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Renacer sangriento - Capítulo 22

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Capítulo 22: Eco del penitente

El dolor era insoportable.

Donde antes había estado mi brazo, solo quedaba un vacío ardiente, como si la propia existencia hubiera sido arrancada de mi carne. No sangraba como una herida normal; la desintegración había dejado un borde ennegrecido, humeante, como ceniza consumida por un fuego invisible.

Apreté los dientes hasta hacerlos crujir.

—Maldita… cosa…— murmuré con la voz rota.

El monstruo avanzó, arrastrando su cadena con un sonido metálico que resonó en la plaza. Cada paso hacía temblar la tierra. Detrás de él, el altar elevaba su coro de sufrimiento, un lamento interminable que desgarraba la mente.

—“…caerás…”—.

—“…no puedes vencerlo…”—.

—“…ríndete…”—

Mi visión se nubló por un instante.

—¡CÁLLENSE!— grité, aferrando la espada con mi única mano.

El peso del arma era brutal. Mis músculos temblaban al sostenerla, pero no la solté. No podía. Esa hoja era lo único que me separaba de la condena eterna.

Respiré hondo.

—Piensa…— susurré. —Piensa o muere—.

El monstruo atacó.

Su brazo grotesco descendió como una columna de hierro. Rodé hacia un lado en el último segundo, sintiendo el impacto sacudir el suelo detrás de mí. Los escombros salpicaron mi rostro.

Me incorporé de inmediato y giré sobre mis talones, utilizando la inercia de la espada para lanzar un corte horizontal. El filo impactó su muslo, abriendo una herida profunda de la que brotó sangre oscura.

El monstruo rugió.

No se detuvo.

Su otra extremidad se extendió y me golpeó en las costillas.

—¡AGH!—

El aire abandonó mis pulmones y salí despedido contra el suelo. Rodé varias veces antes de detenerme, jadeando, con la vista borrosa.

—…más fuerte…— escupí sangre. —Tengo que ser más fuerte…—.

Me obligué a levantarme.

Mis brazos ennegrecidos latían con energía oscura. Las marcas se habían fusionado por completo, cubriendo mis brazos como una sombra viva. Era la consecuencia de cada herida, de cada muerte, de cada fragmento de alma devorado por ese infierno.

El monstruo se detuvo.

Su garganta comenzó a brillar.

La luz espectral se acumuló en su interior, expandiéndose como un sol moribundo.

—Otra vez…— susurré.

No podía esquivarlo como antes.

No con un solo brazo.

No con el cuerpo destrozado.

Mis ojos se movieron con rapidez, analizando el entorno. Ruinas, escombros… y la cadena que colgaba de su cuello, tensándose con cada respiración.

Ahí estaba la clave.

Sonreí con dificultad.

—…te tengo…—

La esfera fantasmal salió disparada.

Corrí.

No para escapar.

Para acercarme.

El proyectil explotó detrás de mí, levantando una tormenta de polvo negro. Sentí la energía rozar mi espalda, quemando mi piel, pero no me detuve.

—¡AAAH!—

Salté hacia una columna derruida y me impulsé con ella. El impacto hizo crujir mis huesos, pero me lanzó directamente hacia el cuello del monstruo.

La espada descendió con todo su peso.

—¡RAAAH!—

El filo se incrustó en la cadena.

El metal chirrió.

No se rompió.

El monstruo rugió y me sujetó con su enorme mano, levantándome del suelo.

—¡GH—!—

Su agarre aplastaba mis costillas. Sentí cómo algo se quebraba en mi interior. La espada cayó de mis manos, clavándose en la tierra.

Mi visión se oscureció.

—…no…— jadeé.

El saco desgarrado se abrió ante mí, revelando aquellas hileras de dientes fusionados. Su aliento era pútrido, impregnado de muerte.

El altar gritó con desesperación.

—“…ahora…”—.

—“…rompe la cadena…”—.

—“…libéranos…”—.

Apreté los dientes.

Con la fuerza que me quedaba, levanté mi pierna y golpeé el clavo que atravesaba su cabeza.

El impacto resonó como un trueno.

El monstruo vaciló.

