Rebelión contra el Cielo - Capítulo 234
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Capítulo 234: La cosecha de los herejes
El humo del tabaco barato flotaba como una niebla perpetua en el techo de la oficina de la División de Crímenes Especiales. El Inspector Elias Van den Berg observaba la lluvia golpear el cristal de su ventana, una lluvia que en Bruselas parecía tener la textura del plomo. A su espalda, el sonido de cajas de cartón siendo arrastradas rompió el silencio monótono de los teclados y los teléfonos distantes.
Leo Peeters, de un metro treinta de estatura, vestía su impecable traje gris. Estaba desempaquetando sus pertenencias de analista de datos para colocarlas en el escritorio vacío frente al de Elias. El Comisario había firmado el traslado a regañadientes esa misma mañana. Leo ya no era el oficinista del que todos se burlaban; la placa de bronce de Detective de Campo brillaba en su cinturón, pesando más que cualquier arma.
Elias se giró lentamente, exhaló una nube de humo y caminó hacia el escritorio de su nuevo compañero. Con un movimiento brusco, agarró una taza con el logo del departamento de análisis y un par de pisapapeles decorativos, y los tiró a la papelera.
—Inspector… —empezó Leo, sorprendido.
—Esa basura es de analista, Peeters —lo interrumpió Elias, apoyando ambas manos sobre la madera del escritorio, inclinándose para mirarlo fijamente—. Un analista lee la historia después de que ha sido escrita. Un detective camina por la sangre fresca antes de que se seque. Si vas a ser mi compañero, te voy a enseñar todo lo que sé, y la primera lección es que aquí no hay lugar para la nostalgia.
Leo tragó saliva, pero asintió con firmeza. —Entendido. Nada de distracciones.
—Lección número dos —Elias se enderezó y señaló la pizarra de cristal donde aún quedaban restos del caso de Silas Vane—. Hasta ahora has lidiado con Generacionales. Mutantes, dioses de pacotilla, monstruos que nacieron con el poder de alterar la física o la mente. Son peligrosos, sí. Pero son predecibles. Su poder es su escudo y su espada. Pero hoy… hoy vas a aprender de qué estamos hechos los “Puros”. Hoy vas a ver que el peor monstruo de este mundo no necesita volar ni regenerarse. Solo necesita una idea.
Elias arrojó una carpeta de cuero negro sobre la mesa de Leo. No tenía el sello rojo de los Generacionales. Tenía el sello gris de la jurisdicción civil.
—Desapariciones múltiples en los distritos rurales de Valonia —explicó Elias, apagando su cigarrillo en un cenicero rebosante—. Veintidós personas en los últimos ocho meses. Vagabundos, prostitutas, inmigrantes sin registrar, y hace tres días, dos oficiales de la policía rural que fueron a investigar un olor a putrefacción cerca de los bosques de las Ardenas. El informe dice que los perros rastreadores se negaron a avanzar a un kilómetro de una vieja granja lechera abandonada. Se echaron a llorar.
Leo abrió la carpeta. Sus dedos ágiles recorrieron las fotografías de los desaparecidos. —No hay patrón de edad ni de género. Pero… —Leo ajustó sus gafas, su mente analítica conectando los puntos a una velocidad vertiginosa—. Todos tienen algo en común en sus historiales médicos. Ninguno de ellos posee el más mínimo rastro del gen metahumano. Son humanos puros al cien por ciento. Al igual que nosotros.
—Exacto —Elias tomó su gabardina del perchero—. No es un depredador Generacional buscando alimento o presumiendo su arte. Es algo peor. Es cacería humana. Toma tu arma, Peeters. Vamos a hacer un viaje al campo.
El viaje hacia el sur de Bélgica, hacia la densa y oscura región de las Ardenas, duró casi tres horas. El paisaje urbano y opresivo de Bruselas dio paso a interminables bosques de pinos negros y carreteras secundarias sin asfaltar, embarradas por la lluvia incesante.
El viejo sedán negro de Elias avanzaba con dificultad por un camino de tierra flanqueado por árboles muertos que parecían garras apuntando al cielo plomizo. A medida que se acercaban a las coordenadas de la granja abandonada, un olor dulce y enfermizo comenzó a filtrarse por los conductos de ventilación del coche.
