de su propia adicción, cometió el error que Elias había predicho: los metahumanos son perezosos. En lugar de retroceder, el Moldeador de Mentes intentó forzar una nueva conexión telepática para destrozar el cerebro de Leo por pura fuerza bruta.
Al concentrar toda su energía en Leo, Vane soltó su control sobre Elias.
El viejo Inspector cayó al suelo, jadeando, saliendo de su pesadilla sobre el fuego y su esposa. Sus ojos se enfocaron rápidamente, llenos de una rabia asesina. No dudó ni un microsegundo. Todavía arrodillado, levantó su revólver Magnum .357.
El estruendo del disparo fue ensordecedor en las catacumbas.
No hubo rayo láser ni escudo de energía. Solo un pedazo de plomo a mil quinientos pies por segundo que atravesó el hombro derecho de Silas Vane. El impacto físico masivo y el dolor real, crudo y humano, destrozaron la concentración del Segunda Generación.
Vane cayó del aire, gritando de dolor, la sangre manchando su bata médica andrajosa. Su poder psíquico colapsó instantáneamente, devolviendo el silencio y la oscuridad real al viejo teatro.
Elias se levantó, pateó a Vane en las costillas para voltearlo boca abajo, y le puso el cañón del arma humeante en la parte posterior del cráneo calvo y venoso.
—Intenta meterte en mi cabeza otra vez, hijo de perra, y te voy a esparcir los sesos por todo el escenario —gruñó Elias, sacando unas esposas.
A unos metros de distancia, Leo se puso de pie lentamente, ajustándose las gafas y limpiándose un hilo de sangre de la nariz. El analista miró al temible asesino, ahora reducido a un hombre débil y lloroso que sangraba sobre la madera podrida.
Elias esposó a Vane a un pesado caño de hierro del decorado, asegurándose de que no pudiera moverse, y luego se volvió hacia su nuevo compañero. El Inspector enfundó su arma y se acercó a Leo, estudiándolo con una mirada evaluadora, casi respetuosa.
—Te mantuvo en su ilusión directa, Peeters. Un ataque frontal de un Moldeador de nivel letal. ¿Cómo saliste?
Leo se arregló la corbata de su traje gris a medida, recuperando su postura erguida.
—Le hice caso, Inspector. Dejé que me viera como un hombre pequeño y débil. Dejé que creyera que me había aplastado. Y cuando bajó la guardia para deleitarse con mi miedo, yo simplemente… le recordé que la realidad pesa más que las pesadillas. Su mente era frágil porque huía de la realidad; la mía es fuerte porque vivo en ella todos los días.
Elias soltó una carcajada seca, un sonido extraño en medio de esa tétrica guarida. Sacó una radio de su cinturón.
—Central, aquí Van den Berg. Tenemos al sospechoso. Código negro neutralizado. Envíen a los camilleros al alcantarillado bajo el teatro Carrusel. Y avisen al Comisario… que ya no necesito que me envíen reemplazos temporales.
Elias guardó la radio y miró hacia abajo, hacia el hombre de un metro treinta que acababa de resistir la embestida mental de un dios roto.
—Buen trabajo, Detective Peeters —dijo Elias, ofreciéndole una mano grande y callosa.
Leo miró la mano, esbozó una leve y cansada sonrisa, y la estrechó con firmeza. La oscuridad de Bruselas seguía allí afuera, plagada de monstruos de generaciones superiores y psicópatas que desafiaban la física y la cordura. Pero por esta noche, en el abismo del subterráneo, los “Puros” habían vuelto a ganar. La humanidad, con todas sus imperfecciones, debilidades y fragilidades físicas, seguía siendo la fuerza más letal de la Tierra.
El humo del tabaco barato flotaba como una niebla perpetua en el techo de la oficina de la División de Crímenes Especiales. El Inspector Elias Van den Berg observaba la lluvia golpear el cristal de su ventana, una lluvia que en Bruselas parecía tener la textura del plomo. A su espalda, el sonido de cajas de cartón siendo arrastradas rompió el silencio monótono de los teclados y los teléfonos distantes.
