Reclamada por el Motero: La colección Primal Howlers MC - Capítulo 206
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- Capítulo 206 - 206 CAPÍTULO 206
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206: CAPÍTULO 206 206: CAPÍTULO 206 —¿Tiene alguna pregunta para mí?
—No.
Gracias.
Me dio una palmadita en el brazo.
—Enseguida vendrá una enfermera.
—Gracias, doctor —dije, y oí abrirse la puerta.
—¿Podemos volver a entrar?
—preguntó Leo.
—¿No deberías estar en clase?
—lo desafié.
—Es domingo, Indy —dijo él.
Me quejé.
—¿He estado inconsciente dos días?
—Sí, cariño —dijo papá—.
No estábamos seguros de si ibas a despertar.
—Lo siento, papi.
—Ni se te ocurra disculparte —dijo él—.
Esto no es culpa tuya.
Asentí, conteniendo las lágrimas.
—Leo, cariño, tienes que volver a la residencia.
Mañana tienes clase, ¿vale?
Papá, ¿puedes llevarlo a casa, por favor?
—Yo puedo llevarlo —dijo Jekyll, sobresaltándome un poco.
Fruncí el ceño, siguiendo el sonido de su voz.
—¿Todavía estás aquí?
—Sí, GoGo.
No iba a dejarte sin protección.
—¿Por qué?
—Ya hablaremos de eso —dijo con tono ominoso—.
Llevaré a Leo a casa, pero tengo un recluta en tu puerta y no dejará entrar a nadie más a menos que tú des el visto bueno.
—No es necesario que hagas eso —repliqué.
—Sí, lo es.
—Dios, ojalá pudiera abrir los ojos y verte la cara ahora mismo.
Oí el crujido del cuero y, a continuación, me susurraron al oído: —GoGo, tienes que callarte, te pondré al día en cuanto Leo no esté aquí.
Asentí, pero seguía confundida, y la mayor parte de mi confusión se debía a que mi padre no se oponía.
A nada.
Mi padre era protector.
Del tipo que dispara primero y pregunta después.
—Te veré mañana —dijo Leo.
—No, cariño, tienes que ir a clase —repliqué.
—Indy…
—Leo —advirtió Jekyll—.
Fuera.
Ahora.
Lo oí refunfuñar por lo bajo, pero después solo hubo silencio, aparte de la risita de mi padre.
—¿Qué tiene tanta gracia?
Antes de que él pudiera responder, entró una enfermera, me conectó una bomba de analgesia y volvió a darme una dosis.
Caí en una feliz inconsciencia, olvidando la pregunta que le había hecho a mi padre.
* * *
Un dolor agudo me atravesó la cabeza y me desperté con un gemido.
—Eh, GoGo —canturreó Jekyll—.
Aprieta el botón, ya te toca.
Ah, cierto, tenía un botón.
Lo apreté y suspiré con alivio.
—¿Mejor?
—preguntó.
Asentí, siguiendo el sonido de su voz y forzando los ojos para abrirlos.
—¿Está mi padre aquí?
—Se fue a casa a ducharse y a cambiarse.
Va a pasar por tu apartamento a buscarte una muda.
Fruncí el ceño, intentando enfocarlo.
—Cierra los ojos, GoGo —dijo—.
Deja que la medicación haga su efecto.
Me lamí los labios.
—¿Puedes darme un poco de agua, por favor?
—Sí.
Oí el chapoteo del agua y pude verlo (más o menos) mientras llenaba un vaso con pajita incorporada; luego, posó la mano en mi brazo.
—Voy a levantarte un poco, ¿vale?
—Vale —susurré.
Levantó el cabecero de mi cama y luego me acercó el vaso, guiando la pajita hasta mi boca.
Bebí con avidez, casi ahogándome con las prisas por hidratarme.
Apartó la pajita y la dejó en la mesilla junto a mi cama.
—Date un segundo para respirar.
—¿Qué haces aquí?
—pregunté.
—Asegurándome de que estás a salvo.
Fruncí el ceño.
—¿A salvo de qué?
—De las repercusiones.
Me quedé sin aliento.
—¿Sabes quién me atacó?
—Sí —dijo.
—¿Quién?
—Chucky.
Me quedé sin aliento de nuevo, haciendo una mueca por el dolor en las costillas.
—¿Qué?
¿Por qué?
—Resumiendo, impediste que usara a Leo para hacer algunas mierdas turbias para gente turbia.
Y no le gustó.
—Ese pequeño hijo de puta —siseé.
—Sí.
—¿Llamaste a la policía?
Jekyll frunció el ceño.
—¿Por qué coño iba a llamar a la policía?
—Porque me han agredido.
—No, nena, ya me encargué de eso.
—¿Te encargaste de eso?
Me estremecí.
—¿Cómo?
Ladeó la cabeza.
—No es importante.
—Es impor…
Ay.
Me llevé la mano a la cabeza, pero solo conseguí dar un tirón de la vía intravenosa.
—Nena, para —ordenó Jekyll, inclinándose sobre mí mientras ajustaba el tubo de la vía para que no se me enredara en el brazo.
—Tengo demasiadas cosas que hacer.
Mañana tengo una reunión con el director de Bri…
—Puede hacerlo otra persona.
—¿Quién?
—Joder, nena, ya lo resolveremos.
Tienes que descansar.
—¿Por qué me llamas «nena»?
Y ya que estamos, ¿por qué demonios sigues llamándome GoGo?
—exigí—.
No me conoces de nada, tío, así que resulta un poco inquietante.
Sonrió con aire de suficiencia.
—Nada de esto es importante ahora mismo, Índigo.
—Todo esto es importante, Hyde.
—Sabes, nadie me llama por mi nombre de pila, Índigo.
—Nadie me llama GoGo, Hyde.
Sonrió ampliamente.
—Yo sí.
—¿Por qué?
Suspiró.
—¿No vas a dormirte, ¿verdad?
—Nop.
—¿Me creerías si te dijera que es porque te llamas Índigo?
—Se inclinó sobre mí y apretó el botón de la bomba de analgesia.
—No pareces el tipo de persona que va a lo fácil, así que no.
Se rio entre dientes.
—Cuando viniste a rescatar a Leo, llevabas unas botas GoGo jodidamente sexis.
Fruncí el ceño.
—¿Las rojas?
—Sí.
—Ah —susurré—.
No son sexis, Hyde.
—No estoy de acuerdo.
—Las compré en una tienda de segunda mano por tres dólares.
Me quedan medio número grandes.
Arrugué la nariz antes de soltar un bufido.
—Esta conversación es ridícula.
—¿Sientes dolor?
Chasqueé los labios, resecos.
—Nop, me siento geniaaaaal.
—Necesitas dormir.
Curarte.
Me apretó la mano.
—Yo me encargo del resto.
—¿Por qué tienes…?
Mmm…
Me lamí los labios.
—¿Cuál era la pregunta?
Se inclinó sobre mí con una sonrisa.
—Duerme, preciosa.
Y lo hice.
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