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Reclamada por el Motero: La colección Primal Howlers MC - Capítulo 32

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  3. Capítulo 32 - 32 CAPÍTULO 32
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32: CAPÍTULO 32 32: CAPÍTULO 32 Raquel
Me desperté a la mañana siguiente y descubrí que Sierra se había ido.

No tenía ni idea de dónde estaba Orion, pero, sinceramente, en ese momento no me importaba demasiado.

Seguía enfadada y no estaba preparada para perdonarlo.

Sin embargo, tenía clase a las once, así que necesitaba levantar el culo de la cama.

Me duché y me vestí, y luego bajé las escaleras en dirección a la cocina, con la esperanza de que me esperara una cafetera llena.

—Hola, Raquel.

Me giré y vi entrar a Sundance con una sonrisa en la cara y un gorro de lana en su ahora calva cabeza.

—Hola.

Tienes buen aspecto —dije.

Me serví una taza de café y volví a mirarlo.

—Gracias.

La quimio es una putada, pero hoy es un buen día.

—¿Qué dicen los médicos?

—No sabremos nada hasta dentro de un tiempo, pero son optimistas.

Solté un suspiro de alivio.

—Me alegro mucho.

—Yo también, cariño —dijo, enarcando una ceja—.

He oído que hubo un altercado anoche.

¿Estás bien?

Puse los ojos en blanco.

—No soy yo de quien tienes que preocuparte.

—Hablaré con Sierra.

Para limar asperezas.

—¿Qué?

—casi escupí el café—.

No hablaba de Sierra.

—¿Ah, no?

—Tienes que enseñarle a Wrath algunos modales.

Sundance se rio.

—No es mi trabajo.

—Bueno, ¿y de quién es?

—Tendrás que preguntárselo a él.

—No, gracias.

—Tomé un sorbo de café—.

¿Dónde está Orion?

Sundance frunció el ceño.

—¿De camino a Denver, no te lo dijo?

No, el pequeño cabrón no me lo había dicho.

—No he mirado el móvil esta mañana —mentí—.

Probablemente me haya enviado un mensaje.

—Probablemente.

Mi hermano entró y sonrió.

—Buenos días.

—Hola.

—¿Lista?

Hoy te llevo y te recojo de clase.

—Ah, vale.

—Asentí—.

Vamos.

Cogí una magdalena de la despensa, vertí el café en un vaso de viaje y seguí a Tristán hasta mi coche.

—¿Se me permite conducir o también tienes que hacerlo tú?

—pregunté, mientras mi ya de por sí mal humor caía en picado.

Enarcó una ceja.

—¿Estás bien?

—Estoy de maravilla —espeté.

—¿Puedes conducir con las manos vendadas?

—Ya verás —repliqué, pulsando el botón de desbloqueo del mando con la barbilla y deslizándome en el asiento del conductor.

Tristán se subió a mi lado y conduje hasta el campus en silencio, usando las muñecas la mayor parte del camino, mientras mi ira se arremolinaba y se cocía a fuego lento.

Aparqué, salí del coche, abrí la puerta trasera y cogí el bolso mientras Tristán se acercaba al lado del conductor y extendía la mano para pedirme las llaves.

—Te recogeré cuando estés lista.

Solo mándame un mensaje —dijo él.

—Como sea.

—Esa actitud no va dirigida a mí, ¿verdad?

—Todavía no lo he decidido.

Sonrió.

—Vale, bueno, te dejo aquí.

Tal vez deberías pasarte por la tienda de las actitudes antes de que te recoja.

—Ah, ja, ja —dije con sorna, arrugando la nariz.

Él sonrió de oreja a oreja.

—Te veo luego.

Ve a aprender algo.

—Vete a tomar por…
—La tienda de las actitudes —me interrumpió—.

Compra la más cara y de las buenas.

No compres la marca blanca.

Puse los ojos en blanco y me dirigí a clase.

Cuando tuve un descanso, saqué el móvil del bolso y vi que tenía seis mensajes de Orion y una llamada perdida, pero no había dejado buzón de voz.

Así que no iba a devolverle la llamada ni a responderle los mensajes.

Podía aprender a echarme de menos un ratito.

* * *
Cuando terminó la clase, le envié un mensaje a mi hermano, recogí mis libros y lo metí todo de nuevo en el bolso.

Sabía que tardaría un poco en llegar, así que no me di prisa.

Mientras salía hacia el aparcamiento, el corazón se me aceleró y se me revolvió el estómago.

Orion estaba de pie delante de su moto, con la cabeza gacha, concentrado en su móvil.

Mis emociones se debatían entre la emoción de verlo y el hecho de que seguía muy cabreada.

Me detuve, preguntándome si podría moverme lo suficientemente rápido como para volver al edificio sin que me viera.

Levantó la cabeza y nuestras miradas se encontraron, frustrando mi plan de escape.

Se guardó el móvil en el bolsillo y me saludó con un gesto de la barbilla.

Entrecerré los ojos y seguí parada donde estaba, retándolo a que se acercara.

Ninguno de los dos se movió, y supe que nuestro pulso podría durar para siempre.

Saqué el móvil y llamé a mi hermano.

Respondió al primer tono.

—¿Orion no está ahí?

—Oh, sí que está aquí —siseé—.

Pero lo que quiero saber es ¿por qué tú no?

Se rio entre dientes.

—Veo que no te ha dado tiempo a pasarte por la tienda.

—Tristán —gruñí.

—Hermanita, ve a hablar con tu hombre.

Ya sabes que no me meto en esas mierdas.

—Dios, eres desesperante.

—Lo sé.

Adiooooos.

Colgó y yo di un pisotón al suelo, irritada, mientras miraba de reojo a Orion, que sonreía como un capullo.

Erguí los hombros y me dirigí hacia él.

—Voy a pedir un Uber.

Enarcó una ceja.

—No, no lo harás.

Voy a llevarte a cenar.

—Lo siento, estoy ocupada esta noche.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Tengo que lavarme el pelo.

Suspiró.

—Cariño, no seas cabezota.

—No me digas cómo tengo que vivir mi vida.

—¿Sigues cabreada por lo de anoche?

—Un poco.

—Vale, este nivel es más que «un poco», así que ¿quieres explicarme qué bicho se te ha metido en el culo ahora mismo?

—Oh, ni de coña.

—Fruncí el ceño y volví a desbloquear el móvil con el dedo.

—Cari…
—No te has atrevido a decirme eso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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