Leo sacó un pañuelo de su bolsillo y se cubrió la nariz. El olor era denso, casi masticable. Olía a cobre viejo, a heces de animales y a carne dulce dejada al sol.
—¿Sientes eso? —preguntó Elias, deteniendo el coche a unos quinientos metros de una estructura decrépita que se alzaba en medio de un claro brumoso. La granja consistía en una casa principal de piedra comida por el moho y un enorme granero con el techo parcialmente hundido.
—Huele a matadero —murmuró Leo, verificando el tambor de su revólver de calibre .38, un arma que había sido adaptada para el tamaño de sus manos pero que conservaba un poder de detención mortal.
—Un matadero procesa la carne de forma eficiente, Peeters. Esto… esto es podredumbre dejada a propósito. Es un mensaje.
Bajaron del coche. El silencio en el bosque era absoluto. No había cantos de pájaros, ni crujidos de insectos. Era como si la naturaleza misma hubiera creado un vacío alrededor de ese lugar por puro terror. Caminaron por el barro, Elias con su Magnum .357 desenfundado, cubriendo el flanco derecho, y Leo, moviéndose con una agilidad silenciosa que su baja estatura le permitía, cubriendo el flanco izquierdo, su línea de visión escaneando los rincones más bajos donde las trampas solían ocultarse.
La puerta del granero principal estaba entreabierta. Elias hizo una seña con la mano. Leo se pegó a la madera podrida y se asomó por la rendija, utilizando una pequeña linterna táctica para rasgar la oscuridad del interior.
Lo que Leo vio a través del haz de luz lo paralizó. Su respiración se cortó. A pesar de los horrores que había leído en los expedientes, su mente analítica tardó varios segundos en procesar la geometría de la pesadilla que tenía enfrente.
—Inspector… —la voz de Leo tembló, un susurro ahogado por el horror—. Dios santo…
Elias pateó la puerta, abriéndola de par en par, y ambos entraron con las armas en alto. El hedor los golpeó con la fuerza de un muro de ladrillos, pero fue el impacto visual lo que casi los hizo vomitar.
El inmenso interior del granero había sido convertido en una catedral de la depravación humana.
Colgando de las vigas del techo con pesadas cadenas de hierro oxidado, no había animales. Había amalgamas. Docenas de cuerpos mutilados y cosidos con alambre de espino en combinaciones profanas de humanos y bestias. El nivel de crueldad era asombroso y macabro.
En el centro de la sala, suspendido como un candelabro grotesco, colgaba el torso de un hombre adulto, pero sus brazos habían sido amputados y reemplazados por las patas delanteras de un caballo, clavadas directamente a sus clavículas con pernos de acero. Su cabeza estaba cubierta por el cráneo despellejado de un jabalí, y sus entrañas colgaban como serpentinas grotescas hasta rozar el suelo cubierto de aserrín empapado en sangre negra.
—Esto no es obra de un mutante —susurró Elias, con el rostro pálido y los dientes apretados, caminando lentamente entre los cadáveres colgantes—. Esto es trabajo manual. Fíjate en las suturas, Peeters. Fíjate en los cortes. Un Generacional usaría magia, fuego, o alteración molecular. Esto fue hecho con sierras para huesos, bisturíes desafilados y horas de sudor humano.
Leo se acercó a uno de los cuerpos colgados más bajo, a la altura de sus propios ojos. Era una mujer. Su piel había sido tatuada post-mortem con símbolos extraños, y su mandíbula había sido desencajada para coserle la lengua de un perro rabioso. En su pecho desnudo, alguien había tallado con un cuchillo de trinchar una frase en latín antiguo.
—Sicut bestiae sunt, sic tractabuntur —leyó Leo en voz alta, su conocimiento de idiomas antiguos fluyendo automáticamente—. “Como bestias son, así serán tratados”.