Su agarre se debilitó.

—¡AHORA!—

Caí al suelo y rodé hasta alcanzar la espada. La sujeté con mi única mano y, utilizando todo el peso de mi cuerpo, giré con violencia.

La hoja describió un arco brutal.

—¡MUERE!—

El filo impactó la cadena.

CRACK.

El metal se partió.

El sonido fue seco, definitivo.

El aura fantasmal estalló en todas direcciones, sacudiendo la plaza. El monstruo emitió un rugido desgarrador mientras su cuerpo comenzaba a deformarse de forma incontrolable.

Las voces del altar se elevaron en un último grito.

—“…gracias…”—.

—“Que la resiliencia este contigo…”—

La luz se filtró por las grietas de su carne.

Sus extremidades se retorcieron.

Y finalmente…

Se desintegró.

Ceniza.

Silencio.

La plaza quedó inmóvil, envuelta en un vacío absoluto.

Solté la espada.

Mis piernas cedieron y caí de rodillas, jadeando, cubierto de sangre y polvo negro.

—…lo… logré…— susurré.

Miré el vacío donde había estado mi brazo.

El dolor seguía allí.

La pérdida también.

Pero seguía vivo.

Apreté la empuñadura de la espada con mi única mano y levanté la mirada hacia el cielo rojo.

—…no importa cuánto me quiten…— murmuré con una sonrisa cansada. —Seguiré avanzando—.

Porque en aquel infierno interminable…

Rendirse era peor que morir.

Y yo aún no estaba dispuesto a desaparecer.

El silencio llegó de golpe.

No como un descanso, sino como un vacío antinatural que se extendió sobre la plaza tras la caída del monstruo. El eco de su rugido aún parecía vibrar en el aire, mezclándose con el último susurro del altar. Mis piernas cedieron y caí de rodillas, incapaz de sostenerme un segundo más.

Entonces lo sentí.

Un latido.

Débil.

Frío.

Miré hacia el suelo ennegrecido, y allí, entre la ceniza y la sangre oscura, algo brillaba con una luz tenue y mortecina. Se trataba de un fragmento oscuro, palpitante, como si contuviera el eco de innumerables lamentos atrapados en su interior. Su presencia era pesada, opresiva… viva.

Extendí la mano temblorosa y lo tomé.

En cuanto mis dedos lo tocaron, un escalofrío recorrió mi columna y una voz sin sonido se imprimió directamente en mi mente.

[Has obtenido: Corazón del Penitente]

Rango: Raro

Cerré los ojos con fuerza.

El objeto latía en mi palma como un corazón real, impregnando mi pecho de un frío antiguo y solemne.

Descripción: Un fragmento oscuro nacido del sufrimiento de las almas encadenadas al Guardián del Altar. Su pulso resuena con el dolor de los condenados, otorgando fortaleza a quien lo porte… a cambio de cargar con su agonía.

—…así que esta es tu herencia…— murmuré con la voz rota.

Sentí cómo la reliquia se desvanecía en mi mano, disolviéndose en una bruma oscura que se fundió con mi pecho. Un latido profundo resonó en mi interior antes de extinguirse.

No era un regalo.

Era una carga.

—Cinco minutos…— susurré, recordando la sensación que dejó tras de sí. —Eso es todo lo que me concederás…—.

El silencio regresó.

La espada había caído a mi lado. La sujeté con mi única mano y la clavé en la tierra negra para sostenerme. Me apoyé en ella con dificultad, intentando regular mi respiración.

Fue entonces cuando miré mi hombro izquierdo.

Donde antes había estado mi brazo… no quedaba nada.

La herida estaba ennegrecida y consumida por una energía espectral. No sangraba. No cicatrizaba. Simplemente existía, como un recordatorio de lo que había perdido.

Esperé.

Un latido.

Dos.

Nada.

—no se regenera…— murmuré con incredulidad.

Una risa baja y amarga escapó de mi garganta.

—Claro… nada aquí es gratis—.

Apoyado en la espada, me dejé caer al suelo. Permanecí sentado durante largos instantes, jadeando, sintiendo el peso del cansancio y del dolor consumir cada fibra de mi cuerpo.

