Reclamada por el Motero: La colección Primal Howlers MC - Capítulo 136
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- Capítulo 136 - 136 CAPÍTULO 136
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136: CAPÍTULO 136 136: CAPÍTULO 136 Sabrina
Stoney no volvió hasta casi tres horas después y yo estaba más que aterrorizada.
Oí el rugido de las motos y salí corriendo a su encuentro.
—Cariño, ¿por qué estás aquí fuera sin chaqueta?
—gruñó, quitándose el casco y subiendo al porche—.
Eh, ya estoy aquí.
Rompí a llorar y me agarré a su chaqueta.
—¿Qué querían?
—No importa.
Ya estás a salvo.
Me eché hacia atrás y lo miré a los ojos.
—¿Y eso qué significa?
—No es importante.
—Pues es bastante importante cuando unos tíos malos en moto me están persiguiendo —gruñí.
—Vamos, entremos.
—Tengo que ir a trabajar, Noah.
Él enarcó una ceja.
—¿Por qué solo me llamas Noah cuando estás irritada conmigo o asustada?
—No lo sé.
Simplemente lo hago.
¿Por qué tú me llamas siempre Breezy?
Deja de cambiar de tema.
—Te llamo Breezy cuando necesitas calmarte de una puta vez.
También eres jodidamente sencilla, fresca y preciosa cuando no estás perdiendo los putos estribos.
—Solo pierdo los putos estribos cuando tengo una razón para perder los putos estribos —espeté.
Él puso los ojos en blanco.
—Tienes que avisar en tu oficina de que hoy no vas a ir.
—Ya les he avisado de que llegaría tarde, pero no puedo seguir faltando al trabajo.
—Sabrina, eres la dueña de la empresa, así que de hecho sí puedes —replicó él.
Me rodeó con un brazo y empezó a caminar hacia la cabaña—.
Adentro.
—Mi portátil está en el coche.
Si no puedo ir a la oficina, al menos tendré que adelantar algo de trabajo.
—Yo lo cojo.
Tú tienes que meter el culo dentro.
—Hala —espeté—.
A mí no me hablas así.
Di media vuelta y entré pisando fuerte en el vestíbulo.
—Eh —dijo Aero—.
¿Estás bien?
—¿Tienes un sitio donde pueda esconder un cadáver?
Aero sonrió con aire de suficiencia justo cuando una pesada chaqueta se posó sobre mis hombros y Stoney me entregó la bolsa de mi portátil.
Aunque estaba enfadada con él, su chaqueta era cálida y yo me estaba congelando, así que me acurruqué en ella.
—Ven al salón principal, Breezy —dijo Stoney—.
Te prepararé una taza de café.
Me aparté de su contacto y le oí suspirar mientras entraba en el salón principal, rebuscando en mi bolso el teléfono.
Llamé a Ellie y le dije que no iría el resto del día, pero que tenía el ordenador por si me necesitaba.
Luego, saqué el portátil y lo encendí.
Stoney volvió a entrar en la habitación, dejó una taza de café en la mesa a mi lado, luego me quitó el portátil del regazo y se inclinó, quedando cara a cara conmigo.
—Siento haberte gruñido, Sabrina.
Échale la culpa a que estaba muerto de miedo de que alguien pudiera hacerte daño.
—Lo entiendo, pero eso no te da derecho a hablarme de esa manera.
—Tenemos que resolver esto, cariño, porque voy a tener momentos en los que no podré preocuparme por cómo te afecten mi tono y mis palabras —dijo—.
Sin embargo, siempre estoy de tu lado, así que, ¿podrías darme un poco de manga ancha?
Me mordí el labio.
—¿Puedes prometer que al menos intentarás ser más amable incluso cuando estés estresado?
—Sí.
—Me besó la nariz—.
Bébetelo.
¿Quieres una magdalena o algo?
—¿Vas a decirme qué está pasando?
—No.
Fruncí el ceño.
—Entonces, la contraseña del wifi estaría genial.
—Necesitas comer.
—Necesito trabajar un poco —dije.
—Te daré la contraseña en cuanto me digas qué quieres comer —negoció él.
—Huevos fritos con la yema líquida, beicon, croquetas de patata y un muffin inglés.
Él echó la cabeza hacia atrás y se rio.
—Veré qué tenemos en la cocina.
Me dio la contraseña, luego se marchó y yo me centré en adelantar algo de trabajo.
Una media hora más tarde, Stoney se acercó de nuevo a mí y me quitó el ordenador del regazo.
—El desayuno, o más bien, el almuerzo —dijo, tomándome de la mano y levantándome del sofá.
Me llevó a la cocina, donde me esperaban huevos, beicon y croquetas de patata—.
Solo teníamos pan de masa madre, así que espero que sirva.
—Oh, Dios mío, lo decía medio en broma —admití—.
Tiene una pinta increíble.
—Me puse frente a él y le agarré el chaleco—.
Gracias.
—¿Perdonado?
—Ya estabas perdonado antes de esto, cariño.
Aunque esto te da puntos extra, sin duda.
Él sonrió, inclinándose para besarme.
—Los acepto.
Nos sentamos en la gran isla de estilo industrial y desayunamos mientras se preparaba otra cafetera.
Su teléfono vibró y él frunció el ceño al contestar.
—¿Sí?
Mierda.
No, Aero, no es negociable.
—Me miró de reojo, antes de levantarse y salir de la habitación.
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