Elias iluminó las paredes del granero. Estaban cubiertas de recortes de periódicos, fotografías manchadas de sangre y diagramas. Pero no eran fotos de sus víctimas. Eran fotos de la familia Valmorth. Fotos de Aurion. Fotos de los integrantes de la Base Genbu y de incidentes causados por la Cuarta y Quinta Generación en diversas partes del mundo.
—Odio puro y destilado —Elias se acercó a un altar improvisado con cajas de madera y cráneos humanos, sobre el cual descansaba un libro encuadernado en cuero áspero—. Las víctimas humanas que hemos encontrado… los usaron como lienzos de práctica. O como representaciones teatrales de lo que realmente quieren hacer.
—Están intentando demostrar un punto —dedujo Leo, iluminando los murales macabros—. Están fusionando a humanos con animales para representar cómo ven ellos a los Generacionales. Para ellos, un hombre que puede lanzar fuego o un dios que puede parar el tiempo no es el siguiente paso de la evolución. Es una aberración de la naturaleza. Una bestia. Creen que los poderes son obra del infierno, una contaminación de la pureza humana.
Elias abrió el libro del altar. Las páginas estaban escritas a mano con una caligrafía meticulosa, obsesiva.
—”La Sagrada Purga del Firmamento” —leyó Elias—. Así se hacen llamar. Una secta. No son adoradores del diablo, Peeters. Son extremistas de la pureza humana. Fanáticos religiosos que creen que Dios cometió un error al permitir que nacieran los metahumanos, y que es deber de los humanos “Puros” limpiar la tierra.
De repente, un ruido metálico resonó en la parte trasera del granero. Un gemido débil.
Elias y Leo levantaron las armas al unísono y avanzaron hacia las sombras, detrás de los fardos de heno podrido. Allí, encadenado a la pared por el cuello, encontraron a un hombre. Llevaba el uniforme destrozado de la policía rural. Era uno de los oficiales desaparecidos.
Le habían arrancado los ojos, y sus labios estaban cosidos con hilo de pescar, pero aún respiraba, convulsionando débilmente.
Leo corrió hacia él, guardando su arma y sacando un cuchillo táctico de su bota para cortar las cuerdas que ataban sus muñecas, mientras Elias mantenía la guardia.
El oficial, al sentir el toque de Leo, empezó a sacudirse violentamente, emitiendo gemidos ahogados por la sutura de su boca. Intentaba hablar, intentaba advertirles de algo. Con dedos temblorosos y ensangrentados, el policía ciego señaló hacia el suelo de madera debajo de ellos.
Elias apuntó su linterna hacia los pies del oficial. Había un pesado tablón de roble con una argolla de hierro incrustada. Una trampilla.
—Están aquí abajo —murmuró Elias. Miró a Leo—. Llama a la caballería, Peeters. Pide equipos médicos y tácticos.
Leo tomó su radio, pero solo se escuchó un siseo de estática pura. —Inhibidores de frecuencia. Tienen tecnología de grado militar tapando la señal. Estamos solos, Inspector.
Elias comprobó su revólver, cerró el tambor con un golpe seco de muñeca y asintió. —Entonces terminemos la lección de hoy en la oscuridad.
Levantaron la pesada trampilla. Unas escaleras de hormigón crudo descendían hacia una oscuridad absoluta, de la cual emanaba un aire gélido, muy diferente al calor putrefacto del granero. Descendieron en total silencio, paso a paso. La agilidad de Leo le permitía moverse sin hacer rechinar ni una sola piedra, mientras Elias usaba su experiencia para pisar en los bordes de los escalones, donde la estructura era más firme.
El pasadizo se ensanchó hasta desembocar en un enorme búnker subterráneo de la época de la Guerra Fría. La humedad resbalaba por las paredes de cemento. El lugar estaba iluminado por lámparas fluorescentes parpadeantes que proyectaban sombras alargadas y enfermizas.
Pero lo que los detuvo en seco no fue la arquitectura, sino lo que albergaba.
Esperaban encontrar una mazmorra, una sala de tortura, o tal vez un cuartel de milicianos fuertemente armados planeando un atentado suicida contra la Asociación de Héroes.
En su lugar, encontraron un colegio.