El aire era denso y amargo. El hedor de la ceniza se mezclaba con el de la sangre seca. Mis manos temblaban, y cada respiración quemaba en mis pulmones.

Detrás de mí, el altar emitió un último susurro.

—“…gracias…”—.

—“…libres…”—.

Cerré los ojos por un momento.

—Descansen…— murmuré.

No sabía si me escuchaban, pero por primera vez desde que había llegado a aquel infierno, el silencio no se sentía hostil. Solo pesado.

Lentamente, me obligué a levantarme. Mis piernas temblaron, pero resistieron. Me apoyé en la espada hasta recuperar el equilibrio y avancé con pasos lentos hacia el centro de la plaza.

Y entonces lo vi.

El altar.

Era aún más aterrador en silencio.

Cientos de cuerpos fusionados formaban aquella abominación. Rostros petrificados en gritos eternos, manos extendidas en súplica, bocas abiertas en una agonía que había desafiado al tiempo.

Pero ahora estaban inmóviles.

Quietos.

Liberados.

—¿cuántos murieron aquí…?— murmuré.

Me acerqué con cautela. La superficie estaba fría, áspera, cubierta de grietas ennegrecidas. Extendí la mano sin llegar a tocarla, temiendo que el contacto despertara aquello que había quedado dormido.

Fue entonces cuando lo noté.

Grabado en la piedra ennegrecida, entre los cuerpos retorcidos, había un símbolo.

Antiguo.

Retorcido.

Sus líneas se entrelazaban en un diseño imposible, como si absorbieran la luz que lo rodeaba. No era solo una marca… era una sentencia.

El infierno interminable.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

—Este símbolo me hace sentir muy mal— susurré.

Una presión invisible oprimió mi pecho al contemplarlo. Aquella figura no representaba la muerte, sino algo peor: la condena eterna.

Instintivamente, llevé la mano a la parte posterior de mi cuello, justo debajo de la nuca. No había nada aún, pero una sensación persistente vibraba bajo mi piel, como si el destino aguardara el momento adecuado para marcarme.

—…todavía no…— murmuré.

Mi mirada regresó al símbolo.

—Pero lo hará—.

Apreté la empuñadura de la espada con más fuerza. El metal se sentía frío, pero reconfortante. Era real. Tangible. Lo único que me anclaba a la cordura.

Respiré hondo.

—Este lugar devora la voluntad… roba los recuerdos…— dije en voz baja. —Pero no me llevará tan fácilmente—.

Observé una última vez el altar silencioso.

—Si esto es el infierno… entonces lo atravesaré hasta el final—.

El viento muerto sopló entre las ruinas del pueblo abandonado, levantando ceniza y polvo oscuro. Permanecí de pie, herido, mutilado, pero vivo.

Y por primera vez…

No retrocedí.

Con la espada en la mano y la mirada fija en la oscuridad que se extendía más allá del altar.

Llevé la mano a mi pecho.

Allí estaba.

Un latido ajeno, frío y constante.

—¿Cinco minutos…?— murmuré en voz baja.

Fruncí el ceño.

—¿Cinco minutos de qué?—.

Cerré los ojos y me concentré. No hubo voces ni visiones, solo una sensación profunda, solemne, como el eco de innumerables almas cargando un mismo peso. No era fuerza bruta lo que ofrecía, sino algo más esencial.

Voluntad.

Resistencia.

Un refugio momentáneo contra la desesperación.

—No me haces más fuerte— susurré. —Me impides romperme—.

El pulso respondió con suavidad, como si confirmara mi deducción.

—Cinco minutos para mantenerme en pie cuando debería caer—.

Abrí los ojos lentamente y observé el horizonte ennegrecido.

—No eres un regalo… eres un préstamo—.

Apreté la empuñadura de la espada.

—Y en este infierno, eso es más que suficiente—.

El latido se desvaneció poco a poco, ocultándose en lo más profundo de mi ser. No lo comprendía del todo, pero lo suficiente para saber que no debía desperdiciarlo.

Exhalé con lentitud.

—Te guardaré para cuando la desesperación intente devorarme—.

