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Rechazada por mi compañero, ahora compañera del Rey Licano - Capítulo 38

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38: CAPÍTULO 38 38: CAPÍTULO 38 ~ ROWAN
Oía la música de la hoguera desde el palacio.

Podía imaginar los farolillos colgantes y a los niños bailando alrededor del fuego como cada año; las carreras y los puestos de comida callejera alineados en cada esquina.

Había terminado de trabajar hacía horas, pero no era capaz de salir de casa.

Hacía años desde la última vez que asistí y, aunque la culpa por el daño que sufrió mi hermana se había desvanecido, mi cuerpo no lo había olvidado.

Sabía que, si me esforzaba lo suficiente, recordaría el pánico y la confusión que sentí cuando empezó el caos, pero no era eso lo que me molestaba hoy.

Había algo más acechando bajo mi inquietud, algo a lo que no podía —o no quería— ponerle nombre.

—Su Majestad, el coche está listo.

Aparté mis pensamientos con un parpadeo y me giré hacia el guardia que estaba en el umbral de mi despacho, con las manos entrelazadas a la espalda mientras se concentraba en el suelo.

—¿Está seguro de que no quiere seguridad para hoy?

—preguntó en voz baja—.

Hay muchos guardias que estarían dispuestos a…

—¿Insinúas que no puedo defenderme?

Se quedó en silencio y las puntas de sus orejas se pusieron rosadas.

—No pretendía faltarle al respeto…

—Ya sé que no.

Estaré bien por una noche.

Dejé de llevar seguridad cuando me convertí en Rey.

No solo era capaz de defenderme, sino que también confiaba en mi manada.

Me hice una promesa el día que me convertí en Rey.

Quería una experiencia cercana con mi manada.

Necesitaba que confiaran en mí y, para ello, yo tenía que confiar en ellos.

Mi padre fue un buen rey, pero no confiaba en nadie, y eso fue lo que finalmente lo llevó a su perdición.

—Pueden tomarse todos el día libre —le dije al guardia—.

La hoguera es para todos.

Quedan relevados de sus funciones por esta noche.

No esperé a ver su respuesta y salí del despacho.

Cuanto más me acercaba a la hoguera, más abarrotadas estaban las calles y más alta sonaba la música.

La gente llevaba atuendos extravagantes con la cara completamente maquillada y pintada.

Los niños corrían medio desnudos, algunos chorreando agua, probablemente por haberse metido en la fuente del pueblo.

Normalmente no se permitía, pero dudaba que a alguien le importara esta noche.

Aparqué a cierta distancia de la hoguera y decidí caminar el resto del trayecto con las manos metidas en los bolsillos.

Mucha gente no se fijó en mí al principio; la mayoría estaban demasiado absortos en sus actividades.

Sin embargo, en el momento en que una persona se dio cuenta, todas lo hicieron.

Enseguida se me acercó una multitud de gente; algunos querían que probara sus aperitivos y otros simplemente me colocaban guirnaldas alrededor del cuello.

Conseguí zafarme de ellos después de lo que me parecieron horas y me retiré a un rincón.

Tenía una vista estupenda de la enorme hoguera y de los juegos que se desarrollaban a su alrededor.

También tenía una buena vista de todo el mundo mientras interactuaban.

Recorrí la multitud con la mirada, sin saber qué buscaba hasta que mis ojos se posaron en Aria.

Estaba de pie en medio de la gente, tomándose chupitos como una profesional.

La comisura de mis labios se curvó al ver las caras de decepción de los jóvenes que probablemente pensaban que podían ganarle.

—No seas tan dura con ellos —le dije a través del enlace mental.

Ella miró a su alrededor, escudriñando a la multitud hasta que nuestras miradas se encontraron.

—¿Qué tiene eso de divertido?

—respondió ella—.

No sabía que vendrías.

—Yo tampoco.

Ella tarareó, divertida.

—Me parece irónico que el primer año que asistes a la hoguera sea también el año en que ella está por aquí.

Fruncí el ceño ante sus palabras.

—No he venido por ella.

—¿Ah, sí?

Entonces, ¿por qué miras a tu alrededor?

¿Hay alguien en particular a quien esperas encontrar?

Corté el enlace mental al instante y habría jurado que oí su risa por encima de la música alta.

Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba mirando a mi alrededor hasta que ella lo señaló.

Había estado escudriñando rostros y cabellos, buscando a la licántropo de pelo castaño y rizado que actualmente ocupaba espacio en mi palacio.

Me llevó un minuto, pero la encontré.

Estaba a cierta distancia de Aria y escondida detrás de unos árboles.

Aunque estaba de espaldas a mí, supe que era ella.

Se me secó la boca al ver su atuendo.

Sus largas y tersas piernas parecían provocarme y podía ver cada curva de su piel a través de su blusa.

Estaba hablando con alguien…

un chico de pelo rubio.

Parecía un crío que apenas había salido de las faldas de su madre.

Un oscuro sentimiento burbujeó en el fondo de mis entrañas, amenazando con quemarme por dentro.

Antes de darme cuenta de lo que hacía, ya estaba caminando hacia ella, ignorando a la gente que intentaba hablarme.

Cuando me acerqué, el chico sonrió y se alejó.

Le oí decir «gracias», pero no distinguí el resto de la frase.

—Bien —dijo algo dentro de mí—.

Márchate.

Aún no se había percatado de mi presencia, así que me quedé allí, a pocos metros detrás de ella, observándola contemplar el espectáculo que tenía delante.

Parecía perfectamente tranquila a pesar de tener tantos licanos a su alrededor.

Estaba tan ocupado observándola que no me di cuenta de que se giraba hasta que fue demasiado tarde.

Sus ojos se encontraron con los míos y ella soltó una maldición, sobresaltada.

La bebida que tenía en las manos se derramó por todo el suelo de cemento.

Olía a fresas.

—¿Qué haces aquí?

—siseó ella.

—Es mi manada —respondí secamente, cruzándome de brazos mientras le lanzaba una mirada de aburrimiento.

—¿Me estabas observando?

—preguntó ella, con el ceño fruncido por la molestia—.

Eso es jodidamente raro.

—Lo que es raro es que tú estuvieras hablando con un niño —repliqué.

Abrió la boca para defenderse, pero la cerró en el último momento, y sus labios se curvaron en una sonrisa taimada.

—Así que sí me estabas observando —dijo con aire divertido.

Se cruzó de brazos sobre el pecho y mis ojos fueron a parar a sus tetas llenas, que empujó hacia arriba sin querer.

—Mis ojos están aquí arriba, imbécil —espetó ella cuando no aparté la mirada.

A través de su blusa, vi cómo se le endurecían los pezones.

Era mi turno de sonreír con arrogancia.

—Creo que te gusta que te mire.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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