Leo Peeters, de un metro treinta de estatura, vestía su impecable traje gris. Estaba desempaquetando sus pertenencias de analista de datos para colocarlas en el escritorio vacío frente al de Elias. El Comisario había firmado el traslado a regañadientes esa misma mañana. Leo ya no era el oficinista del que todos se burlaban; la placa de bronce de Detective de Campo brillaba en su cinturón, pesando más que cualquier arma.
Elias se giró lentamente, exhaló una nube de humo y caminó hacia el escritorio de su nuevo compañero. Con un movimiento brusco, agarró una taza con el logo del departamento de análisis y un par de pisapapeles decorativos, y los tiró a la papelera.
—Inspector… —empezó Leo, sorprendido.
—Esa basura es de analista, Peeters —lo interrumpió Elias, apoyando ambas manos sobre la madera del escritorio, inclinándose para mirarlo fijamente—. Un analista lee la historia después de que ha sido escrita. Un detective camina por la sangre fresca antes de que se seque. Si vas a ser mi compañero, te voy a enseñar todo lo que sé, y la primera lección es que aquí no hay lugar para la nostalgia.
Leo tragó saliva, pero asintió con firmeza. —Entendido. Nada de distracciones.
—Lección número dos —Elias se enderezó y señaló la pizarra de cristal donde aún quedaban restos del caso de Silas Vane—. Hasta ahora has lidiado con Generacionales. Mutantes, dioses de pacotilla, monstruos que nacieron con el poder de alterar la física o la mente. Son peligrosos, sí. Pero son predecibles. Su poder es su escudo y su espada. Pero hoy… hoy vas a aprender de qué estamos hechos los “Puros”. Hoy vas a ver que el peor monstruo de este mundo no necesita volar ni regenerarse. Solo necesita una idea.
Elias arrojó una carpeta de cuero negro sobre la mesa de Leo. No tenía el sello rojo de los Generacionales. Tenía el sello gris de la jurisdicción civil.
—Desapariciones múltiples en los distritos rurales de Valonia —explicó Elias, apagando su cigarrillo en un cenicero rebosante—. Veintidós personas en los últimos ocho meses. Vagabundos, prostitutas, inmigrantes sin registrar, y hace tres días, dos oficiales de la policía rural que fueron a investigar un olor a putrefacción cerca de los bosques de las Ardenas. El informe dice que los perros rastreadores se negaron a avanzar a un kilómetro de una vieja granja lechera abandonada. Se echaron a llorar.
Leo abrió la carpeta. Sus dedos ágiles recorrieron las fotografías de los desaparecidos. —No hay patrón de edad ni de género. Pero… —Leo ajustó sus gafas, su mente analítica conectando los puntos a una velocidad vertiginosa—. Todos tienen algo en común en sus historiales médicos. Ninguno de ellos posee el más mínimo rastro del gen metahumano. Son humanos puros al cien por ciento. Al igual que nosotros.
—Exacto —Elias tomó su gabardina del perchero—. No es un depredador Generacional buscando alimento o presumiendo su arte. Es algo peor. Es cacería humana. Toma tu arma, Peeters. Vamos a hacer un viaje al campo.
El viaje hacia el sur de Bélgica, hacia la densa y oscura región de las Ardenas, duró casi tres horas. El paisaje urbano y opresivo de Bruselas dio paso a interminables bosques de pinos negros y carreteras secundarias sin asfaltar, embarradas por la lluvia incesante.
El viejo sedán negro de Elias avanzaba con dificultad por un camino de tierra flanqueado por árboles muertos que parecían garras apuntando al cielo plomizo. A medida que se acercaban a las coordenadas de la granja abandonada, un olor dulce y enfermizo comenzó a filtrarse por los conductos de ventilación del coche.
Leo sacó un pañuelo de su bolsillo y se cubrió la nariz. El olor era denso, casi masticable. Olía a cobre viejo, a heces de animales y a carne dulce dejada al sol.
