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Reclamada por el príncipe vampiro - Capítulo 113

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113: Capítulo 113 113: Capítulo 113 Circe estaba sentada en la terraza, con la mirada perdida en el patio de abajo.

El sol del atardecer bañaba los muros de piedra con un suave tono dorado, pero ella parecía completamente ajena a ello.

Estaba tan sumida en sus pensamientos que apenas se dio cuenta cuando Nieah dejó una taza de hidromiel especiada frente a ella.

Habían pasado tres días desde que encontró al conejo yaciendo sin vida en el jardín, y todavía le costaba asimilar lo que había visto.

Nada de eso tenía sentido.

El recuerdo se repetía en su mente constantemente.

Los sueños, los extraños recuerdos de los que no tenía conocimiento previo y aquellos espeluznantes hilos brillantes que parecían palpitar con vida.

No le cabía en la cabeza lo que había sucedido, cómo un animal que estaba muerto un instante podía volver a la vida al siguiente.

¿Cómo era posible algo así?

Cuando Nieah encontró a Circe en el jardín de flores, con la piel pálida como la tiza y las manos temblándole como si hubiera tocado a la mismísima muerte, supuso que Circe simplemente se había puesto enferma.

Desde entonces, la siempre diligente ama de llaves se había encargado de cuidarla hasta que recuperara la salud, pasando los últimos tres días atendiéndola con un esmero inquebrantable.

Circe había intentado, más de una vez, explicarle la verdad, contarle a Nieah lo que había presenciado.

Pero cada vez que abría la boca, las palabras le fallaban.

Era como si una fuerza invisible le oprimiera la garganta, robándole la voz antes de que pudiera dar sentido a todo aquello.

E incluso si pudiera explicarlo, ¿qué pasaría entonces?

¿Quién la creería?

¿Sueños que se filtraban en las horas de vigilia, recuerdos que no podía rememorar haber vivido y una criatura muerta revivida por una luz invisible?

La tacharían de loca antes incluso de que terminara de hablar.

Así que eligió el silencio.

Por ahora, mantendría la boca cerrada hasta que pudiera desentrañar el misterio por sí misma o hasta que su confusión finalmente acabara por quebrarla.

Irónicamente, al día siguiente le había subido una fiebre de verdad.

La preocupación de Nieah no había hecho más que aumentar, y Circe ya no tuvo que fingir que estaba enferma.

Sabía que aún debería estar en la cama, descansando, como Nieah le había recordado al menos siete veces ese día, pero Circe había ignorado deliberadamente aquellas instrucciones.

El aire era cálido y fragante, con el aroma de los lirios de floración tardía, y, por primera vez en días, el tiempo parecía perfecto para montar a caballo.

Pero ya podía imaginar la reacción horrorizada de Nieah si tan solo mencionaba lo de montar a caballo.

Probablemente, la mujer la habría atado a los postes de la cama para evitar que deambulara en su debilitado estado.

—No debería estar fuera mucho tiempo o podría coger un resfriado —dijo Nieah en voz baja.

Debió de notar algo en la expresión de Circe, porque, en lugar de marcharse de inmediato, tomó asiento frente a ella, juntando las manos cuidadosamente en su regazo.

—¿Ocurre algo, Alteza?

Un ligero ceño se formó entre las cejas de Circe, aunque sus ojos seguían fijos en el horizonte.

—Se te da muy bien cuidar de los enfermos —murmuró Circe al cabo de un rato.

Sonó como una observación pasajera, pero su tono denotaba una silenciosa gratitud.

—Tuve que aprender —respondió Nieah.

Tras una pausa, continuó en un susurro—: No creo que haya habido un solo momento en mi vida en el que no estuviera cuidando de alguien.

La afirmación estaba cargada de tantos significados ocultos, cosas que no se decían pero que se sentían profundamente.

La atención de Circe se centró finalmente en ella.

—¿Qué hacías antes de venir a Lamora?

—preguntó, con voz suave pero curiosa.

Siempre había querido saberlo, aunque nunca antes había encontrado el valor para preguntar.

No estaba segura de si una pregunta así podría considerarse de mala educación.

Nieah pareció momentáneamente sorprendida por la pregunta, pero se recuperó rápidamente.

—Cuidaba de mis hermanos y de mi padre enfermo —dijo, bajando la mirada hacia la mesa—.

Luego, cuando me casé, cuidé de mi marido como haría cualquier buena mujer azairense.

Su voz se suavizó, teñida de la lejana tristeza de los viejos recuerdos.

Un destello de emoción cruzó su rostro —amor, quizá incluso arrepentimiento— y luego se desvaneció.

Circe la observó en silencio.

Se había mantenido distante de la mayoría de los residentes de la mansión desde que ella y Rowen llegaron, convencida de que crear vínculos solo complicaría sus planes de fuga.

Sin embargo, a pesar de sí misma, la naturaleza amable de Nieah había derribado esa barrera.

En los últimos tres días, a través de su paciente cuidado y sus solícitas atenciones, la mujer estaba empezando a abrirse paso en la vida de Circe.

Hacía años que nadie la regañaba con tanta amabilidad.

—Debió de doler dejar atrás a tu familia —dijo Circe en voz baja—.

Debes de echarlos de menos cada día.