El silencio me acompañó mientras avanzaba entre las ruinas del pueblo infernal. Cada paso resonaba con un eco hueco, como si el suelo recordara a quienes habían caído sobre él. El viento arrastraba ceniza y polvo negro, susurrando lamentos que ya no intentaba comprender.

Me detuve.

No por cansancio.

Por algo más.

Una sensación extraña recorrió mi mente, como una punzada breve y fría que me obligó a fruncir el ceño.

—…¿Qué…?— murmuré.

Parpadeé con lentitud.

Había algo en lo que estaba pensando.

Algo importante.

Lo sabía.

Podía sentirlo desvaneciéndose, escapando como arena entre los dedos.

—…no…— susurré, llevándome la mano a la frente.

Cerré los ojos con fuerza, intentando aferrarme a aquella idea. Pero cuanto más lo intentaba, más distante se volvía, como un sueño que se disuelve al despertar.

—¿Qué era…?—.

El vacío en mi mente se extendió, inquietante y silencioso.

No era dolor.

Era ausencia.

Y eso era peor.

Abrí los ojos lentamente. El pueblo permanecía inmóvil a mi alrededor, cubierto por una calma antinatural que oprimía el pecho. Mi respiración se volvió irregular.

—No…— murmuré. —No puede ser…—.

Intenté recordar algo sencillo.

Un rostro.

Una voz.

Un nombre.

Nada.

Solo oscuridad.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.

—…esto…— susurré. —Esto ya me ha pasado antes…—.

Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas. No recordaba cuándo, ni dónde, pero estaba seguro de ello.

No era la primera vez.

Apreté los dientes.

—Este lugar…— murmuré con rabia contenida.

—Me está devorando—.

Mi mirada descendió hacia la tierra ennegrecida. Recordé las muertes. El dolor. Las veces que mi cuerpo había sido destruido y reconstruido sin descanso.

Cada muerte.

Cada resurrección.

Un precio.

Y ahora comenzaba a entender cuál era.

—Mi memoria…— susurré. —Mi alma—.

Mi voz se quebró apenas.

—Se las está llevando—.

Un latido frío resonó en mi pecho.

El Corazón del Penitente.

Su presencia se manifestó como un pulso distante, solemne y silencioso. No me ofrecía respuestas, pero sí una certeza: aquello que estaba ocurriendo era real.

Y era irreversible.

—Cinco minutos…— murmuré.

Llevé la mano a mi pecho, sintiendo el eco tenue de la reliquia bajo mi piel.

—¿Podrás protegerme también de esto…?

No hubo respuesta.

Solo silencio.

Un silencio más pesado que cualquier palabra.

Exhalé lentamente y negué con la cabeza.

—No importa— dije en voz baja. —Mientras siga avanzando… aún existo—.

Apreté la empuñadura de la espada con mi única mano. El frío del metal me ancló a la realidad, recordándome que aún estaba allí.

Que aún era yo.

O al menos… lo que quedaba de mí.

Levanté la mirada hacia el horizonte ennegrecido.

—No sé qué he olvidado— murmuré. —Pero sé que era importante—.

Un instante de duda se filtró en mi mente.

Y eso… es lo que más miedo me da.

Cerré los ojos un segundo y respiré profundamente.

Cuando los abrí, la incertidumbre seguía allí.

Pero también mi determinación.

—Si este infierno cree que puede borrarme…— susurré. —Tendrá que intentarlo mucho más—.

Di un paso adelante.

Luego otro.

Mis pisadas resonaron en el silencio, firmes y decididas.

—Aunque estoy olvidando quien soy— murmuré. —No olvidaré lo que debo hacer—.

El viento muerto sopló a mi alrededor, levantando ceniza y polvo oscuro.

No miré atrás.

Porque en aquel lugar…

Quien se detenía a recordar, terminaba desapareciendo.

Y yo aún no estaba dispuesto a convertirme en otro eco del Infierno Interminable.

El silencio me acompañó mientras abandonaba las ruinas del pueblo infernal. No miré atrás. No tenía sentido hacerlo. Allí no quedaba nada para mí, salvo cenizas y ecos de un sufrimiento que ya no podía cambiar.