—¿Sientes eso? —preguntó Elias, deteniendo el coche a unos quinientos metros de una estructura decrépita que se alzaba en medio de un claro brumoso. La granja consistía en una casa principal de piedra comida por el moho y un enorme granero con el techo parcialmente hundido.
—Huele a matadero —murmuró Leo, verificando el tambor de su revólver de calibre .38, un arma que había sido adaptada para el tamaño de sus manos pero que conservaba un poder de detención mortal.
—Un matadero procesa la carne de forma eficiente, Peeters. Esto… esto es podredumbre dejada a propósito. Es un mensaje.
Bajaron del coche. El silencio en el bosque era absoluto. No había cantos de pájaros, ni crujidos de insectos. Era como si la naturaleza misma hubiera creado un vacío alrededor de ese lugar por puro terror. Caminaron por el barro, Elias con su Magnum .357 desenfundado, cubriendo el flanco derecho, y Leo, moviéndose con una agilidad silenciosa que su baja estatura le permitía, cubriendo el flanco izquierdo, su línea de visión escaneando los rincones más bajos donde las trampas solían ocultarse.
La puerta del granero principal estaba entreabierta. Elias hizo una seña con la mano. Leo se pegó a la madera podrida y se asomó por la rendija, utilizando una pequeña linterna táctica para rasgar la oscuridad del interior.
Lo que Leo vio a través del haz de luz lo paralizó. Su respiración se cortó. A pesar de los horrores que había leído en los expedientes, su mente analítica tardó varios segundos en procesar la geometría de la pesadilla que tenía enfrente.
—Inspector… —la voz de Leo tembló, un susurro ahogado por el horror—. Dios santo…
Elias pateó la puerta, abriéndola de par en par, y ambos entraron con las armas en alto. El hedor los golpeó con la fuerza de un muro de ladrillos, pero fue el impacto visual lo que casi los hizo vomitar.
El inmenso interior del granero había sido convertido en una catedral de la depravación humana.
Colgando de las vigas del techo con pesadas cadenas de hierro oxidado, no había animales. Había amalgamas. Docenas de cuerpos mutilados y cosidos con alambre de espino en combinaciones profanas de humanos y bestias. El nivel de crueldad era asombroso y macabro.
En el centro de la sala, suspendido como un candelabro grotesco, colgaba el torso de un hombre adulto, pero sus brazos habían sido amputados y reemplazados por las patas delanteras de un caballo, clavadas directamente a sus clavículas con pernos de acero. Su cabeza estaba cubierta por el cráneo despellejado de un jabalí, y sus entrañas colgaban como serpentinas grotescas hasta rozar el suelo cubierto de aserrín empapado en sangre negra.
—Esto no es obra de un mutante —susurró Elias, con el rostro pálido y los dientes apretados, caminando lentamente entre los cadáveres colgantes—. Esto es trabajo manual. Fíjate en las suturas, Peeters. Fíjate en los cortes. Un Generacional usaría magia, fuego, o alteración molecular. Esto fue hecho con sierras para huesos, bisturíes desafilados y horas de sudor humano.
Leo se acercó a uno de los cuerpos colgados más bajo, a la altura de sus propios ojos. Era una mujer. Su piel había sido tatuada post-mortem con símbolos extraños, y su mandíbula había sido desencajada para coserle la lengua de un perro rabioso. En su pecho desnudo, alguien había tallado con un cuchillo de trinchar una frase en latín antiguo.
—Sicut bestiae sunt, sic tractabuntur —leyó Leo en voz alta, su conocimiento de idiomas antiguos fluyendo automáticamente—. “Como bestias son, así serán tratados”.
Elias iluminó las paredes del granero. Estaban cubiertas de recortes de periódicos, fotografías manchadas de sangre y diagramas. Pero no eran fotos de sus víctimas. Eran fotos de la familia Valmorth. Fotos de Aurion. Fotos de los integrantes de la Base Genbu y de incidentes causados por la Cuarta y Quinta Generación en diversas partes del mundo.