Era una instalación inmensa y meticulosamente limpia. Había pasillos con taquillas, aulas con pizarras de cristal, y dormitorios ordenados con disciplina militar. Todo en un pulcro contraste con el matadero satánico que había justo en el piso de arriba.
A través del cristal de una de las aulas, Elias y Leo presenciaron una escena que helaba la sangre de una manera completamente distinta a la carnicería del granero.
Dentro del aula, sentados en pupitres perfectamente alineados, había unos treinta niños. Niños humanos, puramente humanos, de edades comprendidas entre los ocho y los catorce años. Llevaban uniformes grises, idénticos, y mantenían una postura rígida, con la mirada fija al frente. Sus ojos carecían de la chispa de la infancia; eran pozos fríos y calculadores.
Al frente del aula, un hombre vestido con un traje de corte impecable, sin ninguna túnica de sectario, estaba dando una clase. No estaba enseñando matemáticas ni historia convencional. Estaba proyectando diagramas de flujo en la pizarra.
Leo, gracias a su estatura, pudo deslizarse por debajo del nivel de las ventanas del pasillo y acercarse al conducto de ventilación para escuchar lo que se decía en el aula. Elias se agachó a su lado, con el arma lista, el corazón latiendo con fuerza ante la magnitud de la conspiración.
La voz del profesor era calmada, erudita y profundamente persuasiva.}
—…Y es por eso, alumnos, que el asesinato físico de un Generacional es un acto de estupidez inútil —decía el hombre, señalando una proyección de un hombre de la Primera Generación—. Puedes disparar a una Primera Generación con un rifle antitanque, y su biología se adaptará. Puedes intentar bombardear a un Sexta Generación, y simplemente reescribirán la realidad o se curarán instantáneamente. La fuerza bruta es su dominio. Es el dominio de los demonios.
El profesor cambió la diapositiva. Apareció la imagen de una imponente corte de justicia y el logo del Parlamento Internacional.
—Nuestro dominio es la Ley. Nuestro dominio es la burocracia, la economía y la influencia. La humanidad no vencerá a estos engendros del infierno intentando ser más fuerte que ellos en el campo de batalla. Los venceremos creando un sistema que los ahogue.
El profesor caminó entre los pupitres. Los niños no se movían, absorbían cada palabra como esponjas secas en un charco de veneno.
—Vosotros no sois soldados —continuó el maestro, acariciando la cabeza de una niña de diez años con una sonrisa paternal que resultaba repugnante—. Vosotros sois el futuro de la humanidad. Seréis los jueces del Tribunal Supremo en La Haya. Seréis los Ministros de Defensa, los diplomáticos, los senadores y los líderes de las Naciones Unidas. Os estamos educando, a los mejores huérfanos sin poderes del mundo, para que os infiltréis en el sistema global. Y cuando tengáis el control legal absoluto…
La diapositiva cambió, mostrando imágenes de campos de internamiento, collares de anulación de poder y leyes de exterminio genético.
—…Declararéis que el gen metahumano es una enfermedad biológica ilegal. Emitiréis leyes que criminalicen su existencia. Les cortaréis los suministros, confiscaréis sus riquezas, pondréis a la opinión pública en su contra, y los marginaréis hasta que no puedan vivir en nuestro mundo. Los Valmorth creen que gobiernan desde las sombras. Héroes que se creen un símbolo inquebrantable. Nosotros les demostraremos que las sombras y los símbolos pueden ser borrados con una firma en un pedazo de papel. Esta es vuestra guerra santa. Una guerra de corbatas, leyes y exterminio sistémico.
Elias retrocedió lentamente de la ventana, con el rostro cubierto por una capa de sudor frío. Miró a Leo, y por primera vez en toda su carrera, el veterano Inspector de homicidios parecía abrumado.
El macabro teatro del granero arriba no era un fin en sí mismo. Era una criba. Un método para mantener alejados a los curiosos, a los cobardes y a la policía ordinaria, proyectando la imagen de unos simples asesinos en serie locos. Mientras tanto, en las profundidades, la verdadera amenaza germinaba en absoluto silencio.
