Recuperando a mi Luna secreta - Capítulo 138
- Inicio
- Recuperando a mi Luna secreta
- Capítulo 138 - Capítulo 138: Capítulo 138: ¿Admirador secreto?
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 138: Capítulo 138: ¿Admirador secreto?
Punto de vista de Allison
Era casi la una de la madrugada cuando me arrastré a casa.
Después del circo monumental de meter a dos borrachos a la fuerza en sus respectivas casas, lo único que quería era una ducha abrasadora y una cama que no me respondiera.
Apenas recuerdo haber tocado la almohada.
La mañana llegó con sed de venganza.
Entorné los ojos y al instante me arrepentí.
Los tenía hinchados, abotagados, como si me hubiera pasado la noche llorando en una colmena.
Genial.
Parecía la encarnación humana de una «noche de perros».
En el instituto, me preparé para ver a Bellingham encorvado, cuidando una resaca que merecía su propio caso de estudio.
En su lugar, estaba de pie junto a la cafetera, perfectamente erguido, exasperantemente sereno, como si lo de anoche no hubiera ocurrido.
—Gracias por lo de anoche —dijo, ajustándose las gafas con una precisión exasperante—. Te debo una.
Le resté importancia con un gesto. —Si acaso, la que debería disculparse soy yo. Solo intentabas ayudar y te metí en un enfrentamiento regado con whisky con mi ex.
Dudé. Luego decidí arrancar la tirita de golpe.
—¿Le contaste a Lucian lo de… mi depresión?
Eso bastó. Le tembló ligeramente la mandíbula.
El recuerdo era borroso, quizá, pero no había desaparecido.
—Lo siento —dijo tras una pausa—. El whisky me aflojó el filtro más de lo que planeaba.
—Está bien —mentí.
No lo estaba. Ni de lejos.
—Estaba tan borracho como tú. Créeme, no lo recordará, y mucho menos le importará.
Me di la vuelta antes de que Bellingham pudiera decir nada más y cogí una pila de documentos impresos de mi escritorio.
—Centrémonos en el trabajo. Tenemos tanto entre manos que podríamos ahogarnos.
La Cumbre Internacional de Innovación Médica era en cuestión de días.
No había tiempo para confesiones de borrachos ni para exmaridos con ojos vidriosos y manos largas.
Así que hice lo que mejor se me da.
Me lancé al trabajo con la determinación de alguien que huye de sus problemas a velocidad olímpica.
—
La mañana de la cumbre, ya estaba en pie antes del amanecer.
Mi despertador apenas tuvo que esforzarse; yo ya estaba con los ojos como platos y acelerada.
Bellingham y yo repasamos nuestra lista de control final, comprobamos tres veces los materiales de la presentación y nos dirigimos al lugar del evento con suficiente cafeína en el cuerpo como para abastecer a una ciudad pequeña.
La preparación valió la pena.
Incluso en el caos del montaje, nos movimos como una máquina; una máquina ansiosa y sobrecafeinada, pero eficiente al fin y al cabo.
El instituto no solo nos había pedido que hiciéramos una demostración de nuestra tecnología.
Querían que deslumbráramos a los inversores, encandiláramos a los representantes de las empresas y sonriéramos como si nos fuera la vida en ello.
Lo cual, en cierto modo, era verdad.
Así que sonreí hasta que me dolieron los pómulos, explicando prototipos de interfaz neuronal con metáforas lo bastante sencillas para capitalistas de riesgo que todavía usaban teléfonos de tapa.
Entonces llegó el momento para el que todo el mundo se había estado preparando: la delegación de Oriente Medio.
Se podía sentir antes de verla, como si la presión barométrica hubiera caído en picado.
Toda la sala de exposiciones prácticamente vibraba de expectación.
Todo el mundo sabía lo que significaba su presencia.
Dinero del petróleo. Diversificación. El santo grial de la inversión.
El Director Alonso casi se torció algo en su intento de cruzar el salón a un paso que era casi una carrera.
—Yo me encargo de esto —dijo Bellingham, mientras se enderezaba las solapas—. Hablo un poco de árabe. Tú encárgate de las rondas locales.
Asentí, agradecida, mientras él se abría paso hacia el grupo de hombres de negocios impecablemente vestidos cuyo patrimonio neto colectivo probablemente rivalizaba con el de algunos miembros del G7.
Las siguientes horas se convirtieron en un bucle de apretones de manos pulcros, discursos de ascensor y explicaciones a toda velocidad.
No me senté. No comí. Ni siquiera bebí agua hasta que mi garganta empezó a organizar una revuelta.
Finalmente, abrí una botella.
Justo en ese momento, apareció Zoe y me dio un codazo.
—Alerta de tío bueno —susurró como si estuviera informando de una brecha de seguridad.
Le di un buen trago. —¿Estás buscando hombres atractivos durante una cumbre? Es… sinceramente, impresionante.