—Odio puro y destilado —Elias se acercó a un altar improvisado con cajas de madera y cráneos humanos, sobre el cual descansaba un libro encuadernado en cuero áspero—. Las víctimas humanas que hemos encontrado… los usaron como lienzos de práctica. O como representaciones teatrales de lo que realmente quieren hacer.
—Están intentando demostrar un punto —dedujo Leo, iluminando los murales macabros—. Están fusionando a humanos con animales para representar cómo ven ellos a los Generacionales. Para ellos, un hombre que puede lanzar fuego o un dios que puede parar el tiempo no es el siguiente paso de la evolución. Es una aberración de la naturaleza. Una bestia. Creen que los poderes son obra del infierno, una contaminación de la pureza humana.
Elias abrió el libro del altar. Las páginas estaban escritas a mano con una caligrafía meticulosa, obsesiva.
—”La Sagrada Purga del Firmamento” —leyó Elias—. Así se hacen llamar. Una secta. No son adoradores del diablo, Peeters. Son extremistas de la pureza humana. Fanáticos religiosos que creen que Dios cometió un error al permitir que nacieran los metahumanos, y que es deber de los humanos “Puros” limpiar la tierra.
De repente, un ruido metálico resonó en la parte trasera del granero. Un gemido débil.
Elias y Leo levantaron las armas al unísono y avanzaron hacia las sombras, detrás de los fardos de heno podrido. Allí, encadenado a la pared por el cuello, encontraron a un hombre. Llevaba el uniforme destrozado de la policía rural. Era uno de los oficiales desaparecidos.
Le habían arrancado los ojos, y sus labios estaban cosidos con hilo de pescar, pero aún respiraba, convulsionando débilmente.
Leo corrió hacia él, guardando su arma y sacando un cuchillo táctico de su bota para cortar las cuerdas que ataban sus muñecas, mientras Elias mantenía la guardia.
El oficial, al sentir el toque de Leo, empezó a sacudirse violentamente, emitiendo gemidos ahogados por la sutura de su boca. Intentaba hablar, intentaba advertirles de algo. Con dedos temblorosos y ensangrentados, el policía ciego señaló hacia el suelo de madera debajo de ellos.
Elias apuntó su linterna hacia los pies del oficial. Había un pesado tablón de roble con una argolla de hierro incrustada. Una trampilla.
—Están aquí abajo —murmuró Elias. Miró a Leo—. Llama a la caballería, Peeters. Pide equipos médicos y tácticos.
Leo tomó su radio, pero solo se escuchó un siseo de estática pura. —Inhibidores de frecuencia. Tienen tecnología de grado militar tapando la señal. Estamos solos, Inspector.
Elias comprobó su revólver, cerró el tambor con un golpe seco de muñeca y asintió. —Entonces terminemos la lección de hoy en la oscuridad.
Levantaron la pesada trampilla. Unas escaleras de hormigón crudo descendían hacia una oscuridad absoluta, de la cual emanaba un aire gélido, muy diferente al calor putrefacto del granero. Descendieron en total silencio, paso a paso. La agilidad de Leo le permitía moverse sin hacer rechinar ni una sola piedra, mientras Elias usaba su experiencia para pisar en los bordes de los escalones, donde la estructura era más firme.
El pasadizo se ensanchó hasta desembocar en un enorme búnker subterráneo de la época de la Guerra Fría. La humedad resbalaba por las paredes de cemento. El lugar estaba iluminado por lámparas fluorescentes parpadeantes que proyectaban sombras alargadas y enfermizas.
Pero lo que los detuvo en seco no fue la arquitectura, sino lo que albergaba.
Esperaban encontrar una mazmorra, una sala de tortura, o tal vez un cuartel de milicianos fuertemente armados planeando un atentado suicida contra la Asociación de Héroes.
En su lugar, encontraron un colegio.
Era una instalación inmensa y meticulosamente limpia. Había pasillos con taquillas, aulas con pizarras de cristal, y dormitorios ordenados con disciplina militar. Todo en un pulcro contraste con el matadero satánico que había justo en el piso de arriba.