No estaban entrenando terroristas. Estaban criando el Apocalipsis sociopolítico de las Generaciones.
—Esto es demasiado grande, Elias —susurró Leo, olvidando los rangos por un momento. Su cerebro analítico evaluaba billones de ramificaciones—. Si esta secta logra infiltrar a estos niños en la política global en los próximos veinte años, causarán una guerra civil a escala planetaria. Todas las personas con poderes… si el mundo entero legisla su exterminio, se defenderán. Serán billones de muertos.
—Tenemos que arrestar a ese cabrón y sacar a los niños de aquí. Ahora —Elias se preparó para levantarse e irrumpir en el aula, levantando el cañón de su revólver.
Pero antes de que pudiera dar un paso, una sirena ensordecedora comenzó a aullar a través del búnker subterráneo. Las luces blancas fueron reemplazadas por luces de emergencia rojas y estroboscópicas.
No habían sido descubiertos por cometer un error táctico. Los sensores de biometría del búnker habían detectado la alteración en el ritmo cardíaco del policía torturado que dejaron en el granero arriba, o tal vez sus inhibidores detectaron la frecuencia de las radios policiales que intentaron usar.
De las puertas al final del pasillo salieron corriendo no soldados, sino hombres y mujeres vestidos con trajes de negocios, todos empuñando armamento paramilitar de alta tecnología. Eran los “tutores”. Fanáticos letales y altamente entrenados.
—¡Intrusos en el sector norte! ¡Inicien el Protocolo de Dispersión! —gritó uno de ellos, abriendo fuego con un subfusil silenciado.
Las balas de teflón impactaron contra la pared de hormigón a centímetros de la cabeza de Elias, esparciendo esquirlas de piedra.
—¡Cúbrete! —Elias agarró a Leo por el cuello del traje y lo arrojó detrás de un pesado pilar de soporte, respondiendo al fuego con dos disparos atronadores de su Magnum. El rugido del revólver .357 en el espacio cerrado fue como el estallido de un cañón. Uno de los fanáticos recibió el impacto en el centro del pecho, volando hacia atrás y cayendo inerte.
Pero eran demasiados, y tenían una disciplina fanática.
Lo más escalofriante ocurrió dentro de las aulas. A través del cristal roto, Leo vio cómo los niños no gritaban ni entraban en pánico. Se levantaron en perfecto orden militar, formaron filas de a dos y comenzaron a evacuar por túneles secundarios escondidos detrás de las pizarras, guiados por el profesor, quien les dedicó una última mirada cargada de odio puro a los dos detectives antes de desaparecer en la oscuridad.
—¡Se escapan! ¡Se llevan a los niños! —gritó Leo, sacando su propio revólver, disparando desde el suelo, su baja estatura dándole un ángulo de tiro letal contra las rodillas y cinturas de los guardias que avanzaban. Un fanático cayó gritando cuando la bala de Leo le destrozó la rótula.
—¡No podemos seguirlos, nos están flanqueando! —gruñó Elias, vaciando el tambor de su arma y recargando con un speedloader en menos de dos segundos—. ¡Son profesionales, Peeters! ¡Están cubriendo la retirada de sus “semillas”!
Una granada de fragmentación rodó por el suelo del pasillo, deteniéndose a pocos metros de su posición.
—¡Granada! —Elias se lanzó sobre Leo, cubriendo el pequeño cuerpo de su compañero con su propia espalda y la gruesa gabardina.
La explosión sacudió los cimientos del búnker. El sonido fue ensordecedor, seguido de una lluvia de polvo, metralla y escombros. Los oídos de Leo pitaban salvajemente. Sintió el peso de Elias sobre él. El Inspector jadeaba pesadamente, pero no estaba gravemente herido; su chaleco antibalas de kevlar oculto bajo la gabardina había absorbido la mayor parte del impacto de la metralla, aunque una esquirla le había abierto un tajo feo en la frente, del cual manaba sangre profusamente.
Cuando el polvo se disipó ligeramente, el pasillo estaba en ruinas, y los fanáticos supervivientes habían cerrado pesadas compuertas de acero hidráulico tras de sí.