Nieah levantó la cabeza y se encontró directamente con la mirada de Circe.

—Sí —dijo al cabo de un momento—.

Dolió cuando tuve que marcharme, pero le aseguro, Alteza, que estoy exactamente donde quiero estar.

Circe ladeó ligeramente la cabeza, con la curiosidad reavivada.

—¿Cómo es eso?

—preguntó.

Aquello la desconcertaba profundamente.

¿Por qué alguien vendría por voluntad propia a Lamora, un reino donde los humanos a menudo eran tratados como poco más que mano de obra prescindible o, peor aún, como ganado?

Aunque Ragnar trataba bien a los de su casa, Circe sabía que muchos otros no lo hacían.

Parecía impensable que alguien eligiera un destino así.

Nieah vaciló.

Pasaron unos segundos en silencio antes de que volviera a hablar, con la voz más baja y firme.

—Alteza, ¿puedo hablar con franqueza?

Circe asintió.

—No todos nacemos con títulos y una riqueza inimaginable —dijo Nieah—.

Algunos nacemos en la pobreza.

Otros, en familias que nunca nos quisieron.

Muchos de los que vienen aquí no lo hacen por ambición, sino por desesperación.

Vinimos buscando la libertad de algo mucho peor que cualquier peligro que pudiéramos encontrar aquí.

Sus palabras quedaron suspendidas pesadamente entre ellas, y la verdad que encerraban se hundió como una piedra en aguas tranquilas.

—Puede que no seamos verdaderamente libres en Lamora —continuó—, pero somos más libres de lo que éramos antes.

Para muchos de nosotros, eso es suficiente.

Tomó una lenta y temblorosa bocanada de aire, mientras sus dedos se aferraban al borde de la mesa.

—Me cuento entre las afortunadas.

Encontré un empleador amable y un lugar donde puedo descansar sin miedo.

No todos pueden decir lo mismo.

Sus ojos brillaron y se secó rápidamente las lágrimas antes de que pudieran caer.

Circe no dijo nada.

Se limitó a coger la taza de hidromiel que Nieah le había traído, cuyo aroma cálido y especiado ascendía en el aire.

Mientras sorbía, sintió una opresión en el pecho, esta vez no por la fiebre, sino por el extraño dolor de la comprensión.

Por primera vez en mucho tiempo, sintió una silenciosa afinidad con otra persona; dos mujeres de mundos muy diferentes, ambas unidas por los mismos hilos invisibles de la circunstancia y el anhelo.

Circe se quedó completamente aturdida, con sus pensamientos agitándose como una marea inquieta.

Tras escuchar la cruda honestidad en las palabras de Nieah, sintió una repentina y dolorosa necesidad de liberar una verdad propia, algo que nunca antes había logrado hacer.

Durante mucho tiempo, Circe había mantenido su corazón bajo llave, enterrando sus secretos bajo capas de contención.

Sin embargo, había algo en Nieah que la desarmaba por completo, algo en su serena presencia y abierta sinceridad que la atraía, instándola a desahogarse, aunque solo fuera por esa vez.

—Mi padre despreciaba este reino y a su gente —empezó Circe en voz baja, con la voz cargada de amargura y pena—.

Decía que los vampiros eran abominaciones repugnantes.

Mientras crecía, me contaba que eran bestias irracionales e insensibles cuyo único propósito era destruir.

Todo lo que hacían era matar y matar, y nunca era suficiente para ellos porque la crueldad estaba en su naturaleza.

Su mirada se desvió más allá de la terraza, perdida en algún lejano recuerdo.

A veces imaginaba a su padre y se preguntaba qué pensaría de ella ahora, viviendo en el mismo reino que él detestaba, unida en matrimonio a un príncipe vampiro con quien mantenía una amistad a regañadientes.

Pero entonces recordaba el día en que vio los cuerpos de los soldados caídos de su reino, apilados unos sobre otros como muñecos rotos, con la carne carbonizada mientras las llamas los consumían por completo.

Aún podía ver el brillo anaranjado reflejado en la pulida armadura de Ragnar y sus tropas mientras montaban a caballo, listos para partir, con los rostros fríos, impasibles, sus siluetas engullidas por el humo de su hogar moribundo.

Ese recuerdo por sí solo era suficiente para responder a cualquier pregunta persistente que tuviera.

—¿Lo cree?

—preguntó Nieah en voz baja.

Circe vaciló, con sus pensamientos enredados entre el recuerdo y la duda.

—Yo… no lo sé —admitió al fin.

Nieah la observó con una leve y sabia mirada.

—Algunos de ellos son tal y como su padre los describió —dijo—.

Algunos son incluso peores.

Pero la vida me ha enseñado que se puede encontrar gente horrible en cualquier parte, en cualquier reino, en cualquier ciudad… a veces incluso entre los miembros de su propia familia.

Sus últimas palabras hicieron que el pecho de Circe se oprimiera dolorosamente, pero ocultó su malestar tras una expresión serena.

Nieah, sin ser consciente de la agitación que había provocado, continuó con amabilidad.

—Y así como hay almas crueles y monstruosas, también las hay buenas.

Personas capaces de bondad, compasión y benevolencia.

Lo que le ocurrió a usted y a su pueblo fue indescriptible, y nunca la culparía por verlos como monstruos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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