A través del cristal de una de las aulas, Elias y Leo presenciaron una escena que helaba la sangre de una manera completamente distinta a la carnicería del granero.
Dentro del aula, sentados en pupitres perfectamente alineados, había unos treinta niños. Niños humanos, puramente humanos, de edades comprendidas entre los ocho y los catorce años. Llevaban uniformes grises, idénticos, y mantenían una postura rígida, con la mirada fija al frente. Sus ojos carecían de la chispa de la infancia; eran pozos fríos y calculadores.
Al frente del aula, un hombre vestido con un traje de corte impecable, sin ninguna túnica de sectario, estaba dando una clase. No estaba enseñando matemáticas ni historia convencional. Estaba proyectando diagramas de flujo en la pizarra.
Leo, gracias a su estatura, pudo deslizarse por debajo del nivel de las ventanas del pasillo y acercarse al conducto de ventilación para escuchar lo que se decía en el aula. Elias se agachó a su lado, con el arma lista, el corazón latiendo con fuerza ante la magnitud de la conspiración.
La voz del profesor era calmada, erudita y profundamente persuasiva.}
—…Y es por eso, alumnos, que el asesinato físico de un Generacional es un acto de estupidez inútil —decía el hombre, señalando una proyección de un hombre de la Primera Generación—. Puedes disparar a una Primera Generación con un rifle antitanque, y su biología se adaptará. Puedes intentar bombardear a un Sexta Generación, y simplemente reescribirán la realidad o se curarán instantáneamente. La fuerza bruta es su dominio. Es el dominio de los demonios.
El profesor cambió la diapositiva. Apareció la imagen de una imponente corte de justicia y el logo del Parlamento Internacional.
—Nuestro dominio es la Ley. Nuestro dominio es la burocracia, la economía y la influencia. La humanidad no vencerá a estos engendros del infierno intentando ser más fuerte que ellos en el campo de batalla. Los venceremos creando un sistema que los ahogue.
El profesor caminó entre los pupitres. Los niños no se movían, absorbían cada palabra como esponjas secas en un charco de veneno.
—Vosotros no sois soldados —continuó el maestro, acariciando la cabeza de una niña de diez años con una sonrisa paternal que resultaba repugnante—. Vosotros sois el futuro de la humanidad. Seréis los jueces del Tribunal Supremo en La Haya. Seréis los Ministros de Defensa, los diplomáticos, los senadores y los líderes de las Naciones Unidas. Os estamos educando, a los mejores huérfanos sin poderes del mundo, para que os infiltréis en el sistema global. Y cuando tengáis el control legal absoluto…
La diapositiva cambió, mostrando imágenes de campos de internamiento, collares de anulación de poder y leyes de exterminio genético.
—…Declararéis que el gen metahumano es una enfermedad biológica ilegal. Emitiréis leyes que criminalicen su existencia. Les cortaréis los suministros, confiscaréis sus riquezas, pondréis a la opinión pública en su contra, y los marginaréis hasta que no puedan vivir en nuestro mundo. Los Valmorth creen que gobiernan desde las sombras. Héroes que se creen un símbolo inquebrantable. Nosotros les demostraremos que las sombras y los símbolos pueden ser borrados con una firma en un pedazo de papel. Esta es vuestra guerra santa. Una guerra de corbatas, leyes y exterminio sistémico.
Elias retrocedió lentamente de la ventana, con el rostro cubierto por una capa de sudor frío. Miró a Leo, y por primera vez en toda su carrera, el veterano Inspector de homicidios parecía abrumado.
El macabro teatro del granero arriba no era un fin en sí mismo. Era una criba. Un método para mantener alejados a los curiosos, a los cobardes y a la policía ordinaria, proyectando la imagen de unos simples asesinos en serie locos. Mientras tanto, en las profundidades, la verdadera amenaza germinaba en absoluto silencio.
No estaban entrenando terroristas. Estaban criando el Apocalipsis sociopolítico de las Generaciones.