Elias se puso de pie a duras penas, tosiendo polvo de cemento, y ayudó a Leo a levantarse. Corrieron hacia las puertas blindadas, pero era inútil. Eran paneles de aleación de titanio de treinta centímetros de grosor, diseñados para resistir el impacto de un Generacional. Un par de revólveres humanos no les harían ni un rasguño.
Estaban encerrados. Y la secta había escapado.
Una hora más tarde, los equipos tácticos SWAT de Bruselas finalmente rompieron la señal de interferencia, localizaron el búnker y volaron las compuertas principales. Encontraron a Elias y a Leo sentados en el suelo de las aulas vacías, rodeados de carpetas, libros y discos duros quemados con ácido. La secta había destruido casi todos los registros antes de huir.
Paramédicos atendían la herida en la cabeza de Elias y estabilizaban al policía torturado arriba en el granero. El lugar era ahora un enjambre de uniformes policiales y forenses horrorizados por la dantesca escena del piso superior.
Leo caminaba entre los pupitres vacíos, su mente analítica trabajando a toda marcha, recogiendo pedazos de papel medio quemados, intentando descifrar el destino de aquellos niños.
Elias se acercó a él, sosteniendo una gasa contra su frente ensangrentada. Su expresión era más sombría que la noche misma.
—Se han ido, Peeters —dijo Elias, su voz ronca por el humo y la frustración—. Los túneles de escape tienen kilómetros de longitud. Llevan a una vieja línea ferroviaria de contrabando. Se dispersaron. Decenas de niños, adoctrinados y entrenados para odiar con la precisión de un bisturí legal, ahora están escondidos en algún lugar, listos para ser introducidos en orfanatos de élite o familias adoptivas pudientes para iniciar su camino político.
Leo levantó la vista, ajustándose las gafas astilladas por la explosión.
—Usted me dijo que la primera lección era que el peor monstruo no necesita volar, sino que necesita una idea —Leo miró un pedazo de pizarra donde aún se leía “El Fin de la Era de los Dioses”—. Tenía razón, Inspector. Un psicópata mutante puede destruir un edificio. Esta gente… esta gente quiere destruir el mundo entero desde los cimientos de la burocracia. Y nosotros, la policía humana, no pudimos detenerlos. Fracasamos.
Elias agarró a Leo por el hombro con fuerza. Sus ojos inyectados en sangre ardían con una determinación lúgubre y aterradora.
—No te equivoques, Detective. Hoy perdimos una batalla, no la guerra. Y hoy aprendiste la última lección. Hemos visto a dónde llega la crueldad humana, el fondo de la botella. Ahora sabemos que existe la “Sagrada Purga del Firmamento”. Sabemos cuál es su juego. No están en el radar de la Asociación de Héroes porque los héroes solo buscan tsunamis y rayos láser. Pero nosotros somos la policía. Cazamos en las sombras.
Elias sacó un cigarrillo manchado de polvo, lo encendió con un encendedor abollado y exhaló una densa nube de humo hacia el techo del búnker.
—Vamos a recoger cada maldito pedazo de papel quemado de este lugar, Peeters. Vas a usar esa mente gigante que tienes en ese cuerpo pequeño para rastrear las transferencias bancarias de esta instalación, las identidades falsas de los profesores y las licitaciones de los túneles. Vamos a encontrarlos, uno por uno. Y cuando lo hagamos, no los vamos a arrestar para ponerlos a disposición de los jueces que ellos mismos están entrenando.
Leo asintió, su mirada azul pálido reflejando la misma frialdad que la de su mentor. La inocencia había muerto definitivamente en ese sótano.
—A estos fanáticos no se les juzga, Inspector. Se les erradica.
—Exactamente —sentenció Elias, dándose la vuelta para salir del infierno—. Bienvenido a la división de Crímenes Especiales, Leo. El caso sigue abierto.
Mientras caminaban hacia la superficie, dejando atrás la amalgama de carne muerta y los pupitres de un apocalipsis futuro, la lluvia sobre las Ardenas seguía cayendo, augurando una tormenta que, tarde o temprano, ahogaría al mundo entero en sangre.
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