Avancé con pasos lentos, apoyándome en la espada como si fuera un bastón. Cada movimiento me recordaba la ausencia de mi brazo izquierdo, el vacío ardiente que aún palpitaba como una herida abierta en mi existencia.

Respiré hondo.

El aire sabía a óxido y desesperación.

Entonces lo vi.

El río negro.

Serpenteaba a la distancia como una cicatriz viva, arrastrando su oscuridad hacia las profundidades del infierno. Su superficie era espesa y antinatural, como si no estuviera hecha de agua, sino de recuerdos disueltos y almas olvidadas.

Me detuve en seco.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

—…otra vez…— murmuré.

El recuerdo de aquel contacto regresó con una claridad incómoda: la sensación de vacío, la pérdida silenciosa, la manera en que algo había sido arrancado de mi mente sin dejar rastro.

No necesitaba tocarlo para comprenderlo.

Ya sabía lo que hacía.

—No…— susurré, retrocediendo un paso. —No volveré a caer en eso—.

Me mantuve a una distancia prudente, observando el lento fluir de la corriente. Su superficie apenas se agitaba, pero en su interior parecía moverse algo más profundo, algo que no pertenecía al mundo de los vivos.

—Devora recuerdos…— murmuré. —Devora almas—.

Mis ojos siguieron su curso hacia el horizonte ennegrecido.

—Entonces… veré a dónde conduce—.

Apreté con más fuerza la empuñadura de la espada y comencé a caminar paralelo al río, manteniendo siempre una distancia segura. Cada paso era cuidadoso, medido, como si incluso el aire a su alrededor pudiera robarme algo más.

El murmullo del río era casi imperceptible, un susurro grave que vibraba en los huesos. No era un sonido que se escuchara con los oídos, sino con la mente.

Y aun así, no aparté la mirada.

—No te tocaré— dije en voz baja. —Pero tampoco te perderé de vista—.

Avancé durante lo que pareció una eternidad. El paisaje se extendía en una monotonía infernal de tierra oscura, árboles muertos y rocas desgarradas por el tiempo. El cielo, teñido de un rojo opresivo, no ofrecía ni consuelo ni esperanza.

Solo condena.

Seguía avanzando sin dejarme atraer de aquel rio mortal. Pensando en muchas cosas la agonía estaba al acecho, silenciosa, pero muy devastadora.

Poco a poco yo estaba siendo absorbido pero no podía hacer nada, era un miedo profundo, ¿cuánto yo podría resistir con este peso?

En cada lugar que avanzaba había algo muy terrorífico o cosas que jamás desearía que viera un humano. El río aveces creaba bultos bajo el agua lo cual me hacía estar alerta, por aquellos peces que tenían forma humanoide.

Aunque trataba de tranquilizarme con palabras de motivación, tenia miedo de terminar como esas personas que me había cruzado, pero si perdía mi motivación, perdería mi razón de seguir adelante y eso era más peligroso. Tenia dos opciones o ser consumido y vivir en agonía eterna o salir de cualquier forma de este lugar.

¿Había una salida? No lo sabía probablemente no, pero seguía una lógica, si había una entrada por la cual entre, por obligación tendría que haber una salida ¿verdad?

Caminando sin parar y sintiendo cómo los huesos que habían Sido fracturado, se estaban acomodando en su lugar lentamente, me hacía aveces rechinar los dientes del dolor agudo que sentía.

El río negro parecía seguir, los árboles muertos se estaban separando más y más hasta que solo estaba el río. A ¿dónde me llevaría? No lo sabía pero debería llevarme a algo.

Aveces recuerdos venían a mi mente, algunos chicos, una mujer de cabello rubio corto, una chica de pelo largo negro, un chico moreno; un chico pequeño y otro que nos hacia reir pero sutilmente sentía rencor hacia esas figuras que parecía recordar. Un rencor tan grande y a la vez tan incomprensible.

¿Que conexión tenían conmigo? No lo sabía pero, tenía muchas cosas ahora por la cual preocuparme.

Alce mi mirada y seguí caminando lentamente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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