—Esto es demasiado grande, Elias —susurró Leo, olvidando los rangos por un momento. Su cerebro analítico evaluaba billones de ramificaciones—. Si esta secta logra infiltrar a estos niños en la política global en los próximos veinte años, causarán una guerra civil a escala planetaria. Todas las personas con poderes… si el mundo entero legisla su exterminio, se defenderán. Serán billones de muertos.
—Tenemos que arrestar a ese cabrón y sacar a los niños de aquí. Ahora —Elias se preparó para levantarse e irrumpir en el aula, levantando el cañón de su revólver.
Pero antes de que pudiera dar un paso, una sirena ensordecedora comenzó a aullar a través del búnker subterráneo. Las luces blancas fueron reemplazadas por luces de emergencia rojas y estroboscópicas.
No habían sido descubiertos por cometer un error táctico. Los sensores de biometría del búnker habían detectado la alteración en el ritmo cardíaco del policía torturado que dejaron en el granero arriba, o tal vez sus inhibidores detectaron la frecuencia de las radios policiales que intentaron usar.
De las puertas al final del pasillo salieron corriendo no soldados, sino hombres y mujeres vestidos con trajes de negocios, todos empuñando armamento paramilitar de alta tecnología. Eran los “tutores”. Fanáticos letales y altamente entrenados.
—¡Intrusos en el sector norte! ¡Inicien el Protocolo de Dispersión! —gritó uno de ellos, abriendo fuego con un subfusil silenciado.
Las balas de teflón impactaron contra la pared de hormigón a centímetros de la cabeza de Elias, esparciendo esquirlas de piedra.
—¡Cúbrete! —Elias agarró a Leo por el cuello del traje y lo arrojó detrás de un pesado pilar de soporte, respondiendo al fuego con dos disparos atronadores de su Magnum. El rugido del revólver .357 en el espacio cerrado fue como el estallido de un cañón. Uno de los fanáticos recibió el impacto en el centro del pecho, volando hacia atrás y cayendo inerte.
Pero eran demasiados, y tenían una disciplina fanática.
Lo más escalofriante ocurrió dentro de las aulas. A través del cristal roto, Leo vio cómo los niños no gritaban ni entraban en pánico. Se levantaron en perfecto orden militar, formaron filas de a dos y comenzaron a evacuar por túneles secundarios escondidos detrás de las pizarras, guiados por el profesor, quien les dedicó una última mirada cargada de odio puro a los dos detectives antes de desaparecer en la oscuridad.
—¡Se escapan! ¡Se llevan a los niños! —gritó Leo, sacando su propio revólver, disparando desde el suelo, su baja estatura dándole un ángulo de tiro letal contra las rodillas y cinturas de los guardias que avanzaban. Un fanático cayó gritando cuando la bala de Leo le destrozó la rótula.
—¡No podemos seguirlos, nos están flanqueando! —gruñó Elias, vaciando el tambor de su arma y recargando con un speedloader en menos de dos segundos—. ¡Son profesionales, Peeters! ¡Están cubriendo la retirada de sus “semillas”!
Una granada de fragmentación rodó por el suelo del pasillo, deteniéndose a pocos metros de su posición.
—¡Granada! —Elias se lanzó sobre Leo, cubriendo el pequeño cuerpo de su compañero con su propia espalda y la gruesa gabardina.
La explosión sacudió los cimientos del búnker. El sonido fue ensordecedor, seguido de una lluvia de polvo, metralla y escombros. Los oídos de Leo pitaban salvajemente. Sintió el peso de Elias sobre él. El Inspector jadeaba pesadamente, pero no estaba gravemente herido; su chaleco antibalas de kevlar oculto bajo la gabardina había absorbido la mayor parte del impacto de la metralla, aunque una esquirla le había abierto un tajo feo en la frente, del cual manaba sangre profusamente.
Cuando el polvo se disipó ligeramente, el pasillo estaba en ruinas, y los fanáticos supervivientes habían cerrado pesadas compuertas de acero hidráulico tras de sí.