—Este trabajo es desmoralizador si no hay algo bueno que mirar —murmuró—. Llevo de patrulla desde las ocho de la mañana. ¿Ese de ahí? El primer contendiente de verdad. Mira esa cara. Esa mandíbula. Esas piernas. Ese traje… ¡Dios mío, viene hacia aquí!
Zoe me agarró el brazo con tanta fuerza que casi me ahogo.
Levanté la vista justo a tiempo para ver al Director Alonso materializarse de la nada, prácticamente trotando hacia el hombre que ella había fichado.
Y entonces lo vi.
Traje gris. Hecho a medida hasta el último milímetro. Un pelo como peinado por ángeles con gustos caros.
No se limitaba a caminar, se movía como si todo a su alrededor le abriera paso por naturaleza.
Lucian.
Parecía sacado de la portada de GQ o de un reportaje de Forbes.
Nadie más en la sala tenía esa clase de presencia.
Era el tipo de hombre en el que la gente se fijaba antes de darse cuenta de por qué.
—¡Señor Storm! —exclamó Alonso, agarrando la mano de Lucian con las dos suyas.
—¡No pensé que vendría! Si lo hubiéramos sabido…
Lucian apenas le dedicó una mirada.
Ya estaba mirando por encima de Alonso, directamente hacia mí.
Su mirada encontró la mía al instante.
Enarcó una ceja, solo un poco.
—Dios mío, ¿nos está poniendo ojitos? —susurró Zoe, al borde del pánico.
No respondí. Ya me estaba dando la vuelta; años de exposición me habían proporcionado una inmunidad decente al encanto de Lucian.
Di medio paso antes de que la voz de Alonso me dejara helada en plena media vuelta.
—¡Allison! Usted y el señor Storm se conocen, ¿verdad? ¡Venga a mostrarle nuestras últimas innovaciones médicas para la aviación!
Respiré hondo. Cambié al modo corporativo.
Me planté mi mejor sonrisa de feria de congresos y me di la vuelta.
Lucian ya estaba allí.
Alto. Sereno. Estúpidamente elegante.
Sus ojos se posaron en mi cara, deteniéndose en mi expresión forzada con visible diversión.
—La señorita Carter no parece especialmente emocionada por ser mi guía —dijo, con voz melosa pero con un toque mordaz.
—¡Tonterías! —rio Alonso, demasiado alto, demasiado rápido—. Allison dirige el proyecto Sabiduría Azul. Seguramente ya tiene la confianza suficiente con usted como para saltarse las formalidades.
Me dedicó una sonrisa tensa y gerencial. Traducción: pórtate bien o te haré la semana imposible.
Así que subí los vatios de mi sonrisa hasta que pudiera servir de señal para los aviones.
—Señor Storm —dije con dulzura—, ¿por dónde le gustaría empezar?
Los ojos de Lucian se desviaron hacia mi boca.
Su tono bajó media octava.
—Desde el principio.
Si Alonso no hubiera estado a medio metro, podría haberle lanzado la botella de agua a su presuntuosa y simétrica cara.
¿Desde el principio?
¿Quería una danza interpretativa de los hermanos Wright?
—Por aquí, por favor —repliqué, todo profesionalismo meloso.
Los siguientes treinta minutos fueron un borrón de entusiasmo controlado, jerga técnica y Lucian haciendo preguntas que eran —fastidiosamente— inteligentes.
Mantuve un tono educado. Mis respuestas, precisas. Mi expresión, indescifrable.
Fue agotador.
Cuando la multitud empezó a dispersarse para el almuerzo, Lucian hizo su jugada.
—He reservado una mesa en la Mansión Riverstone —dijo con naturalidad—. ¿Por qué no continuamos nuestra conversación durante el almuerzo?
—Oh, de ninguna manera querríamos molestar —empezó a decir Alonso, mientras se acercaba poco a poco a la salida como un hombre al que le acabaran de ofrecer un palco en la Super Bowl.
—Insisto —dijo Lucian con suavidad—. Asociarse con el Instituto Blackwood es un honor. El almuerzo es lo mínimo que puedo hacer.
Dio unos pasos.
Luego se giró.
Su mirada me encontró como si tuviera un GPS.
—¿Nos acompañará, señorita Carter?
Alonso no esperó mi respuesta.
—¡Por supuesto que sí! ¡Allison, Zoe, vamos, equipo!
Al salir del centro de congresos, Zoe se puso a mi lado.
Su mirada iba y venía de la ancha espalda de Lucian a mi cara de asesina en reposo.
—Y bien —susurró por lo bajo—, ¿qué pasa con el señor Storm? ¿Admirador secreto? ¿Lío de oficina?
No dije nada.
Ella insistió.
—¿Amor no correspondido? ¿Exnovio? ¿Romance prohibido de laboratorio?
Nada.
Llegamos a los escáneres de acreditaciones.
Ella suspiró dramáticamente.
Entonces respondí, tan plana como una hoja de cálculo:
—Exmarido.
Zoe se atragantó con su propio aliento con tal fuerza que un becario que pasaba por allí se giró para ver si estaba bien.
Valió totalmente la pena.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com