Reclamada por el Motero: La colección Primal Howlers MC - Capítulo 48
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- Capítulo 48 - 48 CAPÍTULO 48
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48: CAPÍTULO 48 48: CAPÍTULO 48 —Qué bien —le dije a mi hermano, alzando la vista—.
¿Cómo estás, Osito Teddy?
Asintió con la cabeza.
—¡Bien, Riot!
¡Skee-ball!
Me reí entre dientes.
—Ya lo creo.
Skee-ball, allá vamos.
Me soltó y dio una palmada, saltando en el sitio.
—Lo traeré de vuelta antes de la hora de llegada —prometí.
—Pasadlo bien —dijo el Dr.
Hilliard.
—¡Copiloto!
—gritó Teddy mientras se dirigía a la puerta principal.
Me reí entre dientes.
—Claro, colega, te quedas con el mejor asiento.
Gritaba «copiloto» siempre que se subía a un coche, a un autobús, a un barco (bueno, nunca había estado en un barco, pero si lo hiciera, probablemente gritaría «copiloto»).
Papá le había dicho que si reclamaba su sitio, siempre conseguiría el mejor asiento adondequiera que fuese, así que lo hacía siempre.
Guié a Teddy hasta mi coche y le ayudé a acomodarse en el asiento del copiloto; luego, me dirigí al lado del conductor.
—¿Estás listo para divertirte?
—¡Diversión!
—bramó, y yo me reí.
—Vale, el viaje es un poco largo.
Recuerda que se tarda un rato en llegar a Denver.
—Lo sé, Riot.
Y era verdad.
En cuanto iba a un sitio, sabía exactamente cómo volver a llegar.
Era como un GPS que guardaba para siempre tus destinos anteriores.
—Vale, bien.
¿Qué quieres escuchar?
Me sonrió ampliamente.
—¡Van Halen!
—¿Qué?
—dije con falsa sorpresa—.
¡No tenía ni idea!
Se rio.
—Qué tonto eres, Riot.
—Ya me lo han dicho antes.
—Le di al play en mi iPod, donde ya había preparado todos los álbumes que Van Halen había sacado, y salí del aparcamiento.
Conduje hasta Denver mientras mi hermano cantaba a pleno pulmón, y no pude evitar sonreír.
Cielo santo, cómo quería a mi Osito Teddy.
Llenaba mi vida por completo y estaba deseando pasar el día con él.
* * *
Sundance
Orion y yo salimos de Monumental High East y nos dirigimos a nuestras motos.
Moisés y Rocky, mi sargento y mi vicepresidente, respectivamente, ya habían salido hacia sus Harleys para guardar el producto en las alforjas.
Monumental High era el nombre de todas nuestras tiendas de cannabis en Denver y sus alrededores.
Habíamos dividido cada tienda según su ubicación en la ciudad.
Orion y yo gestionábamos Monumental East y West, Moisés y Rocky se encargaban de North y South, aunque, en última instancia, yo era el responsable de todas ellas.
Hace diez años, empezamos con nuestro negocio de cultivo, Granjas Luna Llena, y luego nos expandimos abriendo nuestras propias tiendas.
Ahora teníamos dos en Monument, pero la mayor parte de nuestro negocio seguía en Denver.
Ambos negocios aportaban un puto montón de dinero para el club, y nuestros propios ingresos personales tampoco iban nada mal.
—¿Alitas?
—pregunté.
—Joder, sí —dijo Orion con una sonrisa—.
¿A los Pollitos de Chuck?
—Joder, sí —imité, y él se rio entre dientes.
Joder, qué bien se sentía volver a estar en terreno neutral con mi chaval.
Tenía que darle la mayor parte del mérito a Raquel, porque ella nos había hecho ver algunas cosas que ninguno de los dos veíamos.
En cuanto sacamos la cabeza del culo, las cosas volvieron a la normalidad y dejé de sentir que nuestra relación podía romperse en cualquier momento.
—Pagas tú —dijo Moisés.
—Buena idea —intervino Rocky.
—Puedo hacerlo —acepté.
Nos subimos a las motos y fuimos hasta Chuck’s, con el estómago rugiéndome casi tan fuerte como el motor.
Chuck’s era famoso por sus alitas, pero tenían un menú bastante extenso, y podías elegir entre comer en la zona del restaurante llena de juegos para adultos y niños, o en la zona tranquila.
Tras aparcar las motos, entramos y la recepcionista nos acompañó a nuestra mesa, casi chocándose con otra por comerse con los ojos a Orion.
Nos sentamos y llevaríamos allí unos tres minutos cuando oímos gritos procedentes de la zona de juegos del local.
No eran los sonidos normales de gente divirtiéndose…, era el chillido de una mujer que parecía estar en apuros, así que los cuatro fuimos a investigar.
El gerente también.
—Esos hombres le han robado dinero a mi hermano, y quiero que se encarguen de ellos —exigió la mujer.
Se me aceleró el corazón.
Reconocí esa voz sexy y rasposa y aceleré el paso para acercarme.
—Señora, ellos insisten en que no lo hicieron, y su hermano es…, bueno, él es…
—¿Que es qué?
—espetó, agarrando la muñeca de un hombre alto que había intentado marcharse.
Pude darme cuenta de que no era plenamente consciente de lo que estaba pasando—.
¿Demasiado confiado para su propio bien?
¿Amable?
¿Qué?
—Le ha dado una paliza a uno de los clientes —acusó el gerente.
—¿Wyatt?
—la llamé.
Se giró bruscamente para mirarme y su rostro se descompuso.
—Hola.
Lo siento, no tengo tiempo para hablar —dijo, y se encaró de nuevo con el gerente—.
Mi hermano fue al baño y estos hombres se aprovecharon de él mientras estaba dentro.
Él solo se defendió.
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