Elias se puso de pie a duras penas, tosiendo polvo de cemento, y ayudó a Leo a levantarse. Corrieron hacia las puertas blindadas, pero era inútil. Eran paneles de aleación de titanio de treinta centímetros de grosor, diseñados para resistir el impacto de un Generacional. Un par de revólveres humanos no les harían ni un rasguño.
Estaban encerrados. Y la secta había escapado.
Una hora más tarde, los equipos tácticos SWAT de Bruselas finalmente rompieron la señal de interferencia, localizaron el búnker y volaron las compuertas principales. Encontraron a Elias y a Leo sentados en el suelo de las aulas vacías, rodeados de carpetas, libros y discos duros quemados con ácido. La secta había destruido casi todos los registros antes de huir.
Paramédicos atendían la herida en la cabeza de Elias y estabilizaban al policía torturado arriba en el granero. El lugar era ahora un enjambre de uniformes policiales y forenses horrorizados por la dantesca escena del piso superior.
Leo caminaba entre los pupitres vacíos, su mente analítica trabajando a toda marcha, recogiendo pedazos de papel medio quemados, intentando descifrar el destino de aquellos niños.
Elias se acercó a él, sosteniendo una gasa contra su frente ensangrentada. Su expresión era más sombría que la noche misma.
—Se han ido, Peeters —dijo Elias, su voz ronca por el humo y la frustración—. Los túneles de escape tienen kilómetros de longitud. Llevan a una vieja línea ferroviaria de contrabando. Se dispersaron. Decenas de niños, adoctrinados y entrenados para odiar con la precisión de un bisturí legal, ahora están escondidos en algún lugar, listos para ser introducidos en orfanatos de élite o familias adoptivas pudientes para iniciar su camino político.
Leo levantó la vista, ajustándose las gafas astilladas por la explosión.
—Usted me dijo que la primera lección era que el peor monstruo no necesita volar, sino que necesita una idea —Leo miró un pedazo de pizarra donde aún se leía “El Fin de la Era de los Dioses”—. Tenía razón, Inspector. Un psicópata mutante puede destruir un edificio. Esta gente… esta gente quiere destruir el mundo entero desde los cimientos de la burocracia. Y nosotros, la policía humana, no pudimos detenerlos. Fracasamos.
Elias agarró a Leo por el hombro con fuerza. Sus ojos inyectados en sangre ardían con una determinación lúgubre y aterradora.
—No te equivoques, Detective. Hoy perdimos una batalla, no la guerra. Y hoy aprendiste la última lección. Hemos visto a dónde llega la crueldad humana, el fondo de la botella. Ahora sabemos que existe la “Sagrada Purga del Firmamento”. Sabemos cuál es su juego. No están en el radar de la Asociación de Héroes porque los héroes solo buscan tsunamis y rayos láser. Pero nosotros somos la policía. Cazamos en las sombras.
Elias sacó un cigarrillo manchado de polvo, lo encendió con un encendedor abollado y exhaló una densa nube de humo hacia el techo del búnker.
—Vamos a recoger cada maldito pedazo de papel quemado de este lugar, Peeters. Vas a usar esa mente gigante que tienes en ese cuerpo pequeño para rastrear las transferencias bancarias de esta instalación, las identidades falsas de los profesores y las licitaciones de los túneles. Vamos a encontrarlos, uno por uno. Y cuando lo hagamos, no los vamos a arrestar para ponerlos a disposición de los jueces que ellos mismos están entrenando.
Leo asintió, su mirada azul pálido reflejando la misma frialdad que la de su mentor. La inocencia había muerto definitivamente en ese sótano.
—A estos fanáticos no se les juzga, Inspector. Se les erradica.
—Exactamente —sentenció Elias, dándose la vuelta para salir del infierno—. Bienvenido a la división de Crímenes Especiales, Leo. El caso sigue abierto.
Mientras caminaban hacia la superficie, dejando atrás la amalgama de carne muerta y los pupitres de un apocalipsis futuro, la lluvia sobre las Ardenas seguía cayendo, augurando una tormenta que, tarde o temprano, ahogaría al mundo entero